Fotos de artistas mexicanos fallecidos en el 2011


Fotos de artistas mexicanos fallecidos en el 2011
Errores, lapsus y gazapos de la historia - Gregorio Doval

Prólogo

La colección HISTORIA INSÓLITA presenta una multitud de sucesos increíbles, pero ciertos; o creídos, pero falsos; incluso, legendarios, pero curiosos… Una multitud de acontecimientos gratamente curiosos, sorprendentes y ejemplares que la historia oficial y ortodoxa generalmente suele dejar de lado y que ponen en cuarentena lo que creíamos saber, pero lo hace de una forma divertida, por cuanto insólita; amena, por cuanto informativa, e instructiva, por cuanto rigurosa.
Según se vayan desgranando los distintos volúmenes, la colección se irá poblando de todo tipo de seres excéntricos y extravagantes, simpáticos u odiosos, perversos o lascivos, despistados o meticulosos…, de los que conoceremos su vida y, en muchos casos, su extraña o chocante muerte. En HISTORIA INSÓLITA se irán dando a conocer casos y cosas fuera de lo común, en forma de casualidades y coincidencias, errores y gazapos, timos y fraudes, enigmas y quimeras, locuras y extravagancias, falsedades y mentiras, depravaciones y lujurias… Podrá decirse, tal vez con razón, que en este poliédrico y multifacético rosario de hechos se ensartan pocas perlas y mucha bisutería. Es cierto. Es conscientemente bisutería histórica porque sólo pretende adornar la riqueza cultural de sus posibles lectores; no, desde luego, amueblarla ni ennoblecerla. Pero no por ello se ha de entender como un mero museo de monstruos ni como un muestrario de excepciones. En realidad, sólo presenta ejemplos históricos extremos de comportamientos y sucesos muy comunes y habituales.
Se narrarán sucintamente las increíbles biografías de personajes tan extraordinarios como Lady Godiva, la Monja Alférez, Sissí, Lawrence de Arabia, Billy El Niño, Iván El Terrible, los Borgia o el marqués de Sade; se detallarán inusitadas historias como la conquista del imperio de los incas, la infame subasta del trono imperial de Roma, las supuestas excentricidades de Nerón y las singulares peripecias eróticas de Cleopatra, Mesalina, Mata-Hari, Eloísa y Abelardo y otros muchos. En sus páginas también se detallarán cuestiones tan dispares como el casual descubrimiento de la cueva de Altamira, el imperecedero mito de Eldorado, las estrambóticas profecías sobre el fin del mundo, la hipotética fecha y hora de la Creación o la repetida venta de la Estatua de la Libertad. Se contará cómo perdió los brazos la Venus de Milo y cómo nacieron los premios Oscar. Se hablará del acorazado que se hundió alcanzado por uno de sus propios torpedos o el caza que se auto derribó. Se esclarecerán las indescifrables predicciones del Oráculo de Delfos, los misterios de la Isla de Pascua, la Maldición de los Faraones, por qué se inclinó la Torre de Pisa, quién dio el erróneo nombre de América al Nuevo Mundo, cuándo comenzó la plaga de conejos en Australia o cómo fue posible que un guardabosques sobreviviera a siete rayos. Asimismo, sabremos cómo se inventaron la guillotina, las patatas chips, el perrito caliente, el WC y el papel higiénico, el crucigrama, el sello de correos, el biquini o el condón; o qué origen tienen palabras como «boicot», «silueta», «sándwich», «linchamiento» o «restaurante»; o bien quiénes fueron los primeros siameses, el primer fumador europeo y la primera vampiresa del cine; o en qué personas reales se basan los personajes ficticios de Tarzán, Robinson Crusoe, Drácula, el Tío Sam, la Dama de las Camelias, Sherlock Holmes o Santa Claus; o cuál fue la primera huelga de la historia, si Shakespeare escribió realmente sus obras o cuándo se utilizó por primera vez la clave SOS. Se podrá saber que más de una vez ha llovido ranas o sangre; que el zar Pedro I gravó con un impuesto a los barbudos, o que alguien cree que en la Biblia se habla del SIDA. Se podrán conocer las extraordinarias historias del bailarín sin piernas, los ansiosos comedores de caucho o de bicicletas, las mujeres barbudas, el jugador de béisbol manco o aquellos mellizos que nacieron con cuarenta días de diferencia. Incluso será posible enterarse de que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha, aunque no en el mismo día; que no son pocos los personajes de quienes se cree que han muerto literalmente de risa; que Isaac Newton era tremendamente despistado; que Aristóteles mantuvo teorías absurdas, o que, por ejemplo, se conservan numerosas reliquias de Napoleón (incluido su pene que, por cierto, es una birria al lado del de Rasputín).
En esta colección de obras desinhibidas y amenas, pero rigurosas y didácticas, sí importarán las nimiedades, entendidas como argumentos con que demostrar que el ser humano, cuanto más solemne es, más ridículo resulta; cuanto más angustiado está, tanta más astucia desarrolla, y cuanto más relajado e íntimo, más grotesco. Se demostrará que no es raro encontrar, tras cada hecho histórico, una verdad que sonríe y, tras cada gran personaje, una sombra bufa o un demonio doméstico. Y se llegará a la conclusión de que nada parece lo que es ni nada es lo que parece, y de que nada resulta más común que lo sorprendente.
En definitiva, la colección HISTORIA INSÓLITA reflejará la pequeña historia vista desde las bambalinas, mostrando a las claras todas sus miserias, falsedades, misterios, bajezas, extravagancias, casualidades y sorpresas.
Alguien dijo que «no hay nada tan inevitable como un error al que le ha llegado su momento». Este volumen de HISTORIA INSÓLITA, dedicado precisamente a los errores, los lapsus y los gazapos, trata de demostrar que las equivocaciones son algo casi consustancial al ser humano y que la historia está plagada de políticos, militares y científicos que no se cansaron de meter la pata y de causar perjuicios a los demás. Por ejemplo, la asociación alemana de judíos que apoyó y pidió el voto para Hitler, el paradigmático coronel Custer, los aviones que se autoderribaron, los submarinos que se auto torpedearon y los buques que hundieron a barcos amigos por error, quienes llevaron conejos a Australia o estorninos al Central Park de Nueva York y causaron sendas plagas, o los que recetaban opio y cocaína para calmar a los niños. No se olvida tampoco de aquellas opiniones, propuestas y teorías absurdas o descabelladas que, en el mejor de los casos, son ineficaces y, en el peor, dañinas o fraudulentas; por ejemplo, el visionario que propuso en 1899 cerrar la oficina de patentes porque «ya estaba todo inventado», el que registró a su nombre todo el universo o el ex policía que aprendió a leer los sentimientos de las plantas con un detector de mentiras.
Tampoco faltarán todo tipo de imperdonables errores concretos, como aquellos boy scouts franceses que borraron unas pinturas rupestres creyendo que eran grafitis, el coleccionista de arte que rompió de un codazo un cuadro de Picasso que iba a vender por ciento treinta y nueve millones de dólares, el transcriptor musical que cambió la dedicatoria «Para Teresa» por la de «Para Elisa», el partido de fútbol que provocó una guerra en la que murieron seis mil civiles, la enciclopedia que hubo que retirar del mercado tras clasificar una seta mortal como inocua, el limpiador de una galería de arte que, enfadado, lustró una habitación llena de basura sin saber que era una valiosísima obra, el censor español que trocó un adulterio en un incesto o el jurado del concurso de imitadores de Charlot que eliminó a la primera de cambio al propio Chaplin. Se dará cuenta asimismo de actitudes y comportamientos temerarios que entrañaron un riesgo inaceptable para su propio protagonista (el sastre que se tiró de la torre Eiffel creyendo que volaría con su capa, o el subcampeón mundial de sauna que, literalmente, se coció por intentar ganar el campeonato) o, peor aún, para terceras personas (como el piloto de Aeroflot que dejó a su hijo adolescente a los mandos del avión, el cual se estrelló minutos después en Siberia).
Todo ello sin olvidar los refranes « ¿Acertar errando? Sucede de cuando en cuando» y «Quien anda es quien tropieza, y no el que se está en la cama a pierna tiesa», ni tampoco que «No hay error que no valga para algo». Al fin y al cabo, no está mal buscar una nueva ruta a Oriente y descubrir América. Quizás los únicos errores que hay que evitar son aquellos que eliminan la posibilidad de volverlo a intentar.

Gregorio Doval

Capítulo 1
Errores históricos

Corría el año 1802 cuando un soldado conquense del Regimiento de infantería de la Corona, de guarnición en Valladolid, de nombre Mariano Coronado, fue apresado por robo con homicidio y condenado por un tribunal militar a la pena capital. Al objeto de cumplir tal pena, cual era costumbre, se preparó todo en la plaza Mayor vallisoletana para su ahorcamiento, que una mañana se llevó finalmente a cabo. Una vez ahorcado, dando por supuesto que el soldado había muerto, se bajó su cuerpo del cadalso y las Hermanas de la Caridad se hicieron cargo de él. Pero, de camino a la morgue, una de las monjas vio cómo el cadáver movía una mano. Poco a poco, gracias a los cuidados de las religiosas, el ahorcado volvió a la vida. Pero, entonces, se planteó la gran duda: qué hacer con él. Tras una sesuda reflexión y la oportuna consulta con el propio rey, se decidió que el reo había cumplido con la justicia: había sido condenado a la horca y había sido ahorcado, por lo que la pena estaba satisfecha. En consecuencia, sorprendentemente, Mariano Coronado fue dejado en libertad, aunque eso sí, se le expulsó de la ciudad. A cambio, se decidió procesar al verdugo, por considerar que podía ser culpable de que el reo estuviera vivo, pero finalmente el juez concluyó que este había hecho bien su trabajo y que la «culpa» de lo sucedido estaba en haberlo bajado demasiado pronto de la soga, lo que no era base para condena alguna. Mientras tanto, el afortunado soldado había vuelto secretamente a Valladolid, al parecer para tomarse venganza de una antigua novia que le había traicionado. La justicia le volvió a apresar y, esta vez, se aseguró de que el destierro fuera eficaz, para lo que fue enviado a Vigo y allí embarcado con destino a Puerto Rico, donde se le perdió la pista.

Cuando el insumergible Titanic se hundió en 1912 en aguas del Atlántico, el Senado estadounidense abrió inmediatamente una investigación para tratar de aclarar las causas del trágico suceso. Tras oír la descripción técnica del trasatlántico por parte de un experto, el senador William A. Smith, representante del estado de Michigan, le preguntó ingenuamente: « ¿Por qué no se refugiaron los pasajeros en los compartimentos estancos que ha mencionado para evitar ahogarse?». Evidentemente sus conocimientos navales no eran muchos o, dicho con otras palabras, su ignorancia sobre el tema era tan profunda como las aguas del Atlántico en que se hundió el barco, compartimentos estancos incluidos.

Al sugerirse por primera vez que se instalara en Constantinopla una red de abastecimiento eléctrico, le explicaron al sultán de Turquía que sería necesario instalar varias dinamos. El sultán, que no era un hombre de educación avanzada, pensó que la palabra «dinamo» sonaba sospechosamente parecida a «dinamita», y eso sí que sabía lo qué era. Así que decidió vetar el proyecto y Constantinopla tuvo que esperar la electricidad varios años más.

01-01.jpgEn agosto de 1890, por primera vez en la historia, un condenado a muerte fue ejecutado en la silla eléctrica. Cuando el excéntrico emperador de Abisinia Menelik II (1844-1913) se enteró, encargó tres sillas eléctricas a los Estados Unidos. El único problema fue que, al llegar el pedido, descubrió que necesitaban electricidad para funcionar y su país todavía no contaba con ese adelanto. Como el emperador era muy tenaz e ingenioso, pronto encontró la solución: usó una de ellas como trono imperial. En 1913, Menelik II, encontrándose gravemente enfermo del corazón, sin que sus médicos acertasen en los cuidados, se hizo traer su Biblia particular y, movido por la fe (y por la ignorancia), fue arrancando una a una todas las páginas del Libro de los Reyes y se las fue comiendo. Con tan extraña terapia, Menelik II no sólo no mejoró sino que falleció pocos días después. Según parece, Menelik II era también un hombre bastante desconfiado. En cierta ocasión le fue presentada la maqueta de un puente que había de construirse. Parece ser que no confiaba en la solidez de aquel puente y, para demostrarlo, no se le ocurrió otra cosa que golpear con el puño la maqueta, que, como es natural, acabó aplastada. Llegado el momento de la siguiente presentación, los arquitectos, escarmentados por la anterior decidieron fabricar la maqueta del puente con madera más sólida. Evidentemente Menelik II intentó de nuevo aplastar el puente, cosa que no logró, por lo que no le quedó más remedio que aprobar su construcción.

Cuenta el escritor y dramaturgo francés Pierre Antoine de La Place, en su obra Piéces intéressantes, que a finales del mes de marzo del año 1621 el frío aún se hacía sentir en la que, desde hacía unos años, había vuelto a ser capital del reino de España, Madrid. En uno de aquellos frescos atardeceres, el rey Felipe III (1578-1621) adolecía de una incipiente erisipela y descansaba junto a una chimenea que había sido bien atizada para templarle el cuerpo. Sin embargo, conseguido ese objetivo, resultó que el monarca comenzó a acalorarse desmedidamente y topó con la dificultad de que en su estado no podía retirarse o reducir el fuego. Lo propio era que solicitase tal medida de un sirviente o, según la rígida etiqueta cortesana, del duque de Uceda (c. 1581-1624), y sólo de este. Al cabo de un rato, el rey pareció tener la suerte de que apareciera el marqués de Tovar, el cual oyó su petición, pero al que recordó lo indicado: el protocolo cortesano le impedía atender ese tipo de solicitudes regias. Lo penoso para el monarca es que el duque de Uceda no se hallaba en palacio y que no pudo ser localizado con la debida premura. Cuando por fin llegó y solucionó el exceso de calor que estaba soportando el rey, este ya estaba bañado en sudor a causa de un fuerte acceso febril. Aquella misma noche la erisipela y sus consecuencias acabaron con la vida del rey, que podría haber salvado la vida si el protocolo cortesano no hubiese sido tan estricto.

Dudando si atacar o no a los persas, Creso (siglo VI a. C.), el último rey de Lidia, preguntó al oráculo de Delfos si su ataque tendría éxito. El oráculo le contestó que, si conducía un ejército hacia el Este y cruzaba el río Halys, destruiría un gran imperio. Reforzado por ese vaticinio, Creso organizó una alianza con Nabónido de Babilonia, Amosis II de Egipto y la ciudad griega de Esparta e invadió Persia. Sin embargo, las fuerzas persas derrotaron a la coalición en Capadocia, en la batalla del río Halys (547 a. C.). Los persas invadieron Lidia, tomaron su capital y encadenaron al propio Creso. Al ser liberado, este acudió de nuevo a Delfos, esta vez con la pregunta: « ¿Por qué me engañaste?». La sacerdotisa del oráculo le contestó que no le había engañado, pues, en efecto, Creso había destruido un gran imperio, el suyo propio.

Durante una visita a Israel en su etapa de alcalde de Berlín Oeste, Willy Brandt (1913-1992), que después sería canciller alemán, fue invitado a admirar el nuevo Auditorio Mann de Tel Aviv. Brandt expresó su agradecimiento y su admiración al pueblo de Israel por haber dedicado un imponente auditorio al gran escritor alemán Thomas Mann. Tras un momento de estupor, Brandt fue corregido con mucha educación por su anfitrión. En realidad, el nombre del auditorio recordaba a un cierto Frederic Mann de Filadelfia. «Comprendo. Y ¿qué es lo que ha escrito este hombre?», preguntó Brandt. «Un cheque», fue la lacónica y sincera respuesta que le dieron.

01-02.jpgEl sobrenombre del nigromántico siberiano Grigorii Efimovich Novy (1872-1916), Rasputín, significa en ruso algo así como ‘libertino’. Y no fue, según todos los testimonios, un mote gratuito ni desacertado. Al parecer, su gran carisma entre las mujeres se debió no sólo a su carácter misterioso y a su gran facilidad verbal e hipnótica (aunque, por cierto, ni siquiera sabía leer y escribir), sino también a cierta parte de su organismo que alcanzaba, según descripción que dejó escrita su propia hija, los treinta y cinco centímetros de turgente longitud y que él no se esforzó en mantener inactiva. Esa parte de su organismo le fue cortada, por cierto, en el mismo momento de su terrible asesinato (que contamos en el texto). En 1967 una anciana residente en el barrio parisiense de Saint-Denis sacó a la luz el secreto que había guardado en una caja de madera durante años: el auténtico pene de Rasputín [el que se ve en la foto], su antiguo amante. Tras una serie de pruebas se comprobó que efectivamente era el del monje ruso y fue comprado por ocho mil dólares por el museo erótico de San Petersburgo. Hoy sólo se conservan 28,5 centímetros de pene debido a que una parte se dejó en el cadáver durante la castración y al supuesto ataque de un perro.

El emperador Teodosio II (401-450), que gobernó en el Imperio romano oriental desde el año 408 hasta su muerte, solía firmar los documentos sin leerlos. Para escarmentarle, su hermana Pulqueria le puso delante su sentencia de muerte y, sin leerla, la firmó. Al final, no obstante, no se llegó a ejecutar y Teodosio murió en un accidente de caza, al caerse accidentalmente de su caballo.

El escritor y científico francés Jean Antoine Condorcet (1743-1794) participó muy activamente en la primera fase de la Revolución francesa, pero después, al apoyar a los girondinos moderados durante la etapa del Terror, se hizo poco grato y tuvo que vivir escondido durante mucho tiempo para no perder, literalmente, la cabeza. Al sospechar al cabo que su refugio ya no era seguro, intentó escapar del París revolucionario. Se disfrazó de burgués para no despertar sospechas y anduvo huyendo por los bosques de la región hasta que encontró un pequeño mesón en el que comer algo en la pequeña localidad de Clamart, cercana a la capital. Se sentó a la mesa y pidió una tortilla. « ¿De cuántos huevos?», le preguntó el posadero. Condorcet, que nunca en su vida había hecho una tortilla, respondió: «De doce». Cuando el ventero escuchó esta barbaridad, se dio cuenta de que era un aristócrata disfrazado y lo denunció a la policía, que lo detuvo inmediatamente. Dos días después apareció muerto en el calabozo en circunstancias poco claras.

El estadista, diplomático y científico estadounidense Benjamin Franklin (1706-1790) predijo oculto tras un seudónimo la muerte del director de un periódico rival mediante un estudio astrológico, pero pasó la fecha, nada sucedió y era evidente que el susodicho estaba vivo. No obstante, Franklin siguió promulgando su éxito y diciendo que estaba muerto. Cuando al final el hombre realmente murió, Franklin tuvo la desfachatez de publicar la siguiente nota: «Ahora que los amigos de XX han aceptado por fin su muerte…».

El explorador español Francisco Fernández de Córdoba (?-1518) desembarcó en 1517 en una península a la que llamó «Yucatán», porque los nativos pronunciaban dicha palabra contestando a su pregunta de cómo se llamaba la costa en la que había desembarcado, lo que le hizo pensar que tal era su nombre. En realidad, «yucatán» quiere decir en lengua maya ‘no entiendo’ o ‘yo no soy de aquí’. Algo así como si a la vuelta de Londres dijéramos que hemos estado en «Aidonanderstán». El primer narrador de esta historia fue posiblemente fray Toribio de Benavente que, al final del capítulo 8 del volumen 3 de su Historia de los indios de la Nueva España cuenta: «porque hablando con aquellos indios de aquella costa, a lo que los españoles preguntaban los indios respondían: “Tectetán, Tectetán”, que quiere decir: ‘No te entiendo, no te entiendo’. Los cristianos corrompieron el vocablo y no entendiendo lo que los indios decían, dijeron: “Yucatán se llama esta tierra”».

El 28 de junio de 1914, Francisco Fernando de Habsburgo (1863-1914), archiduque de Austria y heredero al trono imperial, fue asesinado en Sarajevo junto a su esposa, la condesa Sofía Choteck, por el separatista serbio Gavrilo Princip, hecho que desencadenaría la Primera Guerra Mundial.

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Mas su muerte, según algunos historiadores, tuvo algo más de cruel e innecesaria: al parecer, murió desangrado al no poder desabotonarle el uniforme quienes le atendieron por llevarlo siempre cosido para eliminar arrugas. Se conserva hoy su chaqueta en el Museo de Historia Militar de Viena [en la foto]. En todo caso, uno de los balazos le dio en el cuello, por lo que es de suponer que habría muerto de todas formas.

En el curso de su circunnavegación terrestre, Hernando de Magallanes (1480-1521) y su tripulación asistieron a una danza ritual bailada por un indígena tehuelche en una playa de una tierra al sur del continente americano. Observando su gran corpulencia y el desproporcionado tamaño de sus pies, decidió llamar a aquella tierra «Patagonia» (es decir, ‘tierra de los de la pata grande’). En realidad, los indios no tenían los pies grandes, sino que los llevaban forrados de pieles para defenderse del frío.

Hacia 1860, el senador estadounidense George M. Willing bautizó con el nombre de «Idaho» a la extensa región minera de Pike’s Peak, aduciendo que dicha palabra significaba en lengua shoshoni ‘perla de la montaña’. El Congreso de los Estados Unidos, al hacer las oportunas averiguaciones, llegó a la conclusión de que esa traducción no era correcta y decidió llamar al territorio «Colorado» por el nombre del río que la atraviesa. Sin embargo, el topónimo Idaho quedó ahí y, dos años después, cuando hubo que buscar un nombre a un nuevo territorio del noroeste de la costa del Pacífico, alguien lo recordó y lo propuso, de manera que se aceptó en 1863. Cuando el territorio fue elevado a la categoría de Estado de la Unión, en 1890, se mantuvo su nombre. Sin embargo, posteriormente algunos historiadores han afirmado que esa palabra significa en idioma aborigen ‘mierda de búfalo’.

En la foto se puede observar con toda claridad la diferencia entre el sueño y la realidad norteamericanos.
Una cola formada exclusivamente por negros espera ante una de las tiendas de racionamiento, mientras, en el cartel de la valla publicitaria se ve a una familia estadounidense de clase media formada por personas de pelo rubio y se lee «No hay mejor manera que a la manera estadounidense».

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Un cartel verdaderamente inapropiado que señalaba ya el comienzo de la Gran Depresión que siguió al Crack de 1929.

Según una de las versiones más repetidas, Magallanes y sus hombres habían llegado a las costas del actual Uruguay, frente a las cuales Magallanes exclamó «¡Monte vide eu!» (‘¡Veo un monte!’). Tiempo después, en 1726, este fue el nombre que se dio a la ciudad allí fundada por el español Bruno Mauricio de Zabala (1682-1736) y que, con el paso del tiempo, sería la capital uruguaya, Montevideo.

Según parece, la ciudad estadounidense de Nome, un enclave turístico del estado de Alaska, debe su nombre a un error. En un viejo mapa británico, se podía leer la inscripción «Name?» (en español, ‘¿Nombre?’) sobre la localización de este asentamiento, indicando que aún no había sido bautizado. Algún funcionario poco cuidadoso lo copió como «Nome» y así ha quedado hasta hoy.

El 5 de febrero de 1757 el ex soldado y ahora criado Robert François Damiens (1715-1757) se abalanzó sobre el rey Luis XV de Francia (1710-1774), cuando subía a su carruaje, con la intención de asesinarle. No lo consiguió porque su navaja estaba desafilada y porque las numerosas capas que llevaba el rey debido a los rigores invernales amortiguaron la penetración de la navaja de dos filos y ochenta y un milímetros empleada por Damiens. Inmediatamente, el frustrado magnicida fue torturado. Se le aplicaron, en los pies, unas pinzas al rojo vivo que le quemaron el talón de Aquiles, sin conseguir que hablara. En la noche del 17 al 18 de enero, Damiens fue llevado a la Conciergerie y, comoquiera que había intentado suicidarse cortándose los genitales, fue atado a su lecho por medio de unas correas de cuero que le apresaban los brazos y las piernas. El proceso se abrió el 12 de febrero y en él Damiens fue condenado a muerte, pena que se cumplió el día 28. El suplicio duró horas, ante el pavor de los espectadores. Primero fue torturado con tenazas al rojo vivo; su mano, sujetando el cuchillo usado en el intento de asesinato, fue quemada con azufre; sobre sus heridas se vertió cera derretida, plomo y aceite hirviendo. Después de varias horas de agonía, fue puesto en manos del verdugo real, Charles-Henri Sanson. Se ataron caballos a sus brazos y piernas, pero las extremidades de Damiens no se separaron con facilidad: tras algunas horas más, los verdugos se vieron forzados a cortar los ligamentos de Damiens con un hacha. Tras un nuevo tirón de los caballos, Damiens fue desmembrado para alegría del público, y su torso, todavía vivo según los testigos, fue arrojado al fuego. Los observadores contemplaron, con estupor, la capacidad de la gente para seguir hasta el final el suplicio infligido por el verdugo Sanson ayudado por dieciséis asistentes. El 29 de marzo se ordenó que la casa natal del regicida fuera arrasada con la prohibición de volver a edificarla. Su mujer, su hija y su padre fueron expulsados del reino, bajo pena de muerte inmediata en caso de regreso. Esa fue la pena por su intento de regicidio. No sabemos qué le hubieran hecho caso de no fracasar en su intento.

Recorriendo el explorador británico James Cook (1728-1779), por entonces un simple teniente, la región australiana que hoy es Queensland se asombró al ver lo que describió como «unos ratones gigantescos dando saltos magníficos entre los arbustos». Se acercó a un aborigen guugu yimithirr, le preguntó el nombre del animal y el nativo le contestó: can-gu-rú, o sea, ‘no lo sé’. Cook interpretó que ese era el nombre del animal. No obstante, muchos han rebatido ese origen y señalan que kangaroo proviene de una palabra autóctona que suena muy parecido y que significa ‘saltador’.

El explorador inglés Martin Frobisher (h. 1535-1594) causó una fiebre del oro en Inglaterra, en 1578, cuando regresó de la isla de Baffin con tres naves cargadas con doscientas toneladas del rutilante mineral dorado. Frobisher regresó a Canadá con una flota aún mayor de quince navíos y excavó varias minas en los alrededores de la bahía Frobisher; regresó con mil trescientas cincuenta toneladas de mineral pero, tras años de fundición, se dieron cuenta de que tanto ese lote de mineral como el anterior no tenían valor alguno, pues resultó ser pirita de hierro, lo que hoy se conoce como «el oro de los tontos». A la postre, fue triturado y utilizado para la reparación de caminos.

01-05.jpgLa esvástica se asocia casi exclusivamente con el régimen nazi, pero, en realidad, es un símbolo muy anterior y casi universal. Al parecer se menciona por primera vez en los Vedas, las escrituras sagradas del hinduismo, pero su uso pasó pronto a otras religiones de la India, como el budismo y el jainismo. En el mundo oriental, la esvástica tiene significados diversos, pero todos relacionados con el bien.
En Japón o China se identifica con la totalidad de los seres; en el budismo, con la protección, y en el hinduismo, se tiene por símbolo sagrado y de buen agüero. También fue utilizada con profusión en elementos decorativos de catedrales románicas y góticas. Los nazis la adoptaron en 1920 como símbolo de la «raza aria», la raza superior (o sea, los germanos), pero este era, en realidad, el nombre que se daban a sí mismos los primeros invasores indoeuropeos de Eurasia.
Luego, cuando Hitler hizo de la esvástica o cruz gamada el símbolo del partido nazi alemán, cometió el error de usarla en posición oblicua, que era como la empleaban sus inventores prehistóricos para indicar mala suerte: puesta así, la cruz gamada indicaba derrota. Cuando le explicaron esto a Hitler, ya era demasiado tarde y no fue posible corregirlo. Según dicen, comentó que «preferiría haber perdido una batalla en lugar de cometer tal error».

El reverendo Thomas Baker participó en una expedición que se adentró en Fiji en 1867. Estando con un jefe tribal le mostró con orgullo un peine, pero el jefe creyó que se trataba de un regalo y se lo puso en el pelo como adorno. Baker se lo arrebató bruscamente, sin darse cuenta de que tocar la cabeza de un jefe de las Fiji era un agravio que acarreaba la muerte. El jefe clamó venganza, envió un mensajero para que se adelantara a la ruta de Baker y anunció que recompensaría con un diente de ballena a aquel que le diese muerte. El 21 de julio de 1867, la tribu montañesa de los nabutautau mató al reverendo y, de paso, a ocho de sus acompañantes, y tal y como era costumbre del lugar los cocinaron. Toda la tribu disfrutó de tan exótica comida, salvo aquellos a los que les tocó pierna, que se encontraron con que, incluso después de una larga cocción, seguía estando muy dura. Otros nativos con más experiencia culinaria les indicaron que las botas de caucho que se estaban comiendo no formaban parte de la carne de los europeos.

En 1935, los oficiales nazis seleccionaron a un niño rubio y de ojos claros para tomarlo como imagen propagandística de lo que debía ser la «raza aria», e imprimieron cientos de miles de postales del niño junto a Hitler. Cuando la distribución era ya masiva, se dieron cuenta de que el niño ario era, en realidad, el nieto del rabino Wedell, de Düsseldorf. Y es que un prejuicio o confusión habitual pretende ver a los arios como arquetipos de lo rubio en el pelo y lo azulado en los ojos. Ese error fue impulsado por el genetismo racista de los nazis. El mito de los arios puros llegó a ser algo absurdo, amén de criminal. Arios eran en puridad los indoarios de la India, primeros habitantes de ese subcontinente después de los dravídicos. Que en idioma sánscrito arya sea ‘noble’ no prueba nada sobre 01-06.jpgcaracterísticas físicas o fenotipos. Un solo país como Alemania está lleno de diferencias físicas, pues sus gentes van desde los tipos alpinos y bávaros a los nórdicos de las viejas zonas hanseáticas, sin contar todas las mezclas que se produjeron a lo largo de los siglos. Ya en tiempos de Hitler, el alemán medio era un mestizo y su pureza, una utopía. Sin embargo, se volcaron toneladas de papel (y toneladas de gases letales) para demostrar que la raza blanca, la caucásica, comprende diversas familias arias descendientes directas de la cepa primitiva de nuestra especie. Se quiso a todo trance que los arios alemanes fuesen la más pura de las emigraciones de los indoeuropeos a Occidente y, por supuesto, la mejor de las pretendidas razas clásicas: ibera, ligur, celta (o tipo mediterráneo, alpino, nórdico…). También los reyes persas se daban el título de arios, los más puros de su estirpe.

El filántropo Eugene Schieffelin (1827-1906) concibió la idea de llevar a Estados Unidos todos los pájaros mencionados por William Shakespeare en sus obras. Desafortunadamente, el personaje de Hotspur menciona al estornino en la parte I de Enrique IV, por lo que Schieffelin soltó en 1890 sesenta estorninos y, al año siguiente, otros sesenta en el Central Park de Nueva York. Hoy en día estas aves han proliferado por millones desde Alaska hasta México (habrá no menos de doscientos millones de ejemplares sólo en Estados Unidos), al no verse molestadas por depredador alguno, y se han convertido en una plaga perniciosa, al alterar el equilibrio ecológico. Afortunadamente, los intentos de Schieffelin de aclimatar otros pájaros, como pardillos, pinzones, ruiseñores y alondras, no tuvieron ese mismo éxito.

La marmota, ese pequeño mamífero asiático famoso por matar cobras, fue llevada por los agricultores de Hawai para tratar de controlar la población de ratas, pero se les pasó un pequeño detalle. Es un animal diurno y la rata, nocturno. Hoy en día, las marmotas son consideradas en Hawai como una plaga, casi tanto como las ratas.

A la isla del norte de Nueva Zelanda llegó inadvertidamente la avispa europea el año 1945 a bordo de un avión. A pesar de luchar contra ella con DDT y cianuro, las avispas se establecieron en una región de setenta y ocho mil kilómetros cuadrados. Hoy su exterminio se considera algo imposible y la única esperanza que se tiene es la de poder mantenerlas alejadas de los huertos.

El filántropo suizo Henri Dunant (1828-1910) dedicó tanto de su dinero y de su energía al establecimiento de la Cruz Roja que su negocio textil fracasó y se vio reducido a la indigencia. El apoyo de la zarina rusa Maria Feodorovna y otras donaciones mejoró notablemente su situación financiera. Pero, persistiendo en esa filosofía tan altruista, en 1901, al ser Dunant co-ganador del primer Premio Nobel de la Paz, Hans Daae depositó en su nombre el dinero del premio, ciento cuatro mil francos suizos, en un banco noruego evitando así que tuvieran acceso a él sus acreedores. Dunant no gastó nada de ese dinero en lo que le quedó de vida.

El gobernante de la isla de Zanzíbar en la década de 1950, Abeid Karume (1905-1972), suspendió un programa antimalaria de la OMS y despidió a su staff argumentando que los africanos eran «a prueba de malaria». Su decisión fue seguida de un brote de esta enfermedad en la isla.

El intento de Gerald Rodger de robar un banco de Aberdeen, Missouri, en noviembre de 1986, le valió el nada envidiable título de «peor ladrón de bancos del mundo». Su mérito fue escribir la nota en que pedía tres mil dólares en la parte de atrás de un cheque de su madre. Aunque había intentado borrar el nombre y la dirección se le olvidó hacer lo mismo con la cuenta bancaria. Cuando llegó a su casa, la policía le estaba esperando.

William A. Hightower era un asesino, pero un asesino lunático. El 2 de agosto de 1921 secuestró a un sacerdote, el padre Patrick E. Heslin, en su casa de las afueras de San Francisco; luego le aplastó el cráneo de un golpe y lo enterró cerca de la playa de Salada, al lado de una valla publicitaria. Hightower renunció al rescate, pero no a la recompensa ofrecida por brindar información acerca del paradero de Heslin. El 10 de agosto, Hightower se personó en casa del arzobispo Hanna para informarle de que había topado con la bufanda de Heslin mientras buscaba en la arena algún alijo ilegal de bebidas. Lo más lógico, según Hightower, es que el cadáver estuviera allí; no sabía exactamente dónde, pero no podía estar lejos. Hightower condujo a la policía hasta la bufanda de la playa, perorando durante todo el trayecto acerca de que había inventado la ametralladora e incluso había llegado a idear un sucedáneo de la fruta confitada. Luego, prediciendo el sitio exacto en que debía estar Heslin, Hightower cogió una pala y puso manos a la obra. «Tenga cuidado —le advirtió el comisario O’Brien—, no vaya a dañarle la cara». Pero Hightower lo tranquilizó: «Descuide, jefe, he empezado a cavar por el lado de los pies».

El irlandés William Howard Rusell (1821-1907) fue el primer periodista al que se le aplicó el apelativo moderno de corresponsal de guerra. Pero no sólo es famoso por esto, lo cual no es poco, sino también por ser el mejor periodista de su época, porque acuñó la expresión «la delgada línea roja» y sobre todo porque, fiel defensor de la verdad, siempre levantaba ampollas en los gobiernos con sus crónicas.
Tanto es así que fue culpable de la caída del gobierno de su nación, le tacharon de traidor, fue expulsado de varios países y recibió innumerables amenazas de muerte, entre las que destacan las de la casa real inglesa o algunos generales norteamericanos. Pero la carrera profesional de Rusell comenzó, paradójicamente, con una bochornosa metedura de pata. Con veinticuatro años recibió su primer encargo importante por parte de The Times: debía ir a Dublín a cubrir el juicio contra un importante nacionalista irlandés. El veredicto final fue el de culpable y, como no se disponía de telégrafo, comenzó una carrera contrarreloj para todos los corresponsales que se encontraban cubriendo la noticia. Había que llegar a Londres antes que nadie para ser el primero en poner la noticia en la calle. Rusell fue el primero en llegar y, al entrar exhausto en el edificio de The Times, sólo fue capaz de decir a la primera persona con que se topó una palabra: «Culpable». La pena es que esa persona era un sorprendentemente hábil reportero del Morning Herald, que salió corriendo hacia su periódico, de manera que fue este el primero en dar noticia. Este patinazo le costó a Rusell ser el hazmerreír del gremio durante una temporada, aunque no tardó en demostrar de qué pasta estaba hecho.

01-07.jpgEn 1938, Adolf Hitler fue elegido «Hombre del Año» por la revista Time. Aunque parezca chocante, hay que tener en cuenta que ese título de «hombre del año» no quiere decir mejor persona del año, sino personaje más trascendental. Y no cabe duda de que Hitler lo fue en 1938. El artículo original está escrito con mano izquierda, quizá a sabiendas de lo que estaba por llegar, tanto que, en la portada, no aparece su cara como es habitual en este tipo de galardones, sino una ilustración obra del barón von Ripper, en que se ve a Hitler tocando el órgano de una catedral, mientras unas víctimas cuelgan de la rueda de santa Catalina y la alta jerarquía nazi les observa.

El llamado «Incidente del vómito», protagonizado por el presidente estadounidense George H. W. Bush, fue un incidente diplomático ocurrido el 8 de enero de 1992, durante el cual vomitó accidentalmente sobre el regazo del primer ministro de Japón Kiichi Miyazawa, durante una visita diplomática. El asunto se convirtió rápidamente en motivo de sátira y mofa por la mayoría de comediantes americanos. La ABC llegó a publicar algunas secuencias del presidente vomitando. En sí misma, la cena en la que ocurrió era una recepción de Estado ofrecida por Japón a una delegación de ciento treinta y cinco diplomáticos estadounidenses, que tenía lugar en la propia casa del primer ministro japonés. El evento se enmarcaba en una gira diplomática de doce días por diferentes países asiáticos. A raíz del suceso, comenzó a usarse en idioma japonés la expresión «bushu-suru» o «bushuru» con el significado de «vomitar embarazosamente en un acontecimiento público» o, literalmente, «hacer un Bush».
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Aunque parezca increíble, la Asociación de los Judíos de la Nación Alemana pidió públicamente, en la campaña de las elecciones de 1933, el voto para el candidato del Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán (NSDAP), Adolf Hitler. Según los expertos, la inflación, el paro, una propaganda eficaz y el apoyo económico de los grandes industriales hicieron ascender al NSDAP y, en 1933, Hitler fue nombrado canciller.

El nombre del continente americano proviene del de Américo Vespucio (1454-1512), navegante florentino que realizó varios viajes de exploración a las Indias, en el curso de los cuales dibujó cartas y mapas de los nuevos territorios, llegando incluso a dar el nombre de «Colombia», en honor de Colón, a las tierras en que desembarcó. En un principio creyó que no pertenecían, como se pensaba, a una isla, sino que eran el extremo oriental de Asia. Mediante cálculos, llegó a la conclusión de aquel confín estaba mucho más allá del finis terræ señalado por Ptolomeo, lo que le llevó a ser el primero que, según se cree, advirtiera que se trataba de un nuevo continente. Al mismo tiempo, en 1507, en Saint-Dié, pequeña localidad de los Vosgos franceses, el cosmógrafo Martin Waldseemüller (h. 1470-1521) se dedicaba a escribir una introducción a los libros de Ptolomeo. Al tener noticia de las afirmaciones de Vespucio, dio el nombre de «América», en el planisferio que acompañaba a dicha obra, al nuevo continente. Tal denominación tuvo éxito en los ambientes científicos y pasó a ser la oficial del Nuevo Mundo, a pesar incluso del propio cosmógrafo alemán, que intentó deshacer su errónea atribución, evidentemente sin obtener resultado.

El secretario de Estado estadounidense William Jennings Bryan (1860-1925), con fama de gran orador, fue el encargado de organizar los actos de la inauguración oficial del canal de Panamá (1920). Con ocasión de tal acontecimiento, invitó a todos los países occidentales a enviar una representación de sus respectivas armadas a dichos fastos. Lo curioso es que llevó su celo diplomático a tal extremo que llegó a invitar a la Armada de Suiza, que no tiene mar.

En 1948, en plena guerra entre judíos y árabes, el embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, Warren Austin (1877-1962), apeló al buen sentido de los dirigentes de ambos bandos, sugiriendo que arreglasen sus desavenencias por vía pacífica, «como buenos cristianos».

Mediando también en el conflicto árabe-israelí, el senador republicano estadounidense por el estado de Wisconsin Alexander Wiley (1884-1967) repitió prácticamente el mismo error, al afirmar solemnemente: «Los judíos y los árabes deberían acabar con su disputa con el verdadero espíritu de la caridad cristiana».

El Tratado de París se firmó el 10 de diciembre de 1898 y mediante él España era despojada de los últimos restos de un imperio otrora inabarcable. Sin embargo, por un error en las delimitaciones geográficas, España conservó su soberanía sobre unas islas del archipiélago filipino (Cagayán, Sibutu y Sulú) y sobre otras nueve diminutas islas situadas al noroeste de Borneo. Estados Unidos rectificó posteriormente el error, al adquirir estas islas al Gobierno de España.

En 1549, el obispo de Yucatán Diego de Landa (1524-1579) ordenó la destrucción inmediata de una gran colección de códices mayas argumentando que «no contenían más que supersticiones y maquinaciones diabólicas», pese a que ni el obispo ni nadie por entonces era capaz de interpretar la escritura maya. El 12 de julio de 1562 se realizó el auto de fe de Maní, donde se incineraron ídolos de diferentes formas y dimensiones, grandes piedras utilizadas como altares, piedras pequeñas labradas, vasijas y códices con signos jeroglíficos. Las palabras de Landa fueron: «Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena». Se calcula que incineraron toneladas de libros, los cuales poseían registros escritos de todos los aspectos de la civilización maya. El suceso tuvo repercusiones. Aunque los mayas idearon medios para preservar sus cultos ancestrales, el hecho fue criticado por los colonos españoles, quienes argumentaron que «en lugar de doctrina, los indios recibían miserables tormentos», y la noticia llegó hasta Felipe II, por lo que en abril de 1563, Landa tuvo que viajar a España para presentar su defensa. Años después, en su vejez, se dedicó al estudio de la cultura maya, quizás para tratar de recuperar la valiosa información que había destruido en su época de inquisidor. Logró recuperar así una gran cantidad de información sobre la historia, el modo de vida y las creencias religiosas de este pueblo, y también logró entender el sistema vigesimal de sus matemáticas y su calendario.

En 1783, los habitantes de la ciudad francesa de Gonesse estaban seguros de que el visitante del cielo que había caído sobre la ciudad había sido enviado por Satanás y lo atacaron con horcas. Luego ataron los restos, desinflados y siseantes, a la cola de un caballo, que al galopar por el campo, los deshizo por completo. Según se comprobó después, el visitante no era otra cosa que la seda impermeabilizada de uno de los primeros globos aerostáticos llenos de hidrógeno que surcaban los cielos europeos.

En 1879, el sacerdote católico alemán Johann Martin Schleyer (1831-1912) dio a conocer el volapük, un intento mucho más serio que todos los anteriores de crear un idioma universal. Semejante en estructura gramatical al turco y al magiar, obtuvo un cierto éxito inicial a finales del siglo XIX. Se llegaron a publicar hasta trescientos dieciséis libros de gramática distintos, traducidos a veintiséis idiomas, mientras se editaban veinticinco revistas y doscientos ochenta y tres clubes promocionaban esta lengua artificial. Sin embargo, su declive provino de un congreso internacional en el que el propio Schleyer bloqueó la introducción de algunos cambios en su gramática, bajo el argumento de que aquel era su idioma y nadie estaba autorizado a cambiarlo. Cortedad de miras ciertamente notable para el creador de un idioma pretendidamente universal.

En 1907, cuando fue a Oxford a recibir el doctorado honoris causa por aquella universidad y aprovechó para pasar una larga temporada en Europa, el escritor y humorista estadounidense Mark Twain (1835-1910) gozaba de muy buena salud. Entonces, un diario de Nueva York, a causa de una confusión con varias noticias, dio la de que había fallecido. Al enterarse, Twain telegrafió sarcástico al director del periódico: «Rumores de mi muerte muy exagerados. Mark Twain».

Igual ocurrió tiempo después con el poeta y narrador británico nacido en India Rudyard Kipling (1865-1936), de quien un periódico al que estaba suscrito publicó por error una esquela dando a conocer su repentina (y falsa) muerte. Kipling escribió al director una breve nota en la que decía: «Acabo de leer que estoy muerto. No olvide borrarme de la lista de suscriptores».

En el año 526, los errores del calendario juliano vigente habían ido acumulando un desfase en la celebración de las fiestas religiosas que obligó al papa Juan I a encargar al erudito Dionisio el Exiguo un estudio cronológico que sirviera de base para establecer una decisión definitiva sobre la fijación de las fiestas anuales. Dionisio decidió replantearse todo partiendo de la fecha del nacimiento de Jesucristo. Hizo los cálculos oportunos y la fijó el día 24 de diciembre del año 753 de la era romana, lo cual significó un error, intencionado o no, de varios años con respecto a lo que ahora calculan los expertos. De hecho, posiblemente Cristo nació en el año 4 a. C., pues su nacimiento tuvo lugar durante el reinado de Herodes, quien murió cuatro años «antes de Cristo». Hoy incluso parece más probable aún que Jesucristo naciera en el año 6 a. C. Se supone esto porque la Biblia sugiere que Cristo tenía al menos dos años de edad cuando Herodes murió. La Iglesia de Francia 01-09.jpgasumió el sistema de la era cristiana en el año 742, en el llamado Concilium Germanicum, y más tarde lo hicieron las iglesias de Hispania e Italia. En todo caso, lo que parece seguro hoy es que Jesucristo nació en una fecha desconocida situada entre los años 7 y 4 a. C.

En agosto de 1944, poco antes de la liberación de París, Hitler ordenó a su gobernador militar Dietrich von Choltitz (alemán, pero con antepasados franceses) demoler la Torre Eiffel (así como arrasar el resto de la ciudad). Como es obvio, Choltitz desobedeció a Hitler, a quien aquí vemos junto con uno de sus colaboradores más cercanos, Albert Speer, a su derecha.

En julio de 1881, el presidente estadounidense James A. Garfield (1831-1881) recibió un balazo de Charles Guiteau, el cual lo odiaba porque nunca le había dado un cargo público. Guiteau admitió haber disparado contra él pero no haberlo matado. Dijo que los doctores que atendieron al presidente fueron los que lo mataron. Lo cierto es que Garfield pudo haber sobrevivido a su atentado sólo con que lo hubieran dejado tranquilo con la bala dentro de su cuerpo. Los galenos pasaron ochenta días tratando de sacársela y uno de ellos, incluso, insertó una sonda, creando una nueva herida cuya trayectoria confundiría a los otros médicos. Otro metió su mano hasta la muñeca y, accidentalmente, perforó el hígado del presidente. Finalmente se recurrió al inventor Alexander Graham Bell (1847-1922) para que crease a toda prisa un instrumento localizador de metales dentro del cuerpo humano. La máquina que él diseñó para este fin, teóricamente perfecta, no fue eficaz sin embargo por la absurda razón de que las pruebas se llevaron a cabo en el propio lecho en que yacía Garfield y nadie cayó en la cuenta de retirar el colchón de muelles metálicos sobre el que reposaba el cuerpo herido del presidente. Fracasado por negligencia este intento de exploración mecánica externa, los médicos se decidieron a llevar a cabo una exploración quirúrgica que trajo como consecuencia una infección que, al extenderse por todo el organismo del desdichado 01-10.jpgpaciente, le causó la muerte pocos días después. No obstante, el prototipo de detector de metales de Bell funcionaba a la perfección, como luego se comprobó, pero la casi inmediata aplicación de los rayos X a la medicina hizo que la máquina quedara pronto obsoleta. Tras la muerte de Garfield, por fin, se encontró la bala, alojada en un sitio donde no causaba peligro alguno contra la vida del presidente.

Corría el año 1949 y al alcalde de Fort Lauderdale, Florida, se le ocurrió estimular la ilusión de los niños de su ciudad al presentarles un Santa Claus literalmente caído del cielo. La idea era que el paracaidista Robert Niles, tras aterrizar en un campo deportivo local lleno de niños, comenzara a repartir regalos. Desafortunadamente, nada saldría como estaba planeado y el pobre Santa quedaría enredado en un doble tendido de líneas eléctricas de potencia. Al ser rescatado por los bomberos, perdería barba y peluca, lo que decepcionó en grado sumo a los niños… Este curioso error quedaría impreso en la memoria colectiva estadounidense y sería llamado por la prensa «El Fiasco de Navidad», un duro golpe a la reputación de Joe N. Morris, alcalde de Fort Lauderdale.

En la atmósfera de descomposición rusa de la segunda década del siglo XX, un cierto número de aristócratas, como el gran duque Dimitri Pavlovich, emparentado con el zar, pensaron que la única forma de ayudar al país era deshaciéndose del monstruoso Grigorii Efimovich Rasputín (1871-1916). En ese ambiente, un joven príncipe de diecinueve años, Felix Yusupov (1887-1967), se sintió llamado a cumplir esa misión y el 16 de diciembre de 1916, junto a otros aristócratas, decidió poner fin a la vida del corrupto y corruptor monje. Para ello, el 29 de diciembre, el príncipe le invitó a su casa, al palacio de la Moïka, con el pretexto de presentarle a su mujer. Sin embargo, la letal tarea de aquella noche resultaría bastante más difícil de lo previsto. El relato completo del asesinato del nigromante alcanza tintes escalofriantes.
Al parecer, Yusupov hizo preparar un pastel impregnado de una dosis de cianuro capaz de matar a veinte personas y, para mayor seguridad, vertió el mismo veneno en el vaso destinado a Rasputín. Sin embargo, a pesar de que el cianuro sólo suele tardar unos minutos en hacer efecto, Rasputín siguió sintiéndose muy bien durante dos horas. El príncipe estaba desesperado y Rasputín pidió algo para beber. Decidido a terminar de una vez, Yusupov tomó su revólver y le disparó a quemarropa. Con el ruido, los cómplices salieron de sus escondites; un médico examinó a Rasputín y concluyó que aún estaba vivo. Al poco, su respiración se detuvo y sus asesinos bajaron su cuerpo al sótano del palacio. Pero, unos minutos más tarde, Rasputín se levantó, intentó estrangular a Yusupov, que se defendió a bastonazos y salió a la carrera al exterior. Fueron necesarias cuatro balas más para que cayera al suelo, donde varios golpes de garrote le rompieron el cráneo. Los conjurados envolvieron el cuerpo y lo lanzaron al río Neva. Cuando se encontró el cadáver en el agua, se constató que Rasputín había muerto ahogado.
Todo esto se conoce a partir del relato del libro de memorias del propio príncipe Yusupov, titulado precisamente Cómo maté a Rasputín. En un relato biográfico posterior, redactado por la hija de Rasputín, se afirma que el príncipe Yusupov también le había violado junto a sus cómplices, antes de dispararle, y que, no contentos con ello, uno de los asesinos le castró, arrojando a un rincón su pene (legendario por razones antropométricas), donde lo recogería después uno de los sirvientes, pariente de la amante del monje, la cual lo llevaría consigo en su precipitada huida a París, y que, años después, según contamos en otro lugar, reaparecería.
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El 20 de marzo de 1992, unos setenta componentes del grupo scout francés de los Éclaireurs, dedicados en cuerpo y alma a limpiar el entorno de graffitis, borraron por error las pinturas rupestres de la Cueva de Mayrière Supérieure, cerca de la ciudad francesa de Bruniquel [en la foto, antes de la limpieza]. Los muchachos dañaron gravemente dos pinturas de bisontes de unos quince mil años de antigüedad antes de que se dieran cuenta de lo que estaban haciendo.

Las costumbres islámicas siempre han producido dolores de cabeza en Occidente. En 1889, el sha de Persia, Naser al-Din Sah Kayar (1831-1896), fue un huésped molesto. En el viaje que realizó a Londres en su afán de importar costumbres occidentales a su país, intentó comprar a la marquesa de Londonderry. En esa misma visita, cuando estaba en un salón lleno de gente junto al príncipe de Gales, le comentó que, si las mujeres presentes eran sus esposas, era mejor que las hiciera decapitar y después «se comprara» otras más bonitas.

Las crónicas históricas cuentan que cuando las tropas árabes del califa Omar o Umar ibn al-Jattab (581-644) tomaron la ciudad de Alejandría en el año 641, quemaron durante seis meses los miles de manuscritos de su famosa biblioteca para mantener el fuego de los cuatro mil baños públicos de la ciudad. De esta forma se consumó la destrucción del centro cultural más importante del mundo clásico, junto al museo de aquella misma ciudad. La Biblioteca de Alejandría había sido fundada por Ptolomeo I Sóter en el siglo III a. C., y sobrevivió a duras penas hasta el siglo VII de nuestra era. Pero su deterioro había comenzado mucho antes. En el año 47 a. C., al entrar Julio César en la ciudad, un incendio, que comenzó en el puerto, alcanzó la Biblioteca, destruyendo casi por completo el edificio que la albergaba y muchos de sus fondos. No obstante, fue reconstruida, aunque nunca recuperó su anterior esplendor. En el año 270, un grupo de fanáticos cristianos, considerando que algunos de los manuscritos guardados en ella eran contrarios a su fe, incendiaron nuevamente el edificio, interrumpiendo casi definitivamente su actividad, que aun así perduró, muy mermada, hasta que el califa Omar le dio el golpe de gracia.
Por cierto, la legendaria cantidad de volúmenes de la Biblioteca de Alejandría tenía truco, pues cuando los viajeros entraban en la ciudad se les confiscaban los libros que llevaban, que pasaban a manos de los escribas, los cuales los copiaban. Estos entregaban luego una copia al «benefactor» forzoso, ya que el original pasaba a formar parte del fondo de la biblioteca.

Cuando a Hernando de Magallanes (1480-1521) le quedaba sólo una cuarta parte de su viaje de vuelta al mundo, una vez pasado lo más difícil y habiendo surcado los mares desconocidos, en el momento en que había encontrado la civilización, víveres y seguridad en Filipinas (1521), se le ocurrió terciar en medio de un simple ajuste de cuentas entre dos tribus indígenas y ahí acabó inesperadamente sus días. Magallanes pereció en la llamada batalla de Mactán, disputada en la isla filipina del mismo nombre contra una tribu cebuana encabezada por el jefe tribal musulmán Lapu-Lapu.

A partir de la herencia que, junto a sus dos hermanos, recibió de su abuelo, el estadounidense Robert Paxton McCulloch (1911-1977) levantó su propio imperio empresarial de éxito. Para refrendar su éxito y mejorar su ciudad, en 1968 se propuso conseguir una atracción realmente destacada para ella. Coincidentemente, el ayuntamiento de Londres había decidido sustituir el antiguo puente de Londres, construido por John Rennie en 1831, que había comenzando a hundirse, por uno nuevo, y financiar toda la operación sacando a subasta el viejo.

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McCulloch decidió entrar en la puja, con objeto de llevarse el puente a su ciudad de Arizona. Para ello, cuantificó su oferta duplicando el coste de desmantelar el puente (2,4 millones de dólares) y añadiendo sesenta mil dólares, mil por cada año de vida que habría pasado cuando, según sus cálculos, el puente fuera reconstruido al otro lado del Atlántico. Por supuesto, dado ese precio, y la poca competencia, McCulloch se hizo con el puente. En abril de 1968, este fue desmantelado en bloques numerados y embarcado con rumbo a Estados Unidos, donde fue reconstruido en la localidad de Lake Havasu, Arizona, en la cual sirve hasta hoy día como reclamo turístico. No obstante, la reconstrucción no empleó todos los bloques originales, debido al alto coste de las tasas de transporte, por lo que no puede decirse que el actual sea el puente original, sino más bien una versión reducida. Esta se levantó sobre tierra firme, que después se inundó artificialmente gracias a un canal, dando lugar a una isla conectada con el núcleo antiguo de la ciudad mediante el puente y en la que se situó el aeropuerto de la ciudad, al que McCulloch subvencionó vuelos gratuitos hasta 1978, como parte de su campaña para atraer inversores y quizás así recuperar su enorme gasto. El 10 de octubre de 1971 se celebró la fiesta de inauguración, con desfile, fuegos artificiales, famosos…, y la presencia conciliadora del alcalde de Londres, quizás para limar asperezas con el empresario, que siempre mantuvo sentirse engañado, pues él pensó, al principio, que había comprado el puente de la Torre de Londres y no el puente de Londres.

La introducción de conejos en Australia por los primeros colonos ingleses, a mediados del siglo XIX, desertizó prácticamente por completo el territorio interior de esta isla-continente. Casi sin enemigo natural, pues los colonos habían diezmado antes la población de dingos y otros depredadores potenciales, los conejos se reprodujeron con gran rapidez a partir de las siete parejas llevadas allí en 1859 por el pionero inglés Thomas Austin.

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La invasión acabó con la reserva de pastos del interior australiano, que fue tan esquilmada que su suelo se convirtió prácticamente en un desierto de arena sin defensa natural ante los vientos. En diez años, los conejos constituyeron una verdadera plaga y hubo que cazarlos a pleno esfuerzo. Se mataron unos cuarenta y siete millones de ejemplares, que fueron pagados a buena prima. En 1950, se llevó a Australia el virus mortal de la mixomatosis y así se consiguió controlar la plaga, que por entonces se llegó a calcular que estaba formada por no menos de mil millones de ejemplares.

Se cuenta que el legislador griego del siglo VII a. C. Carondas dictó, entre otras leyes, una prohibiendo presentarse armado ante la Asamblea del pueblo. Cierto día, bien por olvido o por precipitación al querer participar en una acalorada discusión que se estaba produciendo en una de las reuniones de dicho organismo, lo cierto es que él mismo penetró en el recinto sin dejar las armas fuera. Sus enemigos se apresuraron a echarle en cara que violaba su propia ley, pero Carondas replicó: «Os equivocáis: vengo a confirmarla». Y se atravesó con su espada.

Se ha dicho repetidamente que Catalina de Médicis (1519-1589) envenenó las páginas de un libro que regaló a su esposo Enrique II de Francia (1519-1559) para que este muriera al pasar las páginas mojando el dedo en saliva. Sin embargo, se equivocó y fue su propio cuñado, Francisco (1518-1536), quien lo hizo y quien murió.

Según la nieta del segundo oficial del buque, el hundimiento del Titanic en su viaje inaugural de Southampton a Nueva York en abril de 1912 no se debió a que iba demasiado rápido y a que la tripulación sólo vio el iceberg cuando era demasiado tarde, sino a un error concreto del timonel. Según una nueva versión de lo ocurrido, la tripulación vio a tiempo el iceberg, pese a lo cual el buque se estrelló contra la masa de hielo por culpa de ese error, mantenido en secreto por el segundo oficial del transatlántico, Charles Lightoller, que sobrevivió al hundimiento. La nieta del oficial, la escritora Louise Patten, de 56 años, revela lo ocurrido en su novela Good as Gold. Su abuelo murió antes de que ella naciera, pero Patten vivió con la mujer de aquel, que le contó lo verdaderamente sucedido. El error, que costó la vida a mil quinientas diecisiete personas, se produjo porque en el buque había dos sistemas de gobierno sometidos a dos mandos distintos, uno situado frente al otro. Era la época de transición de la navegación a vela a la de vapor, y la mayoría de los navegantes de entonces, incluidos muchos oficiales del Titanic, habían estado antes al mando de buques de vela. De ahí que estuvieran acostumbrados a dar órdenes según el viejo sistema, lo que significa que si uno quería que el barco fuese en una dirección, había que girar el timón en la opuesta. El nuevo sistema era, por el contrario, como conducir un automóvil: se mueve el volante en la misma dirección en la que se quiere que vaya el coche. La orden de girar a babor significaba pues que había que girar la rueda a la derecha bajo el viejo sistema y a la izquierda, según el nuevo. Cuando el primer oficial, William Murdoch, avistó el iceberg a dos millas de distancia, dio la orden de «fuerte a estribor» y fue malinterpretado por su subordinado Robert Hitchins, que viró el buque a la derecha en lugar de a la izquierda. Aunque casi inmediatamente se le advirtió del error y se le dijo que lo corrigiera, era ya demasiado tarde. No obstante, no fue este el único fallo ocurrido aquella trágica noche.
01-14.jpgPara agravar ese error fundamental, Bruce Ismay, presidente de la compañía propietaria del buque, la White Star Line, fue al puesto de mando y convenció al capitán del Titanic de que siguiese navegando en lugar de frenar en la falsa creencia de que el buque era insumergible. Eso hizo que aumentara la presión del agua que entraba por el casco averiado, por lo que el Titanic tardó mucho menos tiempo en hundirse de lo que hubiera sido normal en otras circunstancias. Charles Lightoller mantuvo en secreto esos errores durante las pesquisas que se llevaron a cabo a ambos lados del Atlántico por temor a una bancarrota de la naviera si se conocía la verdad.
Pero hubo más errores relacionados con el naufragio del Titanic y sus catastróficas consecuencias. Cuando se lanzaron las bengalas de color blanco (señal internacional de auxilio), varias embarcaciones cercanas pensaron que se trataba de luces originadas por algún festejo en el Titanic. El azar sin embargo, tuvo más protagonismo en la tragedia. Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el témpano, se habría podido mantener a flote, con sólo dos compartimentos inundados, lo que le habría permitido incluso seguir navegando. Si el telegrafista del buque, Jack Phillips hubiera comunicado los últimos partes de las 22 y 23 horas del SS Californian al puente, tal vez se hubieran tomado las precauciones adecuadas. Si el Titanic hubiera dispuesto de cinco segundos más a la hora de divisar el témpano, se hubiera evitado la colisión. Con cinco segundos menos, el buque se hubiera estrellado de frente y seguramente hubiera resistido el envite. Si el primer oficial Murdoch no hubiese dado la orden de marcha atrás, junto a la de viraje, el Titanic habría evitado el témpano por escaso margen, pues quitó presión de viraje al timón. Si esa noche hubiese habido viento, o simplemente si los vigías hubiesen tenido prismáticos, es posible que el témpano hubiese sido avistado antes, evitándose la catástrofe. Si el SS Californian hubiera acudido al instante, habría podido rescatar a la mayoría del pasaje del Titanic. Si en los astilleros de Belfast no hubieran construido el casco del Titanic con materiales defectuosos, posiblemente el barco hubiera aguantado el impacto, ya que la fuerza de presión del iceberg fue de seis mil quinientas toneladas y el barco sólo podía aguantar cuatro mil y no las seis mil anunciadas.

Uno de los errores más importantes y trascendentes de la historia fue el que cometió Cristóbal Colón al calcular mal la distancia entre Europa y Asia. Colón emprendió el viaje el 3 de agosto de 1492 con el pleno convencimiento de que llegaría a Cipango (Japón) o Catay (China) navegando hacia el oeste y aún después de pasar muchos años explorando el continente americano, murió ignorando que había descubierto un nuevo continente. Colón había calculado mal, de acuerdo con Ptolomeo, el tamaño de la Tierra. Para toda la Europa culta, conforme al cálculo establecido por Eratóstenes, la Tierra era tan grande que era imposible que un barco de la época llegara desde España hasta el Lejano Oriente. Sin embargo, Colón chocó, literalmente, con América. Sus dificultades para que aceptaran su proyecto no provinieron de que los sabios no creyeran que la Tierra era una esfera, sino de que pensaban que la circunferencia de la Tierra era más grande de lo que decía el genovés. Los sabios diferían en sus opiniones con respecto a la circunferencia de la tierra, que variaba entre los 32 000 km del Atlas Catalán (año 1375) y los 38 000 de Fra Mauro (1459). Colón creía que la separación entre Europa y Asia era de 135 grados, pero en realidad es de 229 grados. Colón también creía que Asia estaba mucho más cerca y, de no ser porque se encontró con un continente desconocido por los europeos, habría muerto a manos de sus marineros amotinados. El navegante siguió convencido de que había llegado a las islas de Asia y fue Américo Vespucio, como ya hemos visto, quien persuadió a todos de que lo descubierto por Colón era un nuevo continente.

Capítulo 2
Errores militares

En el año 413 a. C., las huestes atenienses sitiaban la ciudad siciliana de Siracusa, pero las cosas no iban bien, pues su ejército se encontraba semicercado a causa de los refuerzos que recibía el enemigo. Por eso, el político ateniense Demóstenes (384-322 a. C.) convenció al jefe militar de la expedición, Nicias,  que levantara el sitio antes de ser arrollados por el enemigo. Más, cuando los atenienses se estaban retirando, se produjo un eclipse de luna. Al considerarlo de mal agüero, Nicias decretó un aplazamiento de la retirada por espacio de los «tres veces nueve días» que prescribieron los adivinos. Nicias, Demóstenes, cuarenta y tres mil atenienses y los adivinos murieron por ese error táctico motivado por la superstición.

Durante la guerra que enfrentó a España con Inglaterra a causa de la alianza que pactara Godoy con Napoleón, cuando la flota combinada partió de Algeciras en dirección a Cádiz, el 11 de julio, se encontraron en el estrecho de Gibraltar los navíos españoles Real Carlos y San Hermenegildo, los más grandes jamás construidos, junto con el Santísima Trinidad.

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Al ser adelantados en la oscuridad por el buque inglés Superb, que pasó entre ellos lanzando andanadas por sus dos costados, los dos españoles empezaron a cañonearse furiosamente, se abordaron, se incendiaron y, al darse cuenta al fin de su error, al llegar las primeras luces de la mañana, volaron sus respectivas santabárbaras y se hundieron para siempre. Tras ellos fueron dos mil marineros españoles.

El 30 de julio de 1520, ocurría la dramática y celebre «Noche Triste», en la que Hernán Cortés (1485-1547) y sus hombres sufrieron una amarga derrota en las afueras de la actual ciudad de México. En esa noche murieron ochocientos sesenta infantes de Castilla, cuarenta y seis jinetes con sus caballos y cuatro mil indios auxiliares de Tlaxcala. Asediado por los aztecas que se habían sublevado, Cortés dejó Tenochtitlán y emprendió una retirada que se transformó en masacre. Fue un gran error militar, como quedó demostrado poco después al reconquistar los españoles la posición perdida. Lo que pocos saben es que el conquistador español siguió ese día los consejos de uno de sus soldados, el napolitano Blas Botello, a quien todos llamaban «El Nigromántico», y que había leído en el horóscopo de Cortés la conveniencia de un repliegue. En lo único que acertó el astrólogo fue en pronosticar su propia muerte durante la amarga noche.

La batalla de Hastings fue un enfrentamiento decisivo entre las tropas de Harold II (1022-1066), último rey sajón de Inglaterra, y los soldados invasores normandos del futuro Guillermo I el Conquistador (1028-1087). La batalla, acaecida el 14 de octubre de 1066 en Hastings, cerca de Londres, terminó con la aplastante victoria normanda, entre otras razones por un exceso de confianza sajona, al ser mal informado el rey Harold por sus espías de que en el ejército enemigo había numerosos monjes (conclusión a la que llegaron al ver sus cabezas tonsuradas). Harold II murió en la batalla y, con él, terminó el dominio sajón de Inglaterra, que a partir de entonces quedó unida políticamente al ducado de Normandía, en el norte de Francia.

El 21 de abril de 1836 tuvo lugar una batalla decisiva en la lucha sostenida para obtener la independencia de México del territorio de Texas. Fue la batalla de San Jacinto, en la que menos de setecientos ochenta y tres hombres al mando del general Samuel Houston acabaron con el ejército del general mexicano Antonio López de Santa Ana, formado al menos por el doble de efectivos. Los mexicanos, a pesar del peligro, estaban absolutamente confiados y descansaban tranquilamente. Muchos de ellos se encontraban echándose una siesta, entre otros el propio general Santa Ana. Con este panorama, los tejanos sólo necesitaron dieciocho minutos para capturar y matar a cientos de enemigos, contando sólo nueve bajas entre sus filas.

El 10 de agosto de 1628, la Armada sueca botó en los astilleros de Estocolmo el buque de guerra Vasa, un enorme barco de sesenta y cuatro cañones y dos puentes, destinado a combatir en la guerra sueco-polaca ya en marcha. El Vasa era el mayor de los cuatro navíos que el rey Gustavo Adolfo II de Suecia mandó construir y todo en él era exagerado: medía setenta metros de largo por doce metros de ancho; su palo mayor tenía cincuenta y cinco metros de altura (desde la quilla), diez enormes velas de 1275 metros cuadrados cada una y el castillo de popa se elevaba a más de quince metros sobre el nivel del mar; desplazaba 1210 toneladas y llevaba un total de sesenta y cuatro cañones, de los que veinticuatro pesaban más de una tonelada; por último, podía transportar en su interior a unos tres mil soldados. Se construyó con la madera de más de mil robles suecos y se decoró profusamente con miles de figuras coloreadas para «provocar temor en los enemigos y admiración en los amigos». Sin embargo, los augurios no eran buenos. Días antes de su botadura, se le hizo la habitual prueba de estabilidad, consistente en que treinta hombres corriesen de una borda a otra por la cubierta superior y, al poco de comenzar, en la tercera vuelta, tuvieron que mandar parar porque el barco comenzó a escorarse peligrosamente. No obstante, se decidió pasar por alto lo ocurrido. El rey en persona llegó para verlo zarpar y todo estaba ya preparado para el evento, así que, aquel día, empujado por una suave brisa, el Vasa comenzó a moverse, lento y majestuoso ante una muchedumbre de curiosos, incluidos el rey y su corte, reunidos en el puerto.
El barco comenzó a maniobrar para enfilar la salida del puerto, pero, de repente, una ráfaga de viento le pilló con las troneras de los cañones abiertas, lo que hizo que el barco se escorara y lo empujó de nuevo hacia el malecón del puerto, contra el que acabaría chocando. Ese golpe lo volvió a enderezar y parecía que aguantaría la vertical, pero de nuevo se volvió a escorar, esta vez hacia el otro lado, de manera que entró agua por las cañoneras abiertas. En pocos minutos, el barco se fue a pique y murieron cincuenta personas pese a que no llevaba la dotación completa. Al parecer, el rey, que había mostrado especial interés en aquel majestuoso barco, había ido modificando el diseño inicial, añadiendo varias cubiertas más de las previstas y aumentando la altura del castillo de popa sin que los constructores amoldaran el casco a esos cambios. Se abrió una investigación y cuando se preguntó al jefe de obras por las causas del desastre respondió: «Sólo Dios lo sabe». Así que, como parecía claro que los responsables fueron Dios y el rey, se acabó dando un discreto carpetazo al asunto.
Para paliar en algo las pérdidas, y como el barco se había hundido a no mucha profundidad, se organizó el mayor rescate submarino realizado hasta entonces. Mediante una campana de aire, se realizaron inmersiones de hasta media hora de duración y se lograron recuperar, entre otras cosas, casi todos los cañones, incluidos los que pesaban una tonelada, algo que, sin duda, tuvo su merito. Pero la historia del Vasa no terminó así.
Tras reposar en el fondo del mar, casi olvidado, durante más de trescientos años, Anders Franzén dio con él en 1956 y se organizó una gran operación de rescate. Unos buzos cavaron una serie de estrechos túneles por debajo del casco del barco a través de los cuales pasaron unos cables. Poco a poco fueron arrimando el viejo casco hasta aguas menos profundas, donde comenzaron a achicar el agua en su interior. El viejo casco comenzó a flotar por sí solo y los últimos metros los recorrió deslizándose sobre su propia quilla. Además del casco, se recuperaron más de veinticinco mil piezas diversas, seis de las diez enormes velas y veinticinco esqueletos que se encontraban en el interior y en las inmediaciones. El barco se había conservado bastante bien gracias a la poca salinidad del mar Báltico y, una vez en la superficie, su principal enemigo era el aire. A las piezas no muy grandes se les aplicó una solución especial para evitar su deterioro, pero el enorme casco dio más trabajo: hubo que rociarlo con el líquido especial todos los días durante 17 años hasta que quedó perfectamente protegido. Hoy en día, el Vasa se haya expuesto en el museo que lleva su nombre y que se construyó especialmente para él.

El HMS Endurance, un rompehielos de tres mil seiscientas toneladas de la Marina británica, alcanzó, por mediación de su cañonero, su máximo nivel de incompetencia al lograr la más desafortunada salva de saludo que conoce la historia naval.

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En efecto, al llegar a Ciudad del Cabo el clíper turístico Adventurer, representando a Inglaterra en la carrera de veleros alrededor del mundo, fue saludado por el Endurance con una salva de nueve cañonazos. La sexta andanada destrozó todo el velamen y la tripulación del Adventurer perdió un día entero cosiendo la vela. El tiempo perdido le costó al Adventurer el primer puesto.

02-03.jpgEn Honolulu, el 12 de diciembre del 1794, la balandra mercante americana Lady Washington disparó trece salvas de cañonazos para saludar a la goleta inglesa Jackal.
La Jackal devolvió el saludo… matando instantáneamente al capitán del otro buque y a varios miembros de su tripulación. Uno de sus cañones había sido cargado con munición real.

Según un relato tal vez falso, la noche del 25 de diciembre de 1776, durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, en las cercanías de Trenton, los espías del coronel Rahl, que mandaba las tropas británicas que se enfrentaban a las coloniales del general George Washington, trataron de informarle de los planes de batalla del enemigo. El coronel, al hallarse inmerso en una apasionante partida de ajedrez con la que distraía la velada, pospuso la atención debida a dichos informes, con lo que perdió la oportunidad de desbaratar los planes de las tropas coloniales que, atacando al amanecer del día de Navidad, infligieron una crucial derrota a los británicos.
Pero lo que va por lo que viene. Los ingleses derrotaron al agotado ejército de George Washington en White Plains, después en Fort Washington, luego en Brandy-Wine, más tarde en Germantown y pudieron haberle dado el golpe de gracia en Valley Forge durante el crudo invierno de 1777-1778. Sin embargo no lo hicieron. No atacaron porque William Howe, el general británico al mando de las fuerzas de la metrópoli, había encontrado un cálido consuelo en los brazos de cierta señorita Loring en la cercana Filadelfia.

La primera versión del fuerte Montgomery del Ejército de los Estados Unidos se construyó por error en el lado canadiense de la frontera. Cuando un nuevo informe descubrió que el paralelo 45 se hallaba en realidad unos mil doscientos metros más al sur, se detuvo la construcción de aquel primer fuerte y el emplazamiento fue abandonado. Buena parte de los materiales de construcción fueron reutilizados luego por los lugareños en sus propias casas o en edificios públicos.

La Guerra anglo-estadounidense de 1812 tuvo una importante vertiente marina en la que la Royal Navy británica fue dominante. Una de las razones de esta contienda estuvo precisamente en el mar y fue el embargo que los británicos efectuaron contra Francia y que afectaba colateralmente a Estados Unidos, ya que aquellos interferían en el tráfico marítimo de estos. Estados Unidos trató durante mucho tiempo de hacer rectificar a los británicos y evitar así más problemas. Viendo que la actitud británica no cambiaba y que seguía obstaculizando el tráfico marítimo, los Estados Unidos declararon la guerra el 18 de junio de aquel 1812. Dos días antes, el 16 de junio, los británicos habían revocado las órdenes tal y como pedían los estadounidenses, pero a comienzos del siglo XIX las comunicaciones no eran tan ágiles como ahora. El presidente americano, James Madison, aseguró más tarde que si hubiera conocido la decisión británica, no habría declarado la guerra. La orden tardó varios meses en ser conocida en Washington, entre otras cosas, porque ya había en marcha una contienda abierta.

En esa misma guerra, la batalla más famosa fue la de Nueva Orleans, el 8 de enero de 1815, en la que los británicos fueron derrotados por el general Andrew Jackson, que más tarde sería presidente estadounidense. Lo curioso es que, dos semanas antes de esta batalla, el 24 de diciembre de 1814, se había firmado en Europa el tratado de Gante, que ponía fin a la guerra. Una vez más las comunicaciones hicieron que esta guerra causara muertes y estragos innecesarios.

En la tarde del 17 de septiembre de 1788, durante el transcurso de la sexta guerra ruso-turca, los imperios austriaco y otomano lucharon en la batalla de Karánsebes, en la que las hostilidades llegaron a enfrentar a los austriacos contra… los austriacos. El Ejército austrohúngaro, con unos cien mil soldados, se estaba organizando cerca de Karánsebes, hoy ciudad rumana. La mayoría de las tropas estaban conformadas por los pueblos sometidos (italianos, serbios, croatas, húngaros, rumanos) y muy pocos de los soldados hablaban alemán, la lengua del emperador. Un grupo de húsares partió a explorar el entorno en busca del enemigo. No hubo suerte y aquel grupo de exploración no localizó al Ejército turco, pero sí a un grupo de gitanos que les vendieron alcohol. Los húsares, como era de esperar, pronto se pusieron a dar buena cuenta del aguardiente, labor en la que, enseguida, se les unió la infantería de su propio ejército. Pero, hete aquí que los primeros, que habían pagado los barriles, se negaron a compartirlos y ambos bandos se enzarzaron en una pelea, que pronto se desmadró y que, finalmente, obligó a intervenir a la policía militar. Uno de los policías intentó calmar los ánimos gritando «Halt! Halt!» (‘¡Alto! ¡Alto!’), voz que muchos, desconociendo el alemán, interpretaron como « ¡Alá! ¡Alá!». La mala suerte quiso que un grupo de caballería que llegaba en ese preciso instante tomara el barullo como un ataque enemigo e iniciara una carga. Los comandantes de artillería, al ver aquella carga de caballería, supusieron que era otomana y comenzaron a disparar. Todo este jaleo, la lucha, los disparos de artillería, etc., acabó por descentrar a todo el campamento, que en lugar de organizarse y esperar a ver qué ocurría, comenzó a disparar. Cuando los generales austriacos pudieron volver a hacerse con el control de la situación, ya era demasiado tarde: gran parte de las tropas se habían aniquilado entre ellas y los que quedaban en pie se encontraban confundidos y conmocionados. Así se sucedieron las horas de batalla hasta que en un momento dado todos decidieron que había llegado el momento de emprender la huida. Durante esta, el caballo del emperador se asustó y José II acabó en una poza. Los otomanos llegaron a Karánsebes dos días después y descubrieron casi diez mil muertos y heridos por fuego amigo.

El 22 de enero de 1824, un despiste administrativo en pleno transcurso de una batalla fue la perdición del Ejército británico. La batalla comenzó a las afueras de la ciudad de Bonsaso, en el territorio de África Occidental (hoy Ghana), cuando diez mil guerreros ashanti atacaron a las tropas británicas al mando de sir Charles McCarthy. Los ashanti, más numerosos, acabaron por rodear a los británicos a medida que el tiempo iba transcurriendo y la munición se le iba acabando al ejército colonizador. En ese momento, todo el mundo se acordó de Brandon, un civil encargado de proveer de municiones al ejército que había enviado las cajas de munición de reserva desde Costa del Oro, pero, al abrirlas, los soldados encontraron galletas en vez de balas. Sólo veinte soldados británicos sobrevivieron; el resto, incluido sir Charles, murieron entre galletas y balas ashanti. Para mayor escarnio, a partir de entonces la calavera de McCarthy se convirtió en la copa de brindis de los reyes ashanti.

En 1893, el buque inglés HMS Victoria chocó durante unas maniobras contra el HMS Camperdown cerca de la ciudad libia de Trípoli, y rápidamente se hundió, a causa de lo cual murieron trescientas cincuenta y ocho personas, incluido el comandante de la Flota británica del Mediterráneo, el vicealmirante George Tryon.

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En la consiguiente corte marcial se determinó que la colisión provino directamente de una orden explícita del almirante Tryon. Se especuló que este se confundió al hacer virar sus barcos noventa grados en lugar de ciento ochenta al considerar cuanto espacio necesitaba para esa maniobra.

Eugenia de Montijo (1826-1920) era una granadina que se convirtió en emperatriz de Francia tras casarse con Napoleón III en 1853. Por entonces, paseando un día por los jardines de las Tullerías vio a un soldado montando guardia junto a un banco de madera. Cuando repitió el paseo unos días después y volvió a encontrarse con otro soldado vigilando el banco, aquello le llamó la atención. Preguntó por qué se hacía y, puesto que nadie lo sabía, se investigó el asunto. Al final, se descubrió que todo había comenzado décadas atrás, en tiempos de Napoleón Bonaparte, quien había mandado pintar el banco y poner allí a un soldado que avisara a las damas y compañía de la emperatriz Josefina de tal circunstancia. Aquella guardia se mantuvo unos días por si el banco no estaba aún bien seco y la cosa se fue institucionalizando. Y así, durante décadas, día tras día, hubo un soldado vigilando un banco en el jardín de las Tullerías porque un día lo habían pintado. Como es lógico, Eugenia de Montijo ordenó que se interrumpiera esa vigilancia.

02-05.jpgTreinta y dos hombres murieron cuando el crucero británico HMS Trinidad se torpedeó accidentalmente a sí mismo en 1942. Similar fue el caso del submarino estadounidense Tang, que se auto torpedeó accidentalmente durante una patrulla de combate en la costa de Taiwán en 1944. Murieron setenta y cuatro personas.

A finales del siglo XIX, Rusia se había extendido por Siberia, y en 1869 había habilitado el puerto de Vladivostok, desde donde extender su dominio al océano Pacífico. Sin embargo, los altos mandos de la corte zarista olvidaron el pequeño detalle de que las instalaciones rusas en el Pacífico debían ser protegidas convenientemente con una escuadra de guerra, si es que querían crear un área de influencia en la región y especialmente domeñar a Japón, país por el que el zar sentía una especial animadversión desde que, durante una visita al mismo, un fanático hubiera perpetrado un atentado contra él que le había dejado una fea cicatriz en el rostro. Cuando en 1904 estallaron las hostilidades entre Rusia y Japón por la hegemonía naval en el océano Pacífico, los rusos estaban cualquier cosa menos preparados. Como el canal de Suez estaba en manos británicas, se le pidió al almirante Zinovi Rozhestvenski (1848-1909) que navegara con su obsoleta flota nada menos que dieciocho mil millas desde el mar Báltico hacia el Atlántico, lo recorriera entero hasta el sur de África, y desde ahí cruzara todo el océano Indico para enfilar, por el Pacífico, hacia Japón. Todo ello, al mando de la mayor escuadra de la historia movida por calderas alimentadas con carbón, pero sin que hubiera una sola base de suministros en todo el camino, lo que obligó al mando ruso a concertar de emergencia una serie de reuniones en alta mar con barcos de abastecimiento de la compañía Hamburg-Amerika con el fin de proporcionar a sus naves el carbón sin el cual hubieran acabado convertidas en cacharros inútiles a la deriva. Para colmo, muchos de estos buques de la clase Bodorino realizaban su viaje de prueba. En cuanto a los de la clase Suvárov, las condiciones eran peores; las ocurrencias y modificaciones tardías de los diseñadores rusos habían hecho que estos buques fueran tan pesados que el armamento secundario inferior no podía usarse en ningún tipo de mar. La situación en los Suvárov fue tan crítica que, a los pocos días de marcha, Rozhestvenski les envió orden de que no enarbolaran estandarte alguno que no fuera esencial, para que ni siquiera este peso desestabilizara las naves y las llevara a volcar. Además, sobre la incompetencia de la tripulación y la corrupción de los oficiales se podrían escribir libros enteros. Por tanto, con semejantes buques y tal falta de apoyo logístico, la expedición militar de Rozhestvenski estaba literalmente condenada al fracaso. Su triste destino final se llevó a cabo cuando por fin consiguieron llegar a aguas japonesas sólo para ser hundidos por la fresca y superior armada nipona, que además luchaba en su propio territorio.
Desde prácticamente el inicio de ese largo viaje, los marineros rusos estaban nerviosos y avistaban torpederos japoneses por todas partes. En la tarde del 21 de octubre de 1904, el Kamchatka, barco de reparaciones de la flota, telegrafió al resto que estaba siendo atacado; el mensaje había sido radiado por el capitán, que en ese momento estaba borracho y que, en su embriaguez, había tomado a un mercante sueco, un pesquero alemán y una goleta francesa por buques japoneses. El Kamchatka les disparó trescientos obuses, antes de que la «batalla» terminara. Esa misma noche, se cruzaron con una flotilla de unos treinta barcos pesqueros británicos. Los rusos, nerviosos, interpretaron incorrectamente las señales del Kamchatka y abrieron fuego. Uno de los pesqueros británicos fue hundido, al tiempo que varios pescadores fueron heridos y unos cuantos muertos. En la confusión de la noche, al aproximarse el crucero Aurora, que no había participado aún en la escaramuza, los rusos lo tomaron por una de las naves japonesas y abrieron fuego sobre él. Afortunadamente, las mutuas incompetencias se anularon y sólo la asombrosa impericia de los artilleros rusos impidió que este fuego amigo cruzado produjera daños mayores a la propia escuadra rusa. Cuando la noticia llegó al Foreign Office británico, estuvo a punto de provocar una guerra entre Rusia e Inglaterra. La prensa británica, por su parte, se cebó en Rozhestvenski y su escuadra. Finalmente rusos e ingleses llegaron a un acuerdo por el que los primeros pagaron sesenta y seis mil libras esterlinas a los pescadores víctimas del incidente. En cuanto a Rozhestvenski, se le ordenó recalar en Vigo, donde fueron dejados atrás los oficiales considerados responsables del incidente.
Uno de los problemas logísticos más recurrentes se relacionaba con los libros de códigos, poco y mal repartidos entre la flota. Peor aún eran las prácticas de artillería. En su juventud, Rozhestvenski había ganado fama por su puntería, pero ahora sus hombres no eran capaces de acertar a ningún blanco estacionario. Por ejemplo, al final de un ejercicio, la bandera de señales marcaba un solo impacto… no en el blanco mismo, sino en el barco que lo remolcaba. En otra ocasión, los ejercicios con torpedos no sólo fueron un fracaso, sino que además, de siete, uno de ellos se atascó, sólo dos mantuvieron un rumbo estable (pero no dieron en el blanco) y el último empezó a dar vueltas en círculos, asomando la nariz y sumergiéndose alternativamente en las aguas, lo que sembró por supuesto el terror en la flota completa.
Cuando le enviaron refuerzos a Rozhestvenski, este, sabedor de que aquellas naves de refuerzo eran sólo «viejas bañeras», en lugar de esperar, ordenó acelerar el rumbo de la flota, escapando de sus propios refuerzos, para que no se sumaran a su escuadra. En plena fuga, cortaron inadvertidamente el cable de comunicaciones telegráficas entre Tánger y Europa, dejando incomunicadas a ambas regiones durante cuatro días y generando de paso un nuevo incidente diplomático internacional.
Cuando llegó al mar de Japón, Rozhestvenski estaba completamente baldado, con ataques de neuralgia que lo inmovilizaban en el camarote. Le llegó entonces la orden de vencer, enfilar luego a Vladivostok y entregar el mando a Birílov, un conocido petimetre que había ganado reputación de gran guerrero más con dotes cortesanas que verdaderamente militares, porque nunca había estado en acción. Rozhestvenski se topó con la flota japonesa en el estrecho de Tsushima, dio dos órdenes completamente descabelladas y luego fue puesto fuera de combate por los cascotes de una granada que impactaron en su cabeza. Capturado por los japoneses y liberado tiempo después, debió afrontar la ley marcial. Aunque se probó que no había rendido la flota por haber estado inconsciente, Rozhestvenski consiguió sacar un último gesto de heroísmo y se negó a excusarse de la responsabilidad que le cabía como superior al mando, pidiendo en vez de ello clemencia al zar. Este se la concedió y le conmutó la pena de muerte por un corto periodo de prisión. El yate armado rápido Almaz (clasificado como crucero de 2ª fila) y dos destructores fueron las únicas naves que pudieron llegar a Vladivostok (otros tres buques llegaron al puerto por entonces estadounidense de Manila, en las islas Filipinas). Casi toda la flota rusa del Báltico se perdió en la batalla de Tsushima, mientras que los japoneses solamente perdieron tres botes torpederos (los números 34, 35 y 69). El resultado de la batalla fue que Japón, tras la victoria, pasó a ser una temida potencia naval de primer orden, rivalizando con Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos. Asimismo, reivindicó el concepto del acorazado como arma principal, que prevalecería durante los años siguientes y que influiría enormemente en la ingeniería naval mundial.

El capitán de la Marina Real británica Cowper Phipps Coles (1819-1870) destacó en la Guerra de Crimea por el asedio a Sebastopol, durante el cual él y otros oficiales navales británicos diseñaron y construyeron una balsa con una torre blindada giratoria, que bautizaron como Lady Nancy. Una vez finalizada la guerra, Coles patentó el diseño de la torre, que despertó gran interés por parte del Almirantazgo británico y que fue usada exitosamente en varios buques de la época. Estos éxitos le permitieron convertirse en el principal diseñador del HMS Captain, nuevo buque de bajo francobordo y con dos torres de su cosecha.

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Sin embargo, para asegurar la navegación oceánica, el almirantazgo decidió agregar un extenso aparejo, que elevó el centro de gravedad del buque, haciéndolo peligrosamente inestable.02-07.jpgDebido a ello, el HMS Captain volcó y naufragó durante una tormenta en el cabo Finisterre el 7 de septiembre de 1870. Coles y otros cuatrocientos ochenta y dos de los quinientos tripulantes perdieron la vida en esta catástrofe.

Durante la Primera Guerra Mundial, el Gobierno británico dio luz verde a la construcción de uno de los aviones más gigantescos de la época, especialmente adecuado para bombardear Berlín y con el que esperaban terminar con la guerra. El Tarrant Tabor era un impresionante triplano tan alto como una casa de tres pisos y de ocho toneladas de peso. La construcción fue bastante laboriosa, tanto que al finalizar, la guerra ya había terminado y los británicos tuvieron que buscarle otro uso, también muy prometedor: el transporte civil de Londres a la India con una sola escala. El 26 de mayo de 1919 sería el día más glorioso de la aviación británica. Sin embargo, esa fecha señaló un enorme fiasco, cuando el Titanic del aire despegó y, a los siete segundos de vuelo, se estampó de bruces contra el suelo, tirando por tierra toneladas de hierro, dinero e ilusiones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el comando motorizado ruso se preguntaba cómo iban a hacer para flanquear las fortificaciones alemanas con tanques sin perder muchos hombres ni maquinaria en el proceso. Una de las sugerencias fue tan extraña como llamativa: un tanque volador. 02-08.jpgSu diseño comenzó a finales de 1941 y fue concretado en 1942 al dotar un tanque T60 con el fuselaje de un avión Antonov. A finales de ese año, se realizó el primer vuelo. Para despegar, el aparato debió ser ayudado por un TB-3 y, tras batallar un poco con los controles, logró estabilizarse. Aunque resultó que funcionaba bajo parámetros aceptables, su coste y su disponibilidad hicieron que rápidamente se cancelase el proyecto. Para el caso, era preferible perder muchos hombres. Había más y era más barato.

En 1912, Adolphe Messimy, ministro francés de la guerra, estaba decidido a reformar el uniforme militar francés, coincidiendo con los británicos, que habían adoptado el color caqui después de la guerra de los bóers, y con los alemanes, que habían cambiado el azul prusiano por un gris parduzco. Durante la Guerra de los Balcanes, Messimy se había dado cuenta de las ventajas que los uniformes parduzcos proporcionaban a las tropas búlgaras y estaba impaciente por lograr que los soldados franceses fuesen igualmente difíciles de ver. Sin embargo, no había tenido en cuenta el tradicional orgullo de los soldados franceses por sus quepis, sus pantalones rojos y sus casacas azules. Este alarde de colorido podía haber sido útil en los combates a corta distancia, al infundir orgullo colectivo, pero en 1912 era suicida. El desarrollo de la guerra de trincheras había hecho que fuese muy importante pasar desapercibido. Cuando Messimy propuso la introducción de una indumentaria gris verdosa fue abucheado por pretender vestir a los soldados franceses con colores «polvorientos y poco gloriosos». La prensa puso el grito en el cielo y el Echo de París declaró que «prohibir todos los colores vivos, todo lo que confiere a los soldados su aspecto marcial, es ir contra el gusto francés y contra la función militar». En el parlamento, Messimy fue derrotado, pero, tal como escribió, «esta ciega y estúpida fijación por los colores más visibles tendrá crueles consecuencias». Sólo en el mes de agosto de 1914, Francia sufrió 206.515 bajas. En 1916, el quepis rojo fue sustituido por un casco de acero; y el uniforme rojo y azul, por uno de color «azul horizonte», no tan adecuado como el caqui inglés o el feldgrau alemán, pero que se ensuciaba pronto con el polvo de las trincheras, proporcionando así un buen camuflaje.

02-09.jpgA comienzos de la Primera Guerra Mundial, durante la invasión alemana de Prusia Oriental en 1914, hubo un problema fatal relacionado con el comandante de caballería del I Ejército ruso, el kan de Nakhichevan. Resultó que este perdió contacto con sus propias tropas y, cuando regresaron a por él, descubrieron que estaba en su tienda de campaña, aquejado por un duro acceso de hemorroides que, lógicamente, le impedía comandar a su caballería desde la montura.

El 25 de febrero de 1938, el proyectista Richard Vogt presentó a los militares nazis el Blohm & Voss BV-141, un avión totalmente asimétrico que tenía la cabina del piloto en medio del ala derecha, lejos del motor. El invento no agradó a los pilotos, pero el fabricante se empecinó en fabricarlo en serie. Fue un fracaso anunciado.

02-10.jpgPero el principal problema que debían afrontar los rusos fue la enemistad entre Pavel Rennenkampf y Aleksandr Samsónov, generales del I y II Ejército, respectivamente. Ambos se habían insultado gravemente durante la Guerra ruso-japonesa una década atrás y se odiaban con todas sus fuerzas. El coronel alemán Max Hoffman desarrolló un plan de ataque que implicaba atacar primero a Samsónov y luego a Rennenkampf, a sabiendas de que uno no ayudaría al otro. Fue una apuesta arriesgada donde las hubiera, pero, a fin de cuentas, un plan audaz que desembocó en la batalla de Tannenburg (23 de agosto a 2 de septiembre de 1914) y en la siguiente batalla de los lagos Masurian (septiembre de 1914), en las que el II Ejército ruso quedó destruido y el I, muy maltrecho y Samsónov lavó su deshonor suicidándose de un disparo en la cabeza. Sin embargo, la enemistad entre Samsónov y Rennemkampf no fue, desde luego, un caso aislado. El comandante Nikolai Ivánov y el jefe de Estado Mayor Mijail Alexéyev se pelearon por el privilegio de ser los primeros en abrir los telegramas, por lo que se tomó la decisión salomónica de enviar dos copias. Esto no obstante fue peor, porque Ivánov y Alexeyev, ignorándose mutuamente, daban cada uno órdenes distintas. El resultado de estas y otras hostilidades intestinas en el seno del alto mando militar ruso provocó que, aunque los soldados rusos pelearon heroicamente durante cuatro años, los alemanes no tuvieron nunca demasiadas dificultades en ese frente militar.

Creado para ser el sucesor del F-15, el F-22 Raptor estadounidense tiene el dudoso honor de ser el avión de combate más caro del mundo. Su tremendo coste (más de trescientos millones de dólares la unidad) mantuvo el proyecto en jaque durante los diecisiete años que duró su desarrollo. Y es que el supercaza F-22 Raptor nació con un error en alguna de los millones de líneas de códigos que lo hacen funcionar. En algún punto de su navegación, el avión se topaba de repente, preferentemente en mitad del Pacífico, con el equivalente aeronáutico de una pantalla azul de ordenador. Sin sistema de navegación, tenían que seguir a sus aviones cisterna para encontrar la base y aterrizar. Hoy, afortunadamente, todos los aviones con controles digitales (fly-by-wire) llevan los sistemas de vuelo independientes y al menos por duplicado.

El 18 de noviembre de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, la dueña de un comercio de ultramarinos de una pequeña población del norte de Francia acudió a la autoridad militar para efectuar una denuncia contra los esposos Moreau, bajo la acusación de que eran espías. Había visto extraños resplandores que se encendían y se apagaban en sus ventanas y se había comprobado que los disparos de la artillería alemana se intensificaban al aparecer aquellas señales. Los esposos Moreau eran analfabetos y se defendieron mal, así que el 10 de diciembre de 1914 la mujer fue condenada a muerte (aunque luego esta pena se le conmutó por la de trabajos forzados a perpetuidad) y el marido y dos hijos, a cinco y diez años de trabajos forzados. La mujer falleció en 1919 en la cárcel de Rennes. En cuanto al marido y sus dos hijos, fueron enviados a la Guayana y el padre murió a su vez en 1923. El desventurado matrimonio tenía otros tres hijos que fueron confiados a la beneficencia pública. Si no hubiera prevalecido el clima bélico, los jueces se hubieran dado cuenta de que aquella luz que tanto intrigaba a la denunciante era la de la lámpara de aceite que utilizaba la señora Moreau cuando subía al piso superior a acostar a sus hijos y también se habría reparado en una circunstancia susceptible de eliminar toda sospecha: la casa de los Moreau no resultaba visible desde las líneas enemigas.

El 21 de septiembre de 1956, la USAF y la empresa aeronáutica Grumman se encontraban realizando pruebas aéreas y análisis de rendimiento sobre el océano Pacífico en aviones de la serie F-11 Tiger, un jet de buena maniobrabilidad y capaz de alcanzar velocidades de mach 1.1. Uno de los pilotos de pruebas era Thomas W. Attridge, de treinta y tres años, muy experimentado en este tipo de prácticas. Pero aquel día, su trágica hazaña pasaría a la historia de la aviación como el primer incidente en el que un avión se derribase a sí mismo. Esto ocurrió cuando, tras disparar una ráfaga de cuatro segundos con su cañón de veinte milímetros a una altitud de tres mil novecientos metros, aceleró su avión en ángulo descendente. Al alcanzar los dos mil cien metros, Attridge volvería a disparar el cañón de veinte milímetros, pero esta vez se vería interrumpido por una brusca sacudida.

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Pensando que había chocado con un pájaro, intentó alcanzar la base más cercana, sólo para descubrir que el motor de su nave presentaba serios daños y le resultaba imposible ponerlo a más del 78% de su potencia. Desesperado, Attridge se dio cuenta de que, dadas las condiciones de vuelo, le sería imposible alcanzar la base, por lo que intentó descender en una isla cercana. El aterrizaje fue problemático y el avión se vio envuelto en una bola de fuego. Attridge, con una pierna y varias costillas rotas, sería rescatado en una arriesgada maniobra por un helicóptero enviado desde la base. Tras el incidente, debió permanecer dos semanas en terapia intensiva. La oportuna investigación descubriría que el Tiger había sido alcanzado por sus propias balas disparadas segundos antes a tres mil novecientos metros.

En 1916, para contrarrestar el dominio naval alemán, la Armada británica se lanzó a la fabricación de los submarinos de «clase K», exageradamente largos (unos ciento tres metros) y dotados de tres cañones y dos periscopios. Contaban sin embargo con algunas desventajas: se movían a vapor y sus dos chimeneas debían de ser cerradas antes de sumergirse, proceso que duraba unos cinco minutos (lo conveniente hubiera sido que lo hicieran en unos treinta segundos No es de extrañar que el prototipo, K-1 empezara con mal pie, se embarrancara y el capitán diera la pobre excusa de que las ratas se habían comido las cartas de navegación y él no sabía dónde se hallaba, para acabar hundiéndose al poco tiempo después de chocar con el K-4 frente a la costa de Dinamarca. El K-2 se incendió en la primera prueba de inmersión y entre sus posteriores misiones destacaría el haber cañoneado a un faro costero inglés. El K-3 se sumergió más deprisa de lo que se esperaba, aunque, afortunadamente, de proa, dejando la popa sobre la superficie con las hélices girando en el aire. Gracias a ello fue posible el rápido rescate de sus tripulantes, entre los que estaba el príncipe de Gales y futuro rey Jorge VI. Después tuvo otro accidente cuando le entró agua por las chimeneas al sumergirse y, finalmente, fue abordado por el K-6. El K-4 embarrancó en la costa. El K-5 se hundió en el golfo de Vizcaya. En el K-14 se detectó una vía de agua en los primeros ensayos y, una vez arreglada, se hizo a la mar y chocó con el K-13 (aunque este había sido rebautizado K-22 para evitar el mal fario del número). Este último, K-22 o K-13, había realizado sus pruebas en el Loch Gore, en Escocia, y en algunas de ellas falló, causando la muerte a veinticinco de sus tripulantes. Una vez botado, chocó con el K-14 y con el crucero Inflexible. Al parecer, en esta misma maniobra, el K-17 colisionó con el crucero Fearless, tras haber chocado antes con el K-7, que lo había dejado a la deriva. Al observar este choque múltiple, el K-4 paró las máquinas y fue alcanzado por el K-6, que se hundió. Finalmente, el K-22 se hundió en 1921 al olvidarse de tapar las chimeneas al sumergirse. El K-15 se hundió él solo, sin intervención de ninguno de sus homólogos, en el puerto de Portsmouth. Dada la cantidad de incidentes, se suspendió la producción de los números 18, 19, 20 y 21 y se hicieron modificaciones en el diseño, dando lugar a la serie M. Pero el M-1 fue abordado por un buque mercante y el M-2 se hundió debido a una vía de agua.

El Tanque del Tsar o Netopyr fue un vehículo de combate que entre los años 1914 y 1915 formó parte, como prototipo, de las fuerzas motorizadas rusas. Era un tanque llamativo, y no sólo por su tamaño, sino también porque su forma, que recordaba a una carreta gigante. En efecto, fue diseñado como un triciclo que, gracias a sus ruedas de nueve metros de diámetro y a su cabina instalada en lo alto, era capaz de disparar al enemigo y, en teoría, cruzar trincheras sin problema alguno. Pero la tecnología de la época probó ser de poca ayuda y el tanque daba más problemas que soluciones.

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Especialmente sus enormes ruedas, que solían trabarse y perdían tracción en terreno blando. No es de extrañar que el proyecto fuese cancelado rápidamente.

El 22 de febrero de 1940, un bombardero de la Luftwaffe volaba por las inmediaciones de la pequeña isla alemana de Borkum, en las islas Frisias, cuando el observador avistó dos navíos de guerra. Inmediatamente el avión atacó a ambos barcos, a los que infligió muy serios daños. Lo grave del asunto es que ambos barcos de guerra eran dos destructores, el Max Schultz y el Lebrecht Maas, de la propia Kriegsmarine alemana.

Parecido fue el fallo ocurrido casi un mes después, el 19 de marzo de 1940, cuando cincuenta bombarderos británicos atravesaron el mar del Norte para destruir una base alemana en Hornum, en la isla de Sylt. Las instalaciones alemanas no sufrieron ningún daño porque, por un error de un navegante, acabaron bombardeando Bornholm, una isla danesa en el mar Báltico.

En la primavera de 1941, la persecución por aguas del Atlántico del acorazado alemán Bismarck constituyó una verdadera obsesión para los británicos. El 26 de mayo, quince aviones torpederos tipo «Swordfish», que habían despegado del portaaviones Ark Royal, descubrieron y atacaron con denuedo al supuesto acorazado alemán. Pero, en realidad, se trataba del crucero británico Sheffield, que, al descubrir que se trataba de aviones propios, ordenó a su artillería antiaérea que no repeliera el ataque. A su regreso al portaaviones, los pilotos interpretaron la falta de reacción enemiga como la constatación de que habían sorprendido al acorazado enemigo hasta el punto de que, sin disparar siquiera, había emprendido una precipitada huida.

02-13.jpgEl Panjandrum fue una bomba autopropulsada experimental británica, diseñada para destruir fortificaciones. Su nombre era el de unos extraños personajes inventados por el dramaturgo inglés Samuel Foote, que decía sobre ellos que «luchaban a la usanza de Lancashire hasta que se agotaba la pólvora que llevaban en los talones de sus botas». La bomba móvil consistía en un cilindro, similar a una carga de profundidad, en el que se colocaba la carga explosiva, de hasta mil ochocientos kilos. En los extremos del cilindro se ubicaban dos ruedas de tres metros de diámetro, en las que se instalaban varios cohetes de combustible sólido, que permitían su desplazamiento, incluso sobre el agua. Pero las pruebas, iniciadas el 7 de septiembre de 1943, resultaron muy poco satisfactorias: el Panjandrum difícilmente mantenía una trayectoria rectilínea, sobre todo si topaba con algún obstáculo o si perdía algún cohete. Varios intentos de compensar esto, mediante el añadido de una tercera rueda, el aumento del número de cohetes o el uso de cables guía, no lograron resultado alguno y, finalmente, el arma nunca fue utilizada en combate. Durante las celebraciones del 65° aniversario del Desembarco de Normandía, en 2009, se construyó una réplica aproximadamente de la mitad del tamaño original [foto inferior], propulsada mediante fuegos artificiales, que aunque mantuvo una trayectoria rectilínea, se detuvo a los cincuenta metros.

Una unidad de cazadores alpinos italianos se dirigió a Kristiansand en Noruega para participar en unas maniobras militares de la OTAN. Pero los oficiales encargados de organizar el transporte de la tropa habían confundido Kristiansand (Noruega) con Kristianstad (Suecia), con el resultado de que los aduaneros suecos se quedaron estupefactos al ver desembarcar en el aeropuerto de Kristianstad a ciento dieciséis militares italianos armados hasta los dientes. La prensa italiana mostró toda su crueldad al comentar este increíble error. En particular, el Corriere della Sera se mofó con las siguientes palabras: «Que Kristiansand y Kristianstad se pronuncien casi igual no es excusa para que Italia invada Suecia». Hace falta decir que las dos ciudades están situadas casi a quinientos kilómetros una de la otra. «Al parecer, ningún miembro del comando se dio cuenta de que Suecia no forma parte de la OTAN», añadió el Corriere.

Posiblemente, la más desafortunada práctica de tiro conocida debe atribuirse al destructor británico HMS Saintes que, en unos ejercicios de entrenamiento cerca de Portsmouth, en 1947, recibió la orden de disparar contra un blanco arrastrado por el remolcador Buccaneer, que se encontraba al extremo de los cables de arrastre, a unos ochenta metros del blanco. El Saintes estaba a unos ciento cincuenta metros y disparó una granada que marró el blanco por unos ochenta metros y hundió el remolcador.

Por su parte, el raid aéreo más desafortunado fue llevado a cabo durante unas maniobras realizadas con ocasión de la Semana de las Fuerzas Aéreas, en 1975, cerca de Lima, Perú. El cuerpo diplomático y los agregados militares de las embajadas habían sido invitados. Treinta modernos aparatos de caza de la aviación peruana tomaron parte en un ataque demostrativo contra catorce viejos barcos de pesca. Los desvencijados buques fueron conducidos a unos kilómetros de la costa y abandonados como dianas. Entonces, la impresionante fuerza aérea sobrevoló los abandonados armatostes flotantes, arracimados en un cuadrado de un kilómetro y medio de lado, bombardeándolos y ametrallándolos a alta, media y baja altura durante treinta y cinco minutos. Ante la sorpresa del público que contemplaba la exhibición, tras disiparse las nubes de humo, agua y vapor producidas por las explosiones, pudo comprobarse que no había sido hundido ni un solo barco.

En la Segunda Guerra Mundial, durante la Operación Barbarroja, el ejército soviético fue diezmado por la eficacia de la Blitzkrieg alemana. Buscando una forma de frenar el avance germano, el ejército rojo empezó a utilizar una curiosa arma: perros cargados con explosivos y un detonante que estallaba cuando los canes se situaban bajo un blindado alemán.

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Para ello, se les entrenaba dejándoles pasar hambre durante días para luego darles de comer debajo de un tanque. Tras ser adiestrados, los perros eran soltados en pleno campo de batalla con explosivos adosados al cuerpo y una antena en posición vertical que actuaba como detonador. Cuando el perro se metía bajo el tanque, la antena se doblaba y los explosivos estallaban. Pero, lógicamente, los perros no sabían distinguir entre tanques amigos o enemigos. Además, eran reacios a meterse debajo de un tanque en movimiento, por lo que se convirtieron en una amenaza más que en un arma en el campo de batalla. Aunque la Unión Soviética afirmó haber destruido con este método trescientos tanques enemigos, lo cierto es que su éxito fue muy dispar.

Pero como todo es mejorable, ha de citarse el caso de un avión a reacción de las Fuerzas Aéreas españolas que el 7 de agosto de 1979 se derribó a sí mismo cuando los proyectiles disparados por su ametralladora rebotaron contra los peñascos de una colina que servía de diana. El piloto, por fortuna, pudo salvarse eyectándose del avión.

El general prusiano Gebhard Leberecht von Blücher (1742-1819) es famoso en la historia militar por haber comandado las fuerzas alemanas en la batalla de Waterloo (1815). Tras tratar Napoleón durante varias horas de quebrar la posición de las tropas del duque de Wellington, fue la carga de Blücher la que decidió el resultado final de la batalla. Pero Blücher, lejos de ser un gran general, luchaba contra el mismísimo enemigo interno, porque en realidad su salud mental era cualquier cosa menos sólida. Durante las guerras napoleónicas Blücher rondaba ya los setenta años y el historiador militar Alfred Vagts lo describió como «un charlatán imprudente, un jugador frenético y un psicópata». Blücher padecía de melancolía senil y delirios paranoicos. Por ejemplo, creía que a causa de sus pecados estaba embarazado de un elefante. Otras veces se desplazaba en puntillas o saltaba para no quemarse los pies, porque estaba convencido de que los franceses habían sobornado a su servicio para que calentara el suelo de su habitación. Los verdaderos comandantes en la sombra del Ejército prusiano eran Scharnhorst y Gneisenau, dos de sus hombres que sí eran capaces, pero que bastante tenían con apuntalar a Blücher para que su desequilibrio mental no terminara en tragedia para sus tropas. Desgraciadamente, Gneisenau estaba enemistado con el duque de York, quien comandaba las tropas inglesas durante la campaña de 1813. En aquel año, Napoleón pasaba por un periodo crítico, vencido de manera tan absoluta como lo había sido después de su funesta expedición militar contra Rusia del año anterior, pero las disensiones intestinas en el alto mando angloprusiano le dieron el escaso respiro que necesitaba para rearmarse, con lo que obtuvo de uno a dos años adicionales antes de su caída definitiva en Waterloo. Después, Blücher permaneció algunos meses más en activo, en París, pero la edad y la salud mental finalmente se impusieron y prefirió retirarse a sus propiedades en Silesia, donde terminaría falleciendo algunos años después, en 1819.

Durante la Guerra de Vietnam (1965-1973), los científicos estadounidenses idearon un curioso y muy costoso aparato capaz de revelar la presencia de seres humanos, al que denominaron «Olfateador de personas». El cuerpo humano emite amoníaco a través del sudor y la máquina era capaz de detectarlo.

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El invento fue probado con éxito en suelo norteamericano y se llevó a Vietnam en 1968 con la finalidad de descubrir a los guerrilleros del Vietcong ocultos en la selva, en lo que se llamaría «Operación Snoopy». Pero en Vietnam resultaría inútil: el olfateador detectaba presencia humana continuamente, pero lo que señalaba en realidad eran los ríos de orina evacuada por los abundantes búfalos de agua, muy habituales en aquella zona, que provocaban la misma señal que las personas. Tras el fiasco, el aparato fue enviado de vuelta a los Estados Unidos. Normalmente iba montado en un helicóptero [foto de la izquierda], aunque también había equipos portátiles [foto de la derecha].

El militar George Brinton McClellan (1826-1885) fue nombrado por Abraham Lincoln comandante en jefe del Ejército del Potomac al comienzo de la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865). Pero McClellan era de esa clase de personas que compensan su inseguridad personal con la más absoluta meticulosidad. Esto no pareció malo al principio, cuando de organizar el ejército se trataba, pero luego se le volvió en su contra al situarle en una actitud muy pasiva frente al enemigo. Los ejércitos confederados, al mando de Robert E. Lee, eran inferiores en número y preparación, pero hicieron lo que quisieron en el campo de batalla, debido a la reluctancia de McClellan a presentar batalla. Para obtener informes, McClellan reclutó a la agencia Pinkerton, que se encargó de inventarle ejércitos fantasmas y de sobreestimar al adversario, lo que creó aún mayores miedos en McClellan. Esto se puso en evidencia en episodios tales como el asalto a la colina de Munton, que tomó una vez que las tropas confederadas se habían retirado y sólo para descubrir que la «potente» artillería enemiga era, en realidad, una serie de troncos pintados de negro.
02-16.jpgLlegó un momento en que Lincoln perdió la paciencia con él y empezó a exigirle acción. McClellan se defendía pidiendo refuerzos y, cuando Lincoln los enviaba apremiando al ataque, McClellan aún pedía más. Así, en junio de 1862, los cien mil hombres de McClellan se movían con mucha inseguridad ante los veintitrés mil confederados al mando de Magruder. En octubre de ese mismo año, McClellan estimó en ciento cincuenta mil los efectivos enemigos, mientras que un artículo publicado en el Harper’s Weekly, escrito por un observador imparcial, cifraba los efectivos enemigos en sesenta mil, «sucios, andrajosos y medio famélicos». Tras la batalla de Antietam, se le relevó del mando en favor del general Ambrose E. Burnside (que le superaría con mucho como total inepto) y regresó a su hogar de Nueva Jersey a esperar nuevas órdenes, que nunca llegaron.

La ignorancia y el desprecio de las Fuerzas Armadas estadounidenses por los posibles efectos catastróficos de la radiación sobre los seres humanos quedaron patentes en múltiples ocasiones. Por ejemplo, la desintegración de la bomba Fox fue presenciada por mil soldados ubicados a sólo seis mil cuatrocientos metros de la detonación.

A mediados del siglo XIX, Inglaterra había extendido su imperio colonial por casi toda la India, pero le preocupaba dominar también la retaguardia que representaba Afganistán. Los rusos mostraban interés en Asia Central y se temía que intentaran en algún momento abrirse paso por territorio afgano hacia el océano Índico. Este planteamiento estratégico se basaba, por supuesto, en la idea etnocéntrica de que los afganos eran unos pobres salvajes tribales que serían fácilmente destruidos por cualquier ejército regular. El hombre encargado de cumplir esta tarea por parte británica fue el general de división escocés William George Keith Elphinstone (1782-1842), descrito en el mejor de los casos como un militar absolutamente incompetente. Elphinstone había hecho carrera en las guerras napoleónicas y había conseguido un importante ascenso a rebufo de la euforia por la victoria definitiva en Waterloo, donde comandó un regimiento. En 1841, el gobernador Auckland le eligió para la misión afgana, aunque el mismo Elphinstone trató de disuadirlo por todos los medios. Se sabía que el clima de Afganistán era infecto para un hombre sano y Elphinstone, aparte de mayor (tenía casi sesenta años), estaba gravemente enfermo: la gota no sólo lo tenía tullido hasta el punto de tener que ser movido en palanquín, sino que además había limitado mucho su capacidad mental. Aun así, Auckland insistió en enviarlo, pero su papel se limitó a una pasividad absoluta y a confiar en el líder local Akbar Kan, que al final le traicionaría, le tendería una celada, masacraría a la inmensa mayoría de su ejército (sólo un puñado de supervivientes consiguió regresar a la India) y lo encarcelaría. El desgraciado Elphinstone terminó muriendo de disentería algunos meses después.

La Operación Crossroads (‘encrucijada’) fue el nombre genérico de dos pruebas nucleares estadounidenses, cada una con una potencia de veintiún kilotones, efectuadas en el verano de 1946 en las islas Marshall. Por un lado, Able [en la foto superior] fue desplegada desde un bombardero B-29 y detonada a una altura de ciento cincuenta y ocho metros el 1 de julio de 1946. Baker lo hizo veintisiete metros por debajo de la superficie del mar el 25 de julio de 1946.
Estas pruebas fueron la cuarta y quinta detonación nuclear, tras la prueba Trinity y los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y las primeras en ser públicamente anunciadas. Una tercera prueba, Charlie, fue anulada debido a la elevada contaminación radiactiva producida por la prueba Baker.

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Obsérvese [en la foto inferior], el sombrero a juego de la explosión nuclear de la señora que corta la tarta de celebración por el éxito de la prueba.

Durante meses, el general británico Redvers Buller (1839-1908) y los bóers comandados por el afrikaner Louis Botha (1862-1919) habían estado ocupados en atacar y amenazar bastiones mutuos para hacer perder terreno al enemigo. En medio de esto, Buller decidió enviar al teniente general Charles Warren (1840-1927), para forzar una batalla definitiva y quebrar la resistencia bóer. Warren tenía ideas catastróficamente simplistas sobre cómo librar una guerra contra los bóers: bastaba, según él, con enviar largas columnas de infantería, o machacarlos con artillería, pura y simplemente. Contaba con cerca de treinta mil hombres, casi cuatro o cinco veces las cifras de su enemigo (armados, eso sí, con fusiles máuser, en la época la tecnología punta en la materia). Eso hubiera bastado para un buen general, pero Warren no lo era. Cualquier manual de instrucción militar recalca la importancia de cruzar rápido los ríos, pero Warren se vio en la necesidad de cruzar el Tugela para enfrentarse al enemigo. Antes de cruzarlo, se podían contar aproximadamente seiscientos infantes enemigos. Luego de veintiséis horas perdidas en la supervisión del cruce de su equipaje y ajuar personales, el brillante estratega logró pasar a la otra orilla… para encontrarse con un ejército de seis mil soldados enemigos. Warren siguió avanzando en forma imprudente por territorio enemigo y finalmente, en enero de 1900, creyó oportuna la toma de una colina llamada Spion Kop. Pero su ejército no tomó siquiera la precaución mínima de reconocer el terreno, por lo que Warren no tenía la más peregrina idea de cómo era el lugar, ni tampoco de cuán numerosa era la fuerza contra la que se iba a enfrentar. Así, comenzó el asalto de la colina en medio de un denso banco de niebla. Cuando esta se despejó, descubrieron que su cota era la más baja de la zona y había otras tres que estaban en manos bóers, que habían instalado allí su artillería y que comenzaron a machacar insistentemente a los británicos. Estos disponían de un telégrafo de campaña, pero ni Warren ni sus oficiales habían dado orden de instalarlo, de manera que el comandante, refugiado en la retaguardia, en la zona baja, no tenía la más ligera idea de cómo iba todo en la colina. Se habían preparado sacos de arena, pero nadie había dado orden de transportarlos, y se disponía sólo de treinta picos y treinta palas para los dos mil hombres atrapados en la colina, de manera que cavar trincheras era impensable. Tras unas horas bajo fuego enemigo, los británicos, pese a su superioridad, decidieron huir, dejando atrás a sus doscientos cuarenta y tres muertos (frente a sesenta y ocho bóers). Sólo la debilidad bóer impidió iniciar la persecución y rematar su victoria. En cuanto a Charles Warren, sobrevivió, superó toda crítica y murió cómodamente instalado en su cama, enfermo de neumonía, el 21 de enero de 1927, pocos días antes de cumplirse los veintisiete años de su bochornosa derrota.

La línea de fortificaciones de cuatrocientos kilómetros de extensión conocida como Línea Maginot, que iba desde el Rin hasta Bélgica, no cruzaba el bosque belga de las Ardenas, el cual los mandos franceses consideraban inexpugnable. En 1938, el Ejército francés realizó maniobras en dicho bosque. Los tanques franceses que hacían el papel de enemigo cruzaron sin problemas las espesas florestas.

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Pese a ello, en mayo de 1940, la doctrina oficial del Elíseo siguió considerando imposible el tránsito de las divisiones blindadas alemanas por aquel bosque, por lo que se descartó fortificarlo, lo que propiciaría la penetración alemana en la ofensiva de 1940. De esa forma, irónicamente, el 22 de junio de 1940, mientras Francia firmaba el armisticio, las fortificaciones de la Línea Maginot seguían intactas. Pero no el país al que se supuso que protegería.

En 1919, al no conseguir todos los territorios que deseaba (Estambul entre ellos) tras la Primera Guerra Mundial, Grecia declaró la guerra al nuevo estado turco, nacido de las cenizas del Imperio Otomano. Por estrictas razones políticas, el Gobierno griego de Eleuterio Venizelos eligió como jefe supremo de las Fuerzas Armadas al general Georgios Hatzianestis (1863-1922), de cincuenta y seis años, considerado al inicio de su carrera muy competente, pero que había sufrido un grave deterioro en sus facultades mentales. Las tropas rivales las dirigía personalmente el padre de la patria turca, Mustafá Kemal Atatürk, cuya única consigna militar fue de lo más simple: « ¡Hacia el Mediterráneo, adelante!». Entre el 26 y el 30 de agosto de 1922 se produjo la decisiva batalla de Dumlupinar.
Los turcos iniciaron el ataque y cuando las tropas griegas esperaban las órdenes para contraatacar, estas no llegaron porque el general Hatzianestis, postrado en cama por fuertes neuralgias, se limitaba a dirigirlas desde un yate cómodamente instalado en el puerto de Esmirna, acosado por el delirio de que sus piernas eran de vidrio o azúcar y por eso no se atrevía a levantarse de su cama ante el temor de rompérselas nada más pisar el suelo. Finalmente, decidió que ya se había muerto. Y, claro, un muerto no podía dar órdenes. Más aún, argumentaba, aunque las diese sus soldados no iban a ser tan tontos de obedecer a un cadáver parlante. Aunque Hatzianestis fue pronto sustituido, era ya demasiado tarde y la derrota griega estaba sellada. El general fue condenado a muerte y fusilado por loco. Para rematar el dislate, la comandancia suprema del Ejército griego recayó en el general Tricoupis… quien se enteró de la noticia tras haber caído en manos turcas durante la propia batalla de Dumlupinar.

Según algunos historiadores, en la batalla de Little Big Horn, acontecida el 25 de junio de 1876, en la que los guerreros sioux masacraron al coronel Custer y su 7° Regimiento de caballería, muchos de los soldados estaban borrachos, lo que explicaría su escasa resistencia.

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Lo cierto es que Custer atacó imprudentemente a una fuerza muy superior de guerreros indios. Fue una masacre cuyo único superviviente por parte blanca fue el caballo de la foto, llamado Comanche.

La llamada Carga de la Brigada Ligera fue una desastrosa carga de caballería, dirigida durante la Guerra de Crimea por lord Cardigan en el curso de la batalla de Balaklava el 25 de octubre de 1854. La carga fue llevada a cabo por la Brigada Ligera de la caballería británica, formada por el 4° y 13° Regimientos de Dragones ligeros, el 17° Regimiento de Lanceros, y el 8° y 11° Regimientos de Húsares, todos a las órdenes del general lord Cardigan (1797-1868).

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Cargaron junto a la Brigada Pesada, formada por el 4° Regimiento de Dragones irlandeses de la Guardia, el 5° Regimiento de Dragones de la Guardia, el 6° Regimiento de Dragones de Inniskilling y los Grises escoceses. Estas unidades eran las principales fuerzas de caballería británicas en el campo de batalla. El mando de la caballería recaía en el cuñado de lord Cardigan, lord Lucan (1800-1888), quien recibió una orden del comandante en jefe, el mariscal de campo lord Raglan (1788-1855), ordenando que «la caballería avance rápidamente, persiga al enemigo e intente impedir que este retire sus cañones. La artillería montada puede acompañarle. La caballería francesa se encuentra a su izquierda. Inmediato». Como respuesta a la orden, Cardigan dirigió a 673 (ó 661, no se conoce la cifra con exactitud) directamente a través del valle existente entre la colina de Fedyukhin y la de la calzada, que más tarde el poeta Alfred Tennyson denominaría «Valle de la Muerte». Las tropas rusas, al mando del general Pavel Liprandi, estaban formadas por aproximadamente veinte batallones de infantería con el apoyo de más de cincuenta piezas de artillería y varios regimientos de caballería (cosacos y húsares). Dichas fuerzas estaban desplegadas en ambos lados y al fondo del valle. Parece que la orden de Raglan se refería sólo a un grupo de reductos que habían tomado los rusos a los aliados turcos en las colinas Causeway, en el flanco derecho del valle, mientras que Lucan entendió que la orden hacía referencia a la batería de cañones rusos existentes al fondo del valle, casi 1,5 kilómetros más lejos, que aunque no eran visibles desde las posiciones ocupadas por sus hombres, sí que podían verse desde el puesto de mando de Raglan en las colinas Sapoune. La brigada alcanzó el contacto con las fuerzas rusas del fondo del valle y las obligó a huir del reducto, sufrió algunas bajas y fue rápidamente obligada a replegarse. Lucan fracasó en su misión de apoyar a Cardigan, y algunos sospechan que ello se debió a la animosidad que sentía contra su cuñado: la Brigada Pesada alcanzó el valle, pero no avanzó más lejos. La caballería francesa, los Cazadores de África, fueron más eficaces, puesto que rompieron la línea rusa de la colina de Fedyukhin y cubrieron la retirada de los pocos supervivientes de la Brigada Ligera.
Como consecuencia de esta acción, tan valerosa como inapropiada, la Brigada Ligera fue casi totalmente destruida. Se dijo que los jefes rusos creyeron al principio que los jinetes habían abusado de la bebida. Debido a los falsos informes y a una exacerbada propaganda, hay una extendidísima opinión que sostiene la tesis del gran heroísmo de esta acción, por lo que la reputación de la caballería británica mejoró notablemente a raíz de esta carga, aunque no puede decirse lo mismo de la de sus mandos.

Durante la Primera Guerra Mundial, una de las posiciones claves de la línea defensiva francesa era el fuerte Douaumont: un sólido emplazamiento artillero dotado de cañones de 75 y 155 mm. Pese a su importancia estratégica, el puesto quedó circunstancialmente casi indefenso, con una guardia de sólo unos treinta hombres, debido a un fallo en las comunicaciones. La orden de enviar urgentemente más tropas se perdió en alguna parte de la cadena de mando francesa y el fuerte quedó abandonado con la guarnición que ya tenía. A la vista de esa circunstancia favorable, el 25 de febrero de 1916, los alemanes, sabedores del valor estratégico del fuerte, ordenaron al 24° Regimiento de Brandenburg que avanzara hacia él.

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Al sargento Kunze y su patrulla de diez hombres se le encomendó la tarea de abrir paso a las tropas de avanzada, eliminando alambradas y otros obstáculos similares. Al llegar a las inmediaciones del fuerte, Kunze ordenó inspeccionarlo. Formaron una torre humana que trepó por la tronera de uno de los cañones y el mismo Kunze, con dos de sus hombres, se coló dentro del fuerte y, ante su sorpresa, comenzó a recorrer los pasillos sin tropezar con enemigos. Al toparse, por fin, con los cuatro artilleros franceses encargados del cañón de 155 mm, los apresó, aunque los prisioneros se las arreglaron para escapar. Kunze, en vez de dispararles, mantuvo la calma y el silencio y se dirigió a un barracón donde encontró a unos veinte oficiales franceses, a los que apresó atrancando la puerta por fuera. Al rato, llegó con sus tropas el lugarteniente Radtke, al que Kunze informó de que la situación estaba felizmente resuelta. Mientras esperaban al grueso de las fuerzas, la avanzadilla alemana aprovechó para regalarse una opípara cena a costa de la bien surtida despensa del fuerte. En toda la batalla, no se había disparado un solo tiro y la única baja registrada fue un soldado alemán que se hirió la rodilla por accidente. Como el fuerte Douaumont ocupaba una posición clave dentro de la región estratégica de Verdún, los franceses tuvieron que emplearse a fondo para recuperarlo si no querían que los alemanes aprovecharan la cuña para quebrar su línea defensiva. A partir de mayo de 1916 se sucedieron una serie de asaltos frustrados. Finalmente, el heroísmo del Regimiento de Infantería Colonial de Marruecos consiguió la hazaña el 24 de octubre de 1916, pero a un precio atroz: el ejército francés perdió diez mil vidas en recuperar aquel puesto que el sargento alemán Kunze había conquistado sólo con un par de hombres y sin disparar un solo tiro.

Selim II (1524-1574), sultán turco que heredó de su padre Suleimán el Magnífico el trono de los otomanos, tenía tanta fama de borrachuzo (ha pasado a la historia como Selim el Beodo) que se llegó a afirmar que se bebía una gran botella de vino de Chipre de principio a fin sin parar ni a respirar. Al ver la pasión de Selim II por la bebida, uno de sus asesores le sugirió en broma que debería de capturar la isla de Chipre para nunca quedarse sin provisión de vino. El atolondrado Selim estuvo de acuerdo, despachó sus tropas en 1571 y el triste resultado final fue que más de treinta mil turcos perecieron en la aventura, que incluyó el contraataque cristiano culminado en la batalla de Lepanto.

Durante los seis años en que los españoles resistieron la ocupación napoleónica (1808-1814), la defensa se vio gravemente lastrada por la actitud de Gregorio García de la Cuesta (1741-1811), el capitán general de las fuerzas españolas, a la sazón con sesenta y siete años de edad, quien fue más un lastre que un acicate. El 26 de marzo de 1809, durante la batalla de Medellín, sufrió una grave herida en pleno combate y luego fue pisoteado por su propia caballería. Prosiguió en el mando, eso sí, pero convertido casi en un completo inválido, algo verdaderamente insólito en un oficial de caballería, que supuestamente debe montar a caballo para liderar las operaciones. Ni corto ni perezoso, García de la Cuesta se hacía transportar en un coche enorme y pesado, tirado por nueve mulas, lo que afectó gravemente a la movilidad de su ejército. A partir de entonces, García de la Cuesta se fue refugiando progresivamente en una visión irreal y fantasiosa de la marcha de la guerra, y comenzó a tomar sus decisiones militares basándose en sus especulaciones mentales. Debió unir fuerzas con el duque de Wellington, el gran estratega inglés que años después infligiría la derrota decisiva a Napoleón en Waterloo. A pesar de que García de la Cuesta veía a Wellington poco menos que como un aprendiz, este trató al militar español con enorme tacto, minimizando en lo posible los roces entre las tropas inglesas y españolas. Aun así, en los preparativos de la batalla de Talavera, librada entre los días 27 y 28 de julio de 1809, a cualquier sugerencia que hacía el inglés, el español respondía con un enfático « ¡No!». Años después, con delicadeza, Wellington diría de su colega español que era «demasiado viejo y carente de talento para conducir de forma adecuada los confusos y grandes asuntos que comporta una batalla». El macabro espectáculo que daba este viejo inválido guiando un ejército de manera tan desastrosa acabó en 1810, cuando un derrame cerebral obligó al anciano general a retirarse a la isla de Mallorca, donde fallecería un año después.

Durante la Primera Guerra Mundial, la aviación de combate era un recurso nuevo y poco explorado, que tomaba por sorpresa a los generales más experimentados y desmontaba sus estrategias predilectas. Aunque por entonces el bombardeo aéreo no era, ni mucho menos, exacto, y solía consistir en que el acompañante del piloto se levantase y tirase una granada a tierra con la mano, entre la población civil esos ataques causaban un enorme y eficaz terror. Para contrarrestar semejante arma psicológica, los franceses comenzaron a entrenar a un grupo de loros para acostumbrarlos a huir al escuchar con su agudísimo oído el motor de un avión. Una vez amaestrados, colocaron a los loros en la Torre Eiffel. Desgraciadamente, la argucia se mostró enseguida ineficaz, pues a los pájaros no se les había entrenado a distinguir entre los aviones amigos o enemigos y huían a cada momento, por lo que su «aviso» no valía para nada. Su ineficacia fue tan frustrante que se cuenta que el mismo almirante que había sugerido la idea subió con una escopeta para prescindir de sus inútiles vigías.

Durante la batalla de Loos, en la Primera Guerra Mundial, el alto mando británico sacrificó ocho mil soldados, que no conquistaron la posición deseada mientras que el enemigo no sufría ni una sola baja. Los alemanes difícilmente podían dar crédito a sus ojos: las tropas británicas marchaban tenazmente hacia ellos. Al llegar a las alambradas, de unos cinco metros de anchura y algo más de uno de altura, provistos únicamente de cizallas de mano que no eran lo suficientemente fuertes para cortar el grueso alambre, muchos hombres intentaban cruzarlas mientras otros se desgarraban en ellas sus manos desnudas.

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No pocos se limitaban a correr arriba y abajo de la línea de alambradas intentando encontrar un hueco, hasta que eran alcanzados por los disparos. Sólo cuando no quedaba duda alguna de que no había esperanza de pasar, los supervivientes de ambas divisiones se decidieron a retroceder. Era tal la repugnancia que la masacre había provocado en los alemanes que muy pocos dispararon a los soldados británicos que se retiraban. De los diez mil hombres que ese día se lanzaron al ataque no menos de trescientos ochenta y cinco oficiales y 7861 soldados resultaron heridos o muertos.

Una de las más desafortunadas operaciones militares de la Segunda Guerra Mundial se debió a los intrigantes manejos del aristócrata Sebastiano Visconti Prasca (1883-1961), unidos a la fácil disposición del líder fascista italiano Benito Mussolini a la adulación. Con esa base se gestó la invasión italiana de Grecia, que tanto hizo por minar la causa del Eje durante el conflicto. Debido a las influencias de Ubaldo Soddu, secretario de guerra, Visconti Prasca llegó a gobernador de Albania. El Estado Mayor no lo apreciaba porque se saltaba los conductos reglamentarios y solía despachar directamente con Mussolini, con el que sintonizaba muy bien, gracias sobre todo a su canto sonoro y rimbombante de las proezas militares que el aplastamiento de los griegos (totalmente innecesario para Italia desde el punto de vista geoestratégico) reportaría al Duce y otros argumentos similares. Como Visconti concebía la operación militar contra Grecia como un proyecto personal y una oportunidad de reunir méritos y lucirse ante Mussolini, lo que le permitiría hacer carrera, se dio la paradoja de que cuando se le explicó que necesitaría más divisiones, él se negó ya que, si crecía el tamaño del ejército, la operación habría de ser encabezada por otro militar de mayor rango. Además, Mussolini tenía clara conciencia de que la aventura militar griega disgustaría a Hitler, por lo que a una operación de amplio alcance con insuficientes efectivos militares se sumó una planificación apresurada e incluso chapucera. Visconti Prasca, por su parte, subestimó seriamente la resistencia griega, cegado por su propio orgullo personal. Los resultados fueron decisivos para el curso de la guerra en el mundo entero porque, cuando los italianos se vieron totalmente enredados en Grecia (y Visconti Prasca destituido sólo dos semanas después de iniciar la campaña), Hitler no tuvo más remedio que acudir en su ayuda y retrasar el asalto de la Unión Soviética, lo que lo hizo coincidir con el invierno ruso.

El 1 de julio de 1916, la infantería franco británica se lanzó sobre las líneas alemanas a lo largo de un frente de cuarenta kilómetros al norte y al sur del río Somme. Sólo en el primer día de batalla, los británicos sufrieron 57 450 bajas de las que más de veinte mil fueron muertos.
Los días siguientes, la carnicería continuó y, si se lograba avanzar unos pocos metros, era siempre a costa de miles de vidas. La ofensiva se detuvo en noviembre con la llegada de las primeras nieves. Tras cuatro meses de cruenta lucha, sólo se habían logrado avanzar unos doce kilómetros.

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El coste humano fue inmenso, cuatrocientas veinte mil bajas británicas, doscientas mil francesas y quinientas mil alemanas. En total, más de un millón de bajas.

Tras la Primera Guerra Mundial, los países europeos quedaron traumatizados por el gran número de muertos que causó la guerra de posiciones. Las tres grandes potencias continentales europeas (Francia, Alemania e Italia) sabían que el Tratado de Versalles era sólo una tregua y que, tarde o temprano, el conflicto se reanudaría. Francia quiso tomar medidas preventivas, asumiendo que la próxima guerra sería igual a la recién terminada, aunque con armamento más sofisticado. Tras largas discusiones, los altos mandos militares llegaron a la conclusión de que debían crear una barrera a lo largo de la frontera con Alemania que impidiera una nueva invasión con grandes ejércitos equipados con armas automáticas. Esta línea de defensa fue bautizada con el nombre de «Línea Maginot». Como la mayoría de los altos jefes militares franceses eran cuando menos sexagenarios, el criterio del mariscal Joffre se impuso ante el de los «jóvenes» Paul Reynaud y Charles de Gaulle, impulsores del desarrollo de la aviación y los vehículos blindados. Joffre obtuvo el apoyo del mariscal Pétain y André Maginot convenció al Gobierno para construir las defensas fortificadas que proponía.

Las obras comenzaron en 1930 con un coste de tres mil millones de francos. La Línea Maginot agrupaba tres zonas distintas. La primera constaba de una red fija de puestos de observación y de contención, obstáculos antitanque, alambradas, nidos de ametralladoras y piezas contra carro, todo con acceso subterráneo. La segunda zona consistía en fortificaciones que aseguraban una línea continua de obstáculos y evitaban, todo sobre el papel, las infiltraciones. Los fuertes fueron construidos para mimetizarlos con el paisaje, pues las cúpulas de acero de cincuenta centímetros de espesor apenas sobresalían del terreno, armadas de cañones de medio y grueso calibre, torretas con periscopios, pozos de los que emergían ametralladoras y cañones de pequeño calibre, todo ello circundado por profundas zanjas con alambradas, trincheras y obstáculos anticarro. En el subsuelo, entre murallas de cemento de tres a cuatro metros de espesor, había instalaciones para alojar al personal, enfermerías, almacenes, centrales eléctricas y telefónicas, ascensores e instalaciones de ventilación y calefacción. La tercera zona defensiva estaba constituida por ciento ocho fortificaciones de mayor tamaño y complejidad, construidas cada quince kilómetros y armadas con cañones de grueso calibre. Una red de trenes subterráneos comunicaba todo el sistema de cien kilómetros de galerías que permitía el traslado de armas, municiones y personal de un lugar a otro según las necesidades.

Un 7 de junio de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el ejército británico construyó y desplegó secretamente veinte minas gigantes en la región de Messines-Wytschaete. Un error llevó a que las minas detonaran en cadena dejando un resultado macabro: en cuestión de segundos, más de diez mil soldados y civiles alemanes habían perdido sus vidas a causa de la gigantesca explosión y la zona había quedado completamente destruida.
El ruido pudo escucharse en puntos tan remotos como Dublín y Estocolmo y fragmentos de roca cayeron a varias decenas de kilómetros del lugar de la explosión.

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Los periódicos británicos titularon la noticia como «La victoria “terremoto” de Messines».

De igual manera que la Línea Maginot, el sistema de trincheras con dieciocho búnkeres comunicados por túneles y numerosas trampas a lo largo de seiscientos kilómetros construido por órdenes de Hitler en zonas de la frontera alemana, y conocido como Línea Sigfrido, fue en la práctica un muro inservible, calificado por un general estadounidense como un «monumento a la estupidez humana». Sin embargo, el muro supuso una barrera psicológica para los aliados, lo que en la práctica se correspondía con el fin para el que había sido creado.

Rusia fue uno de los grandes errores de Napoleón, y la batalla de Borodino su mayor fiasco. Las tropas francesas avanzaron más de mil kilómetros en territorio ruso hasta llegar a Borodino. Allí, el ejército ruso había conseguido reagruparse y plantó cara al invasor. Los franceses, pese a la dura oposición, lograron tomar la ciudad, pero a costa de ciento diez oficiales y sesenta mil soldados.
Los mariscales de Napoleón le criticaron duramente por la forma de llevar la batalla, la gran cantidad de bajas y lo inútil del resultado, ya que los rusos volvieron a conquistarla poco después. A pesar de todo, la campaña rusa continuó y Napoleón llegó a entrar en Moscú con sus tropas, aunque poco después se vio obligado a retirarse y sólo diez mil soldados del medio millón que fueron, regresaron para contarlo.

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En el grabado, el mariscal Ney, durante su retirada de Rusia.

El 21 de junio de 1941, el general Maxim Purkaev (1894-1953), jefe de Estado Mayor del distrito militar de Kiev, telefoneó al mariscal Georgi Zhúkov (1896-1974) para informarle de que un sargento mayor alemán se había presentado a los guardias fronterizos rusos y les había dicho que los alemanes comenzarían el ataque a Rusia el día 22. Este desertor se llamaba Alfred Liskof. Zhúkov llamó a Stalin y le contó el caso. Stalin decidió no hacer caso, ya que era «posible que los generales alemanes hayan enviado a este renegado para provocar un conflicto». Stalin seguía esperando que todo se resolviera sin tener que afrontar una guerra contra Alemania. A pesar de esto, los rusos tomaron las debidas precauciones. Efectivamente, el 22 de junio de 1941 a las tres y cuarto de la madrugada las tropas alemanas comenzaron su conquista de Rusia, movilizando a unos cuatro millones de hombres en la que sería la operación terrestre más grande de la historia.

02-26.jpgEn 1941, la Operación Tifón diseñada por Hitler para conquistar Rusia obtuvo un fracaso similar al napoleónico. Gran parte de la derrota alemana vino causada por la decisión de los mandos de no repartir entre los soldados, en pleno invierno, prendas de abrigo adecuadas.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados japoneses se quedaron aislados en diferentes puntos del mundo sin llegar a enterarse de que la guerra había acabado. Fueron los llamados soldados rezagados o, en japonés, san-ryu-scha. El 24 de enero de 1972 fue encontrado Shoichi Yokoi, un soldado japonés que vivía escondido en la naturaleza de la isla de Guam, ignorando el final de la Segunda Guerra Mundial. Yokoi era sastre de profesión cuando fue llamado a filas por el Ejército Imperial. Primero fue destinado a China y, en 1944, a la isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, en el Pacífico Sur. Cuando las tropas estadounidenses tomaron la isla, la mayoría de los diecinueve mil soldados japoneses murieron en combate, pero unos dos mil huyeron a la selva y se entregaron al rendirse Japón. Sin embargo, un pequeño grupo de supervivientes permaneció escondido en la selva, posiblemente porque ignoraba que la guerra había terminado. Uno de esos hombres fue el sargento Shoichi Yokoi, quien se ocultó junto con ocho camaradas, que fueron muriendo sucesivamente hasta dejarlo completamente solo. Durante veintiocho años vivió en un lugar terriblemente inhóspito, alimentándose de cangrejos, ratas, caracoles, anguilas y frutas, y cuando su uniforme se deshizo, se elaboró ropa con cortezas de árbol. Aunque llegó a escuchar alguna noticia sobre el fin de la guerra, supuso que se trataba de propaganda estadounidense y, cumpliendo su promesa de no entregarse al enemigo, permaneció en la selva. Años después, dos cazadores lo vieron mientras pescaba, pero, al intentar hablarle, Yokoi salió corriendo y se refugió en su cueva. El 7 de febrero de 1972, la revista Newsweek informaba sobre su descubrimiento en las selvas de Guam. Sus compañeros de fuga habían muerto en 1964 y, ese mismo año, se enteró por un viejo papel de que la guerra había acabado diecinueve años antes. De todos modos, su determinación a no rendirse le hizo resistir otros ocho años, según confesó, «por el emperador y por el espíritu de Japón». Finalmente se entregó y regresó a su país, donde fue recibido como un héroe. Él sin embargo declaró que sentía vergüenza por no haber cumplido su misión. A pesar de los cambios tecnológicos, se adaptó muy rápido a su nueva vida, escribió dos libros y trabajó en televisión en un programa de tácticas de supervivencia. Murió en 1997 tras manifestar su desencanto por el Japón moderno.

02-27.jpgEl caso más famoso de soldado rezagado fue no obstante el del teniente Hirō Onoda, destinado al final de la Segunda Guerra Mundial en la isla filipina de Lubang. A pesar de que los aliados tomaron la isla, Onoda y tres de sus compañeros sobrevivieron y se refugiaron en la selva durante años. Para ellos el conflicto no había terminado y no hubo manera de convencerlos debido a que consideraban a todo el mundo enemigo. Uno de los tres compañeros de Onoda, Akatsu, se rindió en 1949 e informó de que había en la jungla otros tres soldados japoneses que seguían en pie de guerra, al no haber sido informados del final de la contienda. Varios intentos de persuadirles fracasaron. En 1952, el famoso reportero japonés Asahi Shinbun, deambuló por el territorio en que se escondían gritando «La guerra ha terminado. Salgan de la jungla, por favor», pero sin obtener respuesta. Otro de los soldados, el cabo Shimada, murió el 7 de mayo de 1954, abatido en una escaramuza con una patrulla filipina. El 19 de octubre de 1972, el soldado Kozuka fue alcanzado en el pecho por una bala y murió. Así, el segundo teniente Hirō Onoda se convirtió en el único superviviente militar japonés en la isla. Entre 1972 y 1973, el Gobierno nipón envió delegaciones en las que se encontraban el padre y el hermano del militar, que distribuyeron folletos, libros, periódicos y cartas escritas por el padre de Hirō, quien, sin embargo, pensó que todo era un complot de los enemigos, porque dichas delegaciones siempre incluían soldados filipinos. En 1973, un joven japonés llamado Norio Suzuki fue a la isla a título personal, como turista, en busca del soldado japonés. Lo localizó en medio de la selva y trató de convencerlo de que la guerra había concluido. Pero Onoda se negó a creerle y no quiso deponer las armas. Para ello, le dijo al campista, debería recibir una orden directa de su superior jerárquico. El desconcertado turista regresó a Japón y puso en conocimiento del país la petición de Onoda. El que fuera su jefe directo, el ahora civil Taniguchi, propietario de un negocio de libros usados en Tokio, tomó un avión a Filipinas y se encontró con su antiguo subordinado, ordenándole marcialmente que desistiese de su actitud belicosa y se reincorporara a la vida civil. Sólo en ese instante Hirō Onoda obedeció la orden y regresó a Japón. Se rindió por fin el 10 de marzo de 1973, más de veintiocho años después de terminar la Segunda Guerra Mundial. Dos días más tarde, Onoda llegó al aeropuerto japonés de Narita y, antes de visitar al emperador y al primer ministro, fue a rendir homenaje a las tumbas de sus compañeros muertos. El Gobierno de Japón le pagó un millón de yenes para compensar sus treinta años de servicios a la patria, pero Onoda donó esa cantidad al templo de Yasukuni para la paz de todos los caídos en las guerras. También publicó su autobiografía No surrender: my thirty-year war («Sin rendición: mi guerra de treinta años»). Pero, harto y desilusionado por el cambio moral sufrido por su país, en abril de 1975 siguió los pasos de su hermano y se fue a vivir a Brasil. En 1980, tras leer que un adolescente japonés había asesinado a sus padres, Onoda regresó a Japón y en 1984 fundó la Onoda Shizen Juku («Escuela Natural Onoda»), un campamento educacional para jóvenes con distintas sedes a lo largo del archipiélago. En 1996, Onoda volvió a visitar la isla de Lubang y donó diez mil dólares a la escuela local.

Todo parecía indicar que el último caso sería el de Teruo Nakamura, descubierto por las Fuerzas Aéreas indonesias en Morotai y que se entregó a una patrulla de búsqueda el 18 de diciembre de 1974. Sin embargo, en mayo de 2005 se entregaron otros dos soldados rezagados a las autoridades militares filipinas: Yoshio Yamakawa, de 87 años, y Tsuzuki Nakauchi, de 83. Los dos ancianos habían pasado los últimos sesenta años escondidos en la selva de las colinas del sur de la isla de Mindanao, donde se refugiaron cuando su división, la 30ª del Ejército Imperial japonés, fuera barrida por las divisiones norteamericanas 24 y 31.

Cinco horas después de que los japoneses hubieran lanzado con éxito un ataque sorpresa contra la base de los Estados Unidos en Hawai, el 7 de diciembre de 1941, un mensaje enviado a través de canales comerciales fue recibido por los comandantes del Ejército y la Armada de Estados Unidos destacados en aquellas islas. Era del jefe del Estado Mayor, general George C. Marshall, en Washington, advirtiendo a las fuerzas defensivas de la isla que debían estar alerta.

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Ahora bien, aquel ataque a Pearl Harbor pareció una seria victoria japonesa sobre la Flota del Pacífico. Sin embargo, a largo plazo se transformaría en un error estratégico que supuso un daño muy relativo al enemigo pero que desató una respuesta inesperadamente fuerte, que acabaría derrotando sin remisión, inapelablemente, a Japón.

En 1942, los japoneses invadieron las islas Attu y Kiska, en el archipiélago de las Aleutianas. En mayo del siguiente año, los estadounidenses tomaron Attu, con un considerable coste en vidas y en agosto se propusieron hacer lo mismo con Kiska, la otra isla. Treinta y cinco mil soldados fueron desembarcados en las playas, apoyados por un fuerte bombardeo naval. Este desembarco se llevó a cabo sin problemas y sin respuesta del enemigo. La falta de combate en el desembarco no hizo sospechar nada a los soldados aliados, ya que los japoneses solían esperar al mejor momento, buscando emboscadas y situaciones favorables a su forma de lucha. En un determinado momento, comenzaron los disparos y las bombas. Dos días después habían muerto treinta y dos soldados y otros cincuenta habían sido heridos. Entonces se hizo un importante descubrimiento: no había japoneses en la isla. El Ejército Imperial había evacuado unos seis mil hombres en los días anteriores al desembarco aliado sin que estos se enteraran. Por tanto, los aliados estuvieron un par de días luchando contra sí mismos. Al parecer el único rastro dejado atrás por los japoneses fue un perro, que fue acogido y adoptado por el Ejército estadounidense.

El primer prisionero de guerra japonés durante la Segunda Guerra Mundial fue el teniente de navío (en japonés, shoi) Kazuo Sakamaki (1918-1999), que fue apresado unas horas después del ataque a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, cuando pilotaba uno de los submarinos de bolsillo que debían complementar el ataque aéreo. Con su única excepción, todos los miembros de las tripulaciones de los cinco submarinos de bolsillo nipones que participaron en la acción resultaron muertos o desaparecidos.

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En Japón, el Estado Mayor imperial hizo el anuncio oficial de la muerte de los nueve submarinistas, a los que designó como los «nueve dioses de la guerra», pero intentó mantener en secreto la «vergüenza» de la captura de Sakamaki, a pesar de que esta ya había sido anunciada en la radio estadounidense. Durante su internamiento en Hawai, Sakamaki pensó en suicidarse, y de hecho hizo una petición en tal sentido a sus captores, que evidentemente le fue negada. Después, trabajó para los estadounidenses como traductor. En 1946 regresó a Japón, y fue oficialmente desmovilizado y liberado. Tras ser objeto de una mala acogida, escribió un libro en el que relató su experiencia, titulado Primer prisionero de guerra. Trabajó posteriormente en la empresa Toyota como vicepresidente de exportaciones y, en 1969, fue nombrado presidente de la filial en Brasil. Como se ve en las fotos, en 1991, ya jubilado, hizo una visita a Texas para dar una conferencia y se volvió a encontrar con su antiguo submarino, restaurado, más de cincuenta años después. Falleció en la ciudad de Toyota el 29 de noviembre de 1999 a los ochenta y un años.

Cuando se inició la Guerra Hispano-norteamericana, los Estados Unidos enviaron a Cuba, al sur de la provincia de Oriente, un contingente de unos veinte mil hombres pertenecientes al V Cuerpo de Ejército procedentes de Nueva Orleans y Tampa. Las tropas estadounidenses que llegaron a la zona señalada el 20 de junio de 1898 estaban al mando del general William Rufus Shafter (1835-1906), un corpulento oficial que pesaba unos ciento cincuenta kilos. Iniciadas las operaciones militares comenzaron los problemas para Shafter; como, debido a lo abrupto del terreno, no se podía usar carruajes, se dependía de los caballos como medio de transporte, pero debido a su peso no había cabalgadura que pudiera soportarlo mucho rato y varios caballos perecieron abrumados por el extraordinario peso del oficial.

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Finalmente, como se ve en la foto, tuvieron que recurrir a una mula (de las que tiraban de los cañones) para que el general de caballería se pudiese trasladar durante la guerra.

La tarde del 8 de julio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días que enfrentó a fuerzas árabes e israelíes, el Ejército israelí atacó al barco de la inteligencia estadounidense USS Liberty, que navegaba en aguas internacionales cercanas a la península del Sinaí por detrás del grueso de la flota que se encontraba en el este del mar Mediterráneo, sabiendo y teniendo real conciencia de que se trataba de un barco estadounidense y tratando de hundirlo sin dejar supervivientes. Murieron treinta y cuatro marines y ciento setenta y tres resultaron heridos. Curiosamente, altos cargos de Washington quisieron mantener en secreto lo sucedido y proteger a toda costa a Israel, sosteniendo en todo momento la tesis de que se había tratado de un error de identificación entre el barco norteamericano y el patrullero egipcio El Quseir, de varios miles de toneladas de desplazamiento menos que el primero. Tras el incidente, el barco fue escoltado por unidades de la Sexta Flota al puerto maltés de La Valetta, donde se realizaron reparaciones básicas en el casco, gravemente dañado. En julio, el Liberty regresó a Estados Unidos. Causó baja en el registro de navíos de la Armada norteamericana un año después y pasó a formar parte de la Reserva de la Flota Atlántica hasta 1970. En 1973 fue finalmente vendido a la empresa Boston Metal Co. para su desguace en Baltimore, Maryland.

Durante la primera Guerra del Golfo, en 1991, la marina estadounidense puso en marcha una iniciativa cuando menos estrafalaria. Se trataba de la llamada Operación Gallina de Campo Kuwaití (KFC, por sus siglas en inglés, que casualmente, o no, coincidían con las de la cadena estadounidense de pollo frito Kentucky Fried Chicken). El plan consistió en enviar desde Estados Unidos cuarenta y tres gallinas para que acompañasen a los marines a la batalla, pues las aves son más sensibles que los seres humanos a las armas químicas y biológicas. Así que, si enfermaban súbitamente, los soldados sabrían que tenían que ponerse las máscaras de gas. No obstante, el plan fracasó estrepitosamente, ya que todas las gallinas (denominadas oficialmente «Artefactos Avícolas para la Confirmación de Elementos Químicos») excepto dos murieron nada más llegar a Kuwait, sin que se descubrieran las causas. Las cuarenta y una aves fueron enterradas al lado del cuartel, con lápidas de madera en sus tumbas, sin que los marines olvidasen dedicar una al «Pollo Desconocido».

El visualizador planetario de imágenes en 3D creado por Keyhole y propiedad de Google, esto es Google Earth, ha permitido mostrar por primera vez al público la imagen del nuevo submarino nuclear chino. Hans Kristensen, director de proyectos nucleares de la federación de científicos americanos, descubrió la imagen en Google Earth el 5 de julio de 2007, aunque las instantáneas fueron tomadas por el satélite comercial Quickbird en 2006 y pueden verse introduciendo en la página las coordenadas: 38° 49’ 4,40” N, 121° 29’ 39,82” E. Aunque Estados Unidos tenía conocimiento del desarrollo de este sumergible, esta fue la primera imagen del aparato que puede equipar y lanzar misiles balísticos nucleares. En teoría secreto, está a la vista de cualquiera que tenga una conexión a Internet.

Según se cuenta, antes de comenzar la batalla de Ocaña de la Guerra de la Independencia española, disputada el 19 de noviembre de 1809, el general Juan Carlos Aréizaga (?-1816), a todas luces un inepto, se subió al campanario de la iglesia de esta ciudad toledana para otear con el catalejo al ejército francés del mariscal Victor.

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Mientras sus lugartenientes aguardaban impacientemente las órdenes de batalla para transmitírselas a sus aproximadamente cincuenta mil hombres, el general, viendo el número y la buena disposición de las tropas francesas, sólo acertó a decir: « ¡Buena la que se va a armar, pero buena, buena, buena!». Con tales consignas, no fue de extrañar que la batalla se perdiera estrepitosamente.

La Operación Market Garden, desplegada por las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, fue la mayor operación aerotransportada de toda la guerra. Su objetivo táctico era capturar una serie de puentes sobre los principales ríos de los Países Bajos, ya que una serie de errores en el reparto de suministros mantenían bloqueadas las columnas blindadas aliadas a las puertas de esta zona. La operación fue ideada por el general británico Bernard L. Montgomery y, a pesar de los ingentes medios empleados (35 000 soldados, 1113 bombarderos, 1240 cazas, 212 cazabombarderos y 1073 naves de transporte), las cosas no salieron bien. Los aliados consiguieron capturar exitosamente los primeros puentes, pero el resultado global de la operación fue un rotundo fracaso, al no poder ocupar el puente final de Arnhem.

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Las bajas de los aliados ascendieron a más de diecisiete mil hombres; es decir, más que en el desembarco de Normandía. A esto hay que añadir las víctimas civiles holandesas, que fueron muy cuantiosas durante las evacuaciones en el crudo invierno que se sufrió ese año. Muchos fueron muy críticos con Montgomery (que achacó su pírrica victoria a la falta de medios) y el príncipe Bernardo de Holanda llegó a decir que su país no podía permitirse el lujo de otra victoria de Montgomery.

La foto muestra a un cirujano militar francés realizando acrobáticas posturas en el parapeto de una trinchera a la vista y el alcance de las armas enemigas. Según el texto que la acompaña, publicado en The Literary Digest el 27 de enero de 1917, todo se debía a una apuesta cruzada por el cirujano sobre si sería capaz o no de realizar unos ejercicios gimnásticos en lo alto de un parapeto, a pesar de que la trinchera estaba sólo a trescientos metros de las líneas alemanas.

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El osado oficial ganó su apuesta y también una pena de diez días de arresto menor. Seguramente le valió la pena.

En uno de los aviones más avanzados de la tecnología militar europea, el Eurofighter Typhoon, se encontró un error en una línea de código mal programada que hacía que uno de los sistemas vitales de un avión de combate de millones de dólares dejara caprichosamente de funcionar. Durante una de las pruebas de vuelo de uno de los primeros Eurofighter del Ejército del Aire español, uno de los test consistía en simular un fallo de uno de los dos motores, que se apagó a voluntad para ver cómo reaccionaba el avión con un solo motor. Efectivamente, lo peor que podía pasar, pasó. Cuando se apagó el motor, los pilotos rápidamente se percataron de que el otro también se apagaba. Intentaron reiniciar el reactor en vuelo, pero sin resultado.

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Al llegar a la altura mínima de seguridad, no tuvieron más remedio que eyectarse. Estudios posteriores revelaron que el software del avión estaba mal programado y que el apagado manual de un motor causaba el cierre erróneo de la válvula de combustible, que no podía volver a ser abierta en vuelo.

El 28 de abril de 1944, la 4ª División de Infantería y otras unidades estadounidenses llevaron a cabo un ensayo general (Operación Tiger) de la inminente invasión de Normandía. Las playas seleccionadas estaban en Slapton Sands, Devon, cerca de la base naval británica de Dartmouth. Tomaron parte doscientos barcos y más de doce mil hectáreas de tierra costera fueron previamente desalojadas. El ejercicio debía ser realista en todos los sentidos: ataques aéreos a las playas, campos minados, fuego real por todas partes; pero la realidad se impuso por sí sola: cuando los barcos se acercaban a las playas de desembarco, nueve veloces lanchas torpederas alemanas de tres metros de eslora, con base en Cherburgo, se mezclaron en la oscuridad con las naves estadounidenses. Aprovechando la inmensa confusión que crearon, las torpederas alemanas hundieron dos repletos buques de desembarco y dañaron otros. Murieron en total 946 soldados y marines norteamericanos, en su mayoría ingenieros y tropas de intendencia.
Sus cuerpos fueron enterrados secretamente en una fosa común en una granja de Devon, en tanto que los heridos fueron puestos en cuarentena en diversos hospitales y amenazados con un consejo de guerra si hablaban, mientras que los británicos optaron por lo que se llama un «silencio diplomático».

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Los testigos de los sucesos, como los niños de la foto, también callaron o puede que ni siquiera llegaran a enterarse.

El 24 de julio de 1915, poco más de un año después del hundimiento del Titanic, cuando una nueva ley exigía ya que los barcos llevasen muchos más botes salvavidas para evitar que la situación se repitiera, el SS Eastland, un buque construido en 1902 y botado el 16 de julio de 1903, se hundió con 2752 pasajeros. El barco había dejado notar desde el comienzo una gran cantidad de errores de construcción y diseño (era demasiado alto, muy pesado y tenía muy elevado el centro de gravedad) que no hacían presagiar nada bueno. Estaba claro que el barco estaba abocado al desastre. En su primer viaje, los pasajeros causaron un sobrepeso en las cubiertas del barco que produjo un desnivel que permitió que el agua fluyera por los pasillos. Tal defecto sería subsanado rápidamente, pero, un mes después, los fogoneros se amotinaron. No obstante, el capitán logró llevar la nave a puerto y los amotinados fueron detenidos y él relevado del cargo. En 1906, su popa fue destruida tras chocar con un remolcador.

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En julio de 1915, el Eastland, junto con otros dos navíos de pasajeros, fue contratado para llevar de Cícero (Illinois) a Michigan a una excursión de empleados de la Compañía Eléctrica Occidental. La empresa propietaria del barco no tuvo en cuenta que por el peso adicional de los botes salvavidas debía haber modificado su capacidad de pasaje. A las siete y diez de la mañana ya habían embarcado todos en el muelle ubicado entre las calles Clark y LaSalle. Enseguida, el barco comenzó a escorarse a babor, circunstancia que la tripulación intentó sortear como en anteriores ocasiones. Pero con lo que no contaban era que, precisamente a babor del barco, se disputaba en esos momentos una competición de remo. La lógica curiosidad de los pasajeros hizo que se agolparan sobre esa borda y que el barco, aún amarrado al muelle, se volcase hacia ese lado ante la mirada atónita de las muchas personas que, por una causa u otra, se agolpaban en el muelle. Muchos de los pasajeros cayeron por la borda, mientras que bastantes de los que se mantuvieron en el barco, fueron aplastados por los objetos desplazados por el vuelco. En total, murieron 845 personas. Curiosamente, el barco fue rescatado y vendido a la Armada, que lo rebautizó USS Wilmette. Como tal continuó navegando hasta 1946, cuando fue vendido como chatarra.

Los expertos coinciden en señalar al general nordista Ambrose E. Burnside (1824-1881) como uno de los peores militares de la historia. De hecho, el propio Abraham Lincoln, su comandante en jefe, dijo de él: «Sólo Burnside es capaz de transformar una victoria cierta en una derrota espectacular». Durante la Guerra de Secesión, su incompetencia llevó a su ejército a sufrir una inútil carnicería en la batalla de Antietam, principalmente porque se empeñó en tomar un puente «estratégico» [el de la foto]… para descubrir después que el río sólo tenía unos pocos centímetros de profundidad. En la batalla de Fredericksburg lanzó a sus tropas a un avance suicida al descubierto… y fueron aniquiladas. Pero su mayor derrota llegaría en 1864, en Petersburg, durante la popularmente denominada «batalla del cráter», un enfrentamiento de trincheras. Burnside se acordó entonces de un plan sugerido por un regimiento de mineros del carbón: cavar una mina bajo las trincheras de la Confederación y detonar en ella explosivos, para lanzar enseguida un ataque sorpresa.

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Así se hizo, y cuando estalló la mina, Burnside envió a sus tropas hacia el enorme cráter resultante. Pero la falta de previsión hizo que todos ellos quedasen allí atrapados (el cráter era tan hondo que no podían salir de él) y fuesen tiroteados a placer por los soldados sudistas. Tras esta batalla, Burnside fue (por fin) relevado del mando.

Capítulo 3
Errores científicos-tecnológicos

En 1857 se efectuó el primer intento de tender un cable telegráfico a través del fondo del océano Atlántico auspiciado por la Atlantic Telegraph Company. Esta empresa había sido fundada por un optimista comerciante de papel, Cyrus Field, que al principio no sabía exactamente cómo colocar el cable: unos proponían suspenderlo de globos sumergidos entre las dos orillas; otros decían que colgase de una especie de casetas flotantes; unos terceros propugnaban que se desenrollase dejándolo en el fondo. El cable pesaba una tonelada por milla y el mar no siempre ayudaba a la tarea. La primera expedición fracasó. Al año siguiente se repitió la prueba con un astuto artificio: de la costa norteamericana zarparía el buque Niágara, de bandera estadounidense, con la mitad del cable, y de la inglesa saldría el Agamenón, con la otra mitad; se encontrarían en medio del Atlántico y allí empalmarían ambas mitades.
Por desgracia, este esfuerzo se vio desvirtuado por la poca calidad de otros aspectos del proyecto. Nadie se había interesado por las características de los cables, fabricados por empresas distintas en cada de uno de los dos países, con diferencias de criterio tan llamativas como que los hilos del revestimiento de uno de los cables estaban tejidos hacia la derecha y en el otro hacia la izquierda. Así, cuando, en medio del océano, se quiso empalmarlos, al apretar uno se deshilachaba el otro. Aunque se intentaron diversas soluciones, ninguna aseguró la calidad de las transmisiones. La pifia costó medio millón de libras esterlinas y un retraso de ocho años en el tendido del cable, hasta el 27 de julio de 1866, en que el barco de Cyrus Field llegó a Terranova arrastrando el cable definitivo. Esta vez, sin duda, se habían empleado materiales compatibles y convenidos en las dos mitades que se empalmaron.

La enseñanza y el aprendizaje de la ciencia siempre han resultado arduos y difíciles, pero, claro, si el profesor colabora tan poco como el de la foto, amante por lo que se ve de las explicaciones «sencillas» y sin aparato matemático, ¿qué otra cosa se puede esperar?

El ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus) es un verdadero jeroglífico zoológico, un compendio de rasgos de otros animales tan curioso que, cuando llegó el primer ejemplar (muerto) a Gran Bretaña, los científicos pensaron que era un fraude científico, una especie de rompecabezas montado con distintas partes de otros animales. El primer ejemplar llegó a Europa en 1799, enviado desde Australia por el capitán John Hunter al profesor George Shaw (1751-1813), del Museo de Historia Natural de Londres. Curiosamente, lo primero que hizo este nada más desempaquetarlo, fue tratar de descoser el pico y las patas ante su sospecha de que se trataba de la burda falsificación de un taxidermista.

Hoy, aquel ejemplar, que se guarda en el Museo de Historia Natural de Londres, aún conserva las marcas de las tijeras con que se trató de «descoserle» el pico. Pero, aún después de verificar la autenticidad de la piel, la paradoja del ornitorrinco no había hecho más que empezar. Los científicos se mostraron atónitos ante las características de aquel animal que incumplía todas las leyes de la evolución y todos los principios taxonómicos conocidos. Se trataba de un mamífero sin pezones (la leche rezuma por unas aberturas porosas en el abdomen), con piel de nutria, cola de castor, pico y patas de pato y espolones venenosos de gallo de pelea.
Por si fuera poco, algunos testimonios hablaban de que ponía huevos, lo que dio pie enseguida a una auténtica carrera científica por verificar o desmentir in situ tal afirmación. Por fin, en 1884, William Caldwell, un doctorando en zoología, que acampaba cerca del río Burneo, en el norte de la región australiana de Queensland, vio a una hembra de ornitorrinco poniendo un huevo. De inmediato, corrió a la oficina de telégrafos más cercana para enviar a Londres el críptico mensaje: «Monotremas ovíparos, óvulo meroblástico».

El lago Peigneur, en el estado norteamericano de Lousiana, pasó de ser un hermoso paisaje y reserva de agua dulce a convertirse en un desolador cráter salado cuando las perforaciones que intentaban explotar una mina de sal en su lecho se toparon con un enorme taladro que buscaba petróleo subterráneo creando un agujero tal que toda el agua del lago fluyó por él. La operación estaba a cargo de la Diamond Crystal Salt Company, empresa que poseía permiso de explotación de toda la sal bajo el lecho del lago. Años de explotación habían provocado la aparición de enormes cavernas a medida que se iba sacando la sal. Al mismo tiempo, la petrolera Texaco realizaba de modo apresurado profundas excavaciones con un gigantesco taladro en busca de petróleo en el mismo lecho del lago, sin siquiera saber que en el mismo lugar había ya un gran pozo subterráneo. Esta falta de comunicación y un error en los planos originales llevaron a que el 21 de noviembre de 1980 las dos perforaciones se cruzaran, entrando el taladro de Texaco violentamente en la mina y creando literalmente una cascada de agua a presión que disolvía la sal y consecuentemente desestabilizaba el sistema de cavernas interiores de la mina. Al parecer, la cascada alcanzó los cincuenta metros y, en unos pocos días, vació el lago e inutilizó toda el área. De forma imprevista, los pobladores vieron cómo un gigantesco remolino absorbió literalmente todas las estructuras que bordeaban el lago, incluida la plataforma de Texaco. Peor aún resultó la diferencia de presión, pues logró que el agua fuera expulsada de nuevo a la superficie en forma de géiseres por diversos sitios, destruyendo varias propiedades. Hoy en día, la zona ha sido «usurpada» por aguas del canal Delcambre, que, para desgracia del antiguo ecosistema, son saladas. El trágico suceso no sólo terminó con el canal sino que prácticamente destruyó y reemplazó todo el ecosistema y fauna de la zona. Texaco sólo fue condenada a pagar una multa de cuarenta y dos millones de dólares, cantidad poco significativa para una compañía petrolera.

La firma constructora italiana Intermarine, con un astillero sito en el curso bajo del río Magra, en el puerto de Ameglia, firmó en 1981 un lucrativo contrato con el Gobierno de Malasia, al que construiría los cascos de un dragador y cuatro lanchas por unos cinco millones de euros. Hasta entonces, la empresa se había dedicado a construir embarcaciones menores, pero afrontó este próspero encargo con entusiasmo. Las unidades no tardaron en estar acabadas y listas para la entrega y el cobro. Pero entonces la empresa del astillero cayó en la cuenta con horror de que la desembocadura del río Magra estaba atravesada por el puente de Colombiera. Hasta entonces, los barquitos que habían construido habían pasado sin mayor problema por debajo del puente, pero no era ese el caso de los recién acabados. La compañía constructora ofreció derribar en parte el puente y luego reconstruirlo a su costa, lo cual era ya bastante mal negocio, pero, por lo menos, evitaba el ridículo. Pero, para su desesperación, el consejo municipal de Ameglia se negó a que tocaran el puente y los nuevos buques quedaron encerrados aguas arriba, de donde los tuvieron que sacar por tierra.

El experimento más lento de la historia de la ciencia se inició en 1927, en la Universidad de Queensland, en Australia, y a fecha de hoy todavía no ha concluido. El profesor de física Thomas Parnell (1881-1948) vertió en un embudo un líquido de alta viscosidad para calcular el tiempo que tardaba en fluir, gota a gota. Pero el líquido resultó todavía más viscoso de lo que él esperaba. De hecho, cuando murió en 1948, sólo habían caído dos gotas (diciembre de 1938 y febrero de 1947). La tercera cayó en abril de 1954; la cuarta, en mayo de 1962; la quinta, en agosto de 1970; la sexta, en abril de 1979; la séptima, en julio de 1988, y la octava, en noviembre de 2000.

Se calcula que todavía queda sustancia suficiente en el embudo para que sigan cayendo gotas durante cerca de cien años más. Pero lo peor de todo es que, desde el inicio del experimento en 1927 hasta la fecha, nadie ha sido testigo del momento preciso en que las gotas caían. Desde hace años el experimento se vigila con una webcam, pero problemas técnicos impidieron que la caída de la última gota fuera grabada.

En 1983, una compañía islandesa de rescate de barcos naufragados proclamó que había encontrado en el fondo del océano el pecio Wapen van Amsterdam, hundido en 1667 con cuarenta arcones de oro y cuatro toneladas de diamantes en bruto. El Gobierno de Islandia subvencionó los trabajos. Reinaba gran expectación cuando se anunció el día y hora en que iba a ser izado el viejo buque. Pero, al salir a la superficie, se observó con frustración que se trataba de los restos de un mercante alemán hundido en 1903 con un cargamento de arenques.

En general, se ha calculado que al menos 336 de los primeros científicos y trabajadores en el campo de la radiactividad murieron a causa de las dosis ionizantes que recibieron. El descubridor de la radiactividad, Becquerel (1852-1908), fue uno de los primeros en sufrir en primera persona los efectos nocivos de las radiaciones, al dañarle la piel un frasco de radio que guardaba en el bolsillo.

La científica polaco-francesa Marie Curie (1867-1934), doble premio Nobel de Física y de Química, murió a consecuencia de una leucemia provocada por su excesiva exposición a la radiactividad. Su marido, el francés Pierre Curie (1859-1906), también premio Nobel de Física, murió arrollado por un coche de caballos, pero la hija de ambos, Irène Joliot-Curie (1897-1956) [los tres, padres e hija, en la foto], también investigadora y directora del Laboratorio Curie del Instituto del Radio de París, cargo en el que sustituyó a su madre, y que como sus progenitores obtuvo el Premio Nobel de Química (1935), murió asimismo a causa de una leucemia provocada por la exposición excesiva a los materiales radiactivos utilizados en sus experimentos.

El 27 de julio de 1988 se inauguró la remodelación de la estación ferroviaria madrileña de Atocha. Tres días antes, el tren que inauguró el nuevo trayecto Atocha-Chamartín se llevó por delante una señal indicadora de semáforo colocada demasiado cerca de la vía. Era el presagio de una lluvia de errores que no dejó de arreciar durante un tiempo. El primer Talgo Madrid-Cádiz que recaló en la nueva estación se llevó una sorpresa: tres vagones se quedaban fuera del andén, pensado exclusivamente para los trenes de cercanías. A las pocas semanas las deficiencias se acumulaban: algunos vagones de los trenes nuevos rozaban en los salientes de los andenes (que hubo que limar), los sistemas de megafonía y de señalización eran ineficaces, nadie había pensado en colocar suficientes teléfonos públicos y, mucho peor, un eficaz sistema de calefacción, el suelo de granito se comenzó a deteriorar y faltaba una rampa para situaciones de emergencia. A los 6.350 millones de pesetas que costó construir la estación se tuvieron que añadir decenas de millones suplementarios para remendar los errores, achacables a las prisas y a la falta de previsión.

Aunque es famoso por haber inventado la desmotadora de algodón en 1793, el estadounidense Eli Whitney (1765-1825) no ganó dinero con su invento porque no lo había patentado. Algo parecido le ocurrió de forma voluntaria al químico y farmacéutico inglés John Walker (1781-1859) que, como pensó que un instrumento tan importante debía ser propiedad pública y, además, que él no era un auténtico inventor, nunca patentó su invento de 1826: las cerillas de fricción. El físico alemán Wilhelm Konrad Roentgen (1845-1923), que descubrió los rayos X en 1895 e inició, al hacerlo, una revolución científica, se negó por razones éticas a permitir que los rayos llevaran su nombre (como ocurrió en lengua alemana) y a solicitar patente alguna para su descubrimiento, porque le parecía indigno obtener ganancias económicas de él (algo parecido haría, años después, Marie Curie). Debido a ello, Roentgen, pese a haber ganado un premio Nobel por su hazaña, murió pobre. Sin embargo, tal vez el caso más dramático fue el los motores diesel, que deben su nombre a su inventor, Rudolf Diesel (1858-1913), un ingeniero de nacionalidad alemana aunque nacido en París que, interesado en las técnicas de refrigeración de motores, inventó un sistema que utilizaba amoniaco supercalentado, en vez del vapor de agua que se venía usando hasta entonces, por lo que consiguió de ese modo cuadruplicar la presión resultante y, por tanto, el rendimiento potencial de los motores. Muchos se aprovecharon de este avance, pero no estuvo entre ellos el propio Diesel, que no había tenido la precaución de patentar el invento. Arruinado y desesperado, tras numerosos intentos infructuosos de construir motores diesel eficaces, desapareció en una travesía del Canal de la Mancha, donde se supone que se suicidó arrojándose a sus aguas (aunque también se barajaron otras posibilidades, como que fue asesinado por agentes alemanes para que sus inventos no se divulgasen).

Por su parte, en 1816, el científico, naturalista, inventor y escritor escocés David Brewster (1781-1868), que realizó importantes investigaciones en el campo de la óptica (polarización de la luz, doble refracción, etc.), inventó el caleidoscopio. Él sí lo patentó y lo vendió a un ritmo de miles de unidades por día. Sin embargo, muchas otras personas comenzaron a construir caleidoscopios y se hizo imposible demandarlos a todos. Después de los primeros días, Brewster no ganó virtualmente ningún dinero alguno con su invento. Quince años después, en 1831, otro de sus experimentos lo dejó casi ciego, algo que tuvo que enfrentar hasta su muerte.

Jay Schiffman, de Farmington Hills, Michigan, inventó en 1993 el AutoVision, un dispositivo proyector de imágenes que, al parecer, permite conducir un coche y ver la televisión al mismo tiempo. Que él lo inventara no es sorprendente, pero sí que las autoridades del Estado de Michigan permitieran el uso legal de un aparato tan peligroso para la conducción.

En la historia de los accidentes extraños, siempre se cita como ejemplo la historia de William Bullock (1813-1867), un inventor americano cuya invención de la prensa rotativa ayudó a revolucionar la industria de la impresión por su eficiencia y capacidad para imprimir diez mil unidades por hora. El 3 de abril de 1867, cuatro años después de su invento, mientras hacía los últimos ajustes de su nuevo modelo en los talleres del diario Philadelphia Public Ledger, dio una patada a la correa que acciona la polea para situarla en su debido lugar y tuvo la mala suerte de que su pie quedase atrapado y aplastado sin posibilidad de recuperarlo. Bullock desarrolló una grave gangrena y el 12 de abril murió durante la operación para amputarle el pie.

En los años sesenta, la perca del Nilo (Lates niloticus), pez que puede alcanzar los dos metros de longitud y los cien kilos de peso, fue introducida en las aguas del lago Victoria, la segunda reserva más grande de agua dulce del mundo, para favorecer la ingesta de proteínas de los lugareños. Este lago presentaba la particularidad de albergar una cantidad considerable de especies autóctonas, sobre todo varios cientos de especies de cíclidos, fruto de la diversificación explosiva que se produjo hace unos doce mil años. La perca se adaptó perfectamente a este nuevo entorno, en detrimento de las especies locales. Mientras en 1977 las capturas de cíclidos representaban todavía el 32% de la pesca (en peso) y las de la perca del Nilo el 1%, seis años más tarde esas eran del 68% de percas frente al 1% de cíclidos. La perca del Nilo, pez de enorme voracidad, acabó así con la pesca tradicional de los vecinos del lago durante miles de años. No obstante, pese a la desaparición de un gran número de cíclidos, las cifras de capturas de percas se dispararon: mil toneladas en 1978 y cien mil en 1993 para Kenia y Tanzania, que exportan la perca del Nilo hacia la Unión Europea, lo que supone su principal entrada de divisas.

Cuando se construyó, el impresionante puente de Tacoma Narrows sólo era superado en tamaño por el Golden Gate y el George Washington; sin embargo, su majestuosa figura no duró más que cuatro meses.

El de Tacoma Narrows es un puente colgante de mil seiscientos metros de longitud con una distancia entre soportes de ochocientos cincuenta (el tercero más grande del mundo en la época en que fue construido), que forma parte de la carretera Washington State Route 16 en su paso a través de Tacoma Narrows en el paso de Puget Sound desde Tacoma a Gig Harbor. La primera versión del puente fue diseñada por Clark Eldridge y modificada por Leon Moisseiff. En 1940, el puente se hizo famoso por su dramático colapso estructural inducido por el viento, evento que quedó registrado en una filmación. Las primeras ideas para ubicar un puente en este sitio se remontan a 1889, con una propuesta del Northern Pacific Railway, pero fue hacia mediados de la década de 1920 cuando la idea comenzó a cobrar fuerza. La cámara de comercio de Tacoma comenzó una campaña y estudios para su financiación en 1923. En 1937 el proyecto tomó nuevo impulso, cuando la legislatura del estado de Washington creó la Washington State Toll Bridge Authority y asignó cinco mil dólares para estudiar el pedido de los condados de Tacoma y Pierce para construir un puente sobre el río. El ingeniero local Clark Eldridge presentó un «diseño preliminar de un puente convencional desarrollado sobre conceptos probados y demostrados» y la autoridad de peaje del puente solicitó once millones de dólares al Public Works Administration federal. Pero, según Eldridge, un grupo de «prominentes ingenieros consultores del este», encabezados por el neoyorquino Leon Moisseiff, propuso construir el puente a menor costo. Los planes preliminares especificaban el uso de vigas horizontales de 7,6 metros de espesor, que se ubicarían bajo el puente para hacerlo más rígido. Moisseiff, diseñador muy respetado del Golden Gate, propuso utilizar vigas más esbeltas, de sólo 2,4 metros de espesor. Según su propuesta, el puente sería más delgado y elegante y, además, se reducirían los costes de construcción. El diseño de Moisseiff se impuso. El 23 de junio de 1938, se aprobó un presupuesto de casi seis millones de dólares para el puente; un monto adicional de 1,6 millones de dólares sería recolectado de los peajes para alcanzar el coste total de ocho millones de dólares. El colapso inducido por el viento ocurrió el 7 de noviembre de 1940 a las once de la mañana y fue causado por un fenómeno aerodinámico conocido como flameo. La causa última del accidente fue que, en el diseño original, el viento podía atravesar la estructura, pero en el definitivo el viento era redirigido por arriba y por debajo de la estructura. Al poco tiempo de haber concluido la construcción a finales de junio, se descubrió que el puente se deformaba y ondulaba en forma peligrosa aún en condiciones de viento relativamente benignas para la zona. En el derrumbe (que fue casualmente filmado por un fotógrafo local) no se perdió ninguna vida humana, aunque sí la de un perro de raza cocker spaniel, Tubby.

El ingeniero autodidacta William Mulholland (1855-1935) construyó la presa de Mulholland en Los Ángeles sobre cimientos defectuosos e ignorando la geología del cañón circundante. Además, despreció las grietas que empezaron a aparecer en cuanto comenzó a llenarse.

Cinco días después, la presa se rompió matando a cuatrocientas cincuenta personas y destruyendo ciudades enteras, así como, con mayor justicia, la carrera profesional de Mulholland.

El filósofo griego Anaxágoras fue condenado a muerte en el año 435 a. C. acusado de ateísmo debido a su teoría de que el Sol no era un mero disco de luz, sino una roca brillante de más de cien kilómetros de diámetro, «más grande que todo el Peloponeso». Felizmente, logró huir de Atenas, refugiándose en Lampsaco, donde abrió una nueva escuela en la que enseñó sus doctrinas hasta su fallecimiento. Varias décadas después, el también filósofo Heráclides de Ponto (c. 388-315 a. C.), discípulo de Platón, dio un gran empujón a la astronomía de su tiempo llegando a la conclusión de que la Tierra rota cada veinticuatro horas sobre su propio eje y descubriendo además que Mercurio y Venus giran alrededor del Sol como satélites. Basándose en tales teorías, Aristarco de Samos (c. 310-230 a. C.) fue el primero que sostuvo que la Tierra, como el resto de los planetas, gira alrededor del Sol, que está inmóvil. Aristarco hizo cuidadosas mediciones de los ángulos relativos de la Luna y el Sol, pero, dado el nivel de tecnología disponible entonces, no es de extrañar que sus cálculos fuesen erróneos. Llegó a la conclusión de que el diámetro del Sol era siete veces el de la Tierra. Su sugerencia de que esta órbita alrededor del Sol fue inmediatamente rechazada. Entre sus detractores, Cleantes de Asos (300-232 a. C.), una de las grandes luminarias de la filosofía estoica, declaró que Aristarco debía ser acusado de impiedad por decir tal cosa, que turbaba el descanso de los dioses. Debieron transcurrir diecinueve siglos antes de que Copérnico, Kepler y Galileo afirmaran lo mismo y este último tuviera que abjurar públicamente de tal afirmación para salvarse de la hoguera.

El Helios Aircraft formó parte de una serie de aeronaves destinadas a volar en las capas más altas de la atmósfera.

Impulsadas por energía solar, serían capaces de servir como plataforma para la realización de experimentos, ofrecer servicios de telecomunicaciones, controlar fronteras, ayudar a la agricultura, etc. Pero, mientras que los modelos predecesores, batieron una serie de récords y acumularon éxitos, el Helios no pudo dar muestra de su valía debido a que, el 26 de junio de 2003, una fuerte ráfaga de viento lo desestabilizó a los treinta minutos de despegar, cayendo en mitad del océano Pacífico.

Cuando el astrónomo William Herschel (1738-1822) descubrió el planeta Urano en 1781 creyó erróneamente que se trataba de un cometa. Seis años después, en 1787, Herschel anunció el descubrimiento de seis satélites de Urano, pero cometió un error: sólo dos de sus seis satélites eran reales: Titania y Oberón, los dos mayores y más distantes de Urano. Los otros cuatro eran estrellas que estaban cerca del planeta si se veían desde la Tierra.

Los astrónomos creyeron durante un tiempo que entre Mercurio y el Sol existía otro planeta, al que llamaron Vulcano. Su existencia, propuesta por primera vez por el astrónomo francés Urbain Jean Joseph Le Verrier (1811-1877) en 1845, constituía una hipótesis para explicar la discrepancia en la órbita de Mercurio. Tras la publicación de la hipótesis de Le Verrier, numerosos astrónomos aficionados e incluso profesionales afirmaron haber visto el citado planeta. Entre 1826 y 1843 el farmacéutico y astrónomo aficionado Heinrich Schwabe intentó la búsqueda del planeta observando las inmediaciones del Sol sin obtener ningún resultado positivo. Debido a su proximidad al Sol, más reducida que la de Mercurio, Vulcano era invisible prácticamente todo el tiempo: sólo durante los eclipses solares podía intentarse su búsqueda. Aunque el peso de Le Verrier era considerable, pocos astrónomos creían seriamente en su existencia: tras el eclipse total de julio de 1860 observado desde España, en el cual no fue avistado pese a las mejoras instrumentales y fotográficas, algunas voces comenzaron a dudar públicamente de que Vulcano existiera realmente. El clímax de su infructuosa búsqueda llegó con el eclipse total de sol del 29 de julio de 1878, visible en Estados Unidos. Gran número de astrónomos norteamericanos desplazaron sus instrumentos, relojes y cámaras fotográficas por buena parte de su país para efectuar un barrido sistemático de las inmediaciones solares. Nadie llegó a una conclusión definitiva, aunque algunos quisieron ver no uno sino dos nuevos planetas. Finalmente, en 1915, Einstein explicó el origen del desplazamiento perihélico de Mercurio utilizando su Teoría de la Relatividad General: las variaciones en la órbita eran producidas como consecuencia secundaria de la fuerza gravitacional del Sol. Sus ecuaciones predijeron la órbita de Mercurio, así como las del resto de los planetas, con una precisión sin precedentes. A partir de entonces, quedó descartada la hipótesis de la existencia del planeta Vulcano.

El proyecto ruso del aeroplano gigante Kalinin K-7 fue iniciado a partir de 1929 y concretado dos años más tarde. Por entonces, la necesidad de fabricar aviones de mayor capacidad de carga dio lugar a modelos casi extravagantes y desproporcionados.

El proyecto del K-7, desarrollado por Konstantin Alekseevich Kalinin, desplegó el concepto de una especie de ala volante. El K-7 fue una gigantesca ala elíptica de gran grosor (53 metros, y superficie de 452 m2), que contemplaba una versión civil para transporte de hasta 64 pasajeros, y otra militar, que lo convertía en una verdadera «fortaleza» volante: incluía doce posiciones de artillero (ocho cañones de veinte milímetros y ocho ametralladoras de 7,62 mm). De hecho, el avión no tenía «puntos ciegos», contando así con una poderosa defensa. En 1933, el prototipo comenzó a realizar una serie de pruebas con relativo éxito, aunque se detectaron algunas deficiencias. Su prueba final fue, por supuesto, la más trágica: se desataron unas extrañas vibraciones y el K-7 terminó estrellado e incendiado, tras lo cual sobrevivieron sólo cinco de sus quince tripulantes. El proyecto, aunque reanudado, jamás llegó a desarrollarse en su totalidad, luego de que el Gobierno se centrara en el desarrollo de aviones de menor porte.

En 1846, Frederic Petit, director del observatorio de Toulouse, anunció que se había descubierto una segunda luna de la Tierra. La habían visto dos observadores, Lebon y Dassier, en Toulouse, y un tercero, Lariviere, en Artenac, durante el inicio de la mañana del 21 de marzo de 1846. Petit descubrió que la órbita era elíptica, con un período de dos horas, cuarenta y cuatro minutos y cincuenta y nueve segundos; un apogeo de 3.570 kilómetros y un perigeo de apenas 11,4 kilómetros. Le Verrier, que estaba en la audiencia cuando Petit hizo el anuncio, murmuró que se debería tomar en cuenta la resistencia del aire, algo que en ese momento nadie podía hacer. Petit se obcecó con la idea de una segunda Luna y, quince años más tarde, anunció que había hecho cálculos sobre una pequeña luna de la Tierra que causaba algunas peculiaridades que hasta ese momento nadie había explicado en el movimiento de la Luna. En general, los astrónomos ignoraron esta afirmación y la idea se hubiese olvidado si un joven escritor francés, Julio Verne, no hubiese leído un resumen sobre el tema. En la novela De la Tierra a la Luna, Verne reivindica (aunque con varios errores de concepto) la existencia de esta segunda Luna «descubierta» por Petit. Entre tanto, los astrónomos amateurs se convencieron de que esta era una muy buena oportunidad para conseguir fama: quien descubriese esta segunda luna vería su nombre inscrito en los anales de la ciencia. Ningún gran observatorio se ocupó de verificar la cuestión de la segunda luna de la Tierra o, si lo hicieron, lo mantuvieron en silencio. Los amateurs alemanes persiguieron lo que llamaban Kleinchen («bocadito») y, por supuesto, nunca lo descubrieron.

Al enterarse de que los hermanos Wilbur y Orville Wright, mecánicos de bicicletas, habían logrado volar con motor en cuatro ocasiones el 17 de diciembre de 1903, el famoso inventor Alexander Graham Bell (1847-1922) y el físico Samuel Pierpoint Langley (1834-1906) se murieron de envidia. Langley intentó demostrar sin éxito que el primer aeroplano eficaz del mundo había sido inventado por él. Por su parte, Bell, en la cúspide de las glorias científicas y de la prosperidad empresarial, no quería morir sin inscribir su nombre en la historia de la aviación y perseveró en esfuerzos desatinados para lograrlo.

Se le ocurrió hacer volar un artefacto de singular forma: su estructura podía compararse tanto a la de un panal de abejas como a un botellero. Esa especie de estantería, de unos quince metros de longitud de lado a lado, estaba dotada de un pequeño motor y una hélice. Fue puesta a prueba de vuelo varias veces y con diversas modificaciones, en 1908, 1909 y 1912, sin el menor de los éxitos, porque el aparato era intrínsecamente incapaz de volar.

En 1961, el secretario general del Partido Comunista de la URSS, Nikita Kruschev, se enteró del proyecto anglo-francés de fabricación de un avión supersónico de pasajeros: el Concorde. La Unión Soviética no quería dejar que Occidente se quedase con todo el prestigio y las ventajas de esta nueva tecnología, así que Kruschev dio orden imperiosa de que la Unión Soviética debía adelantar al proyecto Concorde costara lo que costara. En consecuencia, en 1963, agentes de la KGB fueron instruidos expresamente para robar los planos del aparato, especialmente los referentes a diseño y propulsión. El éxito de su misión no se hizo esperar y a los pocos meses los planos estaban en Moscú. Aunque el diseño de un avión supersónico soviético ya había comenzado algunos años antes, en 1965 se aceleró el programa gracias a los planos robados y al trabajo del equipo de Andréi N. Tupolev.

Sin embargo, los espías soviéticos no se habían apoderado de los planos del prototipo definitivo del Concorde (el séptimo), sino del segundo, y en ellos el avión padecía aún graves fallos de funcionamiento. Por fin, en 1968, los soviéticos finalizaron la construcción de su Tupolev Tu-144, que, dado su parecido al prototipo del Concorde, fue llamado en Occidente «Konkordski». El 31 de diciembre de 1968 (dos meses antes que el Concorde) el Tu-144 realizó su vuelo inaugural, cruzó por primera vez la barrera del sonido el 5 de junio de 1969 y el 15 de julio de 1969 se convirtió en el primer transporte comercial que sobrepasó el Mach-2.
Pero en junio de 1973 llegó el desastre. En aquella fecha se realizaba una exhibición en Gusainville que contaba con la presencia simultánea del Tu-144 y del Concorde. El tercer día de exhibiciones, los dos únicos aviones supersónicos de pasajeros del mundo se batieron en duelo. El Concorde voló primero y ejecutó una brillante presentación. Después le tocó el turno al Tupolev. Repentinamente, a cuatro mil pies de altitud, se produjo un violento cambio de dirección en el morro del avión que provocó que empezase a caer. Segundos más tarde, a mil quinientos pies, el avión explosionó ante la atenta mirada de invitados y de las cámaras de televisión de todo el mundo. Doce personas murieron en el accidente.
Los motivos del accidente nunca fueron esclarecidos. El informe oficial dijo que la pérdida del avión se debió a un error del piloto. La versión más extendida, y probablemente la real, dice que los funcionarios franceses presentes en la exhibición, sabiendo que el Tu-144 seguía los planos del segundo prototipo del Concorde, pidieron al embajador soviético que ordenase al piloto realizar una maniobra imposible para ese avión defectuoso. Otras fuentes dicen que un Mirage francés se metió en la trayectoria del Tu-144 con intención de fotografiarlo en vuelo y obligó al Tupolev a efectuar una maniobra brusca para evitar la colisión, lo que provocaría el accidente. Incluso hay quien dice que fue saboteado desde dentro. Tras sólo ciento tres vuelos y un segundo accidente ocurrido en 1978, el Tu-144 fue retirado de servicio el 1 de junio de ese año. Sólo se habían construido diecisiete. Pero aquello no significó, ni mucho menos, la victoria del Concorde…

El 25 de julio del año 2000, el vuelo AF 4590 salió con una hora de retraso. El piloto, el experimentado Christian Marty, había detectado un desperfecto en el segundo motor de los cuatro Rolls-Royce que propulsaban la nave, el Concorde. Tras reemplazar la pequeña pieza responsable del fallo, se procedió a la entrada en pista, la número 6 del aeropuerto parisino Charles De Gaulle, de cuatro kilómetros de longitud. El avión había recorrido aproximadamente la mitad de la pista de despegue cuando el controlador de vuelo observó desde la torre que había fuego bajo el ala izquierda e informó inmediatamente al piloto.
Para detener el Concorde, con las noventa toneladas de combustible en los depósitos repletos y ya a casi trescientos treinta kilómetros por hora, se necesitaban unos tres kilómetros de pista y sólo quedaban dos. Así que el piloto decidió acertadamente despegar para aterrizar en el aeropuerto de Le Bourget, a sólo cinco kilómetros de distancia. Pero no lo conseguiría. Cuando el llameante Concorde alzó el vuelo, lo hizo demasiado despacio y a muy baja altura. El motor Nº 2 no tenía la potencia suficiente y pronto dejó de responder también el Nº 1, ambos situados en el ala izquierda. Vibrando con fuerza y fuera de control, el avión se inclinó hacia ese lado y avanzó unos metros más, a sólo quince del suelo, mientras el ala afectada se iba fundiendo.

Segundos después, el Concorde se estrellaba contra un hotel de la localidad de Gonesse, un edificio de cuatro plantas del que no quedaron ni los cimientos. Una minuciosa investigación concluyó que una serie de imprudencias y defectos encadenados de manera fortuita derribaron al gigante supersónico, causando las ciento trece víctimas. Tres semanas más tarde se retiraba toda la flota operada tanto por Air France como por British Airways. Catorce meses más tarde volvieron al servicio cuatro aparatos de la compañía francesa y cinco de la inglesa. Sin embargo, la tragedia pesaba sobre los posibles pasajeros y cada vez eran menos los que adquirían los caros billetes, lo que unido a los elevados costes de mantenimiento terminó por sentenciar al Concorde, que dejó de volar. Fue el final del sueño de superar la barrera del sonido con un avión de pasajeros que había tomado forma hacia 1950, cuando cuatro potencias se embarcaron en el proyecto de manera independiente en una carrera en que se impondría finalmente el modelo franco-británico del Concorde.

Cuentan que cuando la NASA inició el lanzamiento de astronautas, descubrieron que los portaminas, bolígrafos y plumas no funcionarían con gravedad cero. Para resolver este problema, contrataron a Andersen Consulting, hoy Accenture, empresa cuyos expertos dedicaron una década y doce millones de dólares en estudiar el problema. Finalmente, consiguieron desarrollar un bolígrafo capaz de escribir con gravedad cero, cabeza abajo, debajo del agua, en prácticamente cualquier superficie, incluyendo cristal, y en un rango de temperaturas desde menos de 0 °C hasta más de 300 °C. Los rusos, mucho más prácticos y austeros, le dieron a cada astronauta un lápiz.

Hubo al parecer testigos que vieron al cosmonauta ruso Yuri Gagarin (1934-1968), el primero en viajar al espacio, aterrizar en una zona rural rusa, un lugar muy distinto al que indica la versión oficial e histórica, en la región de Saratov. A priori, aquella primavera de 1961, pudieron haber pasado varias cosas: 1) Gagarin cayó en su descenso espacial en un lugar erróneo y el Ejército soviético mantuvo el fallo en secreto para no resultar, de cara al mundo, estructuralmente vulnerable. 2) A causa de las prisas en la carrera espacial (que había que ganar a toda costa frente a los americanos), se armó todo un detallado montaje que hizo desistir a los estadounidenses de ser los primeros en tecnología. 3) Por miedo a un sabotaje del sistema de espías estadounidense, se dieron coordenadas equivocadas a los medios públicos, mientras el proyecto se desarrolló en parte abierto, en parte protegido.

El examen de huellas digitales con fines de identificación fue realizado por primera vez por el antropólogo inglés Francis Galton (1822-1911), primo en primer grado de Charles Darwin. Galton era un maestro de las estadísticas, que intentó utilizar, además de para analizar y cotejar huellas dactilares, para establecer la distribución de la belleza física en Inglaterra y para determinar qué porcentaje de oraciones religiosas eran contestadas.

El 12 de abril de 1961, la televisión oficial de la URSS mostró las imágenes del cosmonauta Yuri Gagarin, que tenía entonces veintisiete años, sujetado por sus compañeros poco después de haber tomado tierra, en la primera misión espacial que conseguía poner a un hombre en el espacio. Sin embargo, treinta y ocho años después la televisión rusa ORT demostró que no todo fue tan exitoso ni perfecto. Las primeras palabras de Gagarin nada más conseguir superar los contratiempos de su legendario vuelo fueron: «No tengáis miedo, soy un soviético que ha descendido del espacio y tengo que encontrar un teléfono con el que llamar a Moscú». Así consta en un informe oficial que el propio cosmonauta ruso tuvo que redactar para el Kremlin. «Todo iba como estaba previsto. La aceleración era insoportable», comentó Gagarin sobre el vuelo. «Estaba esperando el momento de la separación [de la cápsula de la nave Vostok], pero no llegaba nunca». Gagarin comprendió que había problemas, aunque en la grabación dice que no quiso dejarse llevar por el pánico. Diez minutos después de la hora prefijada, la cápsula se separó: «Me dije: ya está, todavía voy a aterrizar sobre territorio soviético». Pero el primitivo traje de astronauta todavía le tenía preparada alguna sorpresa más: la válvula de la escafandra se había atascado y casi se asfixia, pues tardó seis minutos en poder subsanar el problema.
Al tomar tierra, Gagarin vio que no estaba solo. Una campesina y su hija miraban asombradas aquella rocambolesca escena. «Al verme con la escafandra y el paracaídas que arrastraba al lado, retrocedieron del susto», afirmó el cosmonauta. «Entonces les grité: “No tengáis miedo, soy uno de los vuestros”», contó Gagarin. Pocas horas después, un avión militar llegó a la zona. «Por suerte Gagarin no perdió su certificado de cosmonauta durante la misión porque, de lo contrario, los servicios secretos no le hubiesen creído jamás», comentan los autores del documental.
Pero esta no es la única información que décadas después ha surgido sobre aquel primer vuelo espacial que dio una vuelta completa al globo terrestre (40.900 kilómetros) en una hora, veintiocho minutos y treinta y cuatro segundos. En 1991 apareció en el diario ruso Rabochaya Tribuna un interesante reportaje en el que se enunciaban detalladamente los problemas que Gagarin pudo tener en su viaje a bordo de la Vostok I, y que, por motivos «desconocidos», fueron excluidos de la información oficial de la época. El reportaje se había basado en las notas del coronel Yevgeny Karpov, subastadas en la conocida sala neoyorquina Sotheby’s.

El ingeniero norteamericano Robert Fulton (1765-1815), inventor del primer barco moderno de vapor, fue también el padre de una especie de submarino que avanzaba a vela en superficie y era impulsado por los brazos de sus tripulantes cuando navegaba bajo el mar.

En 1801, Fulton consiguió que Napoleón contratara sus servicios para hundir barcos de sus enemigos ingleses. Durante todo un verano, el ingeniero no logró mandar al fondo ninguna nave, lo que hizo que Napoleón prescindiera de sus servicios. Fulton, sin ningún tipo de escrúpulos, ofreció su submarino a los ingleses, que tampoco se ilusionaron con el invento.

El 22 de julio de 1962, el cohete espacial estadounidense Mariner I, que viajaba rumbo a Venus, hubo de ser destruido desde tierra al mostrar un desvío incorregible en su rumbo. Inmediatamente se abrió una investigación que llegó a la conclusión de que este desvío se había debido a un error en la programación de los ordenadores de a bordo, consistente en la omisión de un guión ortográfico en su programa de vuelo. Esta nimia omisión se calcula que supuso unos 18,5 millones de dólares de la época.

La Exposición Universal reunió en París entre el 15 de abril y el 12 de noviembre de 1900 todo tipo de sobresalientes obras de arte, edificios singulares que cantaban a los visitantes las bondades de los países que se habían encargado de su construcción y, además, entre una gigantesca esfera celeste y una noria que, según decían, contaba con un diámetro de cien metros y que pasó a mejor vida a finales de los años treinta, había otro artilugio que llamó especialmente la atención.

Era el telescopio con el que se anunció de antemano que podría verse la Luna a un metro, la maravilla que permitiría descubrir si nuestro satélite, Marte o Venus se hallaban habitados, una genialidad que, a pesar de todas estas promesas publicitarias, no pasó de simple armatoste capaz, eso sí, de dejar con la boca abierta a cualquiera. No se sabe realmente cómo surgió la idea pero, de forma misteriosa, el 9 de julio de 1892, aparecieron en diversos periódicos franceses noticias acerca del ofrecimiento del diputado François Deloncle de promover la construcción del mayor telescopio jamás visto. Sin embargo aquel desconocido diputado negó repetidamente haber pronunciado jamás esas palabras. Finalmente, Deloncle, cansado de que todos le atribuyeran la idea del telescopio gigante, decidió pasar a la acción, para reírse del autor de la broma y, sin más miramientos, optó por la solución más arriesgada: construir el engendro. Pasó años buscando patrocinios, buenos artesanos e ingenieros, ópticos e industriales, y finalmente se instaló ese gran telescopio en el interior del palacio que la Exposición dedicaba a la Óptica.
En su diseño se tomaron muchas decisiones singulares. Dada la complejidad para construir un telescopio reflector, se optó por uno refractor. Así, con forma de anteojo monumental, se dio forma a un tubo de sesenta metros de longitud con dos lentes en sus extremos. Es difícil de imaginar su longitud, como también es complicado hacerse una idea de su objetivo principal, con 1,25 metros de diámetro, intercambiable con otro para fotografías. Para cambiar de objetivo era necesario emplear un sistema de raíles a modo de pequeño ferrocarril en el que, en vez de cambiar vagones, se alternaba el uso de los gigantescos cilindros ópticos y el equipo de fotografía. Con una distancia focal de cincuenta y siete metros, el telescopio montado en horizontal era incapaz de movimiento alguno al encontrarse limitado por la estructura del palacio. Se ideó, para su posterior puesta en acción tras la Exposición, toda una cúpula gigante de sesenta y cuatro metros de diámetro, capaz de girar a dieciséis metros por hora para permitir seguir la marcha de los astros. Por supuesto, nada de eso se llevó a cabo porque si milagroso fue lograr capital para construir el gran tubo, nadie parecía dispuesto a ir más allá. La luz de los astros era dirigida hacia el objetivo por medio de un sideróstato de Foucault, esto es, un sistema móvil con un espejo de dos metros de diámetro montado sobre una especie de trípode gigante. Pero los problemas y dificultades eran casi infinitos: errores de alineación, aberraciones cromáticas, deformaciones de todo tipo… Todo era una pesadilla en la práctica a pesar de que los cálculos permitían soñar con una máquina realmente funcional. Pasar del papel a la realidad fue algo realmente complejo. ¿Cómo construir lentes de 1,25 metros de diámetro a finales del siglo XIX? El tamaño fue limitado por el propio maestro óptico al que se le encargó la tarea, por otra parte el único que por entonces podía llevar a cabo el trabajo, Édouard Mantois, afamado industrial de París, que también alumbró en sus hornos el objetivo de 1,05 metros del Observatorio Yerkes de Chicago. Los trabajos para hacer las lentes duraron tres meses hasta que se pudo contar con un bloque de vidrio lo suficientemente grande que pasó a ser cortado y pulido cuidadosamente. Finalmente, tras mucha dedicación y una factura muy abultada, las cuatro lentes necesarias estaban listas. Luego fue encargado de acomodar las lentes al telescopio, y también de alinear y pulir de forma precisa el espejo del sideróstato, el señor Gautier, de la Oficina de Longitudes y Medidas. El tubo constaba de una serie de cilindros unidos entre sí, fijados a siete grandes pilares de hormigón. El eje del conjunto se elevaba sobre el suelo del Palacio de la Óptica siete metros, hallando cobijo el sistema de objetivos móviles y el siderostato, con su armadura móvil de más de veintidós toneladas de hierro fundido, en cúpulas situadas en los extremos del edificio.
Durante su escaso tiempo de vida, se realizaron con el gran telescopio, entre otras, algunas observaciones astronómicas del Sol y la superficie lunar, pero no se conocen datos precisos acerca de lo que podía llegar a ser capaz el artilugio, más allá de lo problemático de su manejo. Se estimaba que la imagen lunar no iba a alcanzar el tan socorrido «la Luna a un metro», como decían los periódicos, pero sí se pensaba que, empleando oculares auxiliares capaces de amplificar diez veces los cincuenta y seis centímetros de diámetro que presumiblemente proporcionaba el telescopio como estampa de la Luna, se podría ver nuestro satélite como si estuviera a sesenta kilómetros de distancia. En cuanto a los aumentos que era posible lograr con este monstruo, se hablaba de entre seis mil y diez mil, cosa que tampoco fue aclarada nunca.
Terminada la exposición, con el consorcio que en 1886 se había organizado para construir el telescopio en quiebra y sin esperanza de encontrar un destino adecuado para la bestia de acero, cabe imaginar que sólo era posible una salida. En la prensa se comentó con cierta insistencia que el Observatorio del Vaticano estaba interesado en adquirirlo, pero nunca se llegó a un acuerdo. El gran telescopio de la Exposición de París de 1900, el más grande de los telescopios refractores jamás construido, fue desmantelado y vendido pocos años después como chatarra. Hoy perduran algunas piezas, como el espejo de dos metros, que puede contemplarse en el Observatorio de París. Desde que se decidió enviar el telescopio a tan poco honorable fin, lo que había sido elogios y buenas palabras por parte de la prensa y de muchos políticos se convirtió en motivo de chanza. Pocos recordaban que, más allá de ser ideado como verdadero instrumento científico, el gran telescopio tuvo buena fortuna mostrando los avances de la industria óptica de la época a las miles de personas que se acercaron asombradas a contemplarlo.

El 27 de enero de 1967, el comandante Virgil «Gus» Grissom (1926-1967) y los pilotos Edward White (1930-1967) y Roger Chaffee (1935-1967) se encontraban dentro de la nave Apolo 3 realizando unas pruebas para su futura misión. De repente, un cortocircuito en un cable mal aislado produjo un incendio que se extendió muy rápidamente, casi de forma explosiva, matando a los astronautas por asfixia en sólo diecisiete segundos. Los tripulantes de la nave no pudieron escapar de la ratonera en que se convirtió, puesto que no se había previsto un sistema de escape de emergencia en la cápsula. La muerte de los tres astronautas hizo que la NASA rediseñara casi por completo el módulo antes de proseguir con las misiones tripuladas al espacio. Además, en honor a los fallecidos se decidió rebautizar la misión como Apolo 1.

El 24 de abril de 1967, el cosmonauta ruso Vladimir Komarov (1927-1967) se convirtió en la primera persona en morir durante una misión espacial cuando el paracaídas de su cápsula, el Soyuz 1, no se logró desplegar en la reentrada en la atmósfera terrestre. El vuelo, que duró un día, adoleció de múltiples problemas técnicos. Ante la imposibilidad de cumplir la misión se optó por hacer regresar a Komarov a tierra, pero los paracaídas también fallaron y la cápsula se estrelló contra el suelo, por lo que el cosmonauta murió.

La misión STS-51-L, a bordo del Challenger, parecía gafada desde el principio. El lanzamiento de la nave se aplazó por el mal tiempo seis veces, hasta que el 28 de enero de 1986 se dio definitivamente el visto bueno a su despegue. En el interior, siete tripulantes, entre ellos Christa McAullife, la primera civil que viajó al espacio. Setenta y tres segundos después del despegue, la nave se desintegró ante los atónitos ojos de miles de personas en Cabo Cañaveral y millones de telespectadores. Los tripulantes fallecieron al impactar la cabina de la nave contra el océano, tras una larga caída de casi tres minutos. Las circunstancias finales de su muerte se desconocen. La comisión investigadora del accidente determinó como «poco probable» el hecho de que alguno de ellos estuviese consciente en el momento del impacto, aunque posteriormente salieron a la luz pública evidencias de que al menos cuatro de los miembros de la tripulación pudieron activar sus sistemas auxiliares de suministro de oxígeno y que intentaron socorrerse mutuamente. La cabina fue la única sección de la nave que logró superar la terrible destrucción de la explosión, pero no pudo soportar el impacto final contra el océano, desintegrándose junto con sus ocupantes. Se determinó que la tragedia sobrevino debido a una filtración de gases provenientes de un anillo defectuoso del cohete de propulsión sólida derecho. El módulo de la cabina cayó desde una altura de 15.240 metros, produciéndose así el fatal desenlace. Tras el accidente, una comisión de seguridad de la NASA detectó graves fallos en el diseño de las naves, especialmente en el diseño de los tanques de combustible, que motivaron la explosión del Challenger. Los transbordadores permanecieron en los hangares durante dos años.

Proyectado por primera vez en 1946, el telescopio espacial Hubble, equipado con uno de los más poderosos espejos nunca construido, se enfrentó a un inesperado fallo una vez puesto en órbita en 1990, cuando enseguida se descubrió que era miope. Algunos de los mejores ingenieros del mundo se reunieron para construir ese espejo. Trabajando doce horas diarias durante cinco años consecutivos, el equipo aseguró que era perfecto y exacto en un rango de una millonésima de pulgada. Los equipos utilizados en las pruebas eran tan sensibles que tuvieron que hacerlo en mitad de la noche, pues la simple vibración de un coche que se moviera a menos de cinco kilómetros influía. Con un peso de once toneladas, 13,2 metros de largo y un diámetro máximo de 4,2 metros, costó dos mil millones de dólares del año 1990. Su principal misión era observar los astros sin las turbulencias que supone hacerlo desde la Tierra. Pero un fallo en el pulido de su espejo primario producía imágenes ligeramente desenfocadas debido a aberraciones esféricas. El problema se resolvió en 1993, durante la primera misión de servicio, instalando un sistema de corrección óptica; esto permitió alcanzar la calidad prevista en un principio. Sin embargo, el telescopio dejó nuevamente de funcionar en 2004 debido a su elevado coste de mantenimiento, se reactivó en 2008 y se supone que se desactivará para siempre en 2012.

A finales del verano de 1993, en el espacio de dos meses, los Estados Unidos perdieron cuatro ingenios espaciales: un satélite espía de mil millones de dólares, un satélite de observación de la Tierra (Landsat 6), de doscientos veinte millones de dólares, un satélite meteorológico de cien millones de dólares y la sonda espacial Mars Observer, de mil millones de dólares.

En los años sesenta, la compañía aérea estadounidense Pan Am creó una lista de espera para futuros clientes de una línea de viajes a la Luna. Además, presa del optimismo más exacerbado (y erróneo), creó también unas tarjetas que acreditaban la pertenencia al First Moon Flights Club («Club de los Primeros Vuelos a la Luna»).

La lanzadera de la Agencia Espacial Europea, el Ariane 5, un cohete de ocho mil millones de dólares que contenía cuatro satélites valorados en quinientos millones de dólares, explosionó tras sufrir un fallo de cálculo informático. La causa del desvío de la lanzadera espacial (y de su posterior autodestrucción) fue que se reutilizó un acelerómetro del predecesor de la nueva lanzadera, que funcionaba con palabras de 64 bits de coma flotante, transformadas a palabras de 16 bits de tipo entero. Sin embargo, no se tuvo en cuenta que la aceleración del Ariane 5 era bastante superior a la del Ariane 4, por lo que los números que se generaban, al transformarse en palabras de 16 bits, daban información errónea al sistema. Este fallo causó el bloqueo de los dos ordenadores de a bordo y el consecuente cambio de trayectoria, que a su vez destrozó el cable que recorre de punta a punta el cohete y que lo hace estallar si las fuerzas aerodinámicas comienzan a desintegrar la estructura del mismo.

Skylab fue la primera estación espacial estadounidense, creada, en principio, para superar a las estaciones espaciales soviéticas. Orbitó alrededor de la Tierra de 1973 a 1979 y fue visitada por astronautas en tres ocasiones durante sus dos primeros años de servicio. Con un peso de setenta y cinco toneladas, fue lanzada (en misión no tripulada) el 14 de mayo de 1973, impulsada por el cohete Saturno V (misión SL-1). La estación sufrió daños graves durante el lanzamiento, perdiendo el escudo solar y antimeteoritos y uno de sus paneles solares principales. Las partes desprendidas del escudo antimeteoritos impidieron el despliegue del panel solar restante, causándole un gran déficit energético y un sobrecalentamiento anormal. La primera tripulación, que permaneció veintiocho días en la estación, realizó tareas de reparación profundas en un paseo espacial. Las siguientes misiones (SL-3 y SL-4) comenzaron el 28 de julio y el 16 de noviembre de 1973 y duraron cincuenta y nueve y ochenta y cuatro días respectivamente, con una ocupación total de ciento setenta y un días. La última tripulación de la Skylab volvió a la Tierra el 8 de febrero de 1974. Desde entonces, permaneció inactiva. Pero la suma de dificultades técnicas e imprecisión en los cálculos orbitales provocaron su caída sobre la población australiana de Esperance el 11 de julio de 1979. El municipio multó a la NASA con cuatrocientos dólares australianos por arrojar basuras sin licencia. La multa permanece impagada.

Aunque existen ciertas dudas sobre la veracidad de esta anécdota, se suele dar por bueno que, a principios del siglo XVIII, el zar ruso Pedro I Alexéievich el Grande (1672-1725) compró por treinta mil florines la colección de especímenes del naturalista y embalsamador holandés Frederik Ruysch (1638-1731), formada por unos mil trescientos ejemplares de historia natural, fósiles, rocas, plantas y embriones y fetos (humanos y animales), en perfecto estado de conservación. Inmediatamente, el zar ordenó el traslado de la colección a Rusia a bordo de un barco. Desgraciadamente, cuando el buque arribó a San Petersburgo, la colección estaba diezmada y prácticamente perdida, pues los marineros se habían bebido todo el brandy en que estaban preservados muchos de los especímenes.

En marzo de 1965, la cápsula espacial de Alexei Leonov, el primer hombre en dar un paseo espacial, de doce minutos, y de su compañero Pável Beliáyev, el Vosjod 2 (una nave espacial Vostok modelo Vosjod 3KD), se perdió en un bosque nevado de abedules de los Urales tras fallar el piloto automático y verse obligados a aterrizar con las imprecisiones del control manual. Los astronautas tuvieron que pasar la noche dentro para protegerse de los lobos y sólo fueron rescatados cuarenta y ocho horas después del aterrizaje debido a las dificultades de acceso a la zona en helicóptero. La nave espacial estaba tan falta de espacio que los dos cosmonautas, con sus trajes espaciales puestos, no pudieron volver a sus asientos de pilotaje para restablecer el centro de gravedad de la nave hasta cuarenta y seis segundos después de lo previsto. Ese retraso hizo que la nave tomase tierra a trescientos ochenta y seis kilómetros de su objetivo marcado, en una parte inhóspita de los montes Urales. Los dos astronautas, tapados con ropa térmica, cortaron leña para hacer un fuego y pasaron dos gélidas e incómodas noches antes de ser rescatados.

La primera vez que un científico occidental observó un hueso de dinosaurio (Robert Plot en 1677) lo atribuyó al extremo del fémur de una raza de humanos gigantes extintos en el Diluvio Universal. El primer esqueleto, del dinosaurio Thescelosaurus neglectus, fue descubierto en Wyoming en 1891 por los paleontólogos John Bell Hatcher y William H. Utterback. Sin embargo, el esqueleto permaneció empaquetado casi veintiún años sin que nadie lo estudiara porque se pensaba que se trataba de una especie conocida de Thescelosaurus. En 1913, Charles W. Gilmore lo describió como una especie distinta, y lo llamó Thescelosaurus neglectus; es decir, «despreciada maravillosa lagartija». Como los inmensos esqueletos que fueron reconstruidos a partir de restos óseos fosilizados eran de naturaleza aparentemente reptiliana, fueron designados por el zoólogo británico Richard Owen (1804-1892) con la palabra de origen griego dinosaurios, que significa «lagartos terribles». Sin embargo, en opinión de los expertos actuales, aquellos gigantescos reptiles están emparentados más estrechamente con los cocodrilos que con los lagartos, por lo que deberían llamarse, con mayor propiedad, dinocrocodilia. Alguien, cuyo nombre no ha llegado a nosotros, encontró un gran fémur que sobresalía de la orilla de un arroyo, en un lugar llamado Woodbury Creek. Tras unas primeras observaciones, llega a la fácil conclusión de que ese hueso no pertenece a ninguna especie viva… al menos en Nueva Jersey, pero no sabe de qué se puede tratar, puesto que los dinosaurios eran desconocidos por aquel entonces. Hoy sabemos que aquel fémur pertenecía a un hadrosaurio, un gran dinosaurio bípedo con un característico pico de pato, que vivió en los territorios de Canadá y Estados Unidos en el Cretácico superior hace unos ochenta millones de años. Aquel fémur fue enviado al doctor Gaspar Wistar, el anatomista más destacado del país, que sin embargo resultó la persona menos indicada para recibirlo. El doctor Wistar describió el hueso aquel mismo otoño de 1787 en una sesión de la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia. Pero, desgraciadamente, no comprendió su importancia y se limitó a formular unos cuantos comentarios cautos e insulsos, indicando que se trataba del hueso de una cosa enorme. Desperdició así la oportunidad de descubrir los dinosaurios medio siglo antes que ningún otro. En realidad, el hueso despertó tan poco interés que se guardó en un almacén y acabó desapareciendo, con lo que el primer resto de dinosaurio que se encontró fue también el primero que se perdió.

A finales del siglo XVIII, el gran naturalista francés Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), predecesor de naturalistas como Lamarck o Darwin, había realizado una afirmación que indignó el orgullo de la sociedad científica americana. El conde Buffon afirmaba que los seres vivos del Nuevo Mundo eran inferiores en casi todos los aspectos a los del Viejo Mundo. América, decía Buffon, era un continente en el que el agua estaba estancada, el suelo resultaba improductivo y los animales eran de menor tamaño y menos vigorosos, ya que debilitaban su constitución los «vapores nocivos» que se desprendían de sus ciénagas pútridas y sus bosques sin sol. Esta clase de afirmaciones sublevaron a los científicos americanos e incluso al propio presidente estadounidense Thomas Jefferson, que indujo a su amigo de New Hampshire, el general John Sullivan, a enviar veinte soldados a los bosques del norte a buscar un alce macho para regalárselo a Buffon, como prueba de la talla y la majestuosidad de los cuadrúpedos americanos. Los soldados tardaron veinte días en encontrar un ejemplar adecuado y desgraciadamente comprobaron después de matarlo que carecía de la imponente cornamenta que había especificado Jefferson, pero Sullivan añadió consideradamente la cornamenta de un ciervo, proponiendo que se incluyese en el envío. ¿Quién iba a descubrir en Francia la verdad, después de todo? Aun así, las ideas de Buffon fueron muy populares y gozaron de una pervivencia inverosímil; incluso pueden hallarse repeticiones o ecos de ellas en textos europeos hasta cerca de finales del siglo XIX. Se vivía entonces en Estados Unidos una verdadera fiebre por los animales grandes, que contrasta con el olvido que sufrió aquel primer hueso de dinosaurio, encontrado en New Jersey.

Entretanto, en Filadelfia, los naturalistas habían empezado a unir los huesos de una criatura gigantesca parecida a un elefante, que se conoció al principio como «el gran incognitum americano» pero que se identificó, no del todo correctamente, como un mamut. El primero de estos huesos se había descubierto en un lugar llamado Big Bone Lick, Kentucky, pero no tardaron en aparecer más por todas partes. Parecía que el continente americano había sido en tiempos pasados el hogar de una criatura de una envergadura verdaderamente considerable, una criatura que refutaba las necias opiniones de Buffon. Comenzaba la Era de la Paleontología. Sin embargo, los naturalistas americanos parece que se pasaron un poco en su afán por demostrar la envergadura y la ferocidad del incognitum. Se excedieron de hecho en seis veces respecto a su tamaño y lo dotaron de unas garras aterradoras, que se encontraron en las proximidades y que correspondían en realidad a un Megalonyx, o perezoso gigante terrestre. Las investigaciones continuaron sobre este prodigioso incognitum (aún no se le llamaba mamut) y cuando se descubrieron unos colmillos, se encasquetaron en la cabeza del animal de innumerables e ingeniosas formas. Un restaurador los atornilló dirigidos hacia abajo como los de un tigre de dientes de sable, dotándolo así de un aspecto satisfactoriamente agresivo. Otro dispuso los colmillos de manera que se curvasen hacia atrás, basándose en la simpática teoría de que la criatura había sido acuática y los había utilizado para anclarse en los árboles cuando dormitaba. Pero la consideración más pertinente sobre el incognitum era que parecía estar extinto, un hecho que Buffon utilizó alegremente como prueba de su indiscutible naturaleza degenerada. Buffon murió en 1788, pero la polémica continuó. En 1795 se envió a París una selección de huesos, que examinó allí la estrella en ascenso de la paleontología, el joven y aristocrático Georges Cuvier. Este había demostrado ya su talento para dar una forma coherente a montones de huesos desordenados. Se decía de él que era capaz de determinar el aspecto y la naturaleza de un animal a partir de un simple diente o de un trocito de quijada, y en muchas ocasiones incluso de indicar la especie y el género. Dándose cuenta de que a nadie se le había ocurrido en América realizar una descripción formal de aquel voluminoso animal, lo hizo él, convirtiéndose así en su descubridor oficial. Lo llamó «mastodonte», que significa, un tanto sorprendentemente, ‘dientes de mama’.

La Mars Climate Orbiter fue una sonda de la NASA, lanzada desde cabo Cañaveral el 11 de diciembre de 1998 mediante un cohete Delta II 7425, que llegó a Marte el 23 de septiembre de 1999 tras un viaje de nueve meses y medio. Era la segunda nave espacial del programa Mars Surveyor, junto a la Mars Polar Lander. Ambas fueron lanzadas por separado, aunque formaban una única misión cuyo objetivo principal era orbitar el planeta y estudiar sus variables atmosféricas. Con ese fin, debían analizar su contenido en agua y dióxido de carbono, y entender cómo se acumulan y su interacción con la atmósfera y la superficie, así como obtener evidencias de cómo fue el pasado climático de Marte y cómo será el futuro. La misión estaba programada para durar un año marciano, aproximadamente dos terrestres, tiempo durante el cual la nave también iba a servir de repetidor para la transmisión de datos hacia la Tierra de la Mars Polar Lander (que debía posarse en la superficie marciana pocos días antes de su llegada, el 3 de diciembre de 1999) y para los Mars Exploration Rover. Sin embargo, la Mars Climate Orbiter fue destruida por un error de navegación, consistente en que el equipo de control terrestre hacía uso del sistema anglosajón de unidades para calcular los parámetros de inserción y envió los datos a la nave, que los cotejaba mediante el sistema métrico decimal. Así, cada encendido de motores había modificado la velocidad de la sonda de una forma no prevista y, tras meses de vuelo, el error se había ido acumulando. Durante los últimos días, a medida que la gravedad marciana aumentaba su influencia sobre la nave, se observó que la sonda se apartaba cada vez más de la trayectoria prevista y se acercaba más y más al planeta. Finalmente la sonda pasó sobre Marte a sólo cincuenta y siete kilómetros de altura, en lugar de los ciento cuarenta o ciento cincuenta previstos, siendo destruida por la fricción con la atmósfera del planeta. La misión costó aproximadamente 327,6 millones de dólares.

En 1577, se hallaron los conocidos después como «Huesos de Lucerna» bajo las raíces de una encina en los alrededores de esta ciudad suiza. Al suponer que se trataba de huesos humanos, se ofrecieron a la iglesia de la ciudad para que encontrasen allí debido reposo. Pero el médico de Basilea, Felix Platter, intervino y pidió que le dejaran examinarlos. Tras un detenido estudio, declaró que se trataba de restos de un gigante de unos seis metros de altura, por lo que, dado que los gigantes por entonces no merecían cristiana sepultura, se decidió exponer los huesos en el ayuntamiento de Lucerna. Allí pudo verlos dos siglos más tarde el zoólogo alemán Johann Friedrich Blumenbach para comprobar que, en realidad, eran huesos de mamut.
Aún hoy muchos no creen y combaten la teoría de la evolución principalmente porque se niegan a aceptar la creencia errónea (y que ya nadie defiende) de que el hombre desciende del mono. Como se sabe, es imposible que el hombre descienda del mono, ya que ambos son dos animales coexistentes y que, aunque comparten orden (Primates), pertenecen a diferentes géneros zoológicos. Lo hoy generalmente aceptado es que, hace unos cinco millones de años, tuvimos un antepasado común.


En la ilustración, caricaturas aparecidas en la revista Vanity Fair del obispo Wilberforce [izqda.], Thomas Henry Huxley [centro] y Charles Darwin [dcha.].

Pese a todo, ese error persiste desde que Charles Darwin (1809-1882) publicara en 1859 El origen de las especies, aunque, ni en esa obra ni en ninguna otra quepa encontrar la afirmación de que el hombre desciende del mono, por mucho que se empeñaran y que se empeñen los detractores de Darwin. Lo más parecido que se puede encontrar en su obra es el capítulo primero de su libro La descendencia humana (1871), titulado «Pruebas de que el hombre desciende de una forma inferior», que relaciona al ser humano con el mono en cuanto a anatomía (algo evidente e innegable), para afirmar, eso sí, que el hombre desciende de una forma inferior, el famoso «eslabón perdido».
Al respecto de esta larga polémica, se organizó el 30 de junio de 1860 en el Museo de Historia Natural de la universidad inglesa de Oxford un importante debate sobre la cuestión entre un encendido defensor de la teoría de Darwin, el biólogo Thomas Henry Huxley (1825-1895), y un acérrimo enemigo, el obispo anglicano Samuel Wilberforce (1805-1873). Justamente de Huxley partió la idea de la evolución del Homo sapiens a partir de algún antepasado simiesco, y en base a esto se concibió la idea del hombre como formando parte de la naturaleza, y no al margen de ella. Tras un largo y tedioso discurso de apertura, el obispo tomó la palabra y, sin más, le espetó a Huxley si se consideraba heredero del mono «por vía paterna o materna», lo que provocó obviamente unas carcajadas en la audiencia. Sin inmutarse, Huxley respondió que si él tuviera que decidir entre descender de un simple mono o de un hombre magníficamente dotado por la naturaleza y de gran influencia, pero que desperdiciaba esos magníficos dones para ridiculizar una discusión científica y para desacreditar a los que buscaban humildemente la verdad, no dudaría en inclinarse por el mono. Al final, el auditorio, formado por más de mil personas, se mostró favorable a Huxley.

El profesor de la Academia de Medicina francesa Paul Felix Armand-Delille (1874-1963) pasó a la historia no sólo por sus aportaciones al campo de la bacteriología, que no fueron pocas, sino porque además, en un acto casual, estuvo a punto de erradicar al conejo de Europa. Armand-Delille era casi un héroe en Francia gracias a sus estudios sobre la malaria en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, que le valdrían un gran reconocimiento. Durante años ejerció como profesor en la Escuela de Medicina de París, donde se especializó en enfermedades infecciosas infantiles. Ya jubilado, llevó una vida más tranquila y cercana a la naturaleza, que le hizo descubrir el problema que significaban las plagas de conejos. Su incansable mente científica le hizo intentar buscar una solución y así llegó a conocer la efectividad que el virus de la mixomatosis había tenido en Australia para controlar su propia plaga de conejos. En 1952, inoculó la mixomatosis en dos conejos que inmediatamente soltó en un área cultivable de tres kilómetros cuadrados de la finca que rodeaba el Chateau Maillebois, terreno que, por su orografía, él consideró óptimo para realizar una prueba contenida, sin riesgo aparente de provocar una epidemia descontrolada. Pero el científico estaba equivocado, no sólo respecto a la efectividad del virus en los conejos europeos, que resultó ser más lenta, por lo que los conejos vivían más y podían contagiar a mayor cantidad de individuos antes de morir, sino también respecto a la capacidad de la finca para contener a los conejos, ya que, sólo cuatro meses después, había brotes de mixomatosis por todo el país. Transcurrido un año de la prueba original, más de un 45% de los conejos de toda Francia habían perecido. Al poco tiempo, se empezó a informar de casos en Gran Bretaña, Italia, España, Holanda y, prácticamente, toda Europa. El desastre sería tal que, para la temporada de caza 1956-1957, los informes indicaban que la población de conejos había disminuido en Europa entre un 95 y un 98%. De esa forma, Armand-Delille, hasta entonces un aclamado científico, se convirtió en villano, siendo enjuiciado y multado con cinco mil francos. No obstante, el profesor se convirtió también en el héroe de los campesinos, que convencieron al director general de bosques y ríos para que lo condecorara con una medalla creada ex profeso, que en su cara tenía la figura del profesor y en la cruz un conejo muerto.

Es muy conocida la importancia que tuvo el pensamiento del filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.) en el desarrollo del pensamiento moderno occidental. Sin embargo, junto a sus muchos logros, Aristóteles también difundió numerosos errores, opiniones equivocadas y puntos de vista cuando menos curiosos. Por ejemplo, sostuvo la teoría de que los objetos voladores (lanzas y flechas, por ejemplo) son movidos por la atmósfera y arguyó que los objetos pesados caen más rápidamente que los livianos (cosa hoy desechada) y que los objetos se aceleran al caer porque se alegran de aproximarse a la Tierra (sic). Para él, el Sol gira alrededor de la Tierra, todos los cuerpos celestes son esferas perfectas y tanto los cometas como los meteoros no son otra cosa que fenómenos atmosféricos causados por vapores en ebullición que se desprenden de la Tierra y son impulsados hacia la parte superior de la atmósfera. Además, basado en la diferencia en la posición aparente de la Estrella Polar entre Grecia y Egipto, estimó erróneamente el diámetro de la Tierra en cuarenta miríadas de estadios, es decir, cuatrocientos mil estadios, lo que equivale aproximadamente a unos ochenta mil kilómetros de circunferencia (el doble del tamaño real). Sostenía también que los extremos del mundo habitado, India y la península ibérica, estaban muy cerca, separados por una estrecha franja de mar. Para él, existen dos clases de leyes físicas, una aplicable a los fenómenos terrestres y otra, muy diferente, a los fenómenos celestes. Según su física, hay cuatro elementos que componen la materia (agua, aire, tierra y fuego), cada uno con un lugar adecuado determinado por su peso relativo o «gravedad específica» y cada uno con un «movimiento natural» en línea recta hacia su «esencia» o lugar que le corresponde, en el que se detiene una vez alcanzado. Los cielos, sin embargo, se mueven de forma natural e infinita, siguiendo un complejo movimiento circular, por lo que deben estar compuestos, lógicamente, por un quinto elemento superior, que él llamaba éter, no susceptible de sufrir cambio alguno que no sea el de lugar realizado por medio de dicho movimiento circular. Aristóteles sostenía también como decíamos que los cuerpos más pesados de una materia específica caen de forma más rápida que aquellos que son más ligeros, siempre que sus formas sean iguales. Este es un concepto intuitivo equivocado que se aceptó como norma durante unos mil ochocientos años, hasta que el físico y astrónomo italiano Galileo llevó a cabo en 1591 su experimento con pesos arrojados desde la Torre de Pisa, en el que pesos de una y de cien libras, arrojados simultáneamente, llegaban juntos al suelo. Para él, el movimiento debe explicarse en términos de resistencia y dedujo que, a mayor resistencia del medio en el que se ejerce el movimiento, menor facilidad de moverse. De ello extrajo la conclusión de que el vacío es imposible, ya que, de existir, no ejercería resistencia, y cualquier objeto se movería instantáneamente. Para él la existencia del vacío era incompatible con la de la materia y el espacio, pues no puede haber un espacio compuesto de «nada». Según la tradición aristotélica no es necesario comprobar las leyes que gobiernan el universo por medio de la observación. Basta el pensamiento puro. Además, propuso el origen espontáneo de peces e insectos a partir del rocío, la humedad y el sudor, etcétera. Finalmente, en su opinión, la sangre de las mujeres es más espesa que la de los hombres y ellas (al igual que las hembras de la cabra y el cerdo) tienen más dientes que los individuos del sexo masculino. A este respecto, escribió en cierta ocasión Bertrand Russell (1872-1970): «Aunque [Aristóteles] se casó dos veces, nunca se le ocurrió comprobar esta afirmación examinando la dentadura de sus esposas». Es curioso constatar que mientras que otros filósofos griegos, como Alcmeón, Demócrito e Hipócrates, veían en el cerebro el centro de la actividad intelectual de la persona, Aristóteles era partidario de la teoría de que el cerebro es simplemente un órgano corporal encargado del enfriamiento de la sangre, afirmando consecuentemente que el corazón es la fuente orgánica de las sensaciones y la inteligencia humanas. Además también estaba convencido de que las moscas tienen cuatro patas, que la mitad izquierda del cuerpo humano es más fría que la derecha, que el ser humano es el único animal que tiene músculos en las extremidades inferiores y que las personas que tienen la cabeza grande duermen más que el resto. Dado el éxito y la trascendencia de las teorías aristotélicas, se puede afirmar que estas oscurecieron el avance científico durante muchos siglos.

La misión Génesis era la primera tentativa de recoger una muestra de viento solar y la primera que volvería desde más allá de la órbita lunar.

La sonda fue lanzada el 8 de agosto de 2001 y se estrelló en tierra el 8 de septiembre de 2004, después de que un defecto de diseño impidiese el despliegue de su paracaídas. El choque contaminó muchas de las muestras, pero el proceso posterior pudo aislar algunas aún útiles y, finalmente, se pudieron cumplir algunos de los objetivos científicos de la misión. La NASA lanzó la sonda el 8 de agosto de 2001 a las 16:13 UTC en un cohete Delta II. El 8 de septiembre de 2004, la cápsula realizó su reentrada en la atmósfera mientras que el resto de la nave espacial derivó hacia una órbita irrecuperable. Debido al defecto comentado, el despliegue del paracaídas no se accionó y la nave cayó a plomo, sólo frenada por la resistencia del aire, para estrellarse contra el suelo irremediablemente a trescientos once kilómetros por hora, en la base militar del desierto de Dugway, a unos ciento veinte kilómetros al suroeste de Salt Lake City, Utah.

El griego Arquímedes (h. 285-212 a. C.) afirmó correctamente que el valor de pi (π) se halla entre 3 10/70 y 3 10/71. El símbolo π fue usado por primera vez para representar esta razón en 1706 por el inglés William Jones, pero su uso no se generalizó hasta su adopción por el suizo Leonhard Euler en 1737. Aunque es un número irracional (tiene un número infinito de cifras decimales), se puede calcular con exactitud utilizando series. Así lo hicieron hasta un millón de cifras decimales los franceses Jean Guilloud y Martine Bouyer, en 1973, ayudados por un ordenador; el resultado fue publicado en un libro de cuatrocientas páginas. La hazaña fue superada poco después por Gregory Chudnovsky, de la universidad estadounidense de Columbia, que halló 1.011.196.691 decimales mediante un doble cálculo, posteriormente cotejado, efectuado por un ordenador IBM 3090 y por un superordenador CRAY-2.
Sin embargo, estos esfuerzos hubieran sido inútiles, en caso de haber prosperado la iniciativa legislativa de la Asamblea del estado norteamericano de Indiana, que, en su decreto número 246 de 1897, estableció que el valor de iure del número pi sería a partir de entonces 4. No deja de ser curioso el trámite que siguió el proyecto. En 1897, un médico y matemático aficionado de Indiana llamado Edwin J. Goodwin (h. 1825-1902) creyó que había descubierto una forma correcta de realizar la cuadratura del círculo. Goodwin le propuso al representante por Indiana Taylor I. Record un proyecto de ley, que este presentó en la Asamblea legislativa con el siguiente título: Proyecto de ley que presenta una nueva verdad matemática y que es ofrecido como una contribución a la educación que sólo podrá ser utilizado por el Estado de Indiana en forma gratuita sin necesidad de pagar ningún tipo de royalties, siempre y cuando sea aceptado y adoptado en forma oficial por la legislatura en 1897. El proyecto fue enviado directamente al Comité de Tierras Anegadas, el cual, por razones más que comprensibles, consideró que el establecimiento del valor de pi no era de su incumbencia y recomendó que el tema se tratara en la Comisión de Educación, que lo estudió y lo devolvió a la Cámara de Representantes, sugiriendo su aprobación. La honorable Cámara de Representantes, siguiendo al pie de la letra la recomendación, lo aprobó por unanimidad, por sesenta y siete votos. Un poquito más, y el valor de pi hubiera quedado fijado en 4 para todo el estado de Indiana. Pero, afortunadamente, hubo dificultades en el Senado. Créase o no, el proyecto fue enviado a la Comisión de Moderación, que le dio su aprobación, y así, en primera instancia, la ley estuvo a punto de ser sancionada. Pero cuando el debate senatorial estaba concluyendo, llegó a Indianápolis, la capital estatal, el profesor C. A. Waldo, de la Universidad de Purdue, para gestionar el presupuesto anual para la Academia de Ciencia de Indiana. Un asambleísta le dio una copia del proyecto de ley, ofreciéndole presentarle al «genio» que lo había escrito. Waldo rechazó la invitación alegando que ya conocía tantos locos como estaba dispuesto a soportar. El Senado de Indiana no había completado la aprobación final del proyecto de ley y el profesor Waldo logró convencer a un número suficiente de senadores para que postergaran indefinidamente el proyecto. Y en esas estamos.

La única relación concerniente a la corriente eléctrica que aprende casi todo estudiante de escuela de segunda enseñanza es la Ley de Ohm, a saber: el flujo de corriente es igual al voltaje dividido entre la resistencia. El hombre que dedujo esto en 1827 fue un profesor alemán de escuela secundaria, Georg Simon Ohm (1789-1854), que esperaba obtener una cátedra universitaria gracias a su descubrimiento de la relación. Pero no sólo no consiguió el nombramiento universitario sino que el hallazgo produjo tal oposición por parte de algunos otros hombres de ciencia que Ohm fue obligado a renunciar a su puesto en la escuela en la que enseñaba. En la Alemania de entonces, consciente de las diferencias de clases, era inadmisible que un profesor de escuela secundaria buscase un puesto universitario y, mucho menos, que descubriese leyes fundamentales. La curiosidad final es que se ha demostrado posteriormente que, en realidad, la Ley de Ohm ya había sido descubierta cuarenta y seis años antes, en Inglaterra, por Henry Cavendish (1731-1810), un brillante pero oscuro científico, al que algunos han adjudicado una personalidad rayana en el autismo.

El científico italiano Luigi Galvani (1737-1798) fue pionero en los estudios sobre la electricidad pero cometió un error cuando una noche colgó una hilera de ranas sobre el cerco de hierro de su jardín. El científico se sorprendió al ver que los animales empezaron a temblar y creó su teoría de la «electricidad animal», afirmando que el tejido biológico de las ranas generaba una corriente eléctrica propia. La verdad es que el movimiento se debía a que Luigi las tocaba con unas tijeras metálicas durante una tormenta eléctrica.

En 1930, el estadounidense Winthrop N. Kellogg (1898-1972) era un joven psicólogo recién doctorado en la Universidad de Columbia.

Tras dedicar gran parte de sus estudios a cuestiones referentes a la conducta y el aprendizaje, Kellogg había sentido, un par de años antes, cierta llamada vocacional por un artículo del American Journal of Psychology sobre «niños salvajes», que narraba la peripecia de dos niñas que habían crecido en una manada de lobos y habían adquirido el comportamiento propio de estos animales. En consecuencia, Kellogg decidió extender su investigación e intentar descubrir mediante un polémico experimento científico cuáles eran las causas naturales que marcaban la diferencia entre el comportamiento humano y el comportamiento animal. En 1931, comenzó una investigación empírica a la que denominó: «El simio y el niño». El estudio utilizaría a una chimpancé recién nacida llamada Gua y a un pequeño bebé de diez meses de vida, Donald, su propio hijo, y su objetivo era hacer convivir a estas dos especies tan diferentes en un mismo contexto, como si fueran dos hermanos que utilizan la misma ropa, los mismos juguetes y reciben los mismos cuidados, y observar luego la evolución del comportamiento y los avances en el aprendizaje de ambos. Una de las hipótesis de Kellogg era que el entorno condicionaba a los animales y que, por más que existieran factores hereditarios, el simio lograría adaptarse al contexto humano si desde temprana edad se lo estimulaba igual que a un bebé, con los cuidados y cariño que estos reciben. Teóricamente, Kellogg lograría encontrar así el punto de inflexión en el que se produce la brecha, inexplicable hasta el momento, en la que el aprendizaje humano se diferencia del animal, fundamentalmente en aquellas cuestiones que tienen que ver con el desarrollo del lenguaje. Durante nueve meses, niño y simio fueron observados y controlados constantemente por un equipo de investigadores, a los efectos de poder cumplir con las expectativas del experimento. Diariamente eran examinados en aspectos tales como presión sanguínea, memoria, tamaño corporal, garabatos, reflejos, percepción de profundidad, vocalización, locomoción, reacciones a las cosquillas, fuerza, destreza manual, resolución de problemas, temores, equilibrio, comportamiento en el juego, obediencia y comprensión del lenguaje, entre otros. Pero, para sorpresa de Kellogg y de su equipo, el entorno pareció no alterar la conducta natural de Gua y no sería ella la que se «humanizaría», sino más bien el niño quien comenzaría a mostrar dificultades de aprendizaje y desarrollaría conductas propias de un chimpancé (por ejemplo, emitir sonidos simiescos y llevarse todo a la boca). Finalmente, el niño comenzó a tener serias dificultades de comunicación y su dominio del lenguaje se vio seriamente afectado. Otro aspecto sorprendente del experimento fue que las respuestas de la mona frente a determinados estímulos eran considerablemente más rápidas que las de Donald. Afortunadamente, Kellogg comprendió que le estaba causando un daño de consecuencias impredecibles a su hijo y decidió separarlos antes de que fuera demasiado tarde.

El físico austriaco Ludwig Boltzmann (1844-1906) fue atacado de forma despiadada por los detractores de sus teorías atomistas y moleculares. Incapaz de soportar ya más la presión incesante y perturbado por la idea de que su trabajo fuera inútil, se suicidó por ahorcamiento durante unas vacaciones en la ciudad de Duino, en la costa adriática, cerca de Trieste. Sólo unas pocas décadas después de su muerte, los trabajos de Jean Perrin en 1908-1909 sobre las suspensiones coloidales confirmaron los valores del número de Avogadro y la constante de Boltzmann, convenciendo a la comunidad científica de la existencia de los átomos.

En 1903, el investigador físico francés Prosper-René Blondlot (1849-1930) anunció su descubrimiento de los rayos N (a los que había dado ese nombre por trabajar en la ciudad de Nancy) mientras trataba de polarizar un haz de rayos X. Numerosos científicos de todo el mundo recibieron alborozados el nuevo descubrimiento, que venía a completar el que recientemente había logrado Roentgen de los rayos X. Docenas de científicos confirmaron la existencia de los rayos N en sus propios laboratorios. Los rayos eran detectados por un filamento de sulfuro de calcio que resplandecía ligeramente en la oscuridad cuando los rayos eran refractados a través de un prisma de aluminio en un ángulo de 60°. De acuerdo a Blondlot, un haz estrecho de rayos N era refractado a través del prisma y producía un espectro en un área concreta. Sin embargo, sospechosamente, tales rayos N fueron calificados como «invisibles» excepto cuando incidían en un filamento previamente tratado; cuando el filamento se iluminaba, se concluía que debía ser por los rayos N.
Meses después, la revista Nature, que se mostró escéptica desde el principio ante las aseveraciones de Blondlot, ya que los laboratorios en Inglaterra y Alemania no habían sido capaces de replicar los resultados del francés, envió al físico estadounidense Robert W. Wood (1868-1955), de la Universidad Johns Hopkins, a investigar el descubrimiento de Blondlot, aprovechando una de las muchas demostraciones que este llevaba a cabo en su laboratorio. Para demostrar su tesis de la inexistencia de los rayos N, Wood aprovechó la oscuridad en que se efectuaba el experimento para sustraer el prisma del dispositivo de detección de los rayos N, sin decírselo, claro está, a Blondlot o a su asistente. Sin el prisma, la máquina no podría funcionar. A pesar de ello, cuando el asistente de Blondlot llevó a cabo el siguiente experimento, detectó con la misma facilidad de siempre los hipotéticos rayos N. Instantes después, Wood intentó restituir subrepticiamente la pieza sustraída, momento en que el asistente de Blondlot le sorprendió la maniobra, aunque no dijo nada. En el siguiente intento, el asistente, creyendo que Wood había quitado la pieza, juró que no podía ver los rayos N (aunque, en realidad, si no había fraude por medio, tendría que haberlos visto, ya que el equipo estaba en perfecto orden). Wood publicó la historia en Nature y en Physikalische Zeitschrift en 1904, demostrando que los rayos N no eran más que un sueño, o tal vez un fraude del obsesionado profesor francés, que se vio obligado a abandonar su cátedra, aunque sólo cinco años después.

El físico neozelandés Ernest Rutherford (1871-1937) fue a consultar en su juventud a lord Kelvin (1824-1907), el más destacado científico inglés de finales del siglo XIX. Rutherford preguntó al eminente investigador sobre la mejor manera de emplear su talento y sobre si debía estudiar las ondas hertzianas, que constituyen la base de la radio. Kelvin le aconsejó que no lo hiciera, ya que no veía ninguna aplicación práctica de las ondas, a excepción quizás de la comunicación con los buques-faro. Le recomendó, en cambio, que investigase el recién descubierto fenómeno de la radiactividad. Rutherford siguió este consejo, privando así a la humanidad de la oportunidad de disfrutar de la radio y la televisión un poco antes y de conseguir la bomba atómica (resultado de su labor sobre la estructura del átomo) un poco después.

Antes de que Albert Einstein (1879-1955) publicara su famosa Teoría de la Relatividad en 1917, le preguntó a un grupo de astrónomos si el universo estaba o no en expansión, pues sus ecuaciones describían un universo que podría estar creciendo o empequeñeciéndose. Ellos le dijeron que no y Einstein introdujo en sus cálculos una «constante cosmológica». Doce años más tarde, en 1929, Edwin Hubble (1889-1953) descubrió mediante observaciones que el universo estaba efectivamente en expansión a partir de sus medidas de alejamiento de diferentes galaxias, por lo que, a partir de entonces, Einstein llamó a la inserción de esta constante su «mayor error». Sin embargo, en 1922, el matemático y meteorólogo ruso Alexander Friedman (1888-1925) descubrió una de las primeras soluciones cosmológicas de las ecuaciones de la relatividad general, la correspondiente a un universo en expansión. El ruso también señaló que Einstein cometió un error mayor (para él «un error algebraico de colegial») al publicar sus ecuaciones sobre la relatividad general, en las que, en un punto de sus cálculos, había dividido por cero… algo de lo más prohibido en matemáticas.

Todos los diagramas actuales de circuitos eléctricos y electrónicos representan la corriente eléctrica fluyendo del polo positivo al polo negativo, justamente al revés de como lo hace en realidad. Ello obedece a una conjetura de Benjamin Franklin (1706-1790) que resultó radicalmente equivocada. Sin embargo, tal error no representa problema alguno en la práctica, puesto que el resultado final es el mismo, por la misma razón expresada en el viejo adagio de que si todos los espectadores de un teatro salen por la entrada y entran por la salida, el tráfico sigue siendo correcto aunque sea equivocado.

El éter era una hipotética sustancia extremadamente ligera que se creía que, actuando como un fluido, ocupaba todos los espacios vacíos. Tal noción fue apoyada, como antes por tantos otros, por el científico francés René Descartes (1596-1650), en su caso para explicar la transmisión de la fuerza especialmente entre objetos no contiguos, dado que todo está inmerso en él. Descartes buscaba explicar todo fenómeno físico por medio de modelos mecánicos descritos por ecuaciones matemáticas y el éter le servía perfectamente a tal propósito. Como nadie había logrado demostrar su existencia, se le atribuían propiedades excepcionales: llenar todo el espacio, ser absolutamente transparente, carecer de peso y de fricción al roce (si no, los cuerpos celestes habrían sufrido impedimentos al moverse por él), etc. Correspondió al genio de Albert Einstein «tirar por la ventana al viejo y superado éter», como escribió el físico George Gamow, y sustituirlo con el concepto más amplio de «campo electromagnético», al cual atribuyó una realidad física. Tratando de investigar la velocidad de la traslación de la Tierra con respecto al éter, Albert Abraham Michelson (1852-1931) y Edward Morley (1838-1923) diseñaron un experimento capaz de medir la velocidad de la luz en dos direcciones perpendiculares entre sí y con diferente velocidad lineal relativa al éter. El famoso experimento resultó totalmente fallido, pero, a la vez, muy exitoso. Por un lado, los resultados negativos de los sucesivos intentos de este famoso experimento de 1887 acabaron por disipar el concepto de éter, pero, por otro, sirvieron de base a la formulación de la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein. La palabra «éter» ha permanecido, sin embargo, en uso. Aún hoy se suele leer, por ejemplo, transmisiones por cable y transmisiones por éter: se trata de un uso inadecuado, útil sólo para distinguir dos tipos diferentes de canalización de una señal.

El físico y alquimista alemán Johann Joachim Becher (1635-1682) sentó las bases para la idea de que los cuerpos combustibles contenían una sustancia particular llamada «flogisto», que carecía de peso y que, cuando se quemaba, se desprendía del cuerpo dejando detrás una sustancia «desflogistizada». Estas ideas fueron desarrolladas y popularizadas por el naturalista alemán Georg Ernst Stahl (1660-1734), médico personal del emperador Federico Guillermo I de Prusia, quien fue el que bautizó tal hipotética sustancia como «flogisto». La idea le pareció correcta, puesto que llegó a afirmar que «como cualquiera puede ver observando cómo se quema cualquier cosa, las sustancias en combustión emiten algo hacia el aire». Sin embargo, como hoy nos parece obvio, el proceso ocurre al revés: las sustancias en combustión toman «algo» del aire: ese «algo» es el oxígeno con que se combinan. Posteriormente, durante unos experimentos con lo que hoy llamamos «oxígeno», el químico inglés Joseph Priestley (1733-1804) descubrió su capacidad para mantener la combustión, pero describió este gas como «aire deflogistizado». No obstante, pese a lo que parezca, lejos de ser un mero descarrío científico, la teoría del flogisto fue una poderosa herramienta conceptual que permitió a la química dar un salto de gigante. Finalmente, la obra acumulada de varios químicos fructificaría en el gran legado del químico francés Antoine Lavoisier (1743-1794), que sostuvo que la combustión es esencialmente un proceso en el cual el oxígeno se combina con otra sustancia. Lavoisier descubrió que durante la combustión no sale nada del cuerpo que se quema, sino que, por el contrario, el cuerpo que se quema absorbe una sustancia del aire (concretamente oxígeno). Ya en 1800, la mayoría de los químicos habían reconocido la validez del experimento de Lavoisier y la teoría del flogisto, que tanto había ayudado al progreso, quedó definitivamente arrumbada.

Uno de los experimentos pedagógicos más inquietantes de la historia fue el ordenado en el siglo XIII por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II (1194-1250), quien hablaba cuatro o cinco lenguas y quiso saber qué clase de idioma hablarían los niños que nunca hubiesen oído hablar a nadie. Para ello, ordenó que un grupo de niños abandonados en un hospicio fuesen entregados a cuidadores que nunca les hablasen ni les hiciesen ningún ruido ni gesto expresivo o afectuoso. Todos los niños del experimento murieron.

Según las estadísticas oficiales, el 1 de enero de 1910, Bulgaria contaba con una cabaña de cerdos de 527.311 ejemplares; diez años después, el 1 de enero de 1920, había más del doble: 1.089.699. Los analistas preocupados por estos temas se preguntaron cómo era posible tamaño aumento de la cantidad de cerdos búlgaros. Lo curioso es que pronto se comprendió qué había pasado: en ese lapso Bulgaria había pasado del calendario juliano, válido en la iglesia ortodoxa, al gregoriano, aunque las fiestas religiosas siguieron celebrándose según el almanaque antiguo. Así, el 1 de enero de 1910 cayó después de Navidad, cuando la gente había matado los cerdos para las fiestas, mientras que el 1 de enero de 1920 vino antes de Navidad, cuando los cerdos destinados a cubrir esa demanda navideña estaban vivos todavía.

Capítulo 4
Errores médico-sanitarios

Como resultado del relato que hace el libro del Génesis de la creación de la mujer a partir de una costilla de Adán, durante toda la Edad Media se supuso que el hombre tenía una costilla menos que la mujer.

En 1935, un psiquiatra portugués llamado Egas Moniz realizó una lobotomía prefrontal, una cruenta y arriesgada operación destinada a curar (o, más bien, a eliminar) la agresividad y los estados hiperemocionales.

Esta técnica adquirió gran prestigio en Estados Unidos y, en tan sólo dos décadas, más de cuarenta mil personas fueron lobotomizadas, lo que los convirtió en auténticos zombis.
A finales de los últimos años 40, Walter Freeman (1895-1972) y James W. Watts se convirtieron en los primeros en hacer una lobotomía frontal, mediante un método poco invasivo y, sobre todo, rápido. Echándole valor, Freeman introducía un picahielos por el conducto lagrimal y con un mazo de caucho golpeaba hasta llegar al lóbulo frontal; entonces removía el picahielos hasta cortar las conexiones entre el lóbulo frontal y el resto del cerebro. Por supuesto, este proceso se repetía en ambos ojos y sin ningún tipo de anestesia. Con objeto de difundir esta práctica de la «lobotomía transorbital», Freeman, que ni siquiera era cirujano, recorrió en su «Lobotomóvil» veintitrés estados norteamericanos, realizando multitud de lobotomías diarias. Aunque algunas ocasionaron problemas graves a algunos pacientes, como la muerte de uno de ellos que tuvo como consecuencia la pérdida por parte de Freeman de su título en Medicina, este siguió realizándolas hasta 1967, cinco años antes de morir, aunque cada vez menos debido al uso de los fármacos antipsicóticos.

En el antiguo Egipto, ya conocían y trataban la diabetes bajo el nombre de «inundación de orina», como demuestra el llamado Papiro de Herbes, datado hacia el año 1550 a. C. En su tratamiento se utilizaban mezclas de hueso, papilla de cebada recién preparada, granos de trigo, tierra verde de plomo y agua que, una vez preparadas, se dejaban reposar, se colaban y se tomaban durante cuatro días seguidos. A lo largo de muchos siglos se continuó ignorando el origen de esta enfermedad. Por ejemplo, Paracelso (1493-1541) creyó que la diabetes era causada por una sal seca que se aferraba al riñón, añadiendo: «no es otra cosa que un exceso de orina y de ganas de orinar. La causa de este mal consiste en un exceso de calor en los riñones».

Es innegable la grandiosa labor de Galeno de Pérgamo (129-199) en el desarrollo de la medicina occidental. Fue, sin duda, el segundo médico más venerado en la Antigüedad, después de Hipócrates. Desempeñó su oficio como médico imperial durante el mandato de tres emperadores romanos y fue uno de los escritores más prolíficos del mundo antiguo. La voz de Galeno fue durante muchos siglos la «voz de la medicina» por antonomasia, aunque sus teorías se basaban en grandes errores. Por ejemplo, Galeno hablaba del «pus laudable», considerando que el pus era necesario para la previa curación de las heridas, opinión que perduró durante muchos siglos, hasta que la puso en duda Ambroise Paré en el siglo XVI, para que, posteriormente, Joseph Lister demostrara claramente a finales del siglo XIX que el gran maestro estaba equivocado. Desgraciadamente, una cuidadosa investigación de Galeno le llevó a concluir que el exceso de sangre era la causa más frecuente de las enfermedades, lo que popularizó las sangrías. La medicina moderna ha demostrado que, salvo en un pequeño número de situaciones, la sangría es inútil y perjudicial, pero la autoridad de Galeno y su defensa de la práctica la convertirían en un procedimiento aceptado hasta el siglo XIX. Galeno no pudo estudiar la anatomía directamente en cadáveres humanos, y diseccionó en su lugar cerdos, perros o monos para trasladar posteriormente sus descubrimientos al hombre, por lo que habló del esternón segmentado, los coxales separados, los úteros bicornes, los dobles conductos biliares, los hígados multilobulados, etc. Estos errores anatómicos básicos persistieron durante siglos hasta que, en 1543, el belga Andrés Vesalio discrepó de sus teorías y publicó De humanis corporis fabrica. Las teorías cardíacas de Galeno se vieron también refutadas en el siglo XVII cuando William Harvey explicó la realidad de la circulación arterial y venosa, así como el funcionamiento del corazón.

Durante toda la historia de la humanidad se ha buscado la llamada panacea universal, apareciendo ciertos remedios de gran fama, como fueron el polvo de momia o el cuerno de rinoceronte, que se decían capaces de curar por sí mismos todas las patologías. También se llegaron a combinar una serie de sustancias y se crearon ciertas mixturas que intentaron ser reconocidas posteriormente como sanadoras de todo tipo de envenenamientos y males, o como portadoras de múltiples y especiales beneficios para la salud humana. Algunas de ellas llegaron a contener más de setenta y una sustancias diferentes, siendo ejemplos clásicos el Mitridaticum o Triaca de Mitrídates, la Triaca de Nicandro, la Gran Triaca de Galeno, el Philantropos o el Arconticon. Un buen ejemplo de panacea fue el remedio denominado Triaca (del griego triaké, ‘antídoto’) del cirujano boloñés Gaspar Tagliacozzi (1546-1599), de especial eficacia como antídoto contra las mordeduras y picaduras de animales ponzoñosos. Entre sus setenta y tres ingredientes estaba el opio (en grandes cantidades) y la carne de serpientes hembras grávidas. La elaboración del remedio debía ser exactísima. Cualquier error anulaba su potencia curativa. En la segunda mitad del siglo XVI surgió una discusión entre boticarios y médicos sobre quién debía prepararlo. Finalmente se recurrió al papa, que dictaminó que fueran los médicos, dado que se los consideraba más cuidadosos en ese terreno.

El saturnismo, una enfermedad causada por envenenamiento de plomo que provoca serios trastornos mentales, incluso la muerte, se llama así por las saturnales romanas, fiestas en honor a Saturno en las que se consumían grandes cantidades de vino, que se conservaba en ánforas cuya pared interna se recubría con plomo para hacerlas estancas. Se achaca al saturnismo crónico el comportamiento de varios emperadores romanos como Calígula, Claudio o Nerón, debido a la gran afición a la bebida que tenían. Se calcula que el consumo medio de vino en la antigua Roma era de entre uno y cinco litros por persona y día. Sólo en el banquete triunfal del general romano Lúpulo (90 a. C.) se consumieron en esa ciudad cuatro millones de litros. Todos ellos transportados y almacenados en ánforas emplomadas.

Se ve que las deyecciones tenían gran importancia en la medicina medieval, pues el propio san Alberto Magno (1193-1280), en un curioso Tratado de las heces, dice a ese respecto: «Como el hombre es la más noble de las criaturas, sus excrementos tienen también una propiedad particular y maravillosa». En otro lugar, llega a explicar: «Aunque naturalmente se siente repugnancia en beber la orina, no obstante cuando se bebe la de un hombre joven y de buena salud no hay remedio más soberano en el mundo».

En una obra médica medieval llamada Thesaurus pauperum, de Petrus Hispanicus, se recomienda para las hemorragias genitales de las mujeres colocar en la boca de la matriz estiércol de cabra y cabezas de puerros bien machacados, así como hacer un emplasto con ranas muy bien calcinadas y mezcladas con pelos y estiércol de liebre, caldo de cabeza de vaca bien cocida y gusanos de tierra. Estas medicaciones podían tener efectos reales o supuestos, pero uno de los mayores errores en farmacología fue el uso del que podría llamarse «canibalismo terapéutico». Aunque su antigüedad se remonta a casi dos mil años, en una época reciente de la humanidad se han empleado los polvos de cráneo o cerebro humano como antiepiléptico; la sangre humana como vigorizador, anticonvulsivo, antihemorrágico o antiasmático; la sangre menstrual contra la gota o frente a los abscesos de la piel; la leche humana para tratamientos de irritaciones oculares y dolor de oídos; la orina en casos de hidropesía e ictericia, para limpiar heridas o para tratar los flatos; la grasa humana en el reumatismo, dolores articulares y enfermedades de pulmón; destilaciones de cabello humano en casos de calvicie y desmayos, mientras que las raspaduras de uñas de manos y pies actuaban como eméticos; la piel humana en el tratamiento de cataratas y otras afecciones oculares; la saliva humana en afecciones de la córnea o como antídoto en venenos animales; el corazón humano para la epilepsia y las parálisis de las extremidades…

Las primeras reseñas anatómicas de los órganos sexuales se ceñían casi exclusivamente al sexo masculino, olvidándose casi siempre de la descripción del aparato sexual femenino externo. A través de los textos árabes arraigó la idea en la literatura médica medieval de que los órganos masculinos y femeninos tenían una similitud inversa. Por ejemplo, el médico y filósofo árabe Avicena (980-1037) decía que «el instrumento de la generación en la mujer es la matriz y ha sido creado similar al instrumento de la generación en el hombre, es decir, la verga y lo que la acompaña. Sin embargo, uno de estos instrumentos es completo y está dirigido hacia el exterior, mientras que el otro es reducido y está retenido hacia el interior, constituyendo, de alguna manera, el reverso del miembro viril». En este caso, también se arrastró la rémora de viejas ideas aristotélicas erróneas, como que el miembro masculino está formado por tendones y cartílagos, lo que explicaría su capacidad de contraerse y alargarse. Algunos anatomistas medievales creían que el pene era un manojo de nervios que nacen de la espina dorsal y acababan en el órgano sexual. Por ello lo llamaron cauda nervorum.

Para Aristóteles, el macho de las especies contribuía con el agente generador esencial aportando el llamado «principio vital» o «alma»; sin embargo, al no ser algo material, Aristóteles consideraba que no era necesario que materia alguna pasara del macho a la hembra. La materia que, de hecho, pasaba con el semen era considerada por el filósofo griego un simple accidente y no una esencia. Sobre la base de estas ideas aristotélicas se estaba en condiciones de aceptar la acción de la llamada aura seminalis en la fecundación sin contacto material y se llegó a atribuir la preñez de algunas jóvenes a los vapores espermáticos del padre que había tenido una polución nocturna en el mismo lecho e, incluso, al haber abrazado a una amiga que hubiera acabado de cohabitar con el marido. Al médico musulmán Averroes una vecina le juró que había concebido un hijo al tomar un baño en el que previamente había eyaculado un varón, lo que le llevó a pensar que la vulva poseía la propiedad específica de atraer el esperma. Durante la época medieval se creía que tanto los hombres como las mujeres producían espermatozoides. Los antiguos griegos creían que el esperma se almacenaba en los huesos. Paracelso decía que el semen provenía de todas las partes del cuerpo y que acudía a los testículos durante el acto sexual. Estas teorías de la relación del semen con el sistema nervioso persistieron en la medicina popular, y en España llegó a publicarse en 1807 un libro de un tal Tissot, fanático autor francés, titulado Enfermedades de los nervios producidas por el abuso de los placeres del amor y el exceso de onanismo, donde describía casos de locura e incluso el de una persona a la que se le había «secado el cerebro» hasta el punto de que «se oía sonar dentro de la cabeza». Este erróneo concepto seudofisiológico ha conseguido pervivir en España hasta hace cuarenta años, cuando se asustaba a los niños diciéndoles que el exceso de prácticas masturbatorias provocaba una grave ceguera (o que producía tuberculosis, secaba los huesos, originaba raquitismo, producía esterilidad, deformaba el órgano sexual, etc.).
Según opinión del filósofo griego Anaxágoras de Clazomene (500-428 a. C.), los varones son engendrados por semen que fluye de la parte derecha del cuerpo del padre y las niñas por semen que proviene del lado izquierdo. De esta misma teoría participó después Hipócrates de Cos (460-370 a. C.), considerado casi unánimemente el padre de la medicina, pues gracias a él se han adquirido gran parte de los conocimientos relacionados con la alimentación, las plantas medicinales, la hidroterapia, la higiene, el termalismo y el ayuno. La teoría de la concepción lateral, a pesar de ser totalmente errónea y algo ingenua, estaba no obstante mucho más cerca de la verdad que las de otras muchas escuelas griegas de pensamiento, que, según los casos, creían que la fecundación femenina se debía a la acción del viento, a la presencia en las proximidades de cierto árbol, o a otras muchas causas de similar categoría científica.

El rey francés Felipe de Valois (1293-1350) consultó a la corporación de profesores de la Facultad de Medicina de París sobre el origen de la mortífera epidemia conocida históricamente como peste negra. Tras mucho meditar, los doctos profesores llegaron a la conclusión, que elevaron al monarca, de que la pestilencia se debía a la conjunción astral de Saturno, Júpiter y Marte en la casa de Piscis.

Según parece, los primeros dibujos del cuerpo humano hechos científicamente y con minuciosidad fueron realizados por el famoso pintor, escultor, arquitecto y sabio italiano Leonardo da Vinci (1452-1519) hacia 1500. Pudiera ser que Leonardo los realizase gracias al estudio y disección de numerosos cadáveres, algo extraño en esa época debido al tabú existente, y cómo no, al miedo a las denuncias ante los tribunales eclesiásticos. Pero, pese al incalculable valor científico de los dibujos anatómicos realizados por el famoso artista y sabio italiano a lo largo de toda su vida, algunas de sus hipótesis acerca del funcionamiento del cuerpo humano no fueron correctas. Por ejemplo, según él, los genitales masculinos estaban conectados directamente con los pulmones, ya que estos le proporcionaban al pene el aire necesario para la erección.

En 1547 se fundó en Londres el primer asilo para enfermos mentales, el Hospital de Santa María de Belén, más conocido popularmente como Bedlam, donde los locos quedaban encerrados en habitaciones con poca luz, pobremente alimentados, yaciendo en la suciedad, cargados de cadenas y fuertemente controlados por la brutalidad de los guardianes. Sorprendentemente, Bedlam constituyó durante el siglo XVIII una de las principales atracciones londinenses donde, previo pago de una entrada, se exponían los enfermos a la curiosidad de las gentes como si de animales de un zoológico se tratasen. Algo parecido sucedía en otros manicomios como la llamada Torre de los Lunáticos de Viena, que no se cerró hasta 1835. Durante los siglos XVII y XVIII se crearon muchas instituciones de este tipo con el fin de aislar de la sociedad a los dementes (o a los así calificados). Se trataba de centros que parecían más bien correccionales, prisiones o centros de trabajo que hospitales para enfermos. Así se mantuvieron hasta que el médico francés Philippe Pinel (1745-1826) liberó a los dementes del manicomio Hospice de Bicêtre, proclamando que «la demencia no es una culpa que el hombre deba castigar, sino más bien una enfermedad que merece toda la consideración y de la que nosotros, una humanidad enfermiza, somos responsables».

Cuenta una antigua leyenda que, tras la muerte de una paciente, intrigado por la razón del fallecimiento, el célebre anatomista flamenco Andrés Vesalio (1514-1564) obtuvo permiso para hacer la autopsia. Tanto el anatomista como los parientes de la mujer que se hallaban presentes descubrieron con horror que el corazón de la presunta fallecida continuaba latiendo. La familia acusó a Vesalio de asesinato y lo denunció a la Inquisición española, que lo condenó a la hoguera, aunque el rey Felipe II intercedió por él y lo indultó con la condición de que emprendiera en 1564 una peregrinación a Tierra Santa para expiar su crimen. Efectivamente, Vesalio viajó a Jerusalén y en su camino de vuelta falleció. La primera alusión a esta historia procede del célebre cirujano francés Ambroise Paré, que recomendaba en su tratado De la génération que no se abriese el cadáver con demasiada premura para que no sucediese la misma desgracia que le aconteció a un famoso anatomista que residía en España y que trató a una mujer que presuntamente había fallecido por «sofocación uterina» (viejo nombre de lo que después se llamó histeria). Aunque Paré no mencionó a Vesalio, sí lo haría el italiano Fortunatus Fidelis en De relationibus medicorum, tratado médico de 1602. La versión más completa del caso, que incluye detalles sobre la Inquisición y la mediación del rey, procede de la Vitae germanorum medicorum de Melchior Adam, que se basó en una carta escrita por el diplomático Hubert Languet en 1565. Sin embargo, los biógrafos de Vesalio no han encontrado testimonio alguno de las personas que lo conocieron que mencione el fatal error ni tampoco se alude a él en los anales de la Inquisición. España todavía daría una versión más del anatomista descuidado. Esta tiene como protagonista al cardenal Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza y ministro del rey Felipe II. Cuando cierto día el monarca lo cesó de su puesto como presidente del Consejo de Castilla, Diego de Espinosa se desplomó sin que los médicos que lo atendieron detectaran pulso ni signos de respiración. Sin embargo, durante el proceso de embalsamamiento, el cardenal volvió a la vida y trato de forcejear con el embalsamador. Todos los intentos por salvarlo resultaron infructuosos y el cardenal murió antes de que pudieran administrarle los últimos sacramentos.

El personaje de dibujos Popeye fue creado por la intención de las autoridades de hacer descender las cada vez más comunes anemias de hierro infantiles. Pero, desgraciadamente, a pesar del notable éxito en el crecimiento del consumo de espinacas que el personaje logró, es falso que las espinacas sean ricas en hierro. La idea de que Popeye comiera espinacas para adquirir una fuerza extraordinaria proviene de un error propagado por el doctor alemán E. von Wolf. En 1870, al calcular la proporción de hierro en las espinacas, quitó sin darse cuenta una coma decimal, multiplicando así por diez el valor real de 4,0 miligramos por 100 gramos a 40 miligramos por 100 gramos. El error fue corregido en 1937 por el profesor Schuphan, que descubrió que el valor real era sólo un poco superior al promedio, pero a esa altura la idea ya estaba demasiado bien instalada en la sociedad.

A finales del siglo XVI, la Iglesia católica combatió salvajemente el consumo de café y presionó al papa Clemente VIII (1536-1605) con la finalidad de que este lo prohibiera, ya que la jerarquía católica estableció el dogma de que esa era la bebida de Satanás. Antes de tomar una decisión definitiva, el papa quiso probar un sorbo de café, a pesar de la negación de sus asesores y de la curia de cardenales; cuando lo hizo, exclamó: «Sería pecado dejar a los descreídos una bebida tan deliciosa». Y ahí mismo rompió la proclama de la prohibición y amonestó a los cardenales que habían declarado la guerra al café. No obstante el café siguió teniendo grandes detractores.

Uno de ellos fue el rey Gustavo III de Suecia (1746-1792), un convencido de que el café era venenoso, que condenó a un criminal a tomarlo todos los días, mientras otro reo bebía solamente té, para que una comisión médica nombrada al efecto demostrase que, tomados ambos a dosis diarias, este era beneficioso, mientras aquel era mortal. Sin embargo, según cuenta la historia, el experimento nunca pudo ser llevado a término: primero murieron los médicos de la comisión, después fue el rey quien falleció (víctima de un atentado), a continuación murió a los ochenta y tres años el reo condenado a beber té y finalmente el bebedor de café.

Por contra, un gran bebedor de café fue su coetáneo, el rey Federico II el Grande de Prusia (1712-1786), que solía tomar grandes dosis de esta bebida, aunque preparada con champán en vez de con agua. Menos sofisticado en sus gustos, pero también mucho más constante y enardecido fue el sabio francés François Marie Arouet (1694-1778), más conocido como Voltaire, del que se dice que era tan aficionado a él que bebió unas cincuenta tazas al día durante toda su vida de adulto, que por cierto duró hasta los ochenta y cinco años de edad. No sería raro pensar que si alguien le hubiera prohibido tomarlo hubiese reaccionado como el sultán otomano Selim I (1467-1520), del que se cuenta que hizo colgar a dos médicos por aconsejarle que dejara de tomar café.

En siglos pasados, el oro era recetado como medicina. La gente pudiente masticaba láminas de oro, que además era añadido a las comidas en forma de polvo, como si fuera un condimento. Por ejemplo, según algunos cronistas, el rey francés Luis XIII (1601-1643) bebía grandes cantidades de oro líquido, que le preparaban los alquimistas de la corte, para fortalecer su maltrecha salud. Pero no se trata del único caso registrado de brebajes reconstituyentes preparados base de oro. Se sabe que muchos enfermos (desde luego, pudientes) masticaban finísimas láminas o polvo de oro y también que, en determinadas ocasiones, se echaba una pizca de este metal en guisos reconstituyentes.

En octubre de 2008, la Biblioteca Pública de Nueva York abrió una muestra de carteles publicitarios que las tabacaleras usaron entre las décadas de 1920 y 1950 para promocionar el consumo de cigarrillos. En ellos aparecían médicos, dentistas e incluso bebés afirmando que el tabaco es bueno para la salud por su capacidad «para calmar los nervios, dar energía y perder peso». El colmo fueron las campañas en que se reflejaba la venta y consumo de tabaco en las propias habitaciones de los hospitales.

Durante siglos, los médicos, para curar las heridas, cogían la espada, la daga o el instrumento que había herido al paciente, lo colocaban en un lugar retirado y lo curaban, aplicándole medicamentos al arma mientras dejaban al herido sin asistencia. Aseguraban que a medida que se curaba el arma, la herida se iba cerrando. Posteriormente, el diplomático inglés Kenelm Digby (1603-1665) creó un «polvo simpático» (compuesto de sangre humana, grasa de eunucos y musgo procedente de cráneos de criminales) especial para tratar las armas, aunque por lo menos también procedía a lavar y vendar la herida del paciente. Luego propuso una variante: sumergir las prendas manchadas de sangre en una solución de sulfato de cobre. El influyente cirujano francés Ambroise Paré (1510-1590) luchó denodadamente contra estas ideas.

Cuando el azúcar llegó al Viejo Mundo procedente de América, se le aplicaron utilidades farmacológicas de lo más variadas. Por ejemplo, el médico inglés Frederick Slare (1646-1727) lo aconsejaba como dentífrico.

Durante mucho tiempo, el chocolate fue considerado como un medicamento eficaz contra un gran número de males, pero sobre todo contra la llamada «debilidad orgánica». Existían también sorprendentes recetas especialmente compuestas para males específicos, como el chocolate de ámbar, de Brillat-Savarin, que actuaba como tónico e hilarante. En Alemania, el chocolate se vendió en farmacias hasta el siglo XVII. El cardenal Richelieu lo bebía para moderar los ardores de su páncreas, secreto que había adquirido de los frailes españoles instalados en Francia. Fuera de este uso medicinal, y al igual que sucedió con otros productos como el café y el tabaco, en muchos lugares de Europa se prohibió por diversas razones el consumo de chocolate, sobre todo durante el siglo XVIII.

El papa Benedicto XIV (1675-1758) llamó «influenza» a la gripe por considerar erróneamente que era causada por la «influencia» de los astros. Así se la denomina aún en muchos países.

Las momias eran profanadas por los árabes para hacer medicinas muy costosas contra las úlceras, la anemia, la jaqueca, etc. Pero como las verdaderas momias no abundaban, algunos astutos comerciantes comenzaron a fabricarlas a partir de cadáveres obtenidos por las calles o robados en los cementerios. La pócima era vendida en pequeños frascos que contenían un trozo de carne humana aliñada con sustancias aromáticas, aceites y resinas. En Occidente esta práctica clandestina se hacía con cuerpos de ahorcados recientes, secados al horno y bañados en betún. Los restos de las momias egipcias fueron uno de los principios activos predilectos utilizados en la elaboración de drogas para la farmacopea europea hasta el siglo XVIII. Aun con voces médicas opuestas a su uso, un buen número de facultativos recetaban polvo de momia para la curación de enfermedades internas.

Durante un paseo a caballo, María Luisa de Orleans (1662-1689), esposa de Carlos II el Hechizado (1661-1700), último monarca español de la casa de los Austrias, sufrió una aparatosa caída en febrero de 1689. Al día siguiente, su estado empeoró y los principales médicos de la corte intentaron poner remedio a su dolencia. Para ello, de acuerdo a los dictados de la ciencia médica de la época, se le aplicaron en el vientre «rebanadas de molletes [panecillos] empapadas en vinagre de Lucena». La reina murió a los pocos días y, al parecer, a causa de una apendicitis.

Al prestigioso médico inglés John Hunter (1728-1793) debemos que durante muchos años se confundieran dos enfermedades: la sífilis y la gonorrea. Hunter creía que ambas eran producidas por el mismo germen, de tal forma que si la infección inicial afectaba a la piel, se produciría el cuadro clínico de la sífilis, mientras que si afectaba inicialmente a las mucosas, daría lugar a un cuadro gonorreico. Para confirmar su teoría decidió inocularse en la piel pus obtenido de un paciente con gonorrea y, efectivamente, contrajo la sífilis, de forma que comprobó su teoría con riesgo de su salud. Con tanto riesgo que seguramente murió de una cardiopatía de probable origen sifilítico. El error en todo este asunto estuvo en que Hunter nunca sospechó la posibilidad de que ambas enfermedades pudieran existir en el mismo paciente, lo que efectivamente había sido el caso en cuestión, imponiendo, aunque sin pretenderlo, un importante freno en el conocimiento de estas patologías de transmisión sexual.

El médico inglés Edward Jenner (1749-1823), que en 1798 perfeccionó la vacuna de la viruela y dominó la temida enfermedad, fue propuesto para su ingreso en el Colegio de Médicos de Londres en 1813. El Colegio quiso ponerlo a prueba respecto a los anticuados e inútiles clásicos de los antiguos escritores médicos. Jenner se negó, teniendo la opinión de que su triunfo sobre la viruela era mérito suficiente. Los caballeros del Colegio no estuvieron de acuerdo y Jenner no fue elegido.

Fascinado por las propiedades de la electricidad como causa de la vida, el profesor Giovanni Aldini (1762-1834), sobrino de Luigi Galvani, cuyo tratado de la electricidad muscular fue editado con notas suyas en 1791, recorrió en varias ocasiones las capitales de Europa para demostrar y divulgar los efectos médicos de la electricidad en el cuerpo. La parte principal de su obra científica giró en torno al galvanismo y a sus aplicaciones médicas. Sus demostraciones implicaban, entre otras cosas, dar sacudidas eléctricas a cadáveres. La demostración más famosa de Aldini se llevó a cabo en 1803 en la prisión de Newgate, en Londres, donde conectó los hilos de una pila de Volta de ciento veinte placas de zinc y otras tantas de cobre a la boca y el oído del cadáver de George Foster, un asesino recién ahorcado. Según los presentes en el experimento, el rostro de Foster empezó a hacer todo tipo de gesticulaciones, la mandíbula se movió temblorosa y, finalmente, guiñó el ojo izquierdo. El calendario de Newgate, libro sobre los criminales de esta cárcel londinense, describió lo que sucedió después: «En la primera aplicación del proceso a la cara, las mandíbulas del criminal fallecido comenzaron a temblar y los músculos adyacentes se retorcieron horriblemente, de hecho un ojo se abrió y guiñó. En la parte final del proceso, la mano derecha se levantó y se contrajo, mientras las piernas y los muslos comenzaron a moverse compulsivamente». Como era de esperar, algunos observadores pensaron que Aldini estaba trayendo de vuelta a la vida a aquel asesino.

El tabaco fue considerado durante siglos una cura eficaz contra un gran número de enfermedades y dolencias: dolores de cabeza, de muelas y de estómago, artritis, heridas y, sorprendentemente, el mal aliento.

Todos estos usos tuvieron muchos propagadores, pero uno de los que más contribuyó a popularizarlos fue el médico español Nicolás Monardes (1493-1588). Hallándole nuevas utilidades, en 1774 unos médicos trataron de reanimar a personas supuestamente fallecidas usando un ingenio llamado «respirador de tabaco» o «administrador de enemas de tabaco», que permitía insuflar humo por el ano del paciente para varios propósitos médicos, principalmente la reanimación de las víctimas de ahogamiento. Un tubo rectal introducido en el ano estaba conectado a un fuelle que obligaba a que el humo fuera hacia el recto. Se pensaba que el calor del humo promovería la respiración. Como era de esperar, fue un total fracaso, tanto médico como comercial.

A algún iluminado del siglo XVIII se le ocurrió que para curar la ictericia se debían ingerir tres piojos vivos por vía oral. Para hacerlos más «comestibles», se podían tomar con leche, aceite crudo o enharinados. Los piojos, se decía, llegan al estómago, superan el píloro (porque son resistentes a la acción de los jugos gástricos) y entran en el duodeno, «cosquilleando» sus paredes y provocando con ello unas contracciones en la pared duodenal que favorecen el flujo de bilis y desbloquean las vías biliares. Lógicamente, el cosquilleo sólo se podía producir si los piojos estaban vivos. El número de piojos, tres, es un misterio. Algunas personas se dedicaban a «cazar» los piojos para abastecer a los «médicos» que utilizaban estas artes.

En ocasiones, la idea de la curación definitiva o el «cortar por lo sano» conllevó graves errores. Un ejemplo de ello es el tratamiento de la hernia. Esta supone un defecto generalmente de la pared abdominal, que permite la salida de las vísceras. Las hernias se clasifican según su lugar de aparición: umbilicales, inguinales, crurales, etc. Especialmente las hernias crurales, que favorecen la salida de algún asa intestinal hacia el escroto, se trataban antiguamente con la castración: podía extirparse un testículo, los dos o todos los órganos sexuales al completo, según la estimación del cirujano. Los médicos españoles eran de los pocos en Europa que evitaban, sin problema, la castración del paciente.

A principios del siglo XIX, Francia importaba anualmente entre treinta y cuarenta millones de sanguijuelas. Estas eran utilizadas por los médicos para eliminar la sangre de las mordeduras de serpiente, y también como anticoagulante en cirugía plástica y de reimplantación de extremidades semiamputadas. A causa de la demanda, estos chupadores de sangre llegaron a estar en verdadero peligro de extinción.

En 1807, los médicos del Hospital Real de Berlín disponían de una centrifugadora especial constituida por un brazo de 1,80 metros, dotado en su extremo de una barquilla, en la que se situaba al enfermo mental. La rápida rotación del artefacto sometía al paciente a aceleraciones equivalentes a cinco veces su propio peso, lo que se consideraba por entonces beneficioso para su estado de salud.

El de la segunda esposa de Fernando VII, la portuguesa María Isabel de Braganza (1797-1818), hija primogénita del rey Juan VI de Portugal, fue seguramente el parto real más estremecedor de la historia. En 1818, débil de salud y en su segundo embarazo (en el primero, en 1817, tuvo una hija que murió cuatro meses después), la reina, de veintiún años de edad, hallándose en la villa de Aranjuez, sufrió una crisis muy fuerte que le hizo perder el conocimiento. Los médicos creyeron que aquello no era un desvanecimiento, sino la muerte de una reina y, como se encontraba en avanzado estado de gestación, decidieron practicarle una cesárea post mórtem para salvar al bebé, posible futuro rey. Sin embargo, los gritos de la soberana al sentir cómo la abrían dejaron estupefactos a los médicos. La carnicería, sin anestesia, mató a la reina y tampoco pudo salvar al hijo que llevaba en sus entrañas.

El dentista estadounidense William T. Green Morton (1819-1868) indujo a uno de los cirujanos más prominentes de Norteamérica, John Collins Warren (1778-1856), a presentar el 16 de octubre de 1846, en el Hospital General de Massachusetts, en Boston, la primera demostración pública del éter inhalado como anestésico general. El procedimiento tuvo un éxito tal que Morton intentó patentar el éter como descubrimiento suyo bajo el nombre de leteo. Aunque él fue el primero que acepto correr con todos los riesgos, otros descubrieron el potencial del éter antes que él y fue arruinado económicamente por los juicios legales en que se vio complicado.

En 1832, una violenta epidemia de cólera provocó más de cinco mil víctimas en la ciudad de Nueva York. En poco tiempo se señaló al «paciente cero», es decir, al responsable. Se trataba de un tal Fitzgerald, un forastero recién llegado a la ciudad, que fue señalado porque había contraído el cólera, porque había recibido un baúl de ropa usada de Irlanda (donde había una epidemia de cólera previa) y porque tenía una agitada vida social, que le posibilitó extender la enfermedad por toda la ciudad. Pero no todos los médicos aceptaron esa hipótesis, pues para muchos el cólera tenía otras causas. El doctor Reese, por ejemplo, mantenía que la enfermedad era producida por la putrefacción de la comida en el estómago, causada a su vez por los excesos en la ingestión de bebidas alcohólicas. Para Reese, «cualquier médico que crea que el cólera es una enfermedad contagiosa es un tonto de remate a quien no debería permitirse el ejercicio de la medicina. El cólera no es más contagioso que el tifus, la disentería o la fiebre amarilla; dolencias que no son transmitidas en modo alguno por materia contaminada, como pretenden algunos idiotas, sino que son síntomas constitucionales provocados por el coñac y otros licores, la cerveza y el vino». En consecuencia, el tratamiento propuesto por Reese consistía en la prohibición del alcohol y en el recurso a las sangrías «para dar salida a la circulación oprimida» y, además, para comprobar también el diagnóstico, ya que en los aquejados de cólera «al abrir la vena, se verá que la sangre tiene prácticamente el color y la consistencia de la brea». Sin embargo, otros muchos facultativos no estaban de acuerdo con el tratamiento propuesto por Reese. Ellos lo que hacían (con gran éxito popular y comercial, por cierto) era, una vez sangrado el paciente, medir la cantidad de sangre extraída y hacer que el paciente ingiriese una cantidad equivalente de coñac.

El naturalista Félix-Archiméde Pouchet (1800-1872) fue uno de los grandes enemigos de la teoría microbiana de la enfermedad de Louis Pasteur (1822-1895). Mientras que este último defendía que también los seres microscópicos nacían por métodos sexuales, como el resto de los seres vivos, Pouchet se alineaba con los defensores de la teoría de la generación espontánea. Imitando un ensayo que Pasteur hizo con anterioridad, Pouchet llenó ocho matraces con infusión de heno esterilizado en lugar de caldo de cultivo, hizo el vacío en todos ellos y los trasladó a la Maladeta, en los Pirineos. Pouchet ascendió hasta llegar a una altura superior a la alcanzada por Pasteur en el Mont Blanc y allí destapó los frascos. Para sorpresa de todos, en la infusión de heno se habían generado microorganismos por sí mismos. Años después Tyndall descubriría que el heno contiene pequeñísimas esporas de microbios que resisten durante horas enteras la temperatura del agua hirviendo.

En el siglo XIX todavía había doctores que aconsejaban que los adolescentes portaran cinturones de castidad para evitar la masturbación y anillos con clavos interiores para impedir la erección. La infibulación es una operación practicada por determinadas etnias en niños de ambos sexos, consistente en colocar un anillo u otro obstáculo en los órganos genitales para impedir el coito. Pues bien, en 1786 un ciudadano alemán de nombre S. G. Vogel inventó otro sistema de infibulación, en este caso para impedir la masturbación, que consistía en encerrar las manos del sujeto en dos cajas portátiles.
En cuanto a las poluciones nocturnas, fenómeno completamente natural pero que en el pasado se consideró un acto pecaminoso, durante la época victoriana muchos británicos optaron por atarse por la noche una cuerda a los genitales con tal de evitarlas, aunque el más eficaz en este campo fue un inventor de Massachusetts, L. B. Sidley, que patentó en 1856 el llamado «timbre durmiente», que consistía en unas placas de metal que rodeaban al pene y disparaban la alarma de una campana avisando del peligro de una rápida erección nocturna.

En el siglo XIX, los doctores observaron que los vaivenes de los trenes y carruajes en los viajes largos aliviaban las dolencias de los enfermos de Parkinson. Así que, por ello, uno de los tratamientos aplicados a este mal consistía en sentar al paciente sobre las llamadas «sillas tranquilizadoras», que llegaban a girar a cien revoluciones por minuto. Los beneficios de este método son dudosos, pero no los perjuicios, como el mareo y los vómitos. En esa misma onda, el profesor de anatomía patológica Jean-Martin Charcot (1825-1893) mandó construir un sillón vibrador movido por un torno eléctrico. Más tarde, un discípulo suyo, Gilles de la Tourette (1857-1904), perfeccionó el invento: fabricó un casco con un pequeño motor de corriente alterna que giraba a seiscientas revoluciones por minuto y agitaba la cabeza del paciente como si fuera una coctelera.

El cirujano inglés de origen alemán Julius Althaus (1833-1900) escribió un pequeño tratado sobre la cura de la impotencia espinal que, según él, se trataba eficazmente insertando un ánodo en el extremo del pene y un cátodo en la región lumbar. Luego se hacía pasar una corriente eléctrica que, en su opinión, desbloqueaba todos los conductos. Althaus se mostraba muy optimista respecto a los beneficios de la terapia e, incluso, le encontraba sorprendentes ventajas colaterales. Llegó a afirmar: «Si se realiza con habilidad, este procedimiento algo complicado no es del todo desagradable».

Durante la Guerra franco-prusiana (1870-1871), la vacunación fue obligatoria en el Ejército prusiano y solamente murieron doscientas noventa y siete personas de viruela; en el Ejército francés, donde la vacunación no era obligatoria, murieron de viruela veintitrés mil cuatrocientos hombres.

En 1859, el químico alemán Albert Niemann (1834-1861) aisló por primera vez la cocaína, principal alcaloide de la planta de la coca. Tres años después, su colega austriaco Wilhelm Lossen (1838-1906) determinó su fórmula química. Pero, realmente, quien popularizó su uso, con el beneplácito médico, fue el químico y comerciante corso Angelo Mariani (1838-1914), al elaborar desde 1865 un vino tonificante que contenía cocaína y era degustado en muchos hogares europeos. Mariani dedicó gran parte de su vida al desarrollo de tónicos y bebidas con el fin confeso de hacerse millonario. En un golpe de suerte, entabló tratos con un comerciante que viajaba a Perú constantemente y pronto comenzó a experimentar con una nueva planta que este le trajo, la coca.
Tras varios prototipos, la versión final consistiría en un «vino de coca tratada», de nombre comercial «Vin Mariani», que pronto se hizo muy popular, sobre todo al saberse que era el tonificante preferido de algunos personajes tan influyentes como la reina Victoria de Inglaterra y su heredero, el príncipe de Gales; el zar ruso Alejandro II; el presidente de los Estados Unidos, William McKinley; la actriz francesa Sarah Bernhardt; el inventor estadounidense Thomas Alva Edison; los escritores franceses Julio Verne y Emile Zola; el dramaturgo danés Henrik Ibsen e, incluso, un personaje de ficción como Sherlock Holmes que, gracias a la imaginación de su creador, Arthur Conan Doyle, fue un gran consumidor de este vino y, luego, de cocaína pura.

Entre los grandes aficionados de este caldo vigorizante estuvo también el papa León XIII, que tenía la costumbre de pasearse con una petaca llena de Mariani colgada a la cintura, a la cual, además, «le tenía más aprecio que a todo su equipaje personal y asistentes juntos». Mariani, que no era ningún tonto y sí en cambio un adelantado a su tiempo, comprendió enseguida que una cara famosa publicitando su producto (lo que hoy se llama un prescriptor) equivalía a muchas ganancias. Por ello, en la audiencia privada que le concedió el papa, Angelo se atrevió a pedirle que posara para un anuncio publicitario. El pontífice, agradecido al inventor de su bebida preferida, aceptó sin condiciones. Así que el papa León XIII pasó a la historia como el único pontífice que ha protagonizado una campaña publicitaria y, además, de un producto de tan «curiosas» características. Tras aquella publicidad, las ventas se dispararon y el Vin Mariani comenzó a ser distribuido en cócteles y fiestas, como estimulante en hospitales y como vigorizante en los ejércitos.

En 1884, el psicólogo vienés Sigmund Freud (1856-1939) ansiaba adquirir renombre profesional y sabía que sólo lo podría conseguir mediante un gran descubrimiento. Por entonces vislumbraba tal posibilidad en la investigación acerca de los usos clínicos de la cocaína que llevaba a cabo. En una carta suya de abril de 1884, afirma: «He estado leyendo acerca de la cocaína… Un alemán la ha estado empleando para sus soldados y ha informado de que, en efecto, aumenta la energía y la capacidad de resistencia». Confiado en la bondad de su método y de la sustancia (que él mismo consumía: «estoy tomando regularmente dosis muy pequeñas contra la depresión y la indigestión, con el más brillante de los éxitos»), envió cierta cantidad de cocaína a su novia, Marta, «para hacerla más fuerte y teñir de rojo sus mejillas». También la ofreció a sus amigos, colegas y pacientes. Su biógrafo, Ernest Jones, no duda en afirmar que «se estaba convirtiendo en una verdadera amenaza pública». En junio de 1884, Freud escribió un ensayo en el que se refería a «la alegría y la euforia, que en nada difieren de la euforia normal de la persona sana… Se puede realizar un largo e intenso trabajo mental o físico sin ninguna fatiga… No registra absolutamente ansia alguna de volver a tomar cocaína». Concluye que la cocaína podría servir para tratar la adicción a la morfina. Sin embargo, pronto llegaron las críticas a su labor y a su propagación de una práctica muy peligrosa avaladas por informes de casos de adicción y de intoxicación con cocaína, y toda Alemania se puso en alerta. Algunos de sus colegas acusaron a Freud de haber desatado un flagelo de la humanidad. Además, este tuvo una penosa experiencia directa, pues, como seguía creyendo que la cocaína era inocua, había prescrito una cantidad importante a un paciente, que falleció. Años más tarde, el psiquiatra austriaco se referiría con vergüenza y tristeza a este episodio.

Hacia 1890, se podía encontrar en las farmacias occidentales muy diversos remedios patentados compuestos en su mayor parte por cocaína y especialmente indicados para curar el alcoholismo, el asma, el resfriado común, la tos ferina, la disentería, las hemorroides, la neuralgia, el mareo, los vómitos durante el embarazo, los pezones doloridos, el vaginismo y, entre otros, la gonorrea y la sífilis, además de constituir un remedio para curar las adicciones a la morfina y al opio. Sin embargo, uno de los usos más peculiares fue el sugerido por William Hammond, antiguo cirujano-jefe del Ejército estadounidense, que recomendó que se usara cocaína pura en casos de inflamaciones de la membrana mucosa y como anestésico del clítoris, para evitar que las mujeres se masturbaran.

El vino de coca Maltine era fabricado y comercializado por Maltine Manufacturing Co., de Nueva York, que obtuvo diez medallas de oro a la calidad de su producto. En la dosificación indicada se leía: «Una copa llena junto con, o inmediatamente después, de las refecciones. Niños en proporción». El vino de coca Metcalf era uno más de la gran cantidad de vinos con coca disponibles en el mercado. Todos afirmaban que tenían efectos medicinales, pero indudablemente, eran consumidos también por su valor «recreativo».

El cordial de Godfrey era una poción que algunas familias pobres de Inglaterra mezclaban y daban en el siglo XIX a sus hijos para que «estuvieran tranquilos». Se trataba de un compuesto de opio, melaza y sasafrás, inventado originalmente como medicina. Pero resultó que una sobredosis era fatal. Eso preocupó a muchos, pero no a todos, ya que padres «indeseables» se dieron cuenta enseguida de que producía una muerte rápida e indolora a hijos «indeseados», para quienes no había ni espacio ni alimentos.

Antiguamente, para aquietar bebés recién nacidos no era necesario un gran esfuerzo de los padres, pero sí unas gotitas de opio. Este frasco de paregórico (sedativo) de Stickney & Poor era una mezcla de opio y alcohol distribuida del mismo modo que los condimentos por los cuales la empresa era conocida. «Dosis: Para niños de cinco días, cinco gotas. Dos semanas, ocho gotas. Cinco años, veinticinco gotas. Adultos, una cucharada llena».

El producto era muy potente y contenía un 46% de alcohol.

En 1889, el médico francés Charles Edouard Brown-Séquard (1817-1894), tras haber enviudado a los setenta años y haberse enamorado luego de una joven, decidió iniciar consigo mismo una terapia destinada a rejuvenecerse. En tal sentido, ese mismo año informó a la academia francesa de un revolucionario tratamiento antienvejecimiento, que consistía en inyectarse un extracto de sangre, semen y testículos pulverizados de perros y cobayas. Brown-Séquard había autoexperimentado el tratamiento rejuvenecedor durante una docena de años. A las pocas semanas de haber publicado el informe, los médicos empezaron a recetar este elixir de forma masiva a personas ancianas.
Tiempo después, estos estudios fueron recordados por el médico francés de padres rusos Serguei Abrahamovich Voronov (1866-1951), que durante su ejercicio como médico del virrey egipcio Abbas II entre 1898 y 1910, ya había observado que los eunucos del harén del rey eran más proclives a padecer enfermedades propias de ancianos que los hombres no castrados. Utilizando su mismo cuerpo en sus experimentaciones, Voronov se inyectaría distintos tipos de tejido proveniente de perros y ratones. Al no notar progreso, concluyó que las inyecciones no eran eficaces, por lo que procedió a investigar la manera de trasplantar la glándula tiroides de un chimpancé a un humano y posteriormente, debido a la laxa legislación egipcia, tejido testicular de criminales ejecutados a clientes millonarios. Con estos extravagantes métodos, Voronov probó el éxito público y se obsesionó con el tema.
De vuelta a Europa, como es lógico, Voronov no conseguiría el permiso para conseguir su «materia prima» preferida, aunque nada le impedía encontrar una fresca provisión de testículos de simio en los zoológicos. El 12 de junio de 1920, Voronov realizaría el primer xenotras-plante de tejido testicular de chimpancé en un escroto humano. Él consideró que estas operaciones eran un éxito, ya que los pacientes mejoraban, aunque como luego se comprobó esto sólo se debía a un efecto placebo; en realidad, la mayoría de los operados presentaban una zona inflamada e, incluso, un absceso en el área del injerto. Pero hubo otros que también veían mérito en sus peligrosos métodos, como demuestra que Voronov fuera elogiado por sus colegas y que, incluso, la revista Time lo alabara. Con el tiempo, Voronov trató a cientos de millonarios y famosos del mundo entero; sólo en Francia, realizó más de quinientas cincuenta intervenciones, abrió su clínica especializada y sacó provecho de su «granja» de monos en Italia. Pero eran cada vez más las voces en su contra. Pronto, los avances en el estudio de la testosterona acabarían con todo el prestigio de la teoría de Voronov. Deprimido y derrotado, moriría a finales de 1951 en Suiza a causa de las serias complicaciones acarreadas por una caída. En realidad, Voronov no descubrió ningún método rejuvenecedor eficaz, pero sí el rechazo inmunológico al trasplante entre especies distintas.

En 1879, se introdujo en Estados Unidos una nueva sustancia para tratar la adicción a la morfina: la cocaína. En 1885, la farmacéutica Merck vendió legalmente ochenta mil kilos de cocaína como medicamento, especialmente como gotas contra el dolor de muelas y el de dientes infantil. La cocaína fue utilizada con fines terapéuticos por primera vez por el oftalmólogo vienés Karl Koller (1857-1944) en 1884 para anestesiar el ojo de un paciente afectado por glaucoma. Entre 1890 y 1910, la heroína también era divulgada como un sustituto no adictivo de la morfina y como remedio contra la tos infantil.

Se supone que el científico escocés Alexander Fleming (1881-1955) descubrió la penicilina. Sin embargo, el antibiótico procedente del género Penicillium ya había sido probado terapéuticamente antes, en 1897, por Ernest Duchesne (1874-1912), de la École du Service de Santé Militaire de la ciudad de Lyon. Lo curioso es que el estudioso francés aplicó las bondades curativas del moho Penicillium glaucum para curar la fiebre tifoidea de los conejillos de indias. Lamentablemente, aunque Duchesne publicó una disertación en 1897, sus investigaciones no llamaron la atención de los científicos del momento, así que nunca recibió la patente de su trabajo ni el reconocimiento que hubiera merecido. Hay que tener en cuenta de todos modos que Duchesne nunca se atrevió a decir que su remedio contenía una sustancia antibacteriana; sólo a decir que, de algún modo, protegía a los animales. De alguna forma, Duchesne simplemente estaba utilizando un descubrimiento de los mozos de cuadra árabes, que utilizaban desde tiempo atrás mohos para curar las llagas de sus caballos.

Entre los fabricantes de sombreros de principios del siglo XX era común un cuadro clínico que se manifestaba con espasmos, temblores y alteraciones de la personalidad. Por ello, la gente de la época consideraba que todos los sombrereros, tarde o temprano, perdían la cabeza. La realidad era que se envenenaban poco a poco al inhalar el mercurio que utilizaban para hacer el fieltro de estas prendas. Este componente es muy tóxico y una vez que entra en el organismo no se elimina, sino que se acumula en diferentes tejidos y órganos, como los riñones, el hígado y el cerebro. Probablemente este suceso sirvió de inspiración a Lewis Carroll (1832-1898) para incluir en Alicia en el País de las Maravillas al personaje del Sombrerero Loco.

A principios del siglo XX, el veneno de serpiente de cascabel era un tratamiento popular muy habitual para la epilepsia. Años después se comprobó que no surtía efecto favorable alguno.

En 1915, el cirujano alemán E. Holländer repetía una experiencia anterior realizada en Francia para demostrar la eficacia de los métodos prehistóricos para la trepanación del cráneo. Él mismo lo describió así: «En 1878, Lucas Championnière había hecho ya la demostración empírica de que es posible practicar la trepanación con una piedra, es decir, un guijarro ordinario bastante afilado que se había encontrado en un muelle del Sena y con el cual logró hacer una perforación al cabo de treinta y cinco minutos; él recurrió al sistema de abrir pequeños taladros muy próximos entre sí para ensancharlos seguidamente y escindir la llamada rodaja. Yo empleé otro procedimiento: operé con un pedernal tallado, es decir, el instrumento original del Neolítico, y en pocos minutos (cinco o seis) conseguí abrir un gran boquete».
Uno de los errores más graves cometidos en el ámbito sanitario y que generó un gran revuelo social y sirvió para alertar sobre los efectos secundarios de los medicamentos fue el caso del somnífero Contergan, más conocido como talidomida. En 1954, la empresa Chemie Grünenthal de Stolberg, República Federal Alemana, patentó la sustancia K-17, la talidomida, que no había mostrado efectos secundarios en la experimentación animal ni en las pruebas clínicas, y pasó a comercializarla en octubre de 1957 con el nombre de Contergan, que comenzó a utilizarse en mujeres embarazadas para aliviar el insomnio y las náuseas matutinas. Inicialmente se obtenía sin receta médica y se prefería a los barbitúricos, pero tras las notificaciones de ciertos efectos secundarios leves, en 1961 se decidió su venta bajo receta médica. Fue a partir de ese año cuando se registraron, sólo en Alemania, un total de 2.625 casos de un tipo raro de embriopatía o malformación del embrión, llamado síndrome de dismelia o síndrome de carencia de miembros superiores o inferiores. Investigaciones posteriores confirmaron que la talidomida era la causante de esas malformaciones en el embrión cuando se tomaba en la fase inicial del embarazo. Al retirar el fármaco del mercado, se habían contabilizado más de diez mil niños con dicha deformidad.

En 1962, Warren Thomas, director del zoológico del Parque Lincoln de Oklahoma City, inyectó doscientos noventa y siete miligramos de LSD, tres mil veces la dosis humana, al elefante Tusko. Quería saber si con esa cantidad de droga alucinógena podía inducir el musth, un estado de los elefantes que se da una vez al año, cuando tienen un incremento de la excitación sexual que los vuelve más agresivos. El resultado fue la muerte del elefante, que, tras unos segundos de barritar a pleno pulmón, se desplomó fulminado y agonizó durante una hora. Los supuestos científicos concluyeron que los elefantes son más sensibles que los humanos a los efectos de los psicotrópicos. Y adujeron en su defensa que no esperaban que pudiese pasar eso, ya que ellos habían probado el ácido también.

En 1965, a petición del delegado de la aún República Popular de Mongolia, la Organización Mundial de la Salud dejó de emplear el término «mongolismo» para referirse a las personas con síndrome de Down.

Durante años, la India ha sido el principal país exportador de esqueletos humanos destinados a las aulas de medicina de diversos países europeos. El Gobierno prohibió este comercio en 1987, ante los rumores de que la exportación propiciaba los asesinatos de niños, para luego vender sus cráneos. Ante la repentina escasez, el precio de los esqueletos se multiplicó en todo el mundo.

En 1898, once días después de lanzar al mercado la conocida Aspirina, los laboratorios Bayer empiezan a comercializar un nuevo y revolucionario producto: Heroína de Bayer. El nombre, inspirado en las sensaciones de los primeros pacientes que lo han probado, no puede ser más prometedor. En pocos meses, ambas marcas, Aspirina® y Heroína®, se anunciaban juntas como insuperables analgésicos y como remedio para varias enfermedades pulmonares. El éxito fue tan rápido que, muy pronto, la casa Bayer anunció la heroína también como efectivo remedio contra la tos infantil. La publicidad aparecía en todos los grandes periódicos. En España, Bayer aprovecharía el invierno de 1912 para lanzar una intensa campaña de publicidad de su «jarabe de heroína». En los diarios aparecieron anuncios con escenas cotidianas (una madre que da la medicina a su hijo o unos niños que toman su merienda) y se repetía machaconamente el mismo mensaje: «en la estación lluviosa, Jarabe Bayer de Heroína», «en la tos fuerte, Jarabe Bayer de Heroína», «la tos desaparece con Jarabe Bayer de Heroína». Durante años, Bayer siguió vendiendo la heroína como eficaz e inocuo sustitutivo de la morfina. Los anuncios a escala mundial aseguraban que, «al contrario que la morfina», la nueva sustancia producía un aumento de la actividad y hacía desaparecer todo tipo de tos. A principios de 1900, algunas sociedades filantrópicas estadounidenses llegaron a distribuir muestras gratuitas de heroína por correo para los adictos a la morfina que desearan rehabilitarse. No sería hasta años después cuando se descubriera que la heroína no sólo no es inocua sino que resulta aún más adictiva que la morfina. En 1913 Bayer detuvo la producción de heroína y borró todo este embarazoso asunto de sus archivos.

Durante siglos, la brujería mantuvo el monopolio de la elaboración de afrodisiacos y filtros, y empleó en ellos indiscriminadamente todo tipo de sustancias inocuas o deletéreas, que a veces ocasionaban el envenenamiento y la muerte del consumidor. Se supone que así murieron, por ejemplo, el político y militar romano Lúculo (h. 118- c. 56 a. C.), el poeta también romano Sexto Propercio (h. 50- c. 12 a. C.) y el rey aragonés Fernando el Católico (1452-1516), en este caso por un brebaje que le dio su segunda esposa, Germana de Foix, para enardecer su pasión y conseguir de él un hijo. La lista de afrodisiacos más o menos eficaces o fraudulentos, según los casos, es interminable y varía en función de culturas y modas. Entre los más antiguos habría que mencionar los siguientes: polvos de moscas cantáridas o «mosca española», polvos de rémora, huesos triturados de rana, piedra astroita, vainilla, musgo, ámbar, alcohol, opio, nuez vómica, fósforo, almizcle, catecú, ginseng, jengibre, hachís y muchas especias, como la pimienta o la canela. En base a las ideas aristotélicas, durante muchos siglos se pensó que todo aquello que producía flato (habas, alubias, garbanzos, col, nabos, berenjenas…) excitaba el apetito venéreo y, por tanto, la capacidad reproductiva, porque la eyaculación era, según Aristóteles, un «chorro a distancia» y «no existe chorro a distancia sin una presión de aire». Además esto explicaría el mecanismo por el cual las venas del pene excitado se llenarían de aire provocando la hinchazón de la verga. Los garbanzos se consideraban muy buenos como afrodisiacos, pero fueron las habas, quizás, las leguminosas favoritas para estos menesteres, pues siempre han tenido una connotación sexual: Aristóteles las comparaba a los órganos sexuales y Luciano, con los testículos y en general con el engendramiento. También los afrodisiacos exóticos han abundado, entrando en esa categoría numerosas setas, así como los huevos, los mejillones, las ostras y el marisco en general, las guindillas y especias picantes, la hiel de diversos animales, el polvo de cocodrilo, la raíz de ginseng, el cuerno de rinoceronte, las lágrimas de ciervo, la hipomanía (humor segregado por los órganos reproductores de la yegua), etc. En la China imperial, eran famosos los párpados de oveja marinados en té caliente que utilizaban los emperadores para mantener contentas a sus numerosas concubinas. Otras sustancias utilizadas como afrodisiacos se acercaban a lo nauseabundo, como los excrementos de sapo y de serpiente, o la sangre menstrual, muy utilizada en Alemania durante el siglo XVIII. Alimentos afrodisiacos más sencillos eran el vino y la carne, de los que Areteo de Capadocia dijo que «excitan los nervios, relajan el alma, reaniman la voluptuosidad, forman esperma y estimulan la urgencia sexual». La cantárida o mosca española (Lytta vesicatoria) es un pequeño insecto coleóptero que vive en las ramas de los tilos y los fresnos, y aunque se le dio el nombre de «mosca española» lo cierto es que no fue en España donde se descubrió su utilidad, pues Hipócrates ya la menciona en el siglo V a. C. como remedio antiguo y muy conocido entre griegos y romanos de la impotencia masculina. Muchos cocimientos de propiedades supuestamente maravillosas se aplicaban sobre la piel en vez de ingerirse. En general, gozaban de gran estimación las unciones en el espinazo, ingles, testículos y plantas de los pies con aceite de pimienta blanca o con un ungüento hecho de estorque, almizcle, asafétida, cebolla albarrana, mirra, pimienta y castóreo (un extracto maloliente de las glándulas prepuciales del castor). En Escocia se usó como remedio incomparable un emplasto hecho con testículos de zorro, meollos de pájaros y flores de palma. Los afrodisiacos derivados de animales que sobreviven en la actualidad en un oscuro y próspero mercado ilegal son: cuerno de rinoceronte, sesos de mono, testículos de oso, de león y de delfín e incluso el hueso del pene de las focas macho.

Sobre el útero femenino existieron diversos conceptos anatómicos equívocos que intentaron explicar la fisiología de su funcionamiento; la idea clásica de los «pelos» de la matriz, muy arraigada en la Edad Media, fue una descripción poco afortunada de las rugosidades internas del útero, a las que se confió una función retentiva del semen de la que se derivaron nuevas ideas, como la afirmación de que «las prostitutas, debido a sus frecuentes coitos, tienen una matriz encenagada y las pilosidades en las que debería retenerse el semen están recubiertas; por eso, como ocurre con el mármol lubrificado, la matriz rechaza de forma inmediata cuanto recibe». En ocasiones, el útero se consideró en la Antigüedad como si fuera un animal, pues los griegos creían que se movía libremente por el cuerpo femenino, lo que originaría un «mal de la matriz» conocido como «histeria» (palabra que deriva del griego hystéra, que significa ‘matriz’). Fue el caso, por ejemplo, de Platón (428-347 a. C.), quien creía que el útero de la mujer era un pequeño animal vivo que se movía dentro del cuerpo al que, además, responsabilizaba del mal genio de algunas damas, como así también del excesivo deseo carnal.
El tema cautivó las mentes de muchos autores clásicos, que dedicarían gran tiempo a explicarlo. Por ejemplo Hipócrates y Platón lo asociaban con la menstruación y teorizaban posibles causas; incluso el gran Galeno, primer médico de la historia, estudió el tema y concluyó: «La histeria es una enfermedad causada por la falta de placer sexual en la mujer, cuya solución es la satisfacción sexual». Con esta base teórica del mundo clásico los doctores de tiempos posteriores utilizarían una técnica singular para «curar» la histeria: provocar un «orgasmo médico» a la paciente. Dependiendo de la dirección en que se desplazara el útero, se aplicaban distintos tratamientos, aunque mayoritariamente consistían en inhalar por la nariz sustancias de olor fétido (asfalto, azufre, cuerno, mezcla de lámpara, aceite de foca y castóreo) para empujar la matriz hacia abajo, mientras se aplicaban fumigaciones aromáticas por la vagina para atraerla. El famoso médico griego Sorano de Éfeso (98-138) consiguió desterrar la teoría de la libertad de movimientos uterina, aunque mantuvo la creencia de que el útero era el responsable de una serie de problemas mentales. Durante la Edad Media se denominó a la histeria como «sofocación de la matriz» y se suponía que la abstinencia sexual provocaría la retención del que pensaban era el esperma femenino y que era esa retención la causa de la histeria, ya que «resulta de él un humo que asciende al diafragma, pues como el diafragma y la matriz están unidos, y como el diafragma está unido a las partes superiores y a los instrumentos de la voz, se produce la sofocación». Otras veces la retención sería de la sangre menstrual, origen del semen femenino, que se transformaría en ponzoña venenosa al no eliminarse, por lo que se volvería contra el organismo que la segrega. Según Hipócrates, el útero de las mujeres que no practican asiduamente el acto sexual se deseca y cierra herméticamente, lo que atormenta a todo su cuerpo. Y es que la antigua medicina griega pensó en un principio en la existencia de un «semen femenino», pues se encontraron dos «testículos» (ovarios) en el interior de la cavidad abdominal de la mujer y, por simple comparación y semejanza, se pensó que creaban un esperma que se vaciaría por las trompas y, desde ahí, llegaría hasta la matriz. Como los «testículos» femeninos eran menores que los masculinos, se pensaba también que el esperma femenino tendría una menor capacidad fecundante que el del hombre. A diferencia de Aristóteles, Hipócrates de Cos (460-377 a. C.) fue un gran defensor de la idea del semen femenino y opinaba que el embrión se formaría por la unión de los dos espermas. Posteriormente, Galeno de Pérgamo (129-199), médico romano de origen griego, defendió también las teorías hipocráticas y supuso que el semen femenino sería un producto residual de la nutrición en su grado último de elaboración, y que el esperma se formaba, además de en los testículos, en el hígado. Consiguió que estas ideas perduraran con fuerza durante la Edad Media, donde se llegó a crear una gran confusión entre ovulación, secreción cervical y lubricación vaginal.
Entreviendo quizá una luz etiológica, aunque basada en principios erróneos, en una época se recomendó que la comadrona se impregnara un dedo en aceite de lirio, laurel o nardo, que lo introdujera en la vulva de la mujer histérica y lo agitara con fuerza. Más formalmente, se aconsejaron las relaciones sexuales para eliminar el semen retenido, por lo que la maternidad acabaría transformándose finalmente en un principio higiénico, en un tratamiento sanador de las mujeres histéricas. Durante la Edad Media, se recurría a alentar al esposo a que «atendiera mejor a su mujer» y, en el caso de la soltera, a la «masturbación recetada». Luego, ya en el mundo urbano, comenzaron a ser doctores «especializados» en masajear el clítoris femenino los encargados de «curar» esta llamativa «enfermedad». Siglos después, en la época victoriana, había en los consultorios más importantes de Londres modelos de mesa a vapor; de hecho, era una práctica tan popular que muchas clínicas contaban con varias máquinas. No obstante, aquí viene lo interesante: la falta de tiempo y la búsqueda de comodidad llevó a que se investigasen métodos «alternativos» para conseguir el orgasmo femenino automáticamente. En primer lugar se pensó en distintos tipos de métodos hidroterapéuticos (masturbación con burbujas), pero posteriormente se fueron desarrollando los primeros vibradores eléctricos, parecidos a los que existen hoy en día, aunque más peligrosos. En principio estos instrumentos no eran algo tabú; de hecho, se vendían gran cantidad de modelos y tipos distintos en tiendas y farmacias. Con el correr del tiempo, y el avance de la medicina, este tipo de instrumentos comenzaron a ser mal vistos por la sociedad.
Asombrosamente, la histeria siguió considerándose durante muchos años como una enfermedad del útero, hasta que el anatomista inglés Thomas Willis (1621-1675) la explicó en 1671 como una enfermedad cerebral. Su naturaleza se conoció mejor tras los estudios de Jean-Martin Charcot (1825-1893), aunque posteriormente fuese el neurólogo vienés Sigmund Freud (1856-1939) quien amplió los conocimientos sobre el tema. Hoy, parece claro que el útero no tiene esta actividad viajera que los antiguos le conferían. Las desviaciones uterinas, por ligeras que fuesen, tuvieron una importancia injustificada para todo tipo de síntomas y fenómenos patológicos, lo que favoreció que en 1854 se iniciara una verdadera guerra en la manufactura de tallos y pesarios destinados a devolver a dicho órgano su posición natural; todo ginecólogo que se preciara se veía casi obligado a inventar un artilugio de este tipo o a modificar el de otro autor. De esta forma se explican las palabras del doctor Clifford Allbutt cuando decía: «El útero podría quejarse con justicia de que se le empalara siempre con un tallo o de que se le montara sobre una percha, pero no podría quejarse ciertamente de la falta de variedad en el tallo ni de la monotonía del contorno de la percha».
Desde que la histeria fue descrita por primera vez por el neurólogo francés Jean-Martin Charcot como una enfermedad nerviosa exclusivamente femenina, pasaron muchos años hasta que se encontraron tratamientos más eficaces, y sobre todo menos crueles, que el que se aplicó a los casos graves en aquellos primeros años: la extirpación del clítoris de las enfermas.

Sobre las glándulas mamarias de las mujeres se creyó, a raíz de textos hipocráticos, que existían unas vías de comunicación venosa directa entre la matriz y las mamas, pensando que la naturaleza había relacionado ambos órganos para realizar una única obra, por lo que la sangre que llega a la matriz formaría el flujo menstrual pero, durante la gestación se dirigiría a las mamas, donde sería purificada para formar la leche. La relación fisiológica mediante vías internas de conexión entre el pecho, la cabeza y los genitales se intentó reafirmar con pruebas concluyentes y, además de utilizar como evidencia el origen de la leche, se quiso demostrar con el hecho de que en las mujeres las caricias y los mordiscos en las orejas, cuello y pechos provocaban una mayor excitación sexual. Las traducciones de las obras del árabe Qustâ Ibn Lûqâ (820-912 a. C.) establecían que en el hombre también existía esta misma relación y consideraban, por tanto, que el exceso venéreo provocaba la expectoración de sangre.
Las glándulas mamarias de las mujeres tienen la función de producir la leche necesaria para alimentar a los hijos. Para muchos pueblos primitivos, el pecho está exclusivamente destinado a tal fin. Por tanto, son simples mamas y los hombres no las admiran más allá de su funcionalidad. Por ello no es de extrañar que la mayoría de las mujeres de estos pueblos no se los cubran y los lleven desnudos. Curiosamente, las mujeres naga de Assam, en la India, se cubren sólo los senos porque, según ellas, es la única parte del cuerpo que no existe como tal al nacer.
Hoy los pechos femeninos tienen una connotación sexual. En la época victoriana, las mujeres cuidaban la flaccidez de los senos mediante la toma de baños de fresas. Las mujeres de Nápoles solían salir desnudas a las azoteas de sus casas confiando en que los rayos de la Luna les hicieran crecer sus atributos glandulares; aunque, en realidad, técnicas para aumentarlos han existido muchas, desde los muy variados ungüentos con composiciones más o menos extrañas hasta una técnica de hipnotismo propuesta por un médico norteamericano, pasando por la cirugía.

Está muy extendida la costumbre de introducir el supositorio por la parte más afilada, para facilitar, supuestamente, la entrada del mismo. Sin embargo, esta costumbre, sin ser perjudicial ni contraproducente, sí que es errónea. La razón para afilar una parte del supositorio es que, al introducirlo completamente en el ano por la parte recortada, el esfínter anal presiona sobre la parte afilada, empujando al supositorio hacia arriba por el recto, donde se encuentran los plexos venosos que se encargarán de la absorción del principio activo.

Capítulo 5
Errores empresariales

El 26 de agosto de 1854, el telegrafista francés Charles Bourseul (1829-1912) publicó en el periódico L’Illustration un artículo en que describía un aparato que anticipaba un sistema telefónico. Evidentemente, la Administración francesa no se percató del valor de semejante innovación y no prestó atención a la propuesta de Bourseul. Francia perdió así la oportunidad de aventajar tecnológicamente a otros países.

La Compañía Telegráfica Western Union tuvo la oportunidad de comprar por cien mil dólares la patente de la invención del teléfono, pero declinó hacerlo. Algo parecido le ocurrió a Alexander Graham Bell, quien, hacia 1881, cinco años después de haber inventado el teléfono, había vendido casi todas las acciones del capital que tenía en la empresa que formó para su fabricación, sin comprender jamás lo provechosas que llegarían a ser.

La Triangle Shirtwaist Company siempre cerraba sus puertas con llave para asegurarse de que sus empleadas no pudieran abandonar su puesto de trabajo junto a sus máquinas, y tampoco pudieran robar a la empresa. El 25 de marzo de 1911, en la octava planta de su edificio de Nueva York, se desató un grave incendio y las puertas cerradas sellaron el destino de las trabajadoras. Muchos testigos pudieron ver desde la calle cómo las propias obreras lanzaban las mejores telas por la ventana y creyeron que estaban intentando salvarlas de la quema, pero posteriormente vieron horrorizados que saltaban sobre ellas para intentar salvar la vida.

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En sólo treinta minutos murieron ciento cuarenta y seis trabajadores. Como secuela del incendio, las organizaciones sindicales de trabajadores de la confección lograron fuertes conquistas laborales y establecieron con éxito normas legisladas de seguridad mínima.

En cierta ocasión, Coca-Cola quiso unir su marca a la pasión estadounidense por el béisbol. Con las clásicas letras en el reverso de las tapas, los consumidores debían juntar la expresión «home run» y canjearla por distintos premios a elegir. Estratégicamente, sólo se iban a incluir unas pocas letras erre, pero, al final, por error, se distribuyeron dieciocho mil erres en el interior de las botellas. El error costó más de cien mil dólares en premios, hasta que Coca-Cola puso fin a la promoción.

Pero, para demostrar que este tipo de errores le pueden ocurrir a cualquier, mencionemos el caso de su gran competidora, la Pepsi-Cola, en este caso su filial de Filipinas, que durante una promoción en 1993 organizó un concurso con premios millonarios y anunció un número de ganadores equivocado, incitando a la revolución a ochocientos mil expectantes ganadores y consiguiendo así unir en una sola causa, por primera vez en la historia del país, a las múltiples facciones étnicas, políticas y religiosas tradicionalmente enfrentadas en Filipinas. La causa fue que el ordenador central de la compañía sufrió un fallo que hizo que, en lugar de dieciocho tapones ganadores, se imprimieran y distribuyeran ochocientos mil, con el consiguiente enfado por parte de los falsos ganadores, que al final se quedaron sin premio. La compañía fue objeto de más de cinco mil querellas criminales y de una condena por negligencia laboral y publicidad engañosa que le ocasionaron unos gastos de más de diez millones de dólares, a pesar de que los dieciocho premios pensados inicialmente ascendían sólo a un total de setecientos veinte mil dólares.

Con más de sesenta años, la famosa aventurera británica Freya Stark (1893-1993) depositó todos sus ahorros en un banco suizo a cambio de una pensión vitalicia.

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Pese a que continuó con su vida de aventura y riesgo (por ejemplo, a los 81 años hizo una peligrosa expedición de trekking por el Himalaya), y para sorpresa de la institución financiera, Stark vivió cien años y los responsables del banco, desesperados, acabaron por mandar anualmente a uno de sus empleados para comprobar que seguía viva.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, cuando se discutieron las distintas indemnizaciones a los aliados, al Reino Unido se le ofreció la compañía de automóviles Volkswagen como parte del pago en compensación por todo lo destruido por Alemania durante la guerra. De hecho, la empresa alemana pasó brevemente a estar bajo administración de los británicos, pero estos creían que los coches con el motor en la parte posterior no tenían futuro y que aquello sólo les daría problemas. Así que las autoridades británicas de ocupación se limitaron a hacer un pedido de veinte mil automóviles «escarabajos» para volver a poner de pie la compañía y, en 1949, el Gobierno británico cedió el control de la empresa al Gobierno de la República Federal Alemana. En 1959, la empresa producía casi cuatro mil coches al día y vendió su vehículo un millón.

Hasta 1956, los paquetes de los tampones de la marca Tampax advertían, por imperativo legal, que no eran adecuados para mujeres solteras bajo el argumento, científicamente falso, de que con su uso perderían la virginidad.

La compañía aérea Eastern Airlines introdujo un descuento del 50% en el precio del billete de avión para las esposas que acompañasen a sus maridos en sus viajes de negocios. La campaña fue un éxito hasta que a alguien se le ocurrió que quedaría muy bien presentar en la publicidad algún testimonio de las esposas que hubiesen utilizado este descuento, así que mandaron cartas a todas ellas, pidiéndoles que, con el incentivo de un premio, escribiesen una breve nota sobre su experiencia. Sin embargo, el inesperado resultado es que estuvieron mucho tiempo recibiendo cartas preguntando: « ¿Qué viaje?».

En 1970, Schlitz era la segunda cerveza de Estados Unidos. Había sido la primera hasta 1957, cuando fue superada por su rival Budweiser. Al por entonces director de la compañía, Robert Uihlein Jr., se le ocurrió una genial idea para recuperar el liderato: producir cerveza más barata en menos tiempo, recortando el coste de los ingredientes y acelerando el proceso de producción. Dicho y hecho, Uihlein cambió la malta de cebada por jarabe de maíz, que era más barato, y un nuevo tipo de estabilizador de espuma para adaptarse a la nueva normativa que obligaba a reflejar el estabilizador en las etiquetas. De esa forma, logró reducir el tiempo de producción de cuarenta a quince días. Un éxito por ahorro de costes… pero también de clientes. La nueva cerveza Schlitz tenía la dudosa propiedad de irse deteriorando con el tiempo, generando una gelatina de aspecto mucoso en el fondo de la botella. La ruina estaba al caer.

En 1972, el Washington Post le ofreció al Chronicle de San Francisco la oportunidad de compartir una serie de artículos que dos reporteros llamados Bob Woodward y Carl Bernstein andaban publicando acerca de un affaire en el cuartel general de los demócratas en Washington, el hotel Watergate. Pero Charles Thieriot, su propietario, lo rechazó: «Esa historia no despertará ningún interés en la Costa Oeste», sentenció, dejando vía libre a su rival, el San Francisco Examiner, que se hizo con los derechos de publicación por la irrisoria suma de… quinientos dólares.

A mediados de los setenta, los ejecutivos de la WT Grant, una de las mayores cadenas comerciales de Estados Unidos, concluyeron que la mejor forma de ganar clientes era ofrecer créditos al consumo. Así que pusieron en marcha un ambicioso plan, en el que la presión a los jefes y empleados era la piedra angular. Aquellos que no otorgaran suficientes créditos a los clientes eran sometidos a vejaciones públicas en las fiestas anuales: a los empleados que no pasaban el corte se les lanzaban tartas a la cara, se les obligaba a arrastrar cacahuetes sobre el suelo con su nariz o eran enviados al hotel en pañales. Consecuentemente, los empleados se volvieron super diligentes y comenzaron a dar créditos a diestro y siniestro, sin comprobar si los clientes ofrecían garantías o no. WT Grant concedió ochocientos millones de dólares en créditos hasta su ruina en 1977.

Corría la década de los setenta cuando, en su laboratorio de Palo Alto, California, la compañía Xerox contaba con una máquina cuya pantalla contenía iconos que permitían realizar distintas funciones al pulsar sobre ellos. Su nombre era Alta y era un modelo de ordenador personal que se adelantaba a los que poco después lanzaría comercialmente la competencia. Sin embargo, el prototipo nunca salió del laboratorio de Xerox debido a un asunto de prioridades y estrategias empresariales. Los directivos de la compañía no quisieron gastar lo necesario para comercializar la innovación. Y perdieron con ello un gran negocio.

En 1976, Ronald Gerald Wayne (1934) fue el tercer, aunque poco conocido, socio fundador de la empresa Apple Computer, junto con Steve Jobs y Steve Wozniak. Él fue quien diseñó el primer logotipo de la compañía (un dibujo de Isaac Newton debajo de un manzano), además de redactar el manual de instrucciones de la primera máquina, el Apple I, y el convenio de colaboración. Wayne trabajó en Atari, donde también lo hizo temporalmente Jobs, que le incorporó al proyecto de Apple con una participación del 10% para evitar cualquier posibilidad de empate en las decisiones a votar. Pero Wayne siguió trabajando en Atari porque no se fió mucho de la nueva empresa. Su duda se basaba probablemente en que él mismo, cuatro años atrás, tuvo que cerrar su pequeña empresa de ingeniería Siand, ubicada Las Vegas. Cuando Jobs consiguió que Apple pudiera comprar los materiales necesarios a crédito y, por otra parte, entregar cincuenta computadoras a cuenta, Wayne temió que el comprador no pagara a tiempo y que los acreedores de Apple le exigirían a él el pago. Así que pronto perdió la fe y vendió sus acciones por ochocientos dólares sólo unas semanas después de que Apple empezara a fabricar sus primeros equipos informáticos. En 1977 le regalaron una bonificación de despedida de mil setecientos dólares. Poco después, el empresario Mike Markkula invirtió más de doscientos cincuenta mil dólares de capital riesgo en Apple. El primer año de funcionamiento hubo un volumen de negocio de ciento setenta y cuatro mil dólares; en 1980, fueron ya ciento diecisiete millones, y en 1982, más de mil millones en ventas anuales. Las acciones de Wayne pronto habrían estado valoradas en unos seis mil o siete mil millones de dólares. Sin embargo, tiempo después declaró que no lamentó la venta de su participación en la empresa ya que, según él, tomó «la mejor decisión que podría haber tomado en aquel momento». Hoy poco se sabe de Ronald Wayne. Al parecer, en 1997 trabajaba como ingeniero en una empresa contratista del Ministerio de Defensa estadounidense, en Salinas, California, y unos años más tarde emigró a Nueva Zelanda.

En 1913, la compañía tabacalera estadounidense R. J. Reynolds, de Winston-Salem, Carolina del Norte, preparó su primera campaña publicitaria para lanzar al mercado una nueva marca de cigarrillos. Por entonces los nombres exóticos estaban de moda, así que el fundador de la empresa, Richard Joshua Reynolds (1850-1918), escogió la palabra camel (‘camello’).

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Para el diseño de la cajetilla, aprovecharon que el circo Barnum & Bailey estaba de paso por la ciudad con el fin de tomar fotografías de un animal de este tipo para ayudar a ilustrar el paquete. Pero como no encontraron un camello, se conformaron con un enorme dromedario, llamado Old Joe. El fotógrafo R. C. Haberken fue el encargado del trabajo fotográfico. Sin embargo, el animal no cooperó: curioso, insistió varias veces en girar su cabeza para observar directamente la cámara. El gerente del circo se vio obligado a tirar con fuerza de las riendas, hasta que Old Joe levantó la cabeza muy enojado. Ese fue el momento que eligió el fotógrafo para inmortalizar y esa pose fue la que finalmente quedó para la posteridad.

En 1979, el empresario del sector informático, y luego también político, Ross Perot (1930) intuyó que Bill Gates estaba poniendo en marcha una empresa de enorme potencial, Microsoft, y decidió hacerle una oferta de compra, pero no llegaron a un acuerdo. Perot asegura que le ofreció a Gates entre cuarenta y sesenta millones de dólares. Gates sólo recuerda haber escuchado entre seis y quince millones. Para el valor actual de la empresa, calderilla.

05-04.jpgContó en cierta ocasión Steve Jobs (1955), cofundador de Apple Computer Inc. junto a Steve Wozniak (1950), sus pasos cuando estaban vendiendo su prototipo de ordenador personal Apple I a las grandes compañías del momento, hacia 1976: «Así que nos dirigimos a Atari y les dijimos: “Hey, tenemos esta cosa maravillosa que hemos construido con algunos de vuestros componentes, ¿qué os parece si nos financiáis? O bien os lo entregamos. Nosotros sólo queremos hacerlo. Pagad nuestro sueldo, haremos el trabajo por vosotros”. Y ellos dijeron: “No”. Luego nos fuimos a Hewlett-Packard y allí nos dijeron: “Hey, no os necesitamos. Ni siquiera habéis acabado la carrera”».

El director general de Yahoo, Terry Semel (1943), se reunió en 2001 con Larry Page y Sergey Brin, de Google, con la intención de comprarles la compañía. Ellos pedían cinco mil millones de dólares, pero Semel aseguró con firmeza que su empresa no los valía. La verdad es que ahora cuesta más de cien mil millones, y ni siquiera está en venta.

Hacia 1982, cuando Chevrolet-General Motors, el gigante del motor americano, quiso introducir en el mercado latinoamericano su nuevo modelo, el Nova, no supo adecuarse convenientemente a las características de la cultura local. Después de obtener unas decepcionantes cifras de ventas, los ejecutivos de la compañía pidieron informes y cayeron en la cuenta de que «no-va» significa en español ‘no funciona’. Después de enterarse de por qué no vendían nada, cambiaron el nombre del coche en sus mercados hispanohablantes por el de Caribe.

Cuando la empresa fabricante de plumas Parker puso a la venta un nuevo modelo de bolígrafo en México, sus anuncios supuestamente querían decir «No perderá tinta en tu bolsillo, avergonzándote». Sin embargo, la compañía se equivocó al pensar que la palabra castellana «embarazar» significaba (como la inglesa embarras) ‘avergonzar’ y por eso el anuncio en realidad decía: «No perderá tinta en tu bolsillo, embarazándote».

La segunda agencia turística más grande de Japón, Kinki, se quedó perpleja cuando entró en los mercados anglohablantes y comenzó a recibir peticiones de viajes sexuales inusuales. Tras averiguar la razón de ello, los directivos de la compañía cambiaron el nombre de su empresa inmediatamente, pues, en inglés, kinki, por lo visto, significa ‘pervertido en materia sexual’.

En 1981, Universal Studios llamó a los hermanos Mars y les pidió permiso para usar sus pastillas M&M’s en una película. Era (y es) una práctica común llegar a acuerdos con marcas para ganar algún dinero o promoción extra. Pero los Mars, con poca visión comercial, rechazaron la oferta. La película era ET, el extraterrestre y el producto que se utilizó al final, Reese’s Pieces de Hershey’s (las pastillas con las que Elliot atrae a ET a la casa), triplicó sus ventas sólo dos semanas después del estreno de la película. «Ha sido una gran promoción para nosotros, que nos hubiera costado quince o veinte millones de dólares», dijo un portavoz de la compañía.

John Lasseter (1957), el productor ejecutivo y alma máter de la empresa productora de películas de dibujos animados Pixar, fue despedido de Disney en 1982, tras someter a juicio una secuencia de su creación Where the wild things are, que aportaba la novedad de un fondo animado digitalmente, porque al administrador de animación, Ed Hansen, le pareció una muy mala idea. Dos décadas después, Pixar ha terminado siendo la salvación empresarial de un alicaído Disney y Lasseter es hoy el director creativo del legendario estudio.

El Tribunal de Cuentas, máximo organismo público de control en Francia que supervisa las empresas nacionalizadas del país reveló en su informe anual de 1983 que había habido un físico empleado del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia que se había declarado en huelga en 1969. Nadie se había dado cuenta de su ausencia hasta 1981. En el mismo informe se decía, en otro orden de cosas, pero en el fondo en el mismo, que la producción de carbón en la mina de Gare tenía un coste de 395 libras/tonelada, pero que se estaba vendiendo a 66 libras/tonelada.

En 1984, el actor Bill Cosby (1937) le propuso al canal televisivo ABC una comedia de situación protagonizada por una familia de raza negra y de clase media alta. La respuesta fue algo parecido a «los espectadores jamás aceptarían una serie poco realista de negros profesionales, ricos e instruidos». Esa misma serie, titulada finalmente El show de Cosby, se convirtió en la serie más seguida y más rentable de la televisión estadounidense en la cadena competidora NBC.

En 1985, Coca-Cola se preparaba para celebrar su centenario. Sin embargo, no eran tiempos fáciles. La compañía se encontraba al borde de una crisis sin precedentes. La bebida icono del estadounidense medio estaba perdiendo cuota de mercado a marchas forzadas ante su principal competidora, Pepsi-Cola. Al principio, las distancias eran abismales: se bebían dos coca-colas por cada pepsi. Sin embargo, dos brillantes campañas de publicidad por parte de Pepsi casi igualaron las ventas. La primera, «Pepsi Generation», de gran éxito, trataba de inculcar la idea de que Pepsi era una bebida para jóvenes, no como Coca-Cola, «la bebida de sus padres». La puntilla estuvo a punto de llegar con «The Pepsi challenge» (El desafío Pepsi), una campaña tan simple como eficaz en cuyo anuncio estrella se veía a una persona con los ojos vendados que probaba Coca-Cola y Pepsi-Cola y que prefería esta última. Así las cosas, a finales de 1984, Coca-Cola aventajaba a Pepsi en ventas internas en Estados Unidos por un escaso margen del 4,9%. En supermercados la cosa era aún peor, pues la diferencia era sólo de un 1,7%.
En esas malas condiciones, el refresco se preparaba para inaugurar su centenario desde el segundo puesto en las bebidas de cola. Sin embargo, su presidente ejecutivo, Roberto Goizueta (1932-1997), de origen cubano, no estaba dispuesto a rendirse de antemano. Decidió plantar batalla a cualquier precio para que las cosas volvieran a su cauce. Las estadísticas eran desalentadoras. El mensaje de «The Pepsi challenge», lejos de ser un mero reclamo comercial, era totalmente cierto: el consumidor había comenzado a preferir mayoritariamente Pepsi. Goizueta no lo dudó, ese dato demostraba que había que adecuar la coca-cola al paladar moderno. Tras los estudios pertinentes, el nuevo producto estuvo preparado. En los test de sabor, la gente dijo preferirlo tanto a la pepsi como a la coca-cola tradicional. Los ejecutivos se frotaron las manos. Se le dio el nombre de New Coke (‘nueva coca-cola’) y fue presentado en una majestuosa campaña de publicidad. La bebida, sin embargo, obtuvo un rotundo fracaso.
La gente la rechazaba, pues pensaba que tenía un sabor dulzón impropio de la coca-cola. Incluso, el cambio tocó la fibra sensible patriótica a los estadounidenses. Para ellos, la bebida era un icono que alguien había osado alterar imperdonablemente. La compañía recibió más de cuatrocientas mil cartas de protesta, mientras se abalanzaba sobre los estantes de los supermercados para llevarse las últimas coca-colas «de toda la vida»; llegó a crearse una asociación de «Bebedores de coca-cola clásica» e, incluso, se desarrolló un mercado negro. Según se dice, aquel fue el mayor fracaso comercial de la historia de los negocios. Entonces, Roberto Goizueta entendió que las cosas habían ido demasiado lejos. Coca-Cola se retractó y decidió lanzar de nuevo la «coca-cola clásica», que fue recibida como una liberación. Inexplicablemente, la bebida no sólo recuperó en tres meses escasos el terreno que había perdido, sino que obtuvo la tan ansiada ventaja en cuota de mercado sobre Pepsi y reforzó su posición como icono norteamericano. Ese año, Coca-Cola obtuvo un récord de ventas que propició que Roberto Goizueta obtuviera, a pesar de ser el responsable del fiasco de la New Coke, un plus salarial de cinco millones de dólares. Algunos le acusaron de haber planificado todo para reforzar la posición de Coca-Cola pero, como dijo otro ejecutivo de la compañía, Donald Keough, «algunos críticos dirán que Coca-Cola cometió un error de marketing. Algunos cínicos dirán que lo planeamos todo. La verdad es que no somos ni tan tontos para lo uno ni tan inteligentes para lo otro».

En 1971, la compañía automovilística Ford comenzó a vender un modelo, el Ford Pinto [en la foto, un Ford Pinto Runabout de 1973] con un grave problema de diseño: cuando era alcanzado por detrás, era muy probable que el depósito de gasolina chocara con el diferencial y se produjese un incendio.

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Además, la carrocería era muy endeble, con lo cual, en caso de colisión por alcance, el coche se deformaba y las puertas quedaban bloqueadas, atrapando a sus ocupantes en un coche en llamas. Sin embargo, la empresa calculó (como dejó constancia el luego famoso documento conocido como «Ford Pinto Memo») que invertir los ciento veintiún millones de dólares que costaba reparar el problema era más caro que afrontar el pago de los cerca de cincuenta millones con que tendrían que indemnizar a las potenciales víctimas, por lo que optó simplemente por no hacer nada y no reparar aquel peligroso defecto de diseño.

En 1992, la multinacional de aparatos electrodomésticos Hoover puso en marcha una campaña de promociones en Reino Unido que ofrecía vuelos gratis al resto de Europa y a Nueva York a todos los clientes que gastaran más de cien libras esterlinas en productos de su marca; lo que suponía un gasto mucho menor al coste de los vuelos. La compañía confiaba en que los clientes estarían poco dispuestos a completar todo el farragoso proceso burocrático de rellenar las solicitudes. Sin embargo, pronto comprobaron muy preocupados que habían minusvalorado cuán popular se haría la promoción. Pronto, la compañía comenzó a denegar los vuelos prometidos a sus clientes y a cargar con el peso de la mala publicidad que eso supuso. Finalmente, Hoover se vio forzada a atender muchas de las consecuentes reclamaciones, por lo que tuvo que asumir un coste total de unos cuarenta y ocho millones de libras. La compañía matriz Maytag vendió la división británica a la empresa de electrodomésticos italiana Candy y todo el staff directivo relacionado con aquella promoción perdió su puesto de trabajo.

El fallo de las primeras versiones del microprocesador Pentium diseñadas en 1993 por Intel fue algo aparentemente tan insignificante como un error de cálculo. Debido a un fallo de diseño, entre tres y cinco millones de chips tenían un error del 0,006% a la hora de dividir un número de coma flotante. Aunque este error es muy pequeño, estos chips son inservibles para aplicaciones de alta precisión, lo cual significó un golpe muy importante para la imagen de la compañía, que finalmente accedió a cambiar los procesadores afectados, con un coste global de cuatrocientos setenta y cinco millones de dólares.

En una ocasión, IBM le solicitó a Bill Gates el desarrollo de un nuevo sistema operativo para una línea de ordenadores que estaba a punto de lanzar. Gates trabajaba en aquel entonces para Digital Research y convocó una reunión urgente entre su jefe, Gary Kildall, e IBM. Finalmente, Kildall no pudo asistir, pero envió a su esposa. Esta entendió que lo que IBM pretendía era que su empresa le facilitara el código de sus propios sistemas operativos para integrarlos en el suyo, lo cual no haría otra cosa que dar alas a un importante competidor. En consecuencia, rechazó el negocio. Poco tiempo después, y desvinculado de Digital Research, Bill Gates presentó DOS, el sistema operativo que situó a Microsoft en el mapa empresarial mundial y que pronto le encumbraría.

El 1 de abril de 1998, la compañía de hamburguesas Burger King anunció a toda página en varios periódicos de Estados Unidos el lanzamiento de una nueva versión de su más famosa hamburguesa: la Left-Handed Whopper diseñada especialmente para los treinta y dos millones de zurdos estadounidenses. « ¡Whopper para zurdos!», proclamaban los carteles publicitarios. «Con los mismos ingredientes que tu hamburguesa de siempre, pero con la capacidad de girar 180° para saborearla como nunca». Al día siguiente, la compañía tuvo que desmentir esta información y aclarar que todo había sido una broma de las que tradicionalmente se gastan el 1 de abril de cada año (equivalente al Día de los Inocentes en España). Para mayor seguridad, la compañía tuvo que asegurar que, como es lógico, su hamburguesa Whopper podía ser comida indistintamente por zurdos, diestros y ambidiestros. Pese a ello, miles de personas reclamaron durante los siguientes días su hamburguesa «especial». Al mismo tiempo, según el comunicado de prensa, «muchos otros pidieron su propia versión “Whopper para diestros”».

El diario Times de Londres informó en marzo de 1998 que un empleado del bufete jurídico James Beauchamp de Edgbaston, Inglaterra, se acababa de suicidar y que la firma para la que trabajaba había presentado inmediatamente a su madre una factura de cerca de veinte mil dólares por los gastos que van a suponer terminar el trabajo pendiente del difunto. Entre las facturas había una de aproximadamente dos mil trescientos dólares por haber mandado a alguien a su casa para averiguar por qué no se había presentado al trabajo (persona que, por cierto, había descubierto el cadáver), además de otra de cerca de doscientos cincuenta dólares por haber mandado a alguien a la casa de su madre, llamar a su puerta y decirle que su hijo había muerto. Aunque fue una decisión claramente insuficiente, nada más conocerse el hecho, la empresa trató de minimizar la mala publicidad anulando aquellas facturas.

El modelo Ford Edsel fue lanzado al mercado en 1958 y prácticamente desde aquel momento inicial fue considerado uno de los mayores fracasos comerciales de toda la historia. En sus tres años de existencia, causó a Ford unas pérdidas de doscientos cincuenta millones de dólares. La lista de quejas técnicas era enorme: el motor, que era muy ruidoso, se calaba con frecuencia y liberaba demasiado humo; la dirección motriz y las marchas también solían fallar; además, consumía demasiada gasolina, y daba una pésima potencia.

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Por si todo eso fuera poco, el coche era conocido por su falta de estilo: lucía una rejilla frontal, descrita como «un viejo Oldsmobile chupando un limón» y que era objeto de muchas bromas. También su nombre fue causa de su fracaso: se le llamó Edsel (en homenaje al hijo de Henry Ford) tras numerosas otras propuestas ridículas: Mangosta Civique, Tortuga Utópica y Pastelogram. Henry Ford II, hijo de Edsel Ford, alegó al saber el nombre que le pusieron al coche: «No me gusta que el buen nombre de mi padre ronde en miles de tapacubos». Pero, pese a estos deseos, el Ford Edsel fue un fracaso comercial de tal calibre que la palabra «edsel» ha quedado en Estados Unidos como epíteto popular aplicado a todo lo que es irremediablemente imperfecto y está abocado al fracaso. No obstante, a pesar de que se calcula que sólo quedan unas seis mil unidades, y casi como era de esperar, el Edsel es hoy muy codiciado por los coleccionistas, dada su fama de ser uno de los coches más feos de la historia.

En diciembre de 1999, el Vaticano anunció que estaba horrorizado al conocer el contenido de la campaña publicitaria de la empresa fabricante de armas Beretta para promocionar una nueva serie de escopetas de siete mil dólares, del modelo Giubileo (‘Jubileo’), mismo nombre de la celebración del milenio de los católicos. Pero lo que sin duda más escandalizó a la jerarquía eclesiástica no fue el nombre del modelo, sino que la publicidad aseguraba gratuitamente que «al papa le gustarían».

En Taiwán, una compañía distribuidora lanzó una campaña publicitaria para aparatos de calefacción hechos en Alemania usando como reclamo un sonriente Adolf Hitler que, según los anuncios, «declara la guerra al Frente Frío». Un representante de la compañía dijo que era importante mostrar el producto como fabricado en Alemania y que no pensaba que los taiwaneses tuviesen algo contra Hitler. No obstante, la campaña publicitaria se canceló antes de que llegara el invierno.

Desde los inicios de la informática, para representar el año en los campos de fecha, lo más común ha sido utilizar sólo dos dígitos con el fin de ahorrar así un almacenamiento magnético a menudo muy caro. Como resultado de ello, se dio por seguro que el año 2000 se interpretaría en muchas aplicaciones como 1900, lo que haría fallar los cálculos aritméticos y el proceso de datos. El problema informático representado por aquel llamado «efecto 2000» fue crítico para empresas de todos los tamaños en todos los sectores y supuso un riesgo considerable para los consumidores y un gran desafío para los servicios públicos, ya que podía afectar negativamente al ciudadano y a la competitividad de la economía, además de alterar el correcto funcionamiento del mercado único. Todo el mundo esperaba el caos cuando millones de ordenadores en todo el mundo dejaran de poder procesar los dígitos del nuevo año. Fue muchísimo dinero el que perdieron las empresas al intentar minimizar el problema. Lo curioso, y lo inesperado, fue que, cuando finalmente llegaron las doce de la noche del 1 de enero del año 2000, la inmensa mayoría de las máquinas desactualizadas siguió funcionando con normalidad y no se produjo catástrofe alguna.

En diciembre de 2005, Gary More, un agente inmobiliario de la ciudad californiana de Hollywood, fijo su atención en una de los muchas cartas de propaganda para contratar tarjetas de crédito que le llegaban sin que él las hubiera pedido y se puso a pensar en el inútil gasto en papel que eso suponía en un país como Estados Unidos. Para elevar una modesta queja rellenó y envió por correo la solicitud de la tarjeta pero poniendo en el lugar reservado al nombre del usuario la frase «Never waste a tree» (‘Nunca desperdicie un árbol’), con la que quería enfatizar el desperdicio de papel que le parecía todo aquello. Sorprendentemente, a los pocos días, la compañía financiera le remitió una tarjeta a nombre del señor «Never Waste a Tree».

El Airbus 320 es un avión civil de pasajeros de un solo pasillo y de corto a medio alcance. La versión A320 fue el primer modelo de avión con mandos electrónicos fly-by-wire, que permiten que el piloto controle las partes móviles del aparato mediante impulsos electrónicos en vez de palancas y sistemas hidráulicos.

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En algunas de las primeras versiones del software de control de los sistemas de motores, dependiendo de la configuración de vuelo (aeropuerto de destino y alternativo), el proceso de apagado de motores acababa con los motores… encendidos. Al parecer, el sistema no reconocía que estaba en el aeropuerto de destino, por lo que decidía que todavía no tenía que desconectar los motores. En consecuencia, la única manera de apagar los motores era dejar que se acabara el combustible de los depósitos dando vueltas en la vertical de los aeropuertos.

El 8 de diciembre de 2005, al arrancar la jornada en la Bolsa de Tokio, un corredor de valores de la empresa Mizuho Securities Company, cumpliendo órdenes de uno de sus clientes, se sentó ante su ordenador y rellenó una oferta de venta de una acción de la firma J-Com por un valor de seiscientos diez mil yenes. O, al menos, eso creyó él que hacía. En realidad, se equivocó al teclear y lo que envió fue una orden de venta de seiscientas diez mil acciones a un yen cada una. Al darse cuenta enseguida de su terrible error (que, para empezar, suponía poner a la venta más de cuarenta y dos veces el número de acciones en su cartera), trató de cancelar la transacción, pero varios errores concatenados en el sistema informático se lo impidieron. Las pérdidas netas fueron de unos trescientos treinta millones de dólares, que debieron ser asumidos por su empresa Mizuho y, secundaria y solidariamente, por la Bolsa de Tokio. A consecuencia de esta cadena de errores que dejó al descubierto la fragilidad del mercado de valores nipón, doce días después, el 20 de diciembre de 2005, el presidente de la Bolsa de Tokio, Takuo Tsurushima, se vio obligado a dimitir, junto a dos de sus máximos colaboradores, mientras que el resto se redujo voluntariamente el sueldo durante tres meses en un 10%.

En 1912, Henry Ford (1863-1947), el magnate de la industria automovilística estadounidense, volvía de un viaje por Europa y al llegar a su factoría se encontró con una sorpresa: sus ingenieros le habían preparado lo que creían grata sorpresa de haber construido una versión mejorada de su producto estrella, el modelo T. Tras unos segundos de inspección, Ford sacó las manos de los bolsillos y comenzó a destruir a martillazos el vehículo, gritando a los cuatro vientos algo así como «el modelo T es mi creación personal y es lo que los americanos quieren. Nadie tiene derecho a modificar mi invento».
Efectivamente, durante una década siguió siendo así: el modelo T no tuvo competidor y mantuvo la primacía de Ford en el mercado. Sin embargo, la competencia trabajó mucho en investigación y desarrollo, todo lo contrario que Ford, que básicamente se limitaba a cambiar la gama de colores de la carrocería, y eso sólo hasta que, al instaurar la cadena de montaje en todas sus fábricas, se optó por reducir la gama al negro, color que secaba antes.

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A partir de entonces, en palabras del propio Ford, «cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera siempre y cuando sea negro». En 1925, Chevrolet sacó al mercado un nuevo modelo que, inmediatamente, acaparó la atención de los compradores y desbancó a Ford, que redujo sus ventas prácticamente a la mitad. Ford dejó de fabricar el modelo T en 1927, pero jamás recuperó la posición de vanguardia.

La empresa de agua embotellada Fiji, gracias a una muy efectiva campaña de marketing, llegó a situar su marca en el mercado a nivel internacional. El agua embotellada Fiji llegó a ser la segunda marca más vendida en Estados Unidos. Pero, una vez conseguida esa ventajosa posición de mercado, le pudo un exceso de arrogancia al desplegar una nueva campaña publicitaria en revistas en el año 2007, basada en el eslogan «la etiqueta dice Fiji porque no es embotellada en Cleveland», haciendo una referencia algo gratuita a esta ciudad del estado de Ohio, como forma de acentuar la pureza de su origen. Según explicó luego uno de los responsables de la campaña, la elección de la ciudad de Cleveland fue hecha al azar. Pero las autoridades de Cleveland, un tanto ofendidas, no se tomaron con mucho humor el comentario y decidieron realizar un análisis comparativo del agua de grifo local y del agua embotellada Fiji. Los resultados fueron, cuando menos, sorprendentes, pues determinaron que el agua embotellada contenía 6,3 microgramos de arsénico por litro, mientras que el agua del grifo de Cleveland no tenía ni rastro de arsénico. Los resultados de estos análisis se hicieron públicos y, por supuesto, resultaron un gran golpe para la empresa, que decidió defenderse realizando sus propios análisis. Los resultados de estos nuevos estudios determinaron una presencia de 2 microgramos por litro, quedando demostrado que el agua Fiji era, además de más cara, levemente más tóxica que el agua de grifo de Cleveland (aunque siempre dentro de los niveles tolerados por la ley). La empresa no sólo decidió terminar con la campaña, sino que, además, se vio obligada a acentuar su política ecológica para reducir los efectos contaminantes a través del ciclo de vida del producto, ante el marcado descenso de su cifra de ventas.

En julio de 2010, en Massachusetts, la hamburguesería McDonald’s distribuyó accidentalmente como parte de su menú infantil, el Happy Meal o Cajita Feliz, cinco mil condones inicialmente destinados a cubrir un programa de prevención de embarazos adolescentes. El error se debió a que la mayoría de los empleados encargados de montar las cajitas no hablaban inglés y, cuando vieron unos paquetes muy coloridos con la etiqueta «ribbed latex» («látex acanalado»), pensaron que era el nombre del personaje de la nueva película Airbender, el último guerrero, que en esos momentos se promocionaba en McDonald’s.

Capítulo 6
Errores en las artes y el deporte

En 1550, el arquitecto Domenico Fontana (1543-1607) realizaba obras para el nuevo encauzamiento del río Sarno cuando descubrió las ruinas de Pompeya. No obstante, al comprobar que se trataba de frescos de temática erótica, en el contexto de la estricta moral de la época, los volvió a enterrar. En 1709, más de ciento cincuenta años después, un agricultor redescubrió las ruinas de Pompeya y… esta vez no las volvió a enterrar.

Al llegar a su puesto de trabajo en octubre de 2001, Emmanuel Asare, limpiador de Eyestorm, una galería de arte de moda en Londres, se encontró con que una de las salas estaba completamente sucia y repleta de basura como resultado evidente de la fiesta de inauguración de la nueva exposición celebrada la noche anterior. Botes de cerveza vacíos, periódicos llenos de goterones de pintura y envoltorios de caramelos desparramados llenaban en total desorden el suelo. Así que a Emmanuel no le quedó más remedio que ponerse a limpiar y a recoger todo aquello en bolsas de basura con la máxima diligencia que pudo. Cuando, a la mañana siguiente, llegaron sus jefes, se quejó de la mucha suciedad que había tenido que limpiar. Por toda respuesta, los flemáticos encargados de la galería le dijeron: «No había ninguna basura que limpiar; era sólo una obra de arte valorada en cinco mil libras esterlinas del gran Damien Hirst».

El pintor flamenco Peter Paul Rubens (1577-1640) se permitió la licencia artística, en su famosa obra Madonna del papagayo, de pintar a la Sagrada Familia con un papagayo del Brasil; anacronismo ciertamente curioso tratándose de un ave que no se conoció en el Viejo Mundo hasta que los conquistadores españoles se adentraron en América y que, por tanto, mal podría haber estado presente en cualquier escena de la vida de la Sagrada Familia.

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En noviembre de 1985, unos ladrones robaron la reja de seguridad de la White Space Art Gallery de Islington, en el norte de Londres, pero dejaron intactas las miles de libras que valían las obras de arte abstracto expuestas en la galería.

El actor Robert Redford (1937) rechazó protagonizar la película El graduado (1967) al considerar que ese papel exigía una dosis de ingenuidad que él no podía aportar a su interpretación. Finalmente, la película lanzaría a la fama a Dustin Hoffman (1937).

La actriz Bette Davis (1908-1989) rechazó el papel de Escarlata O’Hara de la película Lo que el viento se llevó (1939) porque creía que el papel masculino protagonista lo iba a encarnar Errol Flynn (1909-1959), con quien siempre se había negado a trabajar.

La actriz Hedy Lamarr rechazó el papel de Ilse de la película Casablanca (1942), que después interpretaría Ingrid Bergman, porque consideraba inaceptable comprometerse en una película que no contaba todavía con un guión definitivo. Como se sabe, el guión de cada escena de esta obra maestra de la cinematografía se improvisaba la noche anterior a su rodaje.

El actor Burt Lancaster (1913-1994) rechazó el papel protagonista de la versión cinematográfica de Ben-Hur de 1959, que sería interpretado, con un gran éxito, por Charlton Heston (1923-2008).

En 1933, dos Frank, Lloyd y Capra, eran finalistas al Oscar al mejor director. Cuando el presentador anunció el premio, descartó la fórmula habitual y simplemente dijo: «iVenga, ven a buscarlo, Frank!». Frank Capra (1897-1991) se levantó todo lo deprisa que pudo, pero llegó antes Frank Lloyd (1886-1960), que recibió un fuerte abrazo que le confirmaba como el «Frank» ganador. Capra escribió en su autobiografía que el regreso a su asiento había sido «el más largo, triste y humillante de mi vida. Todos a mi alrededor estaban llorando». Al año siguiente, el presentador anunció de la misma forma el premio pero, para fortuna de Capra, no había otro Frank compitiendo. Su película Sucedió una noche se llevó aquel año cinco Oscar.

En la comedia Como Dios (2003), protagonizada por Jim Carrey y Morgan Freeman, se menciona un número de teléfono que se usa en varios Estados norteamericanos con diferente prefijo. Tras su estreno, los propietarios del número, que en la ficción era el de Dios, denunciaron a la productora por la avalancha de llamadas que recibieron. Para evitar estos problemas, desde hace tiempo los teléfonos mencionados en las películas estadounidenses comienzan siempre o casi siempre por 555, prefijo que no se emplea en aquel país. No obstante, a veces el director se salta la norma y facilita un número de verdad. Por ejemplo, fue así en Un par de camaradas (1932), donde Stan Laurel da su teléfono en la vida real.

Manos: The Hands of Fate es una película escrita, dirigida y producida en 1966 por el estadounidense Hal Warren (1923-1985). Como consecuencia de una apuesta cruzada con el guionista Stirling Silliphant, Warren, hasta entonces un modesto vendedor de fertilizantes de la ciudad tejana de El Paso, se propuso hacer una película de terror de éxito con un presupuesto pequeño (al parecer, unos 19.000 dólares). Con ese escaso dinero, Warren reunió a un grupo de personas reclutadas en un teatro y en una agencia de modelos locales, a los que prometió a modo de salario, dada su carencia de fondos, una parte en los futuros beneficios de la película. Finalmente, nadie cobraría ni un dólar. La película narra, supuestamente, una historia de terror en la que una familia se pierde durante un viaje y termina en una extraña casa, donde un peculiar personaje, Torgo, trata de revivir a su maligno maestro. El propio director da vida a Michael, el padre de familia, en la película. La película fue filmada en 16 mm con una cámara que sólo podía grabar durante treinta y dos segundos, para muchos una de las posibles justificaciones de los errores de continuidad y raccord, los saltos de eje, las miradas a cámara, las correcciones de foco sobre la marcha y el resto de los innumerables fallos técnicos y narrativos de la película. Como la cámara tampoco registraba sonido, todos los efectos sonoros y diálogos fueron añadidos en la posproducción, al parecer sólo por tres o cuatro personas, incluido el propio Warren. Dada la carencia de medios, las «piernas de cabra» de Torgo, el siervo de «El Maestro», se simularon rellenando la zona de las rodillas de los pantalones del actor con material acolchado y haciéndole caminar de forma extraña. Los rodajes de noche se complicaron al atraer con los focos toda clase de insectos. También hay planos en los que el movimiento de los actores quedó limitado por el escaso alcance de los focos, que no permitía iluminar un espacio suficiente para que la cámara captase la imagen. Según se dice, además, el reducido equipo de rodaje aseguró que era imposible trabajar con Warren, dada su irascibilidad y sus continuos desprecios. El resultado es una película considerada entre las peores de la historia, si no la peor, que permaneció olvidada hasta que fue emitida por el programa de televisión Mystery Science Theater 3000. De ella se han realizado después dos adaptaciones teatrales irónicas. La primera, de Last Rites Productions, fue llevada a escena en Portland, Oregón, a comienzos de 2006. La segunda, un musical titulado Rock Opera of Fate, fue presentado en octubre de 2007 en Chicago, por la compañía teatral New Millennium.
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En esta obra de Ludovico Cardi «El Cigoli» (1559-1613), que narra la circuncisión del Niño Jesús, el anciano Simeón lleva un par de gafas en la nariz, detalle harto curioso pues estas no se inventaron hasta muchos siglos después.

En 1820, cerca de Paleo Castro, la principal población de la isla de Milo (la antigua Melos de los griegos), en el archipiélago de las Cíclades, vivía un campesino llamado Yórgos Kendrotás. Un día, mientras trabajaba su tierra, encontró una estatua de mármol en dos piezas que representaba a la diosa Afrodita (la Venus romana). Admirado de su belleza, la conservó en su casa durante algún tiempo, rechazando cuantas ofertas y reclamaciones recibía. Pero un día decidió venderla, se puso en contacto con un clérigo y este a su vez con un oficial francés, Jules Dumont, con la intención de que la sacara de la isla, impidiendo que cayese así en manos turcas. Mientras tanto, los conciudadanos de Kendrotás decidieron regalársela al príncipe turco Morousi, que gobernaba por entonces la isla en representación del pachá otomano. 06-03.jpgSegún algunos relatos contemporáneos, en el mismo instante en que los ciudadanos de Milo iban a embarcarla con destino al palacio del príncipe, los componentes de la expedición francesa que llevaban mucho tiempo tratando de hacerse con la bella estatua, sorprendieron la maniobra, entablándose entre ambos grupos una batalla campal por la posesión de la ya conocida como Venus de Milo. Algunos relatos no totalmente comprobados añaden que, en el curso de la trifulca, la estatua se golpeó contra el suelo del embarcadero, rompiéndose los dos brazos. Finalmente, los franceses, más numerosos o más aguerridos, se hicieron con el trofeo, escapando del lugar, y llevándosela a París, donde se la entregaron al rey Luis XVIII, quien la donó al Museo del Louvre, donde aún sigue hoy. Sin embargo, en su precipitada huida, los franceses abandonaron los brazos de Venus en la playa. Según este mismo relato, aquellos brazos fueron recogidos por los turcos y permanecen enterrados en paradero desconocido.

Nadie en la 20th Century Fox esperaba demasiado de la serie MASH cuando se lanzó allá por 1972. Se trataba simplemente de ofrecer una comedia ligera basada en la película del mismo nombre. Tres años más tarde, la compañía pasaba por apuros y decidió que lo mejor sería vender los derechos de la serie a la televisión local, con la condición de que comenzaran a explotarlos a partir de 1979. El trato le reportó a la Fox nada menos que un millón de dólares, lo que fue considerado un gran éxito. Sin embargo, en 1979, la serie alcanzó su cénit de popularidad, y se convertiría por entonces en una de las más vistas de toda la historia, generando a las televisiones locales un millón de dólares por cada capítulo emitido. En total fueron ciento sesenta y ocho capítulos.

Leonardo da Vinci (1452-1519) trabajó durante doce años en la estatua ecuestre de bronce que debería erigirse en Milán en memoria de Francesco Sforza, padre de su protector, Ludovico Sforza «el Moro», duque de Milán. La estatua, de siete metros de altura, hubiera exigido verter cien mil kilos de metal fundido en un molde con la rapidez y la temperatura adecuadas para que el enfriamiento fuera uniforme. A tal fin, Leonardo diseñó un sistema de hornos múltiples que nunca llegaría a utilizar, porque una amenaza de guerra hizo que el metal reservado para la estatua fuera destinado a la fabricación urgente de cañones. En 1493, se exhibió en Milán un modelo de arcilla del caballo, que fue aclamado como la obra ecuestre más bella que jamás se hubiera visto. Al derrotar los franceses a los milaneses en 1499 y conquistar el ducado de Milán, los arqueros gascones utilizaron el modelo de arcilla para efectuar prácticas de tiro. Los daños causados por las flechas permitieron la entrada de agua en el modelo y, al cabo de algunos años, el gran caballo se desmoronó por completo.

Durante veinte años, Chung Ling Soo se hizo pasar por un mago chino para ejecutar sus números de magia oriental, montando un colosal espectáculo que representó en Londres con extraordinario éxito. Pero, en realidad, su verdadero nombre era William Ellsworth Robinson, y había nacido en Brooklyn en 1861. Chung desempeñó su papel escrupulosamente (por ejemplo, nunca hablaba en público sin utilizar un intérprete) y sólo sus amigos y algunos otros magos conocían su verdadera identidad. Sin embargo, en el mismo momento de su muerte fue cuando el gran público pudo descubrir su gran secreto. Su truco más famoso era el llamado «Condenado a muerte por los Boxers», también conocido como «La bala atrapada», en el cual un arma cargada con una bala marcada disparaba hacia él. Soo simulaba recibir el impacto, e inmediatamente escupía la bala supuestamente capturada con los dientes sobre un plato, para que el público verificara que realmente era la bala marcada. Todo fue bien hasta la noche del 23 de marzo de 1918, cuando el truco de «La bala atrapada» salió trágicamente mal. Soo sostenía contra su pecho el plato de porcelana, en espera de la detonación. El arma fue disparada y Soo fue alcanzando en el pecho. «¡Oh Dios mío. Algo ha pasado. Bajad el telón», se le oyó gritar en un perfecto inglés. Fue la primera vez en veinte años que Chung Ling Soo habló en inglés en público… También fue la última. Murió al día siguiente.

En cierta ocasión, Charles Lutwidge Dodgson, más conocido por su seudónimo literario Lewis Carroll (1832-1898), remitió un ejemplar de su obra Alicia en el País de las Maravillas a una de las hijas de la reina Victoria de Inglaterra, llamada precisamente Alicia. La propia reina lo leyó, quedando gratamente sorprendida por su desbordante imaginación. Inmediatamente, escribió a Carroll, pidiéndole que le hiciese llegar el resto de su obra. Días después, la reina recibió, efectivamente, varios libros de trigonometría, álgebra, geometría plana y ajedrez, temas todos ellos en que Lewis Carroll era un reconocido tratadista.

Durante unas vacaciones, el director de orquesta dálmata de padres polacos Artur Rodzinski (1892-1958) oyó que iban a retransmitir por radio un concierto al aire libre dirigido por su colega Fabien Sevitzki (1893-1967), y cuyo programa incluía una de sus propias especialidades, la Quinta Sinfonía de Dimitri Shostakovich. Rodzinski decidió oír el programa y sintonizó la radio poco después de que el concierto hubiera comenzado. A medida que avanzaba la retrasmisión, Rodzinski fue escuchando el trabajo de Sevitzki con creciente respeto. «¡Qué bien sostiene la línea! —murmuró—. ¡Qué balance! Tiene que haber estudiado mis grabaciones». Finalmente no le quedó más remedio que reconocer que hasta entonces había cometido una injusticia con Sevitzki, pues siempre pensó que no tenía talento y ahora resultaba que era un gran director. Al final de la interpretación, en vez de los esperados aplausos, lo que hubo fue un instante de silencio. Entonces se oyó la voz del locutor recordando que el concierto de Sevitzki había sido suspendido por la lluvia y que, en su lugar, se acababa de oír una grabación de la Quinta Sinfonía de Shostakovich dirigida por… Artur Rodzinski.

En 1876, el compositor alemán Richard Wagner (1813-1883) encargó un dragón para el estreno mundial en Bayreuth de su ópera Sigfrido. Una vez hecho, los artesanos decidieron enviarlo por partes. La cola llegó puntualmente, pero no se supo nada del resto del dragón durante semanas. Wagner estaba a punto de perder la esperanza cuando apareció un segundo un paquete con el tronco. Sin embargo, llegado el ensayo general, no se tenían aún noticias de la parte delantera del bicho. Por fin llegó la cabeza, pero sin el cuello. Para la noche del estreno tuvieron que unir la cabeza directamente al cuerpo. El apaño no engañó a nadie y los críticos encontraron en el animal una inagotable fuente de diversión, lo que transformó al personaje de Sigfrido en un matón de barrio más que un héroe épico. El cuello del dragón nunca apareció. Dos años y medio después, Wagner escribía: «Sigue perdido en alguna estación entre Londres y Bayreuth». Pero un tiempo más tarde se descubrió que un empleado poco cuidadoso lo había enviado por error no a Bayreuth, Alemania, sino a Beirut, capital del Líbano.

El 21 de mayo de 1981, el presentador del programa Concierto Matutino de la cadena Radio 3 de la BBC emitió por equivocación la pieza The Cunning Little Vixen del compositor checo Janacek a 45 revoluciones por minuto en lugar de a 33. Nadie se dio cuenta, incluido el presentador, hasta que la pieza terminó ocho minutos antes de lo que debiera haberlo hecho.

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La famosa pintura del pintor alemán afincado en Norteamérica Emanuel Leutze (1816-1868) titulada Washington cruzando el Delaware es falsa en casi todos sus detalles históricos. Entre las falsedades más evidentes están la bandera norteamericana, que no fue adoptada hasta después del suceso, y el tamaño de la embarcación, que era realmente mucho mayor.

El Adagio de Albinonio Adagio en sol menor, arreglado por Remo Giazotto es una obra para orquesta de cuerdas y órgano en sol menor, compuesta en 1945 por el musicólogo italiano Remo Giazotto (1910-1998). Publicada en 1958 por la editorial Casa Ricordi, el editor lanzó como argumento de venta que el autor se había basado en unos fragmentos de un movimiento lento de una sonata a trío de Tomaso Albinoni, presumiblemente encontrados en las ruinas de la Biblioteca de Dresde tras los bombardeos de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. Pero lo cierto es que nunca se ha encontrado una prueba seria de la existencia de tales fragmentos. Por el contrario, la Biblioteca Nacional de Dresde ha desmentido formalmente tenerlos en su colección de partituras. En todo caso, el Adagio ha alcanzado tal fama que ha sido transcrito a otros instrumentos y empleado hasta la saciedad en la cultura popular, por ejemplo como banda sonora cinematográfica, televisiva y publicitaria.

06-05.jpgLa pintora estadounidense Georgia O’Keefe (1887-1986), próxima a la vanguardia neoyorquina, pintó en 1928 un óleo titulado Oriental poppies («Amapolas orientales»), que hoy se expone en el Minneapolis Institute of Arts de la universidad de Minnesota, pero que estuvo más de treinta años colgado verticalmente, cuando realmente fue pintado en sentido horizontal.

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Caso parecido, e incluso más llamativo fue el ocurrido en 1965 en la National Gallery londinense, que mantuvo dos semanas el cuadro de Vincent van Gogh (1853-1890) Hierba alta y mariposas colgado del revés, lo que es más divertido si se tiene en cuenta que antes de abrir la exposición al público se realizó una première para especialistas del artista holandés.

En 1994, la Galería Hayward y el Metropolitan de Nueva York también exhibieron al revés la obra de Salvador Dalí (1904-1989) Tres mujeres de los pescadores de Cadaqués. Y, en 2010, el Museo Reina Sofía de Madrid tuvo colgado del revés también tres meses el cuadro El violinista de Pablo Ruiz Picasso (1881-1973).

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En 1961, se expuso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York colgado boca abajo durante cuarenta y siete días el cuadro Le Bateau («El barco») obra de 1953 del pintor francés Henri Matisse (1869-1954), antes de que alguien se diera cuenta del error. En ese tiempo, se calcula que el lienzo pudo tener aproximadamente unos ciento dieciséis mil espectadores. Uno de ellos, la corredora de bolsa Genevieve Habert, se dio cuenta del error y se lo dijo al guarda. Después también se lo dijo al New York Times, que a su vez se lo notificó al director de arte del museo, Monroe Wheeler, que dio la orden de que la obra fuese colgada como es debido. La obra está compuesta por piezas de papel pintadas al gouache y pertenece a la última fase de la producción de Matisse. Lo cierto es que tal error causó un revuelo menor, pues, como se aprecia en la foto, tampoco cambia mucho puesto en un sentido [A, el correcto] u otro [B, el erróneo].

La obra de 1932 del pintor español Pablo Picasso El sueño (en francés, Le rêve), un óleo sobre lienzo de estilo cubista, de 130 x 97 centímetros, representa a una mujer que yace dormida con los brazos doblados, la cabeza ladeada y los senos al descubierto. Se conserva en la colección privada del millonario estadounidense Steve Wynn (1942), residente en Las Vegas.

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Este lo había subastado ya por un precio final de ciento treinta y nueve millones de dólares (entonces, el más alto acordado jamás por un cuadro), que iba a pagar el coleccionista Steve Cohen (1956), cuando, en octubre de 2006, al mostrárselo a unos amigos, perdió momentáneamente el equilibrio y lo golpeó con el codo, haciendo un pequeño agujero al cuadro. Wynn se vio obligado a cancelar la venta ya acordada, a reparar el cuadro (por noventa mil dólares) y a renegociar un precio a la baja de ochenta y cinco millones de dólares.

06-09.jpgLos arquitectos que proyectaron la Torre de Pisa, Bonanno de Pisa y Guillermo Tedesco, cometieron el error de cavar unos cimientos de sólo cuatro metros de profundidad al comenzar su construcción en 1174. Ya a mitad de obra, el suelo se deslizó y la torre creció ya inclinada, obligando a abandonar el proyecto. Finalmente, el edificio sería terminado en 1350, alcanzando 58,4 metros de altura, con tres de sus ocho pisos construidos en vertical, intentándose alterar convenientemente su centro de gravedad y sostener así en pie esta torre campanario o campanile con sus más de cinco metros de inclinación. A la vista está que aquel intento no tuvo éxito, ya que hasta fecha muy reciente, la torre ha seguido inclinándose a razón de 0,75 centímetros por año. Recientemente, tras debatir mucho qué se podría hacer para solucionar su problema, se decidió eliminar 38 m³ de tierra de la zona inferior a la base. Gracias a ello, la torre ha sido declarada estable para al menos otros trescientos años. Las labores de consolidación han permitido que la inclinación sea la que tenía en 1700, 3,99 metros.

El célebre Cuarteto de Budapest tocó una pieza «inolvidable» en un concierto en la ciudad de Nueva York dedicado a la memoria del compositor austrohúngaro Béla Bartók, muerto precisamente en el Central Park neoyorquino. «Fue inolvidable», recuerda el compositor y crítico Robert Evett, «porque en el último movimiento del Cuarteto para cuerdas n.º 1 de Bartók, que es muy largo, alguien se equivocó y permaneció en el error por más de diez minutos, durante los cuales no se tocó el primer cuarteto de Bartók, sino una caótica pesadilla creada por la equivocación y seguramente imposible de repetir». Cuando los músicos se organizaron lo suficiente como para seguir tocando la pieza más o menos al mismo tiempo, no recibieron silbidos del público, sino una prolongada y calurosa ovación, completada con felicitaciones y bravos. Evidentemente, el público también lo había pasado mal y agradeció el alivio de que las cosas volviesen a su cauce normal.

En 1839, un joven poeta y músico alemán intentaba abrirse camino en Francia. Llegó a París con una carta de recomendación para el compositor del mismo origen Giacomo Meyerbeer (1791-1864) y este le dio otra carta de recomendación cerrada (lo cual no era de muy buena etiqueta) para el director de ópera Léon Piller. La carta decía: «Querido amigo: deshazte como puedas de este imbécil». Aquel «imbécil» se llamaba Richard Wagner.

El francés Maurice Ravel (1875-1937), uno de los más grandes compositores modernos, se refería a una de sus más famosas composiciones, el Bolero, como «diecisiete minutos de orquesta, sin nada de música». A la hora de componerlo, se autolimitó a un tema de ocho tonos que repitió, con variaciones diferentes en la orquestación, durante toda la obra.

Durante la Semana Santa del año 2000, el 24 de abril, el actor amateur italiano Renato di Paolo, de 23 años, interpretaba el papel de Judas Iscariote en una obra aficionada representada cerca de Roma, en un pueblo llamado Camerata Nuova, a setenta y cinco kilómetros de la capital, la víspera de Pascua. Llevando más allá de lo debido su interpretación, Di Paolo se ahorcó accidentalmente durante la escena del suicidio del apóstol, probablemente a causa de que la soga que llevaba estaba demasiado ajustada a su cuello. Di Paolo, que había interpretado ese mismo papel la noche anterior sin mayor contratiempo, saltó por exigencias del guión desde una altura de unos treinta centímetros y permaneció inmóvil en el suelo, con la soga alrededor del cuello, mientras la obra continuaba. Finalmente, otro actor dio la voz de alarma, tras notar que su compañero parecía demasiado rígido.

Se dice que el peor actor que haya pisado nunca un escenario fue Robert «Romeo» Coates (1772-1848), del que se cuenta que prácticamente todos sus montajes acababan en algarada. Su total ineptitud para la interpretación de cualquier papel, combinada con su insistencia en ir cubierto de diamantes de la cabeza a los pies fuera cual fuera su personaje y su tendencia a «mejorar» los textos de Shakespeare sobre la marcha, le hicieron tremendamente popular por toda Gran Bretaña. Su especialidad eran las escenas de muerte, que solía anticipar extendiendo un chal de seda blanca en el escenario. Estas escenas eran tan largas y se recibían con tal entusiasmo que con frecuencia hacía bises y volvía a morir varias veces. Nacido en las Indias Occidentales, hijo de un acaudalado plantador de caña de azúcar norteamericano, empezó a coquetear con el teatro en su tierra. Cuando entró en posesión de su herencia a los treinta y cinco años, Coates sintió que necesitaba una plataforma mayor y que tenía que ofrecerles a los ingleses la posibilidad de verle actuar. La seguridad que tenía en su genio teatral era inamovible y achacaba las críticas a la envidia. Llegó a Bath en 1807 en un carruaje en forma de concha, tachonado de diamantes y engalanado con un gallo dorado que llevaba un oportuno lema familiar: «Mientras viva, cacarearé». Su costumbre de declamar durante el desayuno en su hotel fragmentos de Shakespeare «enmendado» («Me parece que así están mucho mejor») llegó a oídos del director del Theatre Royal. Mientras Coates esperaba encantado su debut en Inglaterra, se corrió la voz de lo que cabía esperar de su actuación y las entradas se vendieron rápidamente. En aquella tempestuosa noche de noviembre, se presentó con su papel favorito, Romeo, personaje que más tarde se vería obligado a abandonar porque no había una sola actriz dispuesta a interpretar a su Julieta.
Aquel día, la función empezó bastante tranquila, pero cuando Coates entró en escena, el público rompió en una salva de vítores, que él interrumpió para saludar. Visualmente, Coates siempre era una sorpresa y, en esta ocasión, eligió vestir a su Romeo con un jubón azul cielo tachonado de estrellas, calzas de un bermellón brillante y sombrero blanco excesivamente guarnecido de plumas. Todo ello iba realzado por profusión de diamantes logrando un efecto total muy distinto del personaje que describe Shakespeare como «un joven tranquilo, virtuoso y ponderado». La obra siguió su curso a trancas y barrancas y cada vez que el público le gritaba «kikirikí» a Coates, él paraba la función, ignorando a Julieta en el balcón, para responderles con otro cacareo. En un momento dado, el público se unió en una divertida salmodia de «¡Fuera! ¡Fuera!», ante lo cual Coates se cruzó de brazos y miró fijamente a la platea con una mezcla de furia y altivo desprecio. Aquella noche, la obra llegó hasta el último acto, pero acabó en un tumulto cuando Coates reapareció en escena inesperadamente con una palanqueta para abrir la tumba de los Capuleto. Como es natural, un actor de ese talento no tardó en ser reclamado por los teatros de Londres y llegó al Haymarket el 9 de diciembre de 1811. Allí, interpretando a Lotario en la noche de estreno de The fair penitent («El penitente justo», drama de Rowe), Coates tardó más en morir en escena de lo que había tardado nadie en toda la historia. El público se quedó educadamente sentado viendo su atormentada figura sufrir un espasmo tras otro, felices de saber que sólo era el cuarto acto y que Coates pronto estaría muerto dejando un último acto libre de su presencia. Murió y cayó el telón. Tras el entreacto, el genial aficionado apareció delante del telón vestido de uniforme y anunció que aquella noche no iban a representar el quinto acto. En su lugar, iba a declamar su monólogo favorito. Después de deleitar al público londinense durante unos años más, se retiro de la escena en la más absoluta ruina.

El escritor francés Honoré de Balzac (1799-1850) pensó que se le había ocurrido un truco publicitario infalible para el éxito de su drama Les ressources (1842). En la noche de estreno, extendió el rumor de que quedaban pocas entradas, esperando con ello crear una estampida hacia la taquilla. Pero el rumor se volvió en su contra cuando la mayor parte de la gente que iba de camino a verla oyó la «noticia» de que no había entradas y se volvió a casa, al pensar que sería imposible conseguirlas.

El artista neoclásico francés Jacques-Louis David (1748-1825), pintor de cámara de Napoleón, solía representar figuras de la mitología y la historia grecorromanas caracterizadas por su fuerte musculatura, siempre desnudas y tocadas con unos cascos muy anacrónicos que, a casi todos los que los observaban, recordaban a los utilizados después por los bomberos.

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De tan chocante referencia se dio justamente en llamar a estos personajes romanos pintados por David pompiers, es decir, ‘bomberos’. Desde entonces, por extensión, se suele llamar así al estilo, el pintor o la obra no inspirados en la realidad o en la observación, sino en tópicos y convencionalismos de dudosa veracidad histórica. En este caso, la obra es El rapto de las sabinas (1799), hoy en el Museo del Louvre de París.

06-11.jpgEn 1953, la censura española alteró el doblaje de la película Mogambo (1953), de John Ford, queriendo ocultar al público español el adulterio que Grace Kelly estaba a punto de cometer con Clark Gable. Pero a los sesudos censores españoles no se les ocurrió mejor solución que convertir a los personajes de Grace Kelly y Donald Sinden (marido y mujer en la película) en hermanos, así que los protagonistas salvaron toda posibilidad de incurrir en adulterio, pero a cambio de cometer algo indudablemente peor, como es el incesto.

El 1849, los admiradores del actor estadounidense Edwin Forrest (1806-1872) y los del actor británico William Charles Macready (1793-1873) chocaron violentamente en las afueras de la Opera de Nueva York, donde Macready representaba Macbeth. En total murieron veintidós personas en el suceso.

Joana James, madre de tres hijos y de 28 años de edad, recibió una multa de tráfico por circular por una carretera de Gales ni más ni menos que a 768 km/h. La pobre «infractora» conducía un Austin Metro comprado de segunda mano por ciento cuarenta y cinco euros que, según declaró, se ponía a vibrar cuando se acercaba a los 100 km/h. Según le explicaron los responsables del departamento, se debió a un error informático que había multiplicado por diez la velocidad real.

El fotógrafo estadounidense Carl McCunn alquiló los servicios de un piloto aficionado para que le acercase a un remoto lago cercano al río Coleen, en Alaska, en marzo de 1981 con el fin de fotografiar la vida salvaje del lugar, pero se equivocó al confirmar los detalles para que el piloto lo recogiese en el mes de agosto. Antes de morir de hambre, McCunn prefirió dispararse en la cabeza. Su cuerpo fue encontrado en febrero de 1982.

En la primavera de 1969, se disputaron dos partidos de fútbol entre las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador, correspondientes a la fase clasificatoria para la Copa del Mundo a celebrar en México en 1970. El partido de ida acabó con victoria hondureña por 1-0, siendo un encuentro apasionado, duro y enconado pero, para lo que suelen ser este tipo de partidos, disputado dentro de los cauces normales. Sin embargo, en el transcurso del de vuelta, jugado en San Salvador, que finalizó con la victoria local de 3-0, se produjeron graves enfrentamientos entre ambas hinchadas, que se saldaron con multitud de heridos en ambos bandos. Como por aquel entonces las eliminatorias se disputaban por el sistema de puntos, sin tenerse en cuenta el número de goles, el doble enfrentamiento quedó igualado y todo quedó en suspenso hasta la disputa de un tercer partido en campo neutral. Sin embargo, mientras se esperaba aquel tercer partido, el enfrentamiento se extendió al campo diplomático, con la expulsión de unos once mil ciudadanos salvadoreños del territorio de Honduras, y al militar, el 14 de julio, cuando en represalia varios carros de combate salvadoreños cruzaron la frontera hondureña, mientras los aviones bombardeaban también los principales puertos de Honduras. Esta llamada «Guerra del Fútbol» (que nunca fue declarada como tal) acabó el 18 de julio, tras mediación de la Organización de Estados Americanos, con entre cuatro mil y seis mil civiles muertos, y más de quince mil heridos, dependiendo de las fuentes. El partido de desempate, celebrado finalmente en el Estadio Azteca de México, acabó con victoria salvadoreña por 3-2, tras prórroga, y lo que fue más importante, sin que se registraran incidentes dignos de mención.

El debut de Surinam en unas Olimpiadas fue extraño; de hecho ni siquiera se puede considerar como tal. Durante los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, el que iba a ser su primer representante olímpico, Wim Assajas, no pudo llegar a participar en la prueba atlética en la que estaba inscrito, los ochocientos metros, porque se quedó dormido en la Villa Olímpica.

En los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, disputados en Atenas en 1896, el ciclista local Aristides Konstantinidis destrozó su bicicleta contra una pared durante la disputa de la prueba de ciclismo en ruta, con un recorrido de ochenta y siete kilómetros. Sin perder el ánimo cogió prestada una del público y siguió corriendo.

06-12.jpgDurante la primera década del siglo XX, Charles Chaplin (1889-1977) consiguió una inmensa popularidad e infinidad de «chaplinistas» recorrían los circos y teatros ganándose la vida imitando al genio del humor mudo, lo que hizo que se multiplicaran por todos los Estados Unidos numerosos concursos de imitadores de Charlot. Durante uno de sus viajes a San Francisco, a Chaplin le llegó la noticia de uno de estos concursos y esta vez le hizo gracia participar en él de incógnito, así que se inscribió de inmediato. Increíblemente, el resultado fue desastroso, pues no pasó de la primera ronda y los jueces le dieron una de las peores calificaciones de su tanda. Aunque siempre se ha dudado de esta anécdota, no hace muchos años apareció un recorte de una entrevista realizada para el Chicago Herald el 15 de julio de 1915, en que Chaplin relató la historia con gran ironía y comentó que estuvo «tentando de darles lecciones de la “caminata de Chaplin”, por pena y también deseando ver la cosa hecha correctamente».

06-13.jpgEl 26 de abril de 1810, Ludwig van Beethoven (1770-1827) asistió a un recital de una niña prodigio. Todo iba perfectamente hasta que la niña intentó una pieza del propio Beethoven y se atascó. La pequeña se aturdió tanto que abandonó la sala a la carrera entre sollozos. Beethoven fue tras ella y le preguntó por qué no había podido proseguir su pieza. La niña respondió que todas sus composiciones eran muy difíciles. Para tranquilizarla, el músico, prometió componerle una sonata sólo para ella. Muy poco después (algunos dicen que al día siguiente), la joven pianista recibió la partitura de una obra que, con el tiempo, pasaría a formar parte del canon pianístico mundial. La obra era una bagatela para piano solo, compuesta en la menor, a la que Beethoven, como es lógico, había puesto el título de Para Teresa, en cariñoso homenaje al nombre de pila de la niña. Pero cuando en 1867 Ludwig Nohl redescubrió la pieza la transcribió erróneamente, por la mala legibilidad del autógrafo del compositor, como Para Elisa o Elisa Wo O. 59. Todo ello, caso de ser cierto que existe tal partitura, pues la transcripción de Nohl está supuestamente basada en un manuscrito autógrafo de cuya existencia no existe prueba alguna. El musicólogo y pianista Luca Chiantore ha demostrado en su monografía Beethoven al piano (Barcelona, 2010) que existen pruebas suficientes como para afirmar que Beethoven no fue quien dio la forma definitiva a esta obra y que Nohl se basó, en realidad, en los esbozos del conocido manuscrito 116 de la Beethoven Haus. La mencionada Teresa podría ser Therese Malfatti von Rohrenbach zu Dezza (1792-1851), joven alumna de Beethoven, a la que este se declaró en 1810, aunque ella prefirió casarse con un noble funcionario estatal austriaco, Wilhelm von Drossdik en 1816.

En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932, el ciclista italiano Eberardo Pavesi cambió el avituallamiento normal de la prueba de cien kilómetros en ruta, que solía estar compuesto por entonces de fruta y verduras, por un buen plato de espaguetis, que comió sin dejar de pedalear. Y ganó.

La distancia que se cubre actualmente en una carrera de maratón olímpica es de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Esta distancia se hace equivaler muy a menudo con la que separaba antiguamente la ciudad de Atenas de la llanura de Maratón, donde se celebró la batalla que recuerda el nombre de esta moderna prueba. Sin embargo, no es así: la distancia entre Atenas y Maratón es de unos cuarenta kilómetros, aunque varía mucho, como es lógico, según el camino elegido. De hecho, en los primeros Juegos Olímpicos (Atenas 1896), esa fue la distancia que se corrió. Sin embargo, al ir a disputarse la carrera en los cuartos Juegos, celebrados en Londres en 1908, el príncipe de Gales, encargado de dar la salida, pidió al barón de Coubertin que la competición se iniciase en los jardines del castillo de Windsor, donde residía, y no en el punto de salida inicialmente previsto.

Así se hizo y, habida cuenta de que la distancia desde estos jardines hasta la meta del estadio olímpico era de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros (veintiséis millas y trescientas ochenta y cinco yardas), esta pasó a ser la distancia oficial de la carrera de maratón. Pero hay más errores que afectan a esta prueba. También parece que el tradicional relato de la hazaña del soldado de Maratón que supuestamente corrió desde el escenario de batalla hasta Atenas para anunciar la victoria griega es falso. Según Herodoto, un soldado llamado Filípides fue enviado antes de la batalla (no después) a Esparta (no a Atenas) para anunciar la llegada de los persas y solicitar refuerzos. Tampoco corrió los cuarenta supuestos kilómetros, sino doscientos cuarenta en dos días (lo que engrandece mucho más su hazaña).

El 14 de enero de 1887, pocos días antes de que se iniciara la construcción de la torre Eiffel, el periódico parisiense Le Temps publicaba una carta abierta de protesta firmada por numerosos intelectuales (entre otros, Gounod, Maupassant, Coppée, Prudhomme, Leconte de l’Isle y León Bloy), en la que se leía: «Venimos, escritores, pintores, escultores, arquitectos, los amantes de la belleza de París que fue hasta 06-14.jpgahora intacta, para protestar con todas nuestras fuerzas y toda nuestra indignación, en nombre de la subestimación del gusto de los franceses, en el nombre francés del arte e historia, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital de la inútil y monstruosa Torre Eiffel». Pese a esta oposición intelectual (que le dedicaba otros sonoros epítetos a la torre, tales como «esqueleto horroroso» y «Notre-Dâme de la quincalla»), la torre se levantó gracias a los ciento cuarenta millones de pesetas aportados por el propio Alexandre Gustave Eiffel (1832-1923), a cambio de una concesión para su explotación comercial y turística durante veinte años. Sólo en el primero de ellos, la visitaron 1 968 287 personas. Con lo que pagaron, Eiffel recuperó su inversión.

En el Abierto de Australia de 1998, las hermanas Williams, Venus y Serena, sostuvieron públicamente que podían vencer a cualquier jugador masculino situado en torno al número doscientos del ranking. El tenista alemán Karsten Braasch, que a la sazón estaba en el puesto doscientos tres, aceptó el desafío. Derrotó 6-1 a Serena y 6-2 a Venus, y eso que los testigos hablaron de que el alemán estaba siendo compasivo con las hermanas estadounidenses. Tras el partido, Venus declaró que podían vencer a un jugador en torno al puesto trescientos cincuenta. Braasch, que había sido eliminado ya del torneo regular y que, por tanto, perdería los puntos obtenidos el año anterior en aquel torneo, con lo que la siguiente semana se resituaría cerca del puesto trescientos cincuenta, se volvió a ofrecer como adversario. Hay que comentar que el tenista alemán no era lo que se dice un dechado atlético, que solía fumar entre sets y que la mañana del día del partido contra las hermanas Williams se había bebido unas cuantas cervezas.

06-15.jpgJean Van de Velde (1966) es un golfista profesional francés que debutó en 1989 en el circuito europeo y que logró su primera victoria en el año 1993, en el Roma Masters. En la última jornada del British Open de 1999 protagonizó una triste anécdota, por la que será recordado toda la vida. En el tee del hoyo 18 y último, un par cuatro, salía como líder absoluto, con tres golpes de ventaja sobre los segundos clasificados, así que ya todos lo daban por ganador. Pero no fue así… Un cúmulo de despropósitos que comenzaron con un drive de salida fallado a la derecha, le llevaron por la senda de la amargura. Hasta llegó a descalzarse, como vemos, para intentar jugar una bola desde el agua. Al final, Van de Velde hizo siete golpes en aquel hoyo 18, empatando con Paul Lawrie y Justin Leonard y viéndose obligado a disputar un play off de desempate para decidir el ganador del torneo. Ganó Lawrie.

En 1994, el fotógrafo de prensa sudanés Kevin Carter (1960-1994) ganó el premio Pulitzer de fotoperiodismo con esta imagen tomada en las cercanías de la pequeña aldea sudanesa de Ayod, que dio la vuelta al mundo y en la que se ve la figura esquelética de una niña pequeña, totalmente desnutrida, que se recuesta sobre la tierra, agotada y a punto de morir, mientras que, en un segundo plano, la negra figura expectante de un buitre acecha esperando el momento preciso de la muerte de la niña. Al recibir el premio, Carter declaró que aborrecía esa fotografía: «Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña».

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Cuatro meses después, abrumado por la culpa y derruido por su fuerte dependencia de las drogas, Kevin Carter se quitó la vida.

Capítulo 7
Lapsus, erratas y gazapos

La edición de 1990-1991 de la famosa enciclopedia Larousse hubo de ser retirada del mercado al poco de ser lanzada porque contenía una grave errata: las setas Amanita phalloides, Amanita virosa (ambas mortales) y Amanita cortinarius (peligrosa) aparecían con el calificativo de «indiferentes» (es decir, algo así como «comestible, aunque de poco valor culinario»). El error fue detectado por un lector y su información obligó a rehacer todo el libro.

07-01.jpgAl proclamarse la Segunda República española, el republicano gallego Santiago Casares Quiroga (1884-1950), miembro del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana, fue nombrado ministro de Marina y Gobernación. Tras el paso de Azaña a la Presidencia de la República, ocupó el cargo de primer ministro y ministro de Guerra, desbordándole las circunstancias del momento: violencia en las calles y conspiración militar. El 17 de julio de 1936, cuando salía del ministerio, los periodistas le abordaron preguntándole sobre el levantamiento militar protagonizado por los generales Yagüe y Franco; su respuesta quedó para la historia: «Pues muy bien, si ellos se han levantado, yo voy a acostarme». Comenzaba así la Guerra Civil española.

El Moisés es una escultura de mármol, obra de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), que representa a la figura bíblica homónima, a la que curiosamente refleja con cuernos en la cabeza. Se cree que este extraño rasgo físico obedece a un error en la traducción, obra de san Jerónimo, del capítulo correspondiente del Éxodo, 34: 29-35. En el texto, Moisés se describe como con karan ohr panav («un rostro del que emanaban rayos de luz»), lo que san Jerónimo tradujo en la Vulgata como cornuta esset facies sua («su rostro era cornudo»), olvidando que la palabra hebrea karan puede significar indistintamente «rayo» o «cuerno».

Antes del comienzo de un partido de fútbol entre Grecia y China, jugado en Atenas, el público del estadio se levantó en respetuoso silencio, pensando que se estaba ejecutando el himno de China. Los jugadores de China, por su parte, pensaron que se trataba del himno nacional de Grecia. En realidad, no era ni una cosa ni otra, sino una canción publicitaria de un dentífrico.

El récord de erratas en un periódico diario registrado está en posesión de la edición del londinense The Times del 22 de agosto de 1978, en la que aparecían en una sola columna de la página 19 un total de 97 erratas. Todas ellas consistían en la omisión de la última letra de la palabra «papa» (pope) referida al pontífice Pablo VI.

En japonés, el mismo término que se usa para expresar «seguiremos negociando» es el utilizado para «obviar» algo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el Imperio del Sol Naciente ya estaba a punto de sucumbir, pero las negociaciones en Tokio se estancaban, y quien tradujo el mensaje para los estadounidenses hizo pensar que los japoneses querían ignorar o confundir las amenazas de Estados Unidos. Esta vez, y para lección ejemplar de algunos traductores, una mala interpretación ocasionó la pérdida de miles de vidas humanas cuando dos enormes bombas cayeron del cielo en agosto de 1945, formando dos tenebrosos hongos de radiactividad.

El autor del Apocalipsis o Libro de la Revelación (según la tradición, san Juan) menciona el número 666, simbolizando un monstruo de siete cabezas y diez cuernos, que era la representación del Anticristo. Esta cifra, conocida desde entonces con el nombre de «Número de la Bestia», y que pasó a ser considerada por los ocultistas como la representación del demonio, ha sido interpretada después como una referencia velada al emperador Nerón («La Bestia»), como forma de evitar el peligro de aludir a él, con las consecuencias que ello tenía en aquella circunstancia histórica. No obstante, han sido mucho más numerosas las distintas interpretaciones que a lo largo de la historia de la teología católica se han dado a esta cifra. Por ejemplo, el teólogo Pedro Bungo escribió un largo tratado de setecientas páginas en el que trataba de demostrar que el número 666 era, en realidad, un criptograma del nombre de Martín Lutero. Este replicó interpretándolo como una profecía sobre la duración del papado. El matemático protestante Stifel creyó ver en el número una referencia al papa León X y de él dedujo (por medio de unos vericuetos especulativos irreproducibles) que el fin del mundo ocurriría en el año 1533. Otros teólogos han querido entender el Número de la Bestia como una alusión profética a, entre otros, Calígula, Mahoma, Napoleón o Hitler. En todo caso, un fragmento recién descubierto del Nuevo Testamento parece indicar que el verdadero Número de la Bestia es el 616 (el número con el que se hablaba de Calígula en los textos en clave) y no el 666, como se había creído hasta ahora.

En 1631 se publicó la entonces conocida como «Biblia impía», llamada así porque en el séptimo de los mandamientos se podía leer la orden tajante de Dios: «Cometerás adulterio». Los editores fueron condenados por ello a una fuerte multa. Existen además otros famosos errores en casi todas las biblias publicadas hasta ahora, como pasa en la de 1634, en cuyo versículo 1 del Salmo 14 se lee: «Dice el necio en su corazón: hay Dios».

07-02.jpgDel político estadounidense Richard Nixon (1913-1994) se cuentan multitud de anécdotas, muchas de ellas apócrifas. Entre las más divertidas, está la ocurrida en marzo de 1957, cuando Nixon era todavía vicepresidente y asistió a la ceremonia de independencia de Ghana como representante de su país. Rodeado de ghaneses, Nixon estrechaba manos a diestro y siniestro, palmoteando con su mejor sonrisa a cuanto nativo podía. En esas estaba, cuando, por enésima vez, le preguntó sonriente a un hombre de raza negra: « ¿Qué se siente al ser un hombre libre?». En esta ocasión el sujeto le miró de arriba abajo y, tras una pausa, le respondió: «Pues no sabría decirle señor… Soy de Alabama».

En cierta ocasión, la Casa de la Moneda estadounidense lanzó al mercado unas monedas en las que se podía leer el gazapo In Gold We Trust (es decir, «Creemos en el Oro»), en lugar del lema que hubiera sido correcto: In God We Trust («Creemos en Dios»).

En el mundo del cine se conoce con el nombre de Dolly a la cámara montada sobre una pequeña grúa con que se efectúan los planos-secuencia de movimiento suave. Pues bien, el actor Gary Cooper (1901-1961), que no tenía mucha preparación profesional, durante el rodaje de uno de sus primeros filmes, Juan Nadie de Frank Capra, se puso ante la cámara, dijo sus frases y, antes de terminar su monólogo, quedó callado. Todo el equipo se extrañó y los técnicos, expectantes, miraron atónitos al actor. Capra, medio indignado, cortó el rodaje y le preguntó, algo airado, qué le sucedía. Cooper dijo que nada, que en el guión ponía «entra Dolly» y estaba esperando a que apareciese la tal Dolly. El rodaje se suspendió durante una hora debido a las risas de todo el equipo técnico.

En el verso 114 de la escena II del Segundo Acto de la versión original de la obra de William Shakespeare (1564-1616) Julio César, el personaje protagonista pregunta sorprendentemente a Bruto: « ¿Qué hora ha dado ese reloj?», y el aludido responde: «César, son las ocho». Estas frases no dejarían de ser un intercambio de información banal, si no fuera por el anacronismo de situar un reloj, y además que «da» las horas, en tiempos romanos, cuando tales avances mecánicos no se producirían hasta catorce siglos después. Algo similar ocurre en Macbeth, cuando Fleance, el hijo de Banquo, el sucesor de Macbeth, afirma no haber «escuchado el reloj». El personaje principal de Hamlet está basado en el príncipe Amlet, personaje real que vivió en Dinamarca antes del siglo X. Sin embargo, Shakespeare nombra, por boca del príncipe, la Universidad de Wittemberg, una institución que se fundó a comienzos del siglo XVI. Además, el rey, tío y padrastro de Hamlet, menciona la existencia de un cañón, tal y como ocurre en Macbeth, donde son los culpables de la muerte en 1054 del protagonista, aunque los cañones no se usaron por primera vez hasta el año 1346. Armas de artillería que también son mencionadas por el rey Juan I de Inglaterra (1166-1216), el famoso Juan «Sin Tierra», hacia 1200. El mismo Shakespeare también hizo que El rey Lear, un antiguo monarca bretón, diga que no quiere llevar gafas cuando tales artilugios no serían conocidos hasta el siglo XIV, o que mencione al rey Arturo aunque este personaje aparece en la historia en un momento posterior. El sueño de una noche de verano es una obra de fantasía en la que abundan los personajes mitológicos: faunos, hadas, leyendas de la antigua Grecia, etc. Es decir, en la obra se mezcla la mitología helena con la celta. El pañuelo que aparece en Otelo y que tan importante papel juega en el drama es también un anacronismo, puesto que en la Venecia medieval no estaba extendido su uso; bastaba con la manga. Tampoco faltan lapsus geográficos en las obras de Shakespeare. Por ejemplo, en El cuento de invierno, nos dice que un velero llega a las costas de Bohemia, donde nunca hubo, que se sepa, mar. Algo similar ocurre en La tempestad: ningún barco atraca en Milán, puesto que no tiene salida al mar; sin embargo, el duque Próspero zarpa en un barco desde esa ciudad. Sin dejar El cuento de invierno, en el acto V, escena II, Shakespeare afirma que la estatua de la reina Hermíone está esculpida por «aquel raro maestro italiano, Julio Romano». El problema es que Giulio Romano (1499-1546), destacado alumno de Rafael, que se sepa, no se dedicó nunca a la escultura, sino a la pintura y la arquitectura. Con relación a este cúmulo de incoherencias y anacronismos en las obras de Shakespeare, que siempre han sido muy comentados, el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), autor en 1864 de una monografía sobre el dramaturgo inglés, con el título de William Shakespeare, llegó a afirmar: «Soy un gran admirador de las equivocaciones de Shakespeare».

Pero Shakespeare
no es el único escritor que incurre en este tipo de errores. En Robinson Crusoe de Daniel Defoe (c. 1660-1731), el protagonista nada sin ropa hasta un barco naufragado donde consigue unas galletas… y se las guarda en los bolsillos.

El dramaturgo alemán Friedrich Schiller (1759-1805), en su Piccolomini, se refiere a un pararrayos ciento cincuenta años antes de que fuera inventado.

En Guerra y Paz, León Tolstoi (1828-1910) presenta a Natasha con diecisiete años en 1805 y con veintidós en 1809. Nadie es perfecto.

A lo largo de su historia, son numerosos los sellos que han sufrido curiosos errores en su diseño y producción. Errores (a veces, incluso, intencionados) que, casi siempre, han multiplicado el valor filatélico de muchos ellos. Estos son algunos ejemplos.

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Derecha: Un sello emitido en Mónaco en 1947 representa al presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Si miramos con atención, en su mano izquierda puede apreciarse un dedo extra. Izquierda: Más de cincuenta años antes de que fuera inventado, un empresario alemán ya sostiene en la mano derecha un teléfono inalámbrico.

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Izquierda: En 1925 se cumplía el centenario de la llegada a América de los primeros colonos noruegos. Entre las distintas series que se editaron para conmemorarlo, un sello de cinco centavos representaba un antiguo barco vikingo (drakkar) en el que lucían a proa y a popa nada menos que las anacrónicas banderas de Noruega y Estados Unidos. Derecha: Según un sello, el colombiano Javier Pereira falleció en 1956, a la edad de ciento sesenta y siete años. Los expertos coinciden en que nunca se han autentificado casos de humanos que hubieran alcanzado edades tan avanzadas.

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Izquierda: Un sello italiano de 1957 muestra una campaña por la prudencia y respeto hacia las normas de tráfico. Se representa un semáforo en la intersección de dos carreteras…, pero con una luz roja en la parte inferior, donde debería ir la verde. Derecha. En un sello de la República Democrática Alemana, de 1956, que conmemora el centenario de la muerte del compositor Robert Schumann, la partitura del fondo del sello corresponde a una melodía del austriaco Franz Schubert.

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El sello es cubano y representa al Che Guevara, pero el mapa del fondo es de la República del Congo.

Tras muchas pruebas, el Servicio Postal estadounidense inauguró el servicio de correo aéreo el 15 de mayo de 1918, entre Washington D. C., Filadelfia y Nueva York. El 6 de mayo, el Congreso fijó una controvertida tasa de veinticuatro centavos de dólar por servicio, ocho veces más que la de una carta de primera clase de la época, y autorizó al Servicio Postal a emitir un nuevo sello para aplicar esta tarifa, patrióticamente impresa en colores rojo y azul, y que reproducía el avión biplano elegido para prestar el servicio, el Curtiss JN-4, más conocido como Jenny. Con menos de dos semanas por delante, no había tiempo que perder y la producción de los sellos comenzó a toda prisa, poniéndose oficialmente a la venta el 13 de mayo. Nadie sospechaba que entre los dos millones de sellos impresos había un tesoro esperando a ser descubierto.07-07.jpg
William T. Robey, un filatélico de Washington D. C. que trabajaba en las oficinas de un corredor de bolsa, se dirigió a la hora del almuerzo de ese 13 de mayo a la estafeta postal más cercana a su trabajo, en la avenida New York, cerca de la Calle 13, a comprar algunos de los sellos conmemorativos que ese día se ponían a la venta. Como todo buen coleccionista, tenía un ojo especial para detectar errores al instante y su corazón prácticamente se detuvo cuando el empleado de correos puso sobre el mostrador una plancha de los nuevos sellos: ¡el avión de la viñeta estaba invertido! En lugar de comprar un par como tenía planeado, compró la hoja entera de cien, a pesar de que veinticuatro dólares era por entonces un gasto enorme. Nada más llegar al trabajo, comentó a unos pocos amigos su hallazgo, entre ellos a un compañero de oficina, quien, presuroso, se encaminó a la misma estafeta a comprar más sellos de aquellos. No pasó demasiado tiempo hasta que un par de inspectores postales visitaran a Robey en su trabajo y le presionaran para que devolviera los sellos, a lo que Robey se negó, incluso cuando los inspectores le amenazaron con que el Gobierno los confiscaría. Robey, temeroso, decidió esconderlos y contactar con la prensa y con algunos prestigiosos filatélicos.
Robey decidió enseguida que lo mejor era venderlos y dejarse de problemas con el Gobierno, para lo cual contactó con Eugene Klein, comerciante de sellos de Filadelfia, quien le pagó quince mil dólares por la hoja de cien e, inmediatamente, se la revendió por veinte mil al coronel Edward Green, otro comerciante de Nueva York. Por consejo de Klein, el coronel Green fraccionó la hoja en un bloque de ocho, varios de cuatro y el resto de uno en uno. Posteriormente vendió algunos sellos sueltos y bloques de cuatro a coleccionistas conocidos, conservando para su colección personal los sellos sueltos y el bloque más grande. A partir de entonces, una serie de misteriosos acontecimientos hizo que estos sellos se convirtieran en una verdadera leyenda. El coronel Green vendió los primeros diez a doscientos cincuenta dólares cada uno; posteriormente, elevó el precio a trescientos cincuenta dólares y, más tarde, a seiscientos cincuenta. Durante algún tiempo circuló un rumor, posteriormente desmentido, que aseguraba que cuarenta y tres de ellos se habían ido «a pique» junto con el yate de un excéntrico multimillonario y que otro coleccionista se llevó su «Jenny invertido» a la tumba en el bolsillo de su chaqueta, de donde lo rescató su familia. Una viuda recordó, tras regalar los libros de su fallecido esposo, que a veces él guardaba algunas de sus cosas más valiosas entre las páginas, lo que explicaría la desaparición del «Jenny» de su colección. Un orgulloso propietario prestó su copia para una exhibición en Chicago, pero lo recuperó dañado en forma irreversible pues un empleado usó cinta adhesiva para fijarlo. Otro coleccionista se lamentó de que su ejemplar se hubiera dañado al ser succionado por la aspiradora de su esposa. Cuando unos ladrones robaron cuatro «Jennies invertidos» de una exhibición filatélica, la Biblioteca Pública de Nueva York pidió ayuda al FBI, pero sólo dos de ellos fueron recuperados. En un intento por disimular su origen para venderlos, los ladrones habían cortado su dentado. Una famosa falsificación desencadenó en Irlanda una serie de acontecimientos que terminó con el colapso de una de las firmas de subastas de sellos más importantes. Otro «Jenny invertido» fue robado durante un bombardeo aéreo; cuando se recuperó, había perdido la goma. Un comerciante rescató tres ejemplares de una inundación en la localidad de Wilkes-Barre, Pensilvania. Siete sellos se dan por destruidos o perdidos irreversiblemente y algunos otros han sufrido un cuidado inadecuado y están dañados.
Green no vendió los sellos sin dentado completo. Con uno de ellos y otro normal mandó hacer un medallón para su esposa, que esta conservó hasta su muerte en 1950. Los dieciocho sellos restantes fueron a su caja fuerte. Tras su muerte en 1936, reaparecieron, pero gravemente deteriorados, pegados entre sí. Se logró separarlos, pero el lavado hizo que perdieran la goma. En 1942 se vendió en subasta el primero de ellos, por mil setecientos cincuenta dólares. Los restantes oscilaron, según estado, entre setecientos cincuenta y tres mil trescientos dólares. Hoy, su valor se estima en unos doscientos mil dólares la unidad. Se conoce una sola copia usada: el coronel Green estaba fuera de la ciudad y su esposa quería enviarle una carta por correo aéreo; para ello, entró en el gabinete de su marido y tomó un sello de veinticuatro centavos del escritorio.

En 1978, la editorial Random House se vio obligada a repetir una tirada de diez mil ejemplares al detectar que en el famosísimo libro de cocina La cocina sin ampulosidades, de Sylvia Vaughn Thompson, en una receta para preparar una clase de galletas caramelizadas se había omitido un crucial ingrediente: el agua. La firma editorial advertía a los lectores: «Si se siguen las instrucciones de la receta, la leche condensada puede explotar y romper la tapa de la olla a presión».

El pintor inglés Joshua Reynolds (1723-1792) se especializó en retratos de caballeros por encargo. A fuerza de hacer obras y obras (alguien ha dicho que llegó a finalizar no menos de tres mil retratos), tomó la costumbre de retratar a los caballeros con el sombrero en la mano. En una ocasión, uno de sus clientes, en contra de la costumbre, le encargó su retrato, pero con el sombrero puesto, y así lo hizo Reynolds. Una vez finalizado el encargo, envió la obra a su cliente y todos tan contentos… Todos, hasta que la esposa del retratado vio la obra y se dio cuenta enseguida de que, en el cuadro, su marido tenía el sombrero puesto… y otro sombrero entre las manos.

La guía de conversación portugués-inglés English as she is spoke, de título original O Nova Guia de Conversação, em Portuguez e Inglez, em Duas Partes, fue publicada en 1855 por Pedro Carolino y José da Fonseca. Esta obra filológica es considerada, debido a sus innumerables errores, uno de los grandes clásicos del humor no intencionado. Se considera que el libro fue escrito, por encargo de una editorial, por Pedro Carolino a partir de una guía de conversación similar, pero portugués-francés, preparada años antes por José da Fonseca, pero sin previo conocimiento de Fonseca, y, eso sí, atribuyéndole su coautoría, aunque sin cederle parte del pago. El único problema es que Pedro Carolino no hablaba una sola palabra de inglés y ni siquiera dominaba su propia lengua. Todo su trabajo consistió, al parecer, en traducir palabra por palabra, diccionario en mano, la Guía Francés-Portugués de José da Fonseca. Este último era un escritor competente que había publicado varias obras, y que casi con toda seguridad no fue consultado acerca de su contribución en la obra, pero que sirvió para dar más credibilidad a su coautor, menos conocido que él. El libro de Carolino se editó en París y Lisboa. Catorce años después de su primera edición, en 1869, se publicó en Estados Unidos la primera versión de intención cómica. El descubrimiento del potencial cómico del libro lo hizo un británico de Hong Kong, que, al visitar Macao, lo encontró como «libro recomendado» para las clases de lengua inglesa de los niños de las escuelas públicas de aquella colonia portuguesa. Inmediatamente, escribió una reseña del libro para el periódico londinense Notes and Queries, dándolo a conocer así al mundo. Una de las primeras personas en expresar su opinión sobre esta obra fue el famoso escritor estadounidense Mark Twain, que escribió una introducción para la edición estadounidense, en la que se lee: «Nobody can add to the absurdity of this book, nobody can imitate it successfully, nobody can hope to produce its fellow; it is perfect, it must and will stand alone: its immortality is secure» («Nadie puede aumentar el absurdo de este libro, nadie puede imitarlo con éxito, nadie puede reproducirlo; es perfecto, no tiene ni va a tener parangón, su inmortalidad está asegurada»). El éxito de English as she is spoke fue tan enorme en los países anglófonos que rápidamente surgieron imitaciones como: English as she is wrote (1883) y English as she is taught: being genuine answers to examination questions in our public schools (1887). Aún hoy se publica esta obra y puede encontrarse en librerías de lengua inglesa, principalmente on-line. Como este género de literatura cómica no existía antes, esta obra puede considerarse la precursora de toda una tradición que aún hoy perdura, en muchos países (piénsese en España, por ejemplo, en los libros de Guillermo Fesser, From lost to the river). Algunos ejemplos de frases contenidas en el libro dan una idea de su calidad media. Por ejemplo, se dice: «The walls have hearsay» (por «Las paredes tienen oídos»); «What o’clock is it?» (« ¿Qué hora es?»); «What do him?» («¿Qué hace?»); «I have mind to vomit» («Tengo ganas de vomitar») «That pond it seems me many multiplied of fishes. Let us amuse rather to the fishing» («Este lago parece repleto de peces. Vamos a pescar para divertirnos»). El libro contiene además algunas expresiones supuestamente útiles en las conversaciones cotidianas. Por ejemplo, a la hora de comer («Go to dine, the dinner is ready. Gentilman, will you have some beans? Taste us rather that liquor, it is good for the stomach. I am too much obliged to you, is done») o para ir de compras («I won’t have a good and fine cloth to make a coat. How much do you sell it the ell? Sir, I am not accustomed to cheapen: tell me the last price. I have told you, sir, it is valuable in that. It is too much dear, I give at it, eighteen franks. Don’t you will not more? No, at present»). El prólogo del libro fue adaptado y traducido casi literalmente del libro de conversación portugués-francés de José da Fonseca, de ahí la referencia a galicismos en la primera frase. En este prólogo, incluyendo la primera edición (a pesar de venir referida como si fuera una segunda), Carolino tuvo la prudencia de asegurar al lector que su libro, al contrario de otros llenos de imprecisiones y errores, no está hecho de traducciones literales que enseñan al alumno a hablar apenas un poco de inglés, sino de frases «escrupulosamente exactas» dentro del espíritu de la lengua. Pedro Carolino dedica su «obra» a los jóvenes, con mucha ternura y en su propio inglés: «We expect then, who the little book (for the care what we wrote him, and for her typographical correction) that may be worth the acceptation of the studious persons, and especialy of the Youth, at which we dedicate him particularly [sic] ».

En la mayoría de los principales museos del mundo, hay cuadros con efectos de luz maravillosos, aunque extraños. En el Museo del Prado, por ejemplo, hay una Adoración de los Magos, atribuida por unos a Tiziano (1477-1576) y por otros a Polidoro de Caravaggio (h. 1492-1543), donde se ve el sol en el fondo y, sin embargo, las figuras proyectan las sombras como si recibieron la luz de frente. Lo mismo ocurre en el cuadro Noli me tangere, del destacado alumno de Rafael, Giulio Romano (1499-1546). Cristo y la Magdalena aparecen iluminados de frente y por la izquierda, a pesar de que se ve despuntar el alba al fondo a la derecha.

Tras su separación de su marido, después de cinco años de matrimonio, la princesa Matilde, destacada noble de la corte francesa, mantuvo en secreto un affaire con el conde Niewekerke, flamenco de origen y, por entonces, director de la Galería del Louvre, hasta que ellos mismos se delataron «gracias» al perrito de la princesa. En plena reunión social, el animal fue en busca de una caricia y ella le reprendió: «Vete, malo, que ayer no paraste de saltar en la cama y pasé toda la noche en vela». El can se fue entonces a buscar al conde, que le chilló: «Perro malo… ¡Me has dado la noche de tanto saltar en la cama!».

Llevado por su excesivo celo realista, el pintor renacentista italiano Jacopo Robusti (1518-1594), más conocido como Il Tintoretto, pintó su propia versión del tema clásico del éxodo de los hebreos desde Egipto a la Tierra Prometida. El cuadro, titulado Los israelitas recogiendo el maná en el desierto, muestra a los judíos dirigidos por Moisés y armados con una especie de escopetas; un anacronismo ciertamente notable. Tanto como el que se aprecia en una obra con que el pintor italiano Antonio Verrio (h. 1636-1707) decoró el Castillo de Windsor, sobre el tema Cristo curando a los enfermos, en la que algunos transeúntes llevan pelucas según la moda del siglo XVII europeo. Un pintor holandés, en un cuadro sobre Los Reyes Magos Sabios venerando al Niño Jesús, representó a uno de ellos con una sobrepelliz blanca y botas con espuelas, como si fuera un guerrero flamenco. Y en otro cuadro holandés sobre Abraham ofreciendo a su hijo, en vez de un patriarca cuchillo en mano, parece más bien que estuviera amenazando a su hijo Isaac con un trabuco.

Picasso fue nombrado en 1936 director del Museo del Prado, pero nunca llegó a tomar posesión del cargo. El decreto de su nombramiento, firmado por Manuel Azaña y por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Jesús Hernández Tomás, y publicado por la Gaceta de Madrid (antecesora del Boletín Oficial del Estado), contenía un error en los apellidos del artista malagueño: «De acuerdo con el Consejo de Ministros y a propuesta del de Instrucción Pública y Bellas Artes, Vengo en nombrar director del Museo del Prado a D. Pablo Picasso Ruiz [sic]. Dado en Madrid a diecinueve de septiembre de mil novecientos treinta y seis».

Preparando el Diccionario de la Academia, un comité de la Academia Francesa definió al cangrejo como «pequeño pez rojo que camina hacia atrás». El científico Georges Cuvier (1769-1832), que estaba revisando por encargo la obra, llegó a esta descripción y no tuvo más remedio que informar al comité de que: «Su definición, señores, sería perfecta si no fuera por tres pequeñas salvedades: el cangrejo no es un pez, no es rojo y no camina hacia atrás.

De acuerdo con lo dicho por el sabio orientalista George Lomsa, la actual versión de la Biblia contiene no menos de mil cuatrocientos errores de todo tipo. Por ejemplo, según señala, las últimas palabras de Cristo en la Cruz: «Eli, Eli, lamma sabachtani», habrían de haber sido traducidas como: « ¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¡Mi destino se ha cumplido!», y no de la forma habitual: « ¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». De igual modo, según Lomsa, lo que se lee en el Evangelio de san Mateo de que «será más fácil que pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el reino de los cielos» es un error: el traductor, san Jerónimo, no debería haberse referido a «un camello», sino a «una cuerda», pues interpretó la palabra «kamelos» como «camello», cuando en realidad es como se llama a «la soga gruesa con la que se amarran los barcos a los muelles». Además, se cuenta que en arameo, el idioma en que fue redactada la Biblia, «40» equivale a decir «muchos», así que cuando en ella se habla, por ejemplo, de «40 días» en realidad se quería decir «muchos días», pero se tradujo textualmente.

Según se cuenta, el político catalán Joan Pich i Pon (1878-1937), una persona de orígenes humildes y escasa cultura pero que llegó a ser senador, diputado y alcalde accidental de Barcelona en 1935, fue un portento de pifias verbales de tal calibre y asiduidad que las meteduras de pata verbales comenzaron a ser conocidas popularmente como «piquiponadas». En aquellos tiempos, escuchar a Pich i Pon era todo un espectáculo: con todo desparpajo, el político contaba que un amigo suyo quería presentarse por la «circuncisión» de Barcelona, o hablaba con toda naturalidad del conflicto «nipojaponés», de la guerra «anglobritánica» o de la batalla de «Waterpolo»… En una tertulia soltó que, para él, el mayor tirano no fue ni Calígula ni Nerón sino… Tirano de Bergerac. Uno de sus errores más célebres se produjo durante un discurso que dio desde el balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Pich i Pon mostraba su alegría por un galardón que le acababan de conceder pero, en lugar de decir que «por fin se le hacía justicia», exclamó: «Por fin me han ajusticiado». Sus fallos verbales constituyeron todo un pasatiempo popular. Varios periódicos de la época llegaron a reunir un buen número de «piquiponadas» y hasta llegaron a premiar las mejores (verdaderas o inventadas, daba igual) con tres pesetas. Por eso separar hoy unas de otras es muy difícil. Dicen que el mismo Pich i Pon se reía de sus meteduras de pata, reconociéndolas y comentándolas: «El otro día dije una de órgano». Veamos algunos de los otros muchos patinazos que se le atribuyen. Presentes varias damas en la inauguración de unas obras se le escapó: «Estas obras me han costado un huevo…» y, al observar la expresión de alguna de esas señoras presentes ante tal comentario, trató de arreglarlo sobre la marcha y añadió: «… de la cara». Una de las primeras piquiponadas registradas fue la frase pronunciada en un acto público: «Al oír cantar la Marsellesa, se me erizan los pelos del corazón». Uno de los muchos cargos que desempeñó en su carrera política fue el de presidente de la Comisión de Parques y Jardines. Parece probado que en una visita al parque de la Ciutadella, al comentarle el director del zoológico la conveniencia de construir una góndola, Pich accedió con entusiasmo: «Sí, pero no una, sino dos: un macho y una hembra. ¡Que críen, que críen!». En una época de intensa actividad política dijo: «Ahora iremos a Lleida a dar un ciclón de conferencias». En otra ocasión soltó en un discurso: «Sería necesario que cada uno viviera en su propia tierra. Entonces seguramente comenzaríamos a estar bien. Los franceses, en Francia; los ingleses, en Inglaterra; los murcianos, en Murcia; los belgas, en Belgrado». Un debate en el consistorio municipal duraba más de la cuenta y Pich i Pon cortó expeditivamente: «Señores, todo esto es un circuito vicioso». En un entierro civil, poseído de su ardor laico, comentó: «Llegará un día en que los entierros se harán sin curas y sin difunto». Un día dijo al ilustre filósofo José Ortega y Gasset, que era el «antílope» de su hermano Eduardo, consumado deportista. Pich i Pon presentaba a un miembro de su familia de esta manera: «Y aquí mi sobrino, que es sifilítico». «Filatélico, tío, filatélico», le corrigió aterrado el sobrino.

Un pequeño error en la redacción de la Constitución de 1776 del estado de Nueva Jersey permitió votar por primera vez a las mujeres: desde entonces, «todos los habitantes libres» y no sólo «los hombres libres» podían ejercer su derecho al sufragio en ese estado. Lo más sorprendente es que, a pesar de ser un momento histórico abiertamente machista, no parece que nadie se molestase por ello. Se tardaron más de tres décadas en derogar una ley que estaba completamente adelantada a su época. Pero, anécdotas aparte, la primera vez que las mujeres consiguieron votar sin restricciones fue el 19 de septiembre de 1893, cuando el movimiento liderado por Kate Sheppard consiguió este logro democrático en Nueva Zelanda.

Capítulo 8
Imprudencias, negligencias y temeridades

Como también hiciera Pitágoras, el gran filósofo griego Demócrito de Abdera (460- h. 370 a. C.) recomendó durante toda su vida la miel como el alimento más rico y necesario de todos. Pero él, llevado por su defensa de la austeridad, fue limitando progresivamente su alimentación, convencido de que la extrema abstinencia era un buen método de vida. Viéndole morir, sus discípulos, poco antes de que se celebrasen las fiestas consagradas a Ceres, la diosa de las cosechas, le rogaron encarecidamente que se alimentase para prolongar su vida. Ante sus ruegos, Demócrito aceptó y pidió un tarro de miel. Pero, con gran sorpresa de sus discípulos, no comió de él, limitándose a destaparlo y olerlo. Tres días después moría en la más completa inanición.

Cuentan algunas crónicas que el erudito musulmán de la ciudad kazaja de Farab Ismail ibn Hammad al-Jawhari, muerto entre los años 1003 y 1009, siempre persiguió el sueño de volar. Finalmente, un día intentó hacerlo usando dos alas de madera unidas por una cuerda. Saltó desde el tejado de una mezquita de la ciudad hoy iraní de Nijabur y falleció en su choque con el suelo.

En junio de 1190, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico I «Barbarroja» de Hohenstaufen (1122-1190), tras cabalgar por el desierto de Tierra Santa embutido en su pesada armadura camino de su encuentro con Saladino, se sintió tan lógicamente acalorado cuando llegó al río Saleph en Anatolia que se lanzó a sus aguas para apagar la sed. Desafortunadamente, olvidó quitarse la armadura y se hundió como un yunque. Otra versión dice que fue su caballo quien lo lanzó al agua mientras atravesaba el río. En cualquier caso, el resultado fue el mismo.

Después de perder no uno, sino dos buques en los traicioneros arrecifes de Eddystone, el famoso arquitecto e ingeniero inglés Henry Winstanley (1644-1703) sintió la necesidad de construir un faro que protegiese sus barcos y los de los demás. En 1698, Winstanley construyó sobre las peligrosas rocas de Eddystone, en Devon, a unos catorce kilómetros de la costa británica, uno de los primeros faros poligonales rotatorios de Inglaterra. Tan orgulloso se encontraba de su estructura que, en la primera gran tormenta, más bien un huracán (aunque conocido históricamente como la Gran Tormenta), la noche del 26 de noviembre de 1703, decidió dormir en ella para demostrar su confianza. Desgraciadamente, estaba tan confiado que decidió no irse cuando el resto del personal huyó despavorido al escuchar el crujir de las columnas que sostenían la cúpula. A la mañana siguiente, cuando los cielos finalmente se despejaron y los primeros barcos alcanzaron los escollos de Eddystone, el gran faro de Winstanley había desaparecido. Y Winstanley con él.

En 1870, arribó a la ciudad de Chicago la inmigrante irlandesa Catherine O’Leary, con la intención de ganarse la vida en una vaquería que abrió en la calle DeKoven. Todo transcurrió con normalidad para ella hasta el 8 de octubre de 1871. Según una crónica escrita poco más tarde por el periodista Michael Ahern para el Chicago Tribune, ese día, a eso de las nueve de la noche, cuando la señora O’Leary se encontraba en el establo cuidando de sus vacas, una de ellas pateó una lámpara de petróleo encendida y provocó un incendio, cuyas llamas, avivadas por el viento y por la madera de la que estaban construidos los edificios, comenzaron a extenderse rápidamente por todo el barrio y adquiriendo en muy poco tiempo unas proporciones gigantescas que afectaron a toda la ciudad. El fuego, que pasó a la historia con el nombre de «El gran incendio de Chicago», sólo pudo ser extinguido dos días después, por lo que las consecuencias fueron funestas: hubo al menos trescientas víctimas mortales, un área de casi 6,5 km2 quedó casi totalmente arrasada y más de diecisiete mil edificios ardieron, dejando a cerca de cien mil personas sin hogar. Los daños económicos se estimaron en doscientos millones de dólares de entonces.
Desde ese momento, Catherine O’Leary fue el blanco de las iras de muchas personas y su vida, lo más parecido a un infierno. Pero lo cierto es que ni ella ni su vaca fueron responsables del incendio originado en el establo. En 1893, veintidós años después, el periodista Ahern reconoció que se aprovechó de las circunstancias personales de la señora O’Leary (mujer, inmigrante, irlandesa y católica, una combinación muy desfavorable entonces) para inventarse los hechos a fin de hacer más atractivo para el gran público su artículo. Al parecer, todo parece indicar que aquel pavoroso incendio fue provocado por un fumador. Hace unos años, un investigador de seguros de Chicago llamado Richard Bales, hizo un concienzudo trabajo forense basado en el estudio de mapas, planos, títulos de propiedad y un millar de páginas del informe que el Departamento de Bomberos de Chicago realizó en su momento.

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Su conclusión fue que el auténtico culpable fue Daniel «Pata de Palo» Sullivan, un vecino que se estaba fumando una pipa mientras robaba un poco de leche. Sullivan fue quien dio la voz de alarma y, en un primer interrogatorio al que fue sometido, declaró que había visto las primeras llamas desde su casa, ubicada a doscientos metros de distancia y separada por una valla de varios metros de altura, y que acudió corriendo al establo cuando ya estaba ardiendo para salvar a las vacas. Otra teoría indica que el responsable fue Louis M. Cohn, que se había escondido junto con otros en el establo para jugar a hurtadillas a los dados. Sorprendidos por la señora O’Leary, salieron corriendo y Cohn tiró sin querer una lámpara encendida con el resultado conocido. Catherine O’Leary murió, con el corazón roto, el 3 de julio de 1895.

Según el médico y filósofo francés Julien Offray de la Mettrie (1709-1751), autor del ensayo El hombre máquina (1748), el ser humano debe gozar de los placeres carnales y disfrutar, por ejemplo, de la repostería trufada hasta la saciedad. En 1751, uno de sus amigos, el embajador francés Tirconnel, estaba muy agradecido a La Mettrie por haberlo curado de una enfermedad y le ofreció un banquete para celebrar su recuperación. Aparentemente, La Mettrie, llevando a la práctica su teoría, quiso hacer gala de su resistencia devorando un paté de faisán con trufas entero y no pudo resistir el empacho. Como resultado, desarrolló una fiebre que intentó curar con una sangría prescrita por él mismo, que terminó con su vida. Aquellos que no estaban de acuerdo con la filosofía de La Mettrie usaron su muerte para afirmar que el hedonismo y el sensualismo ateo terminan siempre de esa manera.

Jean-François Pilâtre de Rozier (1754-1785) fue un profesor de física y química francés que en 1783 asistió como espectador al vuelo del primer globo aerostático, lo que creó en él una pasión por la posibilidad de transportarse a través del aire. Así que después de practicar con una oveja, un pollo y un pato, decidió tripular un globo de aire caliente a una altitud de tres mil metros. Habida cuenta de que su primer vuelo tripulado tuvo éxito, planificó cruzar el Canal de la Mancha desde Francia hasta Inglaterra, pero después de llegar a los cuatrocientos cincuenta y ocho metros de altura, el globo (una combinación de aire caliente y gas) se desinfló, él cayó al mar y desapareció para siempre, convirtiéndose, además, en la primera víctima conocida de un accidente aéreo.

El 12 de diciembre de 1799, George Washington (1732-1799) pasó varias horas inspeccionando sus fincas a caballo sobre la nieve y bajo el granizo y la lluvia helada, hasta que le sorprendió el atardecer. Al llegar a su casa, como era tarde, se sentó a cenar sin cambiar sus ropas mojadas. A la mañana siguiente, se despertó con un fuerte resfriado, presa de la fiebre y con una infección en la garganta: había contraído amigdalitis, que pronto se le convirtió en laringitis aguda y neumonía. Washington murió la noche del 14 de diciembre de 1799 en su casa a los sesenta y siete años de edad, mientras le asistían los doctores James Craik, uno de sus más cercanos amigos, Gustav Richard Brown y Eliseo C. Dick, así como Tobías Lear V, su secretario personal, quien después recogió una nota en su diario con las últimas palabras de Washington: «Está bien». Médicos modernos creen que Washington murió en gran parte debido a su tratamiento, que incluyó calomelanos (cloruro de mercurio) y sangrías, lo que dio como resultado una combinación de shock por pérdida excesiva de sangre, asfixia y deshidratación.

El marino franco-estadounidense Stephen Decatur (1779-1820), héroe naval de la campaña de Trípoli y de la Guerra anglo-estadounidense de 1812, fue desafiado en 1820 a batirse en duelo con otro oficial compañero suyo, el también comodoro James Barron, que era corto de vista, en la ciudad de Bladensburg, Maryland, el 12 de marzo de 1820. Caballerosamente, para acomodarse a su oponente, Decatur aceptó un intercambio de tiros a sólo ocho pasos de distancia. Barron lo mató.

08-02.jpgEl periodista y explorador británico Henry Morton Stanley (1841-1904), nacido John Rowlands, es conocido por sus famosas exploraciones a lo largo de toda África y especialmente por su búsqueda en 1869 del doctor Livingstone (1813-1873) por toda el África ecuatorial, a partir del encargo del director del New York Herald. Un segundo encargo, el de rescatar al explorador alemán Eduard Schnitzer (1840-1892), le llevó hasta el lago Alberto donde este se encontraba bloqueado. Durante este periplo propagó la enfermedad del sueño que él mismo había contraído, provocando la muerte de cincuenta y siete mil indígenas en las islas de Buvuna, de doscientos mil en la orilla ugandesa del lago Victoria y de más de medio millón a lo largo del río Congo, hasta el lago Alberto. Como no podía ser de otra manera, tratándose de Stanley, Eduard Schnitzer fue rescatado, pero a un coste demasiado alto.

A mediados del siglo XIX
, la pequeña isla del Príncipe, situada frente a las costas de Guinea Ecuatorial (y que hoy forma un estado independiente, junto a su isla vecina, Santo Tomé), era un próspero enclave portugués cercano al corazón de África. Debía gran parte de su prosperidad a Doña María, una emprendedora dama de noble abolengo cuyas propiedades y palacios se extendían por toda la colonia. Doña María no era ni mucho menos una terrateniente ociosa. Muy preocupada por el desarrollo económico de Príncipe, hizo traer a la isla vacas y toros desde Gabón, e inició una actividad ganadera que aumentó el bienestar de sus conciudadanos, pero que significaría su ruina. A lomos de las reses importadas llegó a la colonia la mosca tse-tsé: un insecto chupador de sangre que hasta entonces se extendía sólo por el África oriental subsahariana, donde provocaba continuas epidemias de la enfermedad del sueño. En 1890, hubo que importar mano de obra de Angola, una zona en la que ya se había detectado la enfermedad. La mosca tse-tsé se cebó con los recién llegados, que quedaron contaminados con el parásito causante de la terrible enfermedad. A partir de entonces, las moscas, picando indiscriminadamente a hombres y bestias, propagaron la enfermedad, causando una virulenta epidemia. En pocas semanas, hubo que sacrificar todo el ganado y la gente moría a centenares. En 1907, sólo quedaban trescientas cincuenta personas de una población original de cinco mil. Finalmente, como consecuencia de la enfermedad del sueño, la isla quedó prácticamente desierta.

Anneliese se llamaba una joven católica alemana que falleció en 1976 tras ser sometida a un exorcismo. Diez años antes, cuando tenía dieciséis, empezó a padecer ataques, que fueron diagnosticados como epilepsia.
Poco después aseguró que oía voces y que tenía visiones, lo que le llevó a pensar que estaba poseída. Ante el escaso éxito de los tratamientos, los padres solicitaron a varios sacerdotes que la exorcizaran. En 1975, cuando Anneliese empezó a agredir a su familia y a comer insectos y carbón, el obispo de Wurzburgo autorizó que los sacerdotes Arnold Renz y Ernst Alt sometieran a la ceremonia de «Gran Exorcismo» a Anneliese, que se creía poseída por Lucifer, Caín, Judas, Nerón e, incluso, el espíritu de Hitler.

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El exorcismo se prolongó durante un año, hasta que la muchacha falleció desnutrida. Los eclesiásticos fueron condenados a permanecer seis meses en prisión.

El excéntrico químico y físico ingles Henry Cavendish (1731-1810) no contaba con los instrumentos adecuados para llevar adelante su investigación, así que medía la fuerza de la corriente eléctrica de una forma directa: se sometía a la corriente de carga y calculaba su intensidad por medio del dolor. A pesar de ello, consiguió vivir hasta los setenta y nueve años.

Karl Scheele (1742-1786) fue un químico farmacéutico alemán de origen sueco que descubrió muchos elementos químicos, entre ellos el oxígeno, el bario, el molibdeno, el tungsteno, el manganeso y el cloro, además de un proceso similar a la pasteurización. Scheele tenía la costumbre de poner a prueba sus descubrimientos degustándolos, y durante un tiempo logró sobrevivir a diferentes combinaciones mortíferas, hasta que un desafortunado experimento con el mercurio provocó su muerte por intoxicación.

El brillante químico e inventor británico Humphry Davy (1778-1829) fue despedido de varios trabajos porque provocaba muchas explosiones durante sus experimentos. Era tan apasionado de la química que tenía la costumbre de inhalar los distintos gases y gracias a este hábito descubrió las propiedades anestésicas del óxido nitroso. Sin embargo este procedimiento lo llevo al borde de la muerte en varias ocasiones y, aunque no falleció a causa de ello, las constantes intoxicaciones lo inutilizaron para las últimas dos décadas de su vida; además perdió la vista de forma permanente cuando experimentaba con tricloruro de nitrógeno. Después de su lesión en los ojos, Michael Faraday (1791-1867) se convirtió en su alumno e hizo esfuerzos para mejorar los métodos de electrólisis de su mentor, además de otros descubrimientos importantes en el campo del electromagnetismo. Por desgracia este otro brillante químico también sufrió daños en los ojos por una explosión de cloruro de nitrógeno y pasó el resto de su vida sufriendo un envenenamiento químico crónico.

08-04.jpgAnte los rumores de que se preparaba un atentado contra él, el 26 de diciembre de 1870 el general Juan Prim (1814-1870), marqués de los Castillejos y conde de Reus, a la sazón presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, capitán general de los Ejércitos, declaró: «No se ha fundido aún la bala que pueda matarme». Al día siguiente, era víctima de un magnicidio a resultas del cual quedó malherido. Las heridas se le infectaron y moriría tres días después, el 30 de diciembre de 1870.

Durante la batalla de Spotsylvannia Court House, tras una conferencia matinal con Ulysses Grant (1822-1885), el general sudista John Sedgwick se dirigió a lo alto de una loma junto a su puesto de mando para organizar desde allí las posiciones de artillería. Al notar a sus hombres algo nerviosos a causa de los francotiradores confederados apostados a los casi novecientos metros que había hasta las líneas enemigas, les aseguró que no había nada que temer: «A esta distancia no podrían ni dar a un elefan…». En ese mismo instante, fue herido de muerte en el pómulo por un francotirador confederado.

Tras la Guerra Civil norteamericana, el controvertido político Clement Vallandigham (1820-1871), de Ohio, se convirtió en un exitoso abogado que rara vez perdía un caso, aunque para ello tuviera que recurrir a métodos poco ortodoxos. En 1871 defendió a Thomas McGehan, acusado de matar a tiros a un tal Tom Myers durante una disputa en un bar. La defensa de Vallandigham se basaba en que Myers no había sido asesinado, sino que se había disparado contra sí mismo al intentar sacar su arma del bolsillo mientras estaba arrodillado y trataba de ponerse en pie. Para convencer al jurado, Vallandigham decidió demostrar prácticamente su teoría. Desafortunadamente, utilizó por error una pistola cargada y terminó disparándose a sí mismo. Murió doce horas después. Eso sí, mediante su muerte Vallandigham demostró la teoría del disparo accidental y consiguió exonerar a su cliente.

El gigantesco luchador turco Yusuf Ismael, que durante 1897 realizó una victoriosa gira por Estados Unidos, murió al año siguiente ahogado durante el viaje de vuelta a su patria, al zozobrar el barco a bordo del que se encontraba tras colisionar con otro buque. Mientras casi todo el pasaje logró salvarse fácilmente nadando, él se hundió al negarse a deshacerse de los cinturones cargados del oro que había ganado en sus combates en los Estados Unidos.

La tradición científica de experimentar con uno mismo viene de muy atrás. Se cuenta, por ejemplo, que el científico inglés Isaac Newton (1642-1727) se introdujo una aguja en el ojo hasta llegar al hueso ocular para ver qué ocurría. Más arriesgado aún fue el caso de Stubbins Ffirth (1784-1820), médico en prácticas de Filadelfia, en la Universidad de Pensilvania, que estaba seguro de que la fiebre amarilla disminuía en invierno porque era fruto del calor y el estrés, además de que no era contagiosa, lo que se propuso demostrar. Para ello decidió realizar experimentos en su propio cuerpo, poniéndolo en contacto directo con los líquidos corporales de los infectados. Comenzó haciéndose incisiones en los brazos y derramando sobre ellas el vómito negro típico de esta enfermedad. Pasó el tiempo y como Ffirth no se contagiaba, decidió beberse ese mismo vómito. Al final, llegó a la conclusión de que por esas vías no iba a conseguir contagiarse, lo que consideró una prueba de su hipótesis. Pero nada más lejos de la realidad: tiempo después se demostró que las muestras que Ffirth había utilizado para sus experimentos provenían de la fase tardía de la enfermedad, cuando ya no es contagiosa y que, además, debía ser inyectada a la corriente sanguínea, lo que normalmente ocurría en la realidad por medio de un mosquito.

Similar al de Ffirth, aunque contrario en resultados, fue el caso de su colega y compatriota Jesse William Lazear (1866-1900), que también se infectó voluntariamente de fiebre amarilla y murió formando parte de la investigación dirigida por Walter Reed. Lazear era médico en el Hospital Johns Hopkins de Baltimore desde 1895 y estaba especializado en malaria y fiebre amarilla. En 1900 fue destinado como cirujano asistente del Ejército de los Estados Unidos a Columbia Barracks (Quemados), en la isla de Cuba, donde sólo unos meses después de llegar, junto a Walter Reed, James Carroll y Arístides Agramonte, participó en una comisión encargada del estudio del mecanismo de transmisión de la fiebre amarilla. Durante su trabajo de campo confirmó la teoría de Carlos Finlay de 1881 de que los mosquitos transmitían la enfermedad. Para demostrar sus conclusiones, se dejó picar por mosquitos infectados de fiebre amarilla sin contárselo a sus colegas y murió de esta enfermedad a los treinta y cuatro años.

Daniel Alcides Carrión (1857-1885) fue un estudiante peruano considerado mártir de la medicina latinoamericana por su sacrificio al infectarse intencionadamente con la bacteria Bartonella bacilliformis y contraer la ahora conocida como «enfermedad de Carrión» o «verruga peruana», a fin de estudiar su desarrollo y evolución en el infectado. Durante sus estudios médicos, Carrión sintió inquietud por conocer dos enfermedades características de algunos valles centrales peruanos: una, conocida con el nombre de «fiebre de la oroya», se caracterizaba por fiebre y anemia progresiva y, pese a los diversos tratamientos que se probaban en la época, tenía una mortalidad cercana al 100%. La otra enfermedad, llamada «verruga peruana», tenía igual distribución geográfica, pero una evolución benigna y escasos síntomas generales, a partir de la súbita aparición de nódulos cutáneos. Hasta entonces se consideraba que ambos cuadros tenían una diferente etiología. El 27 de agosto de 1885, llevado por su espíritu de investigación, Carrión no vaciló en inocularse sangre macerada procedente de una tumoración verrucosa de un enfermo del hospital Dos de Mayo de Lima. A los veintiún días, sintió los primeros síntomas de la fiebre de la oroya, que siguió su proceso etiológico característico, ante la angustia de sus profesores y amigos. Carrión fue escribiendo personalmente su historia clínica hasta el 26 de septiembre, en que, agobiado por la fiebre y la anemia, comenzó a delirar. Carrión, en estado de agonía, fue trasladado a la Maison de Santé el 4 de octubre y falleció al día siguiente, después de que hubieran transcurrido cuarenta días desde la inoculación.

El neurólogo Henry Head (1861-1940) realizó enormes avances en el conocimiento de nuestro sistema nervioso mediante un método muy poco ortodoxo: con ayuda de un colega, cortó y reconectó sus propios nervios para estudiar el proceso de recuperación de las sensaciones. Durante muchos años, Head había estudiado la recuperación tras una lesión en los nervios de sus pacientes, pero estos no eran capaces de describirle adecuadamente el proceso y aportarle los datos que él necesitaba. Así pues, llegó a la conclusión de que debía probar sobre sí mismo y documentar el proceso. El 25 de abril de 1903, ayudado por su colega el doctor Sherren, Henry Head se hizo seccionar los nervios radial y cutáneo lateral externo de su brazo izquierdo, que quedó completamente insensible durante muchas semanas. El experimento se prolongó durante los cuatro años siguientes, en los que Head fue describiendo detalladamente el proceso de recuperación de las sensaciones. Entre la documentación de su trabajo («Experimento humano sobre división de nervios») se incluyen fotografías de su brazo, sobre el que fue trazando un mapa que reflejaba las sensaciones que iba recuperando. Las primeras reaparecieron pasados cuarenta y tres días. Para recopilar más datos, Head introducía el brazo en agua caliente y fría, alternativamente, y registraba cualquier variación. A los ochenta y seis días, empezó a notar el pinchazo de una aguja en el brazo, aunque aún no detectaba cambio alguno de temperatura. Ciento doce días después, empezó a notar el agua fría, pero tardó ciento sesenta y un días en apreciar las sensaciones de calor. Paulatinamente, las conexiones nerviosas del brazo se fueron recomponiendo y él fue recuperando la capacidad de sentir pequeños cambios, lo que le sirvió para entender que las diferentes sensaciones corporales se procesan por separado y se combinan posteriormente, para generar la sensación genérica del tacto. Este y otros trabajos posteriores permitieron a Head avanzar en el conocimiento de cómo funciona nuestro entramado nervioso y harían de él uno de los neurólogos más ilustres de comienzos del siglo XX.

08-05.jpgCuando se empezaron a construir los rascacielos de Manhattan se empotraban remaches al rojo vivo en agujeros taladrados en vigas de acero que pendían a cientos de metros de altura. Se necesitaron cientos de obreros que no le temieran a las alturas y se consiguieron; al fin y al cabo, muchos trabajadores le temían mucho más al hambre. Destacaron especialmente los indios iroqueses y mohawk, que biológicamente no padecían ningún tipo de vértigo.

Para el médico forense rumano Nicolas Minovici, los experimentos clínicos debían realizarse sobre el propio cuerpo del médico y no sólo mediante observaciones de un estudio. Su objeto de estudio no era cualquier cosa, pues estaba investigando acerca del ahorcamiento. Para ello no se conformó con analizar en profundidad ciento setenta y dos suicidios por este método, sino que también decidió intentarlo él mismo y sentir en propia piel los síntomas. Para fundamentar su escrito de 1905 Studies on Hanging (de doscientas treinta y ocho páginas), realizó algunas pruebas usando una soga con un nudo no corredizo, de la cual se colgaba seis o siete veces al día, cada vez durante unos cuatro o cinco segundos, hasta que el dolor se volvía insoportable. No obstante, tras investigar de esta «extraña» manera, Minovici pensó que no era suficiente, así que pidió a sus colaboradores que lo colgaran hasta doce veces al día, utilizando nudos corredizos. En su análisis final se lamentó de no haber resistido nunca más allá de cuatro segundos, pese a que, en algunas ocasiones, para darle más realismo a la investigación, hizo que lo ahorcaran hasta dos metros por encima del suelo.

El aracnólogo William J. Baerg (1885-1980), de la Universidad de Arkansas, actuó en 1923 como conejillo de indias de su propio experimento, dejándose picar por una peligrosa araña Latrodectus o viuda negra. Dos horas después de ser picado por la feroz araña, con el dedo que había recibido el impacto venenoso necrosado, el investigador se debatía entre la vida y la muerte, presa de convulsiones, fiebre y dolores casi insoportables en todo el brazo. En ese momento, de acuerdo a los planes previstos, un equipo de doctores se aprestó a intentar salvar su vida mediante un antídoto previamente preparado, sobre cuya eficacia todavía no se había investigado experimentalmente. Trescientos cuarenta días después, el paciente fue dado de alta, totalmente restablecido. El nombre del conejillo de indias, W. J. Baerg, quedó impreso para la historia en las etiquetas del primer antídoto eficaz contra este tipo de picaduras.

El doctor David B. Carlisle decidió experimentar en carne propia y explicar cómo los animales venenosos, que mantienen una actitud defensiva, utilizan su veneno para no ser atacados. Este es el caso del pez araña, un traquínido al que respetan los depredadores porque su aleta dorsal posee espinas con glándulas venenosas en la base. En 1961, en el laboratorio marino de Plymouth, el doctor Carlisle tomó veneno de un pez araña, lo diluyó y procedió a inyectarse una pequeña dosis en el brazo. De manera instantánea, percibió un dolor intenso y hasta sufrió dificultades para respirar, pero supero la crisis. Con este experimento, el científico comprobó que un depredador deja en paz a un pez araña porque no puede cerrar sus mandíbulas ante el dolor que le produce el roce inicial con las espinas venenosas del que creía su presa. De este modo, los demás aprenden a respetar a este pez que no es agresivo, pero que castiga a quienes rozan su aleta dorsal. Incluso muerto, las espinas del pez araña mantienen su poder venenoso.

El médico australiano y profesor de microbiología clínica de la Universidad de Australia Occidental Barry James Marshall (1951) obtuvo un gran reconocimiento en todo el mundo tras demostrar que la bacteria Helicobacter pylori es la causante de la mayoría de úlceras de estómago, lo que rebatía teorías vigentes desde décadas atrás, que las atribuían al estrés, las comidas picantes y a la hipersecreción ácida. Para comprobar su tesis, Marshall se bebió una placa de Petri llena de bacterias. En 2005 fue galardonado con el premio Nobel de Medicina, junto con su colega Robin Warren.

«Almuerzo en lo alto de un rascacielos» es una de esas fotos reconocida por todos. Fue tomada por Charles Ebbets el 29 de septiembre de 1932. La imagen pertenece a la construcción del complejo de edificios comerciales Rockefeller Center, en concreto del el edificio de General Electric, y se está levantando la planta 69 de las setenta totales.

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Apareció originalmente en el dominical del 2 de octubre del periódico New York Herald Tribune, formando parte de un reportaje realizado por Ebbets para denunciar las precarias medidas de seguridad con las que trabajaban los obreros de aquellos primeros rascacielos.

La joven californiana Elizabeth Aschheim, después de la muerte de su madre, se casó con el médico de la familia, Woolf, que estaba interesado en el nuevo descubrimiento de Wilhelm Roentgen, los rayos X. Pronto Elizabeth fue presa de la misma afición, por la cual finalmente dejó su trabajo como contable, para proseguir estudios de ciencias físicas. Cuando sus primeros objetivos se cumplieron, decidió comprar una máquina de rayos X y montar el primer laboratorio de este tipo en San Francisco, California, así que durante algunos años ella y su marido experimentaron con su cuerpo. Por desgracia no tenían idea de las consecuencias negativas de la falta de protección continua a los rayos X y Elizabeth murió de un cáncer muy extendido en 1905. No fue el suyo, desde luego, el primero ni el único caso. Precisamente en el Instituto Roentgen de la ciudad alemana de Hamburgo están inscritos los nombres de los trescientos cincuenta y nueve médicos y otros profesionales que continuaron experimentando con los rayos X pese a ser conscientes de que eso acabaría con sus vidas.

El estadounidense Jasper Newton (1846-1911), más conocido como Jack Daniel, fue el fundador de la destilería de whisky Jack Daniel’s en Tennessee. Hombre de poca estatura, en la celebración de su vigésimo primer cumpleaños Jack se compró una levita que le llegaba hasta la rodilla y un sombrero de hacendado de ala ancha, que se convertirían con el tiempo en su uniforme diario para el resto de su vida. Quienes lo conocieron aseguraban: «Una vez que algo le queda como le gusta, nunca lo cambia». Esta es una de las características de su whisky. Una mañana, Jack llegó al trabajo e intentó abrir la caja fuerte que tenía en su oficina. No pudo recordar la combinación y, presa de un ataque de ira, le lanzó un puntapié a la caja. El golpe le fracturó un dedo del pie, lo que, a su vez, le produjo una infección crónica, que no conseguiría vencer nunca. Falleció seis años después, en 1911, de una septicemia.

Annie Edson Taylor (1838-1921) ha pasado a la historia por ser la primera persona que se metió dentro de un barril, se dejó llevar por la corriente, se dejó caer por las cataratas del Niágara y vivió para contarlo. Nacida en el seno de una familia acomodada venida a menos tras la muerte de su padre, fue maestra de escuela y, más tarde, instructora de baile, aunque su poca pericia como administradora la obligó a cerrar su negocio. 08-07.jpgAnsiosa de fama y, sobre todo, de dinero que le permitiera vivir con las comodidades que tuvo en su niñez, aprovechó la próxima celebración de la Exposición Panamericana de 1901 en la ciudad de Buffalo, a la que acudirían miles de personas para empezar a preparar su aventura, para lo cual se desplazó hasta allí, mandó construir un barril de roble (al que se añadiría un yunque en la base para que sirviera de contrapeso) y acolchó su interior para que la protegiera de los golpes que necesariamente iba a sufrir. Por último, para asegurarse del éxito popular de la hazaña, entabló relación con Frank M. Russell, un conocido promotor local de todo tipo de espectáculos. Russell sabía lo que se hacía y comenzó a crear expectación: el mes de septiembre, comunicó el acontecimiento a los periódicos de la zona sin mencionar el nombre de la protagonista. El 8 de octubre, se mostró públicamente el barril en el escaparate de un establecimiento situado en el centro de la ciudad y, dos días más tarde, Russell se fue con él a las cataratas del Niágara para promover el acto antes de la llegada de Annie. Esta por fin llegó el 24 octubre, día que cumplía sesenta y tres años de edad. Annie y el barril fueron llevados hasta la corriente central del río, aproximadamente a un kilómetro de distancia del salto. Annie se metió dentro, se cerró la tapa del barril y, con una bomba de bicicleta, se introdujo dentro el aire necesario para que no muriera asfixiada. Arrastrado por las aguas, el barril llegó al borde de la catarata Horseshoe a las cuatro y media de la tarde, cayó por sus cincuenta y tres metros de altura y fue visto, un minuto más tarde, flotando en la base. Quince minutos después, el barril llegó a la orilla, se abrió la tapa y Annie salió de él sana y salva; sólo se le apreciaron las lógicas magulladuras y una pequeña brecha en la cabeza. Annie vio cumplido su objetivo en parte, ya que alcanzó la fama, pero no la fortuna. Poco después de su hazaña, Rusell desapareció junto con el barril, y el poco dinero que había ganado participando en conferencias en las que narraba su aventura lo gastó en su mayor parte en encontrarlo, por lo que tuvo que subsistir posando con los turistas en la tienda de recuerdos que abrió, o ejerciendo unas supuestas habilidades como clarividente, entre otras extravagantes actividades. Annie murió a los ochenta y tres años de edad y sus restos reposan desde entonces en el cementerio de Oakwood, cercano a las cataratas que la hicieron semifamosa.

Los amplios intereses científicos del bielorruso Alexander Bogdanov (1873-1928) fueron desde la teoría de sistemas, de la que es considerado precursor, hasta la posibilidad de rejuvenecimiento a través de la transfusión sanguínea. Formado en medicina y psiquiatría, inventó una teoría filosófica original, que él mismo llamó tectología. Además, fue economista marxista, teórico de la cultura, escritor popular de ciencia-ficción y activista político, aunque en Occidente es poco conocido, pues la mayor parte de su obra nunca fue traducida. En 1924, comenzó con sus experimentos de transfusión sanguínea, con los que aparentemente esperaba conseguir la eterna juventud o, por lo menos, un rejuvenecimiento parcial. La hermana de Lenin, Maria Ulianova, estuvo entre los muchos que se ofrecieron para participar en sus experimentos. Después de someterse a once transfusiones de sangre, Bogdanov observó con satisfacción que le mejoraban la vista y la calvicie, así como otros síntomas positivos. El revolucionario Leonid Krasin escribió a su esposa que «Bogdanov parece tener siete, no, diez años menos después de la operación». Entre 1925 y 1926, Bogdanov fundó el Instituto para Hematología y Transfusiones Sanguíneas, pero en 1928 perdió la vida como resultado de uno de sus experimentos, cuando le fue transfundida la sangre de un estudiante que padecía de malaria y tuberculosis. Algunos académicos especularon sobre la posibilidad de que su muerte fuera un suicidio, mientras que otros lo atribuyeron a la incompatibilidad sanguínea, cuestión poco entendida en la época.

Parte de la enorme celebridad y la gran fortuna que atesoró el «funambulista» y acróbata francés Jean François Gravelet-Blondin (1824-1897), mejor conocido como Charles Blondin, Jean-François Blondin o simplemente «El Gran Blondin», las logró gracias a su iniciativa de cruzar los trescientos treinta y cinco metros de longitud de la garganta de las cataratas del Niágara caminando sobre una cuerda a una altura de cincuenta metros sobre el agua. Realizó este temible cruce por primera vez en 1859, y luego varias veces más, siempre añadiendo distintas variaciones: con los ojos vendados, dentro de una bolsa, arrastrando una carretilla, con zancos, cargando un hombre sobre su espalda (su agente, Harry Colcord) [como se ve en la foto], tomando asiento a mitad de camino para cocinar y comerse una tortilla…
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En 1929, el estudiante de cirugía alemán Werner Forssmann (1904-1979) quería saber y aprender todo sobre el corazón, pero los libros y los experimentos con animales muertos no le eran suficientes. Sin ningún tipo de supervisión ni asesoramiento, convenció a una enfermera para que le ayudara a realizar una incisión en una vena de su brazo e introducir por ella un catéter urinario para llegar hasta la aurícula derecha de su propio corazón. Cuando el catéter penetró treinta y cinco centímetros, se interrumpió el experimento porque la ayudante lo consideró peligroso. Unos días después él mismo se sentó en la mesa de cirugía, tomó un analgésico y se introdujo la sonda con éxito. Caminó con el tubo conectado a su propio corazón hasta la sala de rayos X, donde le fue tomada una radiografía. Fue el primer cateterismo de un corazón humano. Aunque en aquel momento fue despedido del hospital, Forssmann recibió en 1956 el Premio Nobel de Medicina por sus posteriores estudios en cardiología.

El novelista inglés Arnold Bennett (1867-1931) murió en su casa de Londres aquejado de tifus pocos días después de regresar de París, donde había protagonizado un pequeño escándalo al beber en público un vaso de agua del grifo, con lo que trataba de demostrar a los «incultos» ciudadanos parisinos que el agua que bebían no provocaba el contagio de la epidemia de tifus que se abatía sobre la ciudad.

El novelista estadounidense Sherwood Anderson (1876-1941) falleció en la ciudad panameña de Colón en 1941, durante una escala de un crucero por Sudamérica, tras ingerir involuntariamente un palillo mientras comía un aperitivo en una fiesta, seguramente la aceituna de un martini seco, y causarle aquel una peritonitis.

El ingeniero mecánico, químico e inventor Thomas Midgley Jr. (1889-1944) desarrolló el plomo tetraetílico, que durante décadas fue un aditivo para la gasolina que solucionaba el golpeteo del motor. Más tarde también inventó los hoy odiados clorofluorocarbonos (CFC). En su época fue alabado por sus descubrimientos, aunque hoy en día no lo es tanto. De hecho, un historiador afirmó sobre Midgley que «tuvo más impacto en la atmósfera que cualquier otro organismo en la historia de la Tierra». Midgley contrajo la polio a los cincuenta y un años, enfermedad que lo dejó paralítico. Sin embargo, gracias a su mentalidad y su genio inventivo, diseñó una serie de mecanismos muy útiles para ayudarlo en su vida cotidiana. Uno de estos sistemas era un conjunto combinado de poleas que le permitía levantarse de la cama por sí solo. Desafortunadamente, un día, su ropa de dormir se le enganchó en una de las poleas con el mecanismo en marcha. Midgley se enrolló en las cuerdas de su aparato y murió estrangulado accidentalmente a los cincuenta y cinco años.

El físico-químico canadiense Louis Alexander Slotin (1910-1946) participó en el Proyecto Manhattan, que desarrolló la primera bomba nuclear. El 21 de mayo de 1946, Slotin y siete colegas realizaron un nuevo experimento que incluía la recreación de uno de los primeros pasos de una reacción de fisión nuclear, colocando dos medias esferas de berilio (un reflector de neutrones) alrededor de un núcleo de plutonio. Slotin sostuvo la semiesfera superior con su mano izquierda mientras mantenía la separación entre ella y la inferior con un destornillador sujeto con su mano derecha, tras haber retirado las calzas que normalmente las mantenían separadas. El uso del destornillador no formaba parte del protocolo habitual del experimento. A las tres y veinte de la tarde, hora local, el destornillador se resbaló y el hemisferio superior de berilio cayó accidentalmente, provocando una reacción crítica prompt y la emisión de radiación electromagnética de alta energía. En ese momento, los científicos presentes en la sala observaron el «brillo azul» de la ionización del aire y una súbita bocanada de calor. Slotin, que era el más cercano a la reacción, sintió un sabor agrio en su boca y una intensa sensación de quemazón en su mano izquierda. Instintivamente, la retiró, levantando la semiesfera de berilio y tirándola al suelo, lo que terminó con la reacción en cadena. A pesar de su rapidez, había estado expuesto a una dosis letal (cercana a veintiún sieverts) de radiación gamma y neutrones. La dosis recibida equivalía a la que soportaría un organismo a mil quinientos metros de distancia del lugar de detonación de una bomba atómica. «Tan pronto como Slotin dejó el edificio, vomitó, una reacción común tras la exposición a radiación de ionización tan extremadamente intensa», recuerda el médico Thomas D. Brock. Los compañeros de Slotin lo llevaron inmediatamente al hospital, pero había sufrido daños irreparables. Aunque numerosos voluntarios del Proyecto Manhattan donaron sangre para realizar transfusiones, todos los esfuerzos fueron vanos: Louis Slotin murió nueve días después, el 30 de mayo de 1946. En principio, el incidente fue considerado información clasificada y ni siquiera el resto del personal del Laboratorio Nacional de Los Álamos supo de él hasta después de la muerte de Slotin. Robert Oppenheimer y otros científicos describieron después el estrés emocional de intentar seguir con la vida y con el trabajo diario sabiendo que su colega agonizaba. El núcleo de plutonio utilizado fue destinado a la Operación Crossroads, una serie de pruebas atómicas, pero el experimento de Slotin fue el último realizado antes de su detonación y fue considerado la prueba de que podía llegar a la masa crítica. El accidente marcó el final de los experimentos de ensamblaje manual de elementos cercanos a la masa crítica en Los Álamos. Los ulteriores experimentos con núcleos de fisión se vienen realizando con máquinas controladas remotamente, con el operador a una distancia segura.

En la mañana del 7 de agosto de 1974, el joven funambulista francés de veinticuatro años Philippe Petit (1949) caminó sobre un alambre tendido a cuatrocientos nueve metros de altura entre las hoy infaustas Torres Gemelas de Nueva York. Para lograr esta hazaña, utilizó un cable de cuatrocientas cincuenta libras (más de doscientos cuatro kilos) y un contrapeso personalizado de 7,9248 metros de largo y unos veinticinco kilos de peso. Su hazaña le llevó seis años de planificación, durante los cuales Petit aprendió todo lo que pudo sobre los edificios, apreciando problemas tales como el 08-09.jpgbalanceo de las torres por el viento o como el de llevar el cable de acero a través del hueco de 42,672 metros que separaba las torres. Para poder acceder a las torres, falsificó tanto para él como para sus colaboradores tarjetas de identificación como contratistas que estaban instalando una valla electrificada en la azotea. Petit y su grupo pudieron subir en un montacargas hasta el piso 104, llevando con ellos el equipo necesario el día antes del paseo, y fueron capaces de almacenarlo a tan sólo diecinueve escalones de la azotea. Para poder pasar el cable a través del vacío decidieron usar un arco y una flecha; primero dispararon un sedal, para posteriormente disparar cuerdas cada vez más gruesas hasta que fueron capaces de pasar el cable de acero de cuatrocientas cincuenta libras. Usaron vientos para estabilizarlo y reducir al máximo su balanceo. El 7 de agosto de 1974, poco después de las siete y cuarto de la mañana, Petit partió de la torre sur sobre su cable de acero. Cruzó ocho veces de un lado al otro, en los cuarenta y cinco minutos que duró su aventura. Durante ese tiempo, además de caminar, se sentó sobre el cable, hizo una reverencia y hasta habló a una gaviota que volaba sobre su cabeza. La primera persona en darse cuenta de ello fue una mujer afroamericana que salía del metro y creyó distinguir una figura diminuta entre las nubes. Al cabo de unos minutos, media policía de Nueva York se encontraba en los alrededores del World Trade Center sin dar crédito a lo que tenían ante los ojos. El sargento Charles Daniels, del Departamento de Policía de la Autoridad Portuaria, que fue enviado para hacer descender a Petit, contó posteriormente su experiencia: «Cuando nos vio, sonrió y comenzó a reír, iniciando una danza sobre el cable… Cuando llegó al edificio, le pedimos que bajara de la cuerda, pero en lugar de eso se dio media vuelta y corrió de nuevo hacia la mitad…, donde se balanceó arriba y abajo. Sus pies perdían contacto con el cable y volvían a colocarse de nuevo sobre él. Realmente increíble. Todos estábamos hechizados viéndole». Finalmente, Petit fue advertido por su amigo en la torre sur de que un helicóptero de la policía vendría a sacarle del cable. Había comenzado a llover y Petit pensó que ya había corrido suficientes riesgos, por lo que decidió entregarse a la Policía, que le esperaba en la torre sur. Fue arrestado nada más bajar del cable. La Policía, provocada por sus mofas mientras se encontraba sobre el cable, lo esposó y lo arrojó por unas escaleras; algo que posteriormente Petit describiría como la parte más arriesgada de la acrobacia. Su audaz actuación provocó titulares en todo el mundo. Al ser preguntado por el motivo de la hazaña, Petit diría: «Cuando veo tres naranjas, hago malabares; cuando veo dos torres, las cruzo». La inmensa repercusión mediática y admiración pública del número tuvo como resultado la retirada de todos los cargos que se le habían imputado. La Corte, sin embargo, condenó a Petit a realizar un espectáculo para los niños de Nueva York, que transformó en un nuevo ejercicio de funambulismo, esta vez en Central Park, sobre el lago Belvedere (hoy Turtle Pond).

El 20 de julio de 1948, la experta en serpientes, especialmente venenosas, Grace Olive Wiley (1883-1948) invitó al periodista Daniel P. Mannix a fotografiar su colección. Mientras posaba con una cobra venenosa que acababa de adquirir, de repente la serpiente le mordió el dedo corazón. Grace fue llevada a un hospital, pero desgraciadamente su única dosis de antídoto para veneno de cobra se rompió accidentalmente. Grace murió dos horas después. Aunque su familia y amigos intentaron conservar su colección, finalmente fue subastada.

El también herpetólogo estadounidense Karl Patterson Schmidt (1890-1957) murió igualmente tras ser picado por una serpiente boomslang, enviada a su laboratorio del Field Museum de Chicago para su identificación por Marlin Perkins, por entonces director del zoológico del parque Lincoln. Schmidt subestimó la importancia de la picadura y no buscó tratamiento médico hasta que era ya demasiado tarde. Falleció dos días después.

Un hombre de 38 años murió en Jenkins Townships, Pensilvania, en noviembre de 1997 un par de horas después de haber visitado a un amigo para ver sus serpientes y culebras. Según el amigo, el hombre había metido la mano en el tanque de una cobra y la había tocado; acto seguido el animal le mordió. Negándose a ir al hospital, la víctima dijo «soy un hombre, yo me las arreglo», y se fue a un bar, donde tomó tres copas y presumió ante todos los presentes de que una cobra lo acababa de morder. Una hora después, había muerto.

Ali Khan Samsudin (1958-2006) fue conocido como el «rey serpiente de Malasia», título periodístico que se ganó tras convivir con cuatrocientas cobras, doce horas al día durante cuarenta días, en una pequeña habitación a comienzos de los años noventa. También se ganó el de «rey escorpión» tras encerrarse en una caja de cristal con seis mil escorpiones durante veintiún días en 1998. Sin embargo, Ali Khan murió el 1 de diciembre de 2006, tras ser mordido por una serpiente cobra.

No obstante, el hombre que tiene el récord Guinness de más tiempo pasado encerrado con serpientes en un contenedor es el tailandés Boonreung Buachan (1969-2004), que fijó el récord en 1998 tras permanecer en una caja de cristal con serpientes durante siete días seguidos. Buachan murió el 24 de marzo de 2004 tras ser mordido por una cobra durante su espectáculo diario en Prai Bung, Tailandia.

Antes de enviar al primer hombre al espacio, era preciso conocer cuáles eran los efectos de la aceleración y la desaceleración extremas sobre el cuerpo humano, por lo que los científicos de la NASA desarrollaron unos trineos impulsados por cohetes que podían alcanzar 643 kilómetros/hora y después frenar abruptamente. Los primeros ensayos produjeron daños cerebrales en los chimpancés que fueron empleados. Pese a ese precedente, a partir de 1954, un voluntario, el coronel John Stapp (1910-1999), de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, soportó agotadoras pruebas sometiendo su cuerpo a fuerzas equivalentes a treinta y cinco veces la de la gravedad, llegando también a alcanzar un récord de velocidad de mil diecisiete kilómetros/hora. Durante estos experimentos, padeció contusiones, varias costillas rotas, una muñeca fracturada en dos ocasiones, pérdida de empastes dentales y rotura de vasos sanguíneos en ambos ojos, que acabaron afectando de forma crónica su vista. No obstante, vivió hasta los ochenta y nueve años.

El ciudadano cubano Armando Socarrás Ramírez huyó de la isla caribeña el 4 de junio de 1969 escondido en el compartimento no presurizado del tren de aterrizaje de un avión DC-8. En tan incómodo y peligroso habitáculo se mantuvo desde su partida en el aeropuerto de La Habana unos nueve mil kilómetros hasta llegar, inconsciente y con síntomas de congelación, al aeropuerto de Madrid-Barajas. No era el primero ni fue el último en intentar este desesperado medio de evasión, pero sí fue el primero y el único que logró sobrevivir a tal experiencia, soportando la presión, el intensísimo frío y la rarificación del aire a las alturas en que vuelan los aviones comerciales transoceánicos. De hecho, realizó el viaje junto a otro compañero de aventura, Jorge Pérez, que desgraciadamente cayó al vacío en la maniobra de aproximación del avión al aeropuerto madrileño.

Tres días después de regresar de un viaje por Sudamérica, la mujer del escritor William Burroughs (1914-1997), Joan Vollmer (1923-1951), sostenía en equilibrio un vaso alto lleno de agua sobre su cabeza mientras su marido le apuntaba con una pistola, rememorando ambos en tono jocoso la famosa anécdota de Guillermo Tell. Cuando Burroughs disparó, la bala se dirigió directamente hacia la mujer, que falleció poco después de una herida en el cráneo, a los veintiocho años. Su muerte fue calificada de homicidio involuntario tras la investigación de la Policía mexicana, que se vio dificultada por las versiones contradictorias del escritor. Inicialmente, sostuvo que disparó accidentalmente a su mujer durante un juego a lo Guillermo Tell, pero luego cambió su relato, posiblemente aconsejado por su abogado mexicano, Bernabé Jurado. En su declaración en el juicio, Burroughs adujo haber disparado accidentalmente el arma mientras intentaba vendérsela a un conocido. Burroughs permaneció en la cárcel unas semanas, antes de que su hermano consiguiera su libertad condicional, empleando fuertes sumas de dinero en supuestas «costas legales». Finalmente, el escritor escapó a Estados Unidos. Juzgado y condenado en ausencia, fue sentenciado por homicidio involuntario a dos años de prisión, en sentencia suspendida.

El 24 de noviembre de 1971, un hombre que se identificó como Dan Cooper (y luego fue identificado como D. B. Cooper) abordó un avión Boeing 727 de la Northwest Orient Airlines en Portland. En mitad del vuelo, el hombre expuso sus exigencias: quería doscientos mil dólares y cuatro paracaídas, so pena de hacer explotar la aeronave. Se le explicó que, por muy buenas razones, los aviones comerciales no llevan paracaídas. Cooper insistió. Se le ofreció aterrizar en Seattle, Washington, para conseguir el dinero y los paracaídas, siempre y cuando él dejase desembarcar a los demás pasajeros. El terrorista accedió. Una vez más en el aire, el hombre pidió que le explicaran cómo abrir la puerta de popa, y luego exigió a la azafata que saliera de la cabina de pasajeros. Cuando el avión aterrizó en Reno, la escotilla estaba abierta y tanto Cooper como el dinero habían desaparecido. Fuera del avión rugía una tormenta tremebunda: la temperatura era de cincuenta y un grados bajo cero, Cooper había saltado provisto sólo de su ropa de calle y el avión sobrevolaba en ese momento un bosque helado en medio de la noche. La investigación oficial del FBI dictaminó que Cooper tuvo que haberse congelado mientras caía en medio de la tormenta colgado de su paracaídas y vestido con apenas un traje. Si no fue así, cayó en el bosque o al río Columbia, de modo que murió por ahogamiento, frío o hambre, porque las únicas provisiones que llevaba eran una bolsa de cacahuetes, gentileza de la Northwest Orient Airlines que, como todas las compañías aéreas, no se puede decir que sea muy espléndida con los tentempiés. Algún día se encontrará su cadáver.

Karl Wallenda (1905-1978) fue el fundador de The Flying Wallendas, una troupe de funambulistas que hicieron famoso un acto temerario de circo con acrobacias que desafiaban a la muerte sin ningún medio de seguridad. El espectáculo de este equilibrista alemán consistía en una pirámide de cuatro personas en bicicleta en lo alto del alambre. El 18 de julio de 1970, a los sesenta y cinco años de edad, realizó la proeza de cruzar un cable tendido sobre la Quebrada de Tallulah, un desfiladero formado por el río Tallulah en Georgia, ante unas treinta mil personas. Lamentablemente, en 1978, cuando ya tenía setenta y tres años, intentó cruzar entre las dos torres de dos pisos del Hotel Condado Plaza, de San Juan de Puerto Rico, sobre un cable a treinta y siete metros del suelo. Unos fuertes vientos de unos cuarenta y ocho kilómetros por hora propiciaron el desenlace fatal, su muerte instantánea.

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Al año siguiente Rick Wallenda, su nieto, repitió el espectáculo, esta vez con total éxito.

En 1978, el piloto comercial Melbourne A. McBroom, a los mandos de un avión que estaba en plena maniobra de aproximación al aeropuerto de la ciudad de Portland, Oregón, notó que existía un problema con el tren de aterrizaje, por lo que decidió sobrevolar el aeropuerto mientras buscaba una solución. McBroom, conocido por su mal carácter, era temido por su tripulación… tanto era así que ni siquiera el copiloto se atrevió a decirle que se acababa el combustible al verlo tan ensimismado solucionando el problema con el tren de aterrizaje. El avión se estrelló por falta de combustible y diez personas murieron.

El infeliz muchacho austriaco Andreas Mihavecz, entonces de dieciocho años, fue detenido por la policía al viajar como pasajero en un coche que causó un grave accidente el 1 de abril de 1979. Tras su detención, fue recluido y abandonado en una celda del edificio del ayuntamiento de la localidad austriaca de Höchst. Diecisiete días después, el 18 de abril, alguien recordó por fin al detenido, que fue rescatado de la celda al borde de la muerte por inanición. Este suceso, además de suponer todo un récord de flagrante injusticia, es considerado también como el caso de ayuno total (sólido y líquido) más prolongado, en que el autor no muriese, que ha quedado registrado fehacientemente. Ninguno de sus tres captores, los agentes Markus Weber, Heinz Ceheter y Erwin Schneider, se interesó por su suerte, creyendo que ya se habían ocupado sus compañeros y llegando incluso a ignorar las súplicas de la preocupada madre. Mihavecz sobrevivió chupando la humedad de las paredes de su celda. Se dice que perdió veintitrés kilos de peso y que necesitó varios meses para recuperar su salud. En el juicio penal a que se sometió a los policías que le habían detenido, los tres se echaron mutuamente la culpa. Al final, fueron condenados a pagarle una ridícula compensación de cuatro mil marcos alemanes. Sin embargo, dos años después, un juicio por lo civil concedió a Mihavecz doscientos cincuenta mil chelines austriacos, equivalentes a unos diecinueve mil euros.

Rick Rojatt fue un daredevil, un especialista que no dudaba en poner en riesgo su vida en exhibiciones ante el público. En alguna ocasión se propuso saltar veintisiete autobuses pilotando una moto propulsada por cohetes y lo consiguió, pero en el siguiente intento, cuando pretendía saltar nada menos que treinta y seis autobuses, un error de cálculo le hizo caer en la rampa de llegada, rompiéndose sólo, a pesar de lo aparatoso del accidente, un tobillo. Rojatt, que durante sus exhibiciones aparecía con uniforme y la cara enmascarada, hizo que su fama saltara del mundo real al del cómic, pues en él están basadas las aventuras del Hombre mosca, publicadas por la editorial Marvel entre los años 1977 y 1979.

Al llegar por la mañana temprano, los asistentes a la Universidad Johnson C. Smith en Charlotte, Alabama, encontraron una máquina dispensadora de refrescos de Coca-Cola caída y a un infortunado joven aplastado bajo ella. Según se dedujo, el hombre había golpeado y sacudido la máquina, presumiblemente para sacarle una bebida por la cara, hasta que consiguió desestabilizarla y hacer que el armatoste de trescientos cincuenta kilogramos le cayera encima, aplastándolo. Según la policía e informes del depósito de cadáveres, el caballero en cuestión tenía en el bolsillo unos tres dólares en monedas y veinticinco en billetes.

La señora Pang Ok-Ryo, una surcoreana de cincuenta y tres años, murió presuntamente de extenuación mientras rezaba para que su hijo tuviera suerte en el examen de acceso a la universidad. Entró en un centro de rezo en Uijongbu, cerca de Seúl, el 15 de noviembre de 1981 y no comió nada hasta que murió diez días después. No hay registro del resultado del examen de su hijo.

En 1982, un joven de veintisiete años llamado David Grundman y su compañero de cuarto decidieron salir al desierto a cortar cactus a base de disparos cerca del lago Pleasant, Arizona. El primero fue un cactus pequeño, que cayó al primer disparo. Envalentonado por su éxito, la siguiente presa de Grundman fue un enorme cactus saguaro, de unos ocho metros de altura y probablemente cien años de edad. El disparo arrancó un gran pedazo e hizo que el cactus se viniera abajo, cayendo sobre Grundman, que murió.

En septiembre de 1987, dos hombres entraron en una clínica médica abandonada en Guainía, Brasil, y robaron lo que ellos pensaban que era un recipiente con un valioso equipo dentro. Al cabo de un día, ambos tuvieron vómitos. La diarrea y los mareos les golpearon al día siguiente. Sin saberlo, habían sustraído residuos altamente radiactivos, usados para tratar pacientes con cáncer. El chatarrero Devair Ferreira, que compró el recipiente, estaba intrigado por el resplandor azul que emitía en la oscuridad e invitó a amigos y familiares a que admirasen el brillo que emitía. Tocaron el polvo y lo untaron en sus cuerpos, como brillo de carnaval, tomando restos de cloruro de cesio radiactivo. Al mes, la esposa de Ferreira, su sobrina de seis años y dos de sus empleados habían muerto por el síndrome de radiación aguda. En total, doscientas cuarenta y nueve personas fueron contaminadas. La dosis de radiación, que se mide en sieverts, se calcula teniendo en cuenta el tipo de radiación y el área del cuerpo que ha sido irradiada. Todas las víctimas mortales recibieron entre 4,5 y 6 sieverts en cuestión de días. Eso es una gran dosis si tenemos en cuenta que cada año recibimos un promedio de 2,4 milisieverts de fuentes naturales como el radón. El umbral de la muerte es de alrededor de dos sieverts, y la muerte es muy probable a los seis sieverts, aunque Ferreira recibió siete y sobrevivió. Murió en 1994 como consecuencia de una cirrosis hepática alcohólica. Nadie sabe con certeza por qué Ferreira sobrevivió a la radiación. La explicación más probable es que pasó más tiempo fuera de la casa que su esposa, lo que dio a las células de su cuerpo tiempo para reparar en parte el daño causado.

El 5 de abril de 1988, Iván Lester McGuire, de treinta y cinco años, un experimentado paracaidista con más de ochocientos saltos de experiencia, estaba grabando una lección privada dada por un instructor a un principiante. Para la grabación, se había fijado la cámara a su casco para tener las manos libres, y se había colgado a la espalda una gran batería con energía suficiente para poder tener una grabación del día completo. Los tres, el instructor, el principiante y McGuire, subieron al avión. Mientras el instructor daba entusiasmado las lecciones preparatorias para el salto y el avión subía, McGuire documentó con la cámara de su casco cada detalle para que la grabación quedara lo mejor posible. Cuando llegaron a los tres mil quinientos metros de altura, McGuire saltó desde la parte de atrás del avión para filmar al estudiante y al instructor saltar desde la parte delantera del avión. Una vez el instructor y el estudiante tiraron de la anilla, McGuire se percató de que había estado tan centrado en el salto que había olvidado por completo ponerse el paracaídas, posiblemente por haberlo confundido fatalmente con la batería que llevaba a sus espaldas. El cuerpo de McGuire se encontró a algo más de dos kilómetros del aeródromo de donde había salido su avión. En los restos recuperados de la grabación, se pudo ver cómo tanto el instructor como el estudiante eran grabados en caída libre, hasta que tiraban del cordón para activar el paracaídas, alejándose rápidamente de la cámara. Después, se puede ver cómo la mano de Iván busca su propio cordón, pero no consigue encontrarlo. La historia fue confirmada por periodistas de United Press, Associated Press y el Washington Post.

El 3 de febrero de 1990, un ladrón poco experimentado de Renton, Washington, trató de cometer un asalto a una tienda. Probablemente se trataba de su primera vez dado que no tenía antecedentes de crímenes violentos y debido a las decisiones estúpidas que tomó: el objetivo fue H&J Leather & Firearms, un negocio que vende armas, que estaba lleno de clientes, en un estado donde un número considerable de la población adulta tiene licencia para llevar pistola de mano en lugares públicos; para poder entrar al local, el ladrón tuvo que rodear un auto de policía estacionado frente a la puerta; un agente de policía uniformado estaba de pie frente al mostrador tomando café antes de entrar de servicio. Al ver al agente de policía, el presunto ladrón anunció el asalto y disparó un par de veces al aire. El policía y un empleado respondieron a los disparos inmediatamente, matándolo. Nadie más fue herido.

08-11.jpgEl mago escapista Joseph W. Burrus (1958-1990) murió el 30 de octubre de 1990 mientras intentaba ser sepultado vivo. Estaba dentro de una caja de acrílico que él mismo construyó. Metieron la caja en una tumba y la empezaron a llenar con siete toneladas de cemento. Llegó un punto en el que los espectadores se dieron cuenta de que el cemento había roto la caja de acrílico. Cuando lo sacaron, ya había muerto.

Esta extraordinaria y sorprendentemente fotografía de un partido de tenis jugado en las alas de un biplano fue tomada el 25 de octubre de 1925. Un irrepetible momento, cuya contemplación sugiere una inquietante pregunta: ¿había recogepelotas en tan singular partido?

Esta es la historia de un tipo que estaba un poco abatido por una reciente pelea con una novia y decidió que necesitaba un poco de aire fresco para aclarar su cabeza. Pensó en subir a una torre. Procedió a escalar una al sur de Hartford al lado de la carretera I-91. Antes de llegar a ella, decidió detenerse para comprar un pack de seis botellas de cerveza que le ayudaran a despejar sus pensamientos. Así que nuestro candidato al Premio Darwin se sentó veinte metros por encima de la carretera, bebiendo su cerveza y consolando su dañado ego. Nuestro amigo llevaba cinco cervezas cuando se dio cuenta de que necesitaba un servicio de caballeros. Había un largo camino de bajada, así que se bajó la cremallera y decidió hacer sus necesidades hacia fuera de la torre. La electricidad es una cosa divertida. No necesitas tocar un cable para electrocutarte. En estas líneas de ciento quince mil voltios, dependiendo de las condiciones, se puede estar a una distancia de quince centímetros y aun así resultar electrocutado. Pues bien, nuestro amigo procedió a orinar cerca del cable, la corriente formó un arco con su orina (el agua salada es un excelente conductor de la electricidad), alcanzó sus partes pudentas y lo arrojó fuera de la torre.

Steven Hill Epperson, de treinta y seis años, se metió el pez tropical de un amigo, de quince centímetros, dentro de su boca como broma y el animal quedó obstruido en su garganta. Cuando llegó al hospital Sunday estaba clínicamente muerto. «Colocó el pez Jack Dempsey dentro de su boca en casa de su amigo y se le encajó en sus vías aéreas», dijo el forense.

En diciembre de 1992, el Hickory Daily Record informaba de que Ken Barger, vecino de la localidad de Newton, en Carolina del Norte, de cuarenta y siete años, murió al dispararse accidentalmente cuando, al despertarlo el sonido del teléfono al lado de su cama, trató de descolgarlo, pero, en vez de eso, aturdido, cogió por error una Smith & Wesson .38 Especial, que descargó un tiro cuando Ken se la acercó al oído.

Darse a conocer en Nueva York era el verdadero pasaporte a la fama y el dinero para muchos artistas que poblaron aquella gran ciudad, buscando la actividad o la iniciativa que los catapultara al éxito.
El 9 de julio de 1993, en un rascacielos del centro de la ciudad de Toronto, el abogado Garry Hoy (1955-1993), del bufete Holden Day Wilson de esta ciudad canadiense, guiaba la visita de unos estudiantes por el complejo en que tenía la sede su empresa, cuando intentó demostrarles la increíble resistencia de los cristales que forman la cubierta exterior del edificio.

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En su primera demostración, el cristal, efectivamente no sufrió daño alguno. Esto envalentonó al abogado, que se decidió a hacer una segunda demostración aún más dramatizada. Para ello, tomó cuanta carrerilla pudo y se lanzó, con el hombro por delante, contra el cristal irrompible. Y, efectivamente este, que lo era, demostró su gran resistencia. Pero con lo que no había contado fue con que el cristal se saliese de cuajo del cerco de la ventana y se precipitara al vacío de veinticuatro pisos, con el atónito e incauto abogado tras él. Garry, de treinta y ocho años de edad, que además era también un ingeniero titulado y que, dentro de la abogacía, se había especializado en temas de seguridad en el trabajo, cayó al patio interior de la torre del Banco de Toronto y, lógicamente, murió en el acto.

En agosto de 1995, seis personas se ahogaron mientras trataban de rescatar una gallina que se había caído en un pozo en el sur de Egipto. Un joven campesino de dieciocho años fue el primero en bajar al pozo de veinte metros de profundidad con la intención de rescatar al ave. Se ahogó, aparentemente después de que la resaca lo sumergiese en las profundidades del pozo, dijo la policía. Sus tres hermanos (dos hombres y una mujer), ninguno de los cuales sabía nadar bien, bajaron uno por uno para tratar de ayudar a los demás y también se fueron ahogando uno tras otro. Luego llegaron a la carrera dos campesinos más a apoyar, pero también ellos fueron víctimas de la resaca. Los cuerpos de los seis fueron sacados más tarde del pozo de Nazlat Imara, al sur de El Cairo. También sacaron a la gallina. Esta última había sobrevivido.

Brian McArdle, de veintisiete años, descansaba muy al borde de uno de los andenes de la estación ferroviaria de Burlingame, California, pero no se preocupó al ver que se acercaba un tren. Simplemente, pensó que el tren pasaría sin tocarlo. Pero sí lo hizo.

Dos universitarios de Houston fueron arrollados por un tren el 28 de marzo de 1997. Habían colocado unas monedas sobre las vías del ferrocarril para ver qué les ocurría al pasar el tren sobre ellas. Tras colocar las monedas en la vía, se alejaron para ver desde una «distancia segura» cómo pasaba el tren que se acercaba. Desgraciadamente, se alejaron y esperaron sobre otras vías por las que llegaba otro tren en dirección contraria, que se los llevó por delante.

Todos sabemos de la dificultad intrínseca que la gran fotografía paisajística entraña, pero lo que quizás no sabíamos eran los riesgos extremos que toman algunos fotógrafos para conseguir su fotografía soñada.

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El 1 de octubre de 1989, E. Frenkel, un parapsicólogo y curandero mentalista ruso, sintió que había recogido la suficiente energía psicobiológica como para parar un tren. De hecho, estaba tan convencido que intentó demostrarlo. «Primero empecé parando bicicletas y coches, y luego un tranvía… Ahora voy a parar un tren. […] Sólo en el improbable caso de grave amenaza para mi organismo recurriré a todo mi poder». Dicho y hecho, cerca de Astrakán, bien visible con una camisa blanca, Frenkel se plantó sobre las vías, frente a un tren en marcha que se acercaba amenazadoramente, según dijeron después los testigos, «con los brazos levantados, la cabeza baja y el cuerpo tenso». Ni que decir tiene que no logró detener el tren. Ni siquiera lo frenó un poco.

El francés Alain Robert (1962), mejor conocido como The Spiderman, «El Hombre Araña», estableció un nuevo récord mundial al escalar la torre del grupo Total Fina Elf, en la zona parisiense de La Defense, cuyos muros son cristales de espejo sostenidos por una estructura de acero. Aunque el edificio tiene sólo ciento ochenta metros de altura, el diminuto escalador (mide 1,63 metros y pesa sólo cincuenta kilos) lo subió rodeándolo, por lo que su escalada fue de seiscientos metros en total. Policías, bomberos y servicios de urgencia médica aparecieron en la escena, pero 08-14.jpgninguno interrumpió al deportista. «Aunque quisiéramos intervenir, no tenemos la habilidad suficiente para alcanzarlo. Además, no hace nada ilegal, ya que la ley no prevé nada en relación a un alpinista que escala edificios», comentó uno de los guardias. Cuando llegó a la cúspide, tras una hora y cuarto de ascensión, The Spiderman llamó a su esposa a través de un teléfono móvil para comunicarle su éxito. Acompañado por la Policía, descendió por el ascensor. En la foto, Robert escala el edificio Etisalat de Abu Dhabi en 2005, de ciento sesenta metros.

En Berkeley Springs, Virginia Occidental, David Flannery, de veintidós años, ganó a título póstumo a un amigo en una viril competición del tipo «cobarde quien aguante menos en la vía mientras se aproxima el tren». Exactamente igual fue el final de Patrick Stiff (o Still), integrante de un grupo de amigos que competían entre sí a ver quién era el último en apartarse de la vía del tren. Ese día el ganador fue él… pero también a título póstumo.

En mayo de 1998, Heath Hess fue arrollado por el tren en Hornell, Nueva York. No oyó el pitido de la locomotora que se acercaba porque estaba hablando por su teléfono móvil, caminando sobre las vías, mientras se tapaba el otro oído para bloquear el ruido que no le permitía oír bien.

En 1997, Santiago Alvarado, de veinticuatro años, murió en febrero en Lompoc, California, cuando cayó de bruces desde el techo de una tienda de bicicletas donde estaba tratando de entrar para robar. La causa directa de su muerte fue la linterna que llevaba mordida en la boca para tener las manos libres y que, con la caída, se le incrustó en la base del cráneo al golpear contra el suelo.

En 1997, Daniel Jones, de veintiún años de edad, residente de Woodbridge, Virginia, murió en la playa de Outer Banks, de la localidad de Buxton, Carolina del Norte, cuando el hoyo de 2,5 metros de profundidad que había estado cavando las horas anteriores se derrumbó con él sentado dentro. La gente que se encontraba en la playa en ese momento dijo que había excavado el hoyo por diversión, o para protegerse del viento, y que estaba sentado tranquilamente en la silla plegable en el fondo del hoyo cuando este se hundió, enterrándolo bajo casi dos metros de arena. Los testigos trataron de ayudarle desenterrándolo con palas y con las propias manos, pero no fueron capaces de llegar hasta él. Operarios del servicio de rescate tuvieron que utilizar equipo pesado durante casi una hora para liberarlo, aunque ya era tarde.

08-15.jpgLa mañana del 11 de noviembre de 1997, dos buenos amigos, de veintisiete y cuarenta y un años de edad y residentes en Whitney, al norte de Waco, Texas, hicieron lo que solían hacer por diversión cada vez que se encontraban en las carreteras y caminos rurales desiertos: dirigían a toda velocidad sus vehículos uno directamente contra el otro para ver quién «se rajaba antes». Esa mañana ambos amigos chocaron a unos ciento diez kilómetros por hora. El más joven se salvó porque se había puesto el cinturón de seguridad; el otro no se lo había abrochado y murió instantáneamente.

Dan Osman (1963-1998) es considerado el escalador más talentoso y temerario de la historia, tanto que su pasión le costaría la vida cuando, al saltar desde un risco atado a una soga gastada y deteriorada, su peso terminó partiéndola y lanzándolo al vacío. Osman fue famoso no sólo por su habilidad a la hora de escalar rocas y saltar al vacío desde varios cientos de metros a sólo centímetros de la pared vertical de una montaña, sino también por su excéntrico modo de vida. Por ejemplo, vivía en una sofisticada casa construida en un árbol en medio de un bosque perteneciente a un parque nacional.

Sylvester Briddell Jr., de veintiséis años de edad, se mató en febrero de 1997 en Selbyville, Delaware, mientras ganaba una apuesta a sus amigos, que habían afirmado que no se atrevería a meterse un revólver cargado con cuatro balas en la boca y apretar el gatillo.

08-16.jpgSegún informó la Agencia Reuters en 1996, un campesino polaco, Kristof Azninski, de treinta años, había estado bebiendo con amigos cuando alguien sugirió que se desnudaran y compitieran entre sí a ver quién era «más hombre». Comenzaron por golpearse uno a otro en la cabeza con carámbanos de hielo. La cosa fue subiendo de tono, hasta que uno de ellos tomó una motosierra y, sin más, se cortó la punta del pie. No queriendo quedarse atrás, Azninski tomó la sierra y gritó: « ¡Vale, vais a ver!», mientras giraba la sierra eléctrica hacia su propio cuello y cortaba. «Es raro —dijo a la prensa uno de los que compitió contra él— porque, cuando era joven, a Kristof le gustaba ponerse la ropa interior de su hermana. Pero murió como un hombre».

El físico, inventor y pionero del paracaidismo francés Louis-Sébastien Lenormand (1757-1837) es considerado el primer ser humano que consiguió descender de un modo controlado con un paracaídas, palabra que, por cierto, él mismo acuñó. Tras ensayar dando saltos desde un árbol con la ayuda de dos paraguas modificados, Lenormand perfeccionó su prototipo y, el 26 de diciembre de 1783, saltó desde la torre del observatorio astronómico de Montpellier, ante una multitud (entre la que estaba Joseph Montgolfier, el futuro inventor del globo aerostático), utilizando un paracaídas de unos cuatro metros de diámetro con estructura rígida de madera y forma de paraguas. Su objetivo declarado era inventar un método para que los afectados por un incendio pudiesen saltar del edificio en llamas y escapar de la muerte segura. Tras su demostración pública, Lenormand concentró todos sus esfuerzos en establecer la base científica de su invento. A tal fin, primero tomó los hábitos y se convirtió en un monje cartujo, instalándose en el monasterio de Saïx, lo que le permitió continuar libremente con sus estudios profanos. Al renunciar a su condición monacal y contraer matrimonio durante la Revolución Francesa, se mudó a Albi para enseñar tecnología en un colegio fundado por su suegro. En 1803, se trasladó a París, donde obtuvo un trabajo en la oficina de impuestos, adscrita al Ministerio de Hacienda. En aquel tiempo, Lenormand comenzó a publicar en diversas revistas tecnológicas, a la par que registraba numerosos inventos, entre ellos un bote a pedales, un reloj (instalado con éxito en la Ópera de París) y un sistema de alumbrado público. Cuando fue despedido de su trabajo en 1815, Lenormand se volcó en la edición de diversas revistas y publicaciones tecnológicas, incluido un diccionario tecnológico en veinte volúmenes, que publicó entre 1822 y 1837. En 1830, regresó a Saïx, renunció a su matrimonio y reanudó hasta su muerte su vida monacal como «Hermano Crisóstomo».

Un muchacho suizo de diecisiete años se mató en la estación de ferrocarril de Siebnen-Wangen, en el cantón Schwyz, durante la tarde del 27 de abril de 1997. Se electrocutó al subirse al techo de un tren y agarrarse a los cables eléctricos. Quería probar a un amigo que, durante la noche, no había corriente en los cables eléctricos del ferrocarril porque la cortaban. Pero no era así.

En julio de 1998, un estadounidense de veintiocho años se ahogó en Mount Clemens, Michigan, en una piscina de un complejo de apartamentos mientras ganaba una competición entre amigos sobre quién podía aguantar bajo el agua sin respirar más tiempo. Obviamente, ganó. Pero no le sirvió de mucho.

El ingeniero industrial alemán Otto Lilienthal (1848-1896) fue uno de los pioneros en el estudio del vuelo. Las fotografías de sus ensayos se difundieron internacionalmente e influyeron en la opinión pública y científica sobre la posibilidad de que una máquina para volar llegase a ser una realidad plausible tras tanta fantasía ociosa y tan poco desarrollo científico. Experimentó, a menudo acompañado por su hermano Gustav, con planeadores que se adaptaban a los movimientos del cuerpo del piloto y que hacía volar lanzándose, casi siempre, desde una colina artificial que él mismo construyó cerca de Berlín.

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Sus primeros diseños fueron planeadores monoplanos; más tarde diseñó y construyó naves con otras configuraciones, como biplanos, alas en tándem, alas batientes y alas plegables. Lilienthal hizo investigaciones básicas en la descripción exacta del vuelo de los pájaros, especialmente de las cigüeñas, y usó diagramas polares para describir la aerodinámica de sus alas. Ayudó así a probar que el vuelo de objetos más pesados que el aire era posible sin el batir de las alas. Fruto de sus estudios y de sus más de dos mil vuelos fueron varias publicaciones, entre ellas su famosa El vuelo de los pájaros como base de la aviación (1888). Lilienthal también ideó un motor pequeño (más seguro que cualquier otro de la época), que funcionó en un sistema de calderas tubulares. Fundó una compañía de calderas y máquinas de vapor y obtuvo veinticinco patentes, una de ellas para una máquina usada en la minería y cuatro relacionadas con la aeronáutica. Esto le dio libertad económica para dejar su trabajo y centrarse en la aviación. El 9 de agosto de 1896 sufrió un grave accidente con su primera versión de planeador, el Derwitzer, precipitándose desde diecisiete metros de altura y rompiéndose la columna vertebral. Falleció al día siguiente en una clínica de Berlín y sus últimas palabras fueron: «¡Es necesario que haya sacrificios!».

El 30 de septiembre de 1998, William S. Burress, un estadounidense de cuarenta y nueve años, residente en la ciudad de Cincinnati, murió pocos días después de haberse deslizado por una cuerda desde una ventana del segundo piso de la cárcel del condado de Hamilton, donde estaba detenido bajo cargos de robo. La cuerda de seis metros que Burress se había confeccionado con sábanas se cortó en dos, haciéndolo caer bruscamente al pavimento. Un empleado de la cárcel dijo que oyó un ruido fuerte en la calle y alguien que gemía.

08-18.jpgEn 1912, el prestigioso sastre austriaco afincado en París Franz Reichelt (1879-1912) inventó una capa (más bien una especie de abrigo-paracaídas inspirado en los diseños de Leonardo da Vinci) con la que, aseguró, sería capaz de volar como un murciélago. Para demostrarlo, pidió autorización para lanzarse con ella desde la Torre Eiffel, a doscientos setenta y cuatro metros de altura. Los propietarios de la torre le dieron permiso a regañadientes, imponiendo la doble condición de que Reichelt consiguiera también el permiso de la Policía y de que firmara una renuncia a sus derechos, absolviéndolos de antemano de toda responsabilidad. La Policía dio la autorización para que Reichelt utilizara en la prueba un muñeco, pero, en el último minuto, el sastre-inventor decidió probar su capa por sí mismo. A las siete en punto de la mañana del 4 de febrero de 1912, el sastre, acompañado de un grupo de animadores y de fotógrafos de prensa, subió hasta la primera plataforma, se colocó sobre el borde de la barandilla y, en el último acto de su vida, se lanzó al vacío, confiado en poder escapar de la muerte. Reichelt esperaba que curiosos y periodistas midieran la duración de su vuelo. En lugar de ello, midieron la profundidad del agujero en el suelo que produjo su desafortunado salto. Además, un equipo de filmación registró el fatal acontecimiento. Según la autopsia, no murió del golpe sino de un ataque al corazón antes de tocar el suelo. Murió persiguiendo su sueño, pero tal vez le hubiera bastado saber que un año antes (en 1911) el italiano Joseph Pino había diseñado y probado con éxito el paracaídas para pilotos de aviación, y que, muchos años antes, en 1797, André Garnerin (1769-1823) había realizado muchos saltos, entre ellos uno de dos mil quinientos metros de altura sobre Londres con un paracaídas con campana de seda de unos siete metros de diámetro.

08-19.jpgSegún la leyenda, Wan Hu, funcionario imperial chino al servicio de la dinastía Ming en el siglo XVI, decidió aprovechar los grandes conocimientos chinos en materia de cohetes y juegos pirotécnicos para autopropulsarse al espacio exterior. De hecho, su historia se tiene por el primer registro de un cohete en la historia y muchos lo consideran, a manera honorífica, como el «primer astronauta». El día de su despegue, Wan se subió a su silla y cuarenta y siete sirvientes encendieron los cohetes. Hubo una gran explosión. Cuando el humo se disipó, Wan y la silla ya no estaban, y nadie los volvió a ver. Aunque se sospecha, no se sabe si tuvo o no éxito.

El piloto de carreras e ingeniero galés John Godfrey Parry Thomas (1884-1927), acuciado por su fuerte deseo de recuperar el récord mundial de velocidad terrestre, un título que le había arrebatado Malcolm Campbell, decidió diseñar y construir un tipo especial de vehículo que le permitiera cumplir su sueño.
Su invención fue un coche al que llamó Babs [en la foto, el prototipo de 1926], que tenía muchas modificaciones, como cadenas expuestas que conectaban el motor con las ruedas y otro motor auxiliar que requería que el conductor inclinara la cabeza hacia el lado derecho.

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Durante su intento de recuperar su título, la cadena de transmisión derecha se rompió a una velocidad de doscientos setenta kilómetros por hora, voló hacia su cuello y lo decapitó parcialmente. Murió al instante.

En 1998, un soldado de veinticinco años de la base de Fort Huachuca, Arizona, intentó batir el récord mundial de altura alcanzada con un escupitajo. Tenía un nivel de alcohol en sangre de 0,14, un 75% por encima del límite legal para conducir en el estado de Arizona. El soldado decidió probar un nuevo modo de lanzamiento que él creía que le permitiría batir el récord en un balcón ubicado a 7,3 metros del suelo de cemento de la calle. Poniendo en práctica este nuevo método de «lanzamiento» de su invención, el soldado retrocedió hasta el interior de su habitación, tomó carrerilla, salió corriendo hasta topar con la barandilla del pasillo que daba paso a las habitaciones del barracón y bascular hacia adelante, escupiendo justo en el momento adecuado con todas sus fuerzas. En términos científicos lo que intentaba era aumentar el momento cinético de su saliva al comunicarle toda la inercia de su brusca parada contra la barandilla. Buscaba poner la Primera Ley de Newton a su servicio en su tentativa «atlética». Pero para calcular la inercia hay que ser inteligente, condición que esta vez fallaba. El soldado en cuestión no reparó en un pequeño detalle: no sería sólo su saliva la que saldría propulsada. Todo el momento cinético de todo su cuerpo sería el mismo que el de la saliva. El caso es que salió disparado por encima de la barandilla y se estrelló de cabeza contra el suelo y murió, al parecer, instantáneamente. Su récord no fue homologado.

Timothy Treadwell (1957-2003) fue un activista ecologista y un documentalista aficionado que adquirió notoriedad tras morir devorado por uno de los osos grizzly con los que había convivido durante trece veranos en el Parque Nacional de Katmai, en Alaska. En 2005, el cineasta Werner Herzog estrenó Grizzly Man, un documental acerca de la vida de Treadwell, que incluía varias de las grabaciones realizadas por él mismo durante su estancia en aquel remoto estado norteamericano. Treadwell murió el 5 de octubre de 2003 en compañía de su novia, Amie Huguenard. Ambos fueron devorados por uno o más osos grizzly. Sus cadáveres fueron descubiertos al día siguiente por Willy Fulton, el piloto que tenía el encargo de ir a recogerles. Parte de sus restos fueron encontrados en el lugar de la matanza y otros en el interior de uno de los osos que los devoró, el etiquetado como «oso 141», un macho de gran tamaño y que el propio Timothy consideraba, en sus grabaciones, como un animal peligroso y no precisamente amistoso. Este oso y otro más joven fueron abatidos a tiros por los guardabosques durante la operación de recuperación de los restos humanos. También se encontró una cámara de vídeo (con la tapa de la lente todavía puesta) que supuestamente había grabado seis minutos de audio correspondiente al ataque. En los ochenta y cinco años de existencia del Parque Nacional de Katmai, este fue el primer caso de ser humano muerto a garras de un oso.

El 15 de julio de 1999, tres jóvenes de Oklahoma disfrutaban de los festejos del Día de la Independencia y aparentemente quisieron encender algunos fuegos artificiales. El único problema fue el sitio que eligieron para hacerlo. Se pusieron encima de un tanque de destilación de combustible de más de cien mil litros. Como era casi de esperar, había una fuga minúscula y, al encenderse los juegos pirotécnicos, se produjo una deflagración que causó una bola de fuego visible desde varios kilómetros a la redonda. Sus cuerpos fueron encontrados a unos doscientos treinta metros de su ubicación anterior.

El 2 de septiembre de 1999, tres amigos tejanos estaban pescando en el lago Caddo cuando se desató una tormenta eléctrica. Todos los demás barcos se dirigieron inmediatamente hacia la costa, pero no el de los tres amigos. En vez de eso, sólo en la parte trasera de su botecito de aluminio, uno de los amigos, abogado para más señas, se puso de pie, alargó los brazos en cruz y gritó desafiante: «Aquí estoy, Dios, ¡dispara!». Los otros dos pasajeros del barquito sobrevivieron al rayo sólo con quemaduras menores.

El luchador profesional canadiense Owen Hart (1965-1999) murió antes de iniciarse un combate retransmitido por televisión y que le iba a enfrentar a «El Padrino» en lucha por el Campeonato Intercontinental. Lo planeado era que Owen hiciera su aparición en el ring descolgándose desde las vigas del techo del Kemper Arena embutido en un arnés de seguridad sujeto a una cadena, deslizándose por una especie de espectacular tirolina. 08-21.jpgDesgraciadamente, el pasador de seguridad se abrió y Owen cayó desde una altura de veinticuatro metros, golpeándose contra el suelo del ring con el pecho, lo que le provocó un corte traumático de la aorta, que hizo que sus pulmones se inundaran fatalmente de sangre. El accidente nunca llegó a verse por televisión ya que cuando Hart comenzó a descender, la WWF puso una entrevista a Hart anteriormente grabada, y cuando regresó la emisión en directo, las cámaras rápidamente se alejaron del ring para que los telespectadores no pudiesen ver lo que estaba pasando. Poco después, Jim Ross, uno de los comentaristas del evento, informó a la audiencia de que Hart había caído desde una de las vigas y que el incidente no era parte del programa, sino una situación real.

El croata Marko necesitaba limpiar su chimenea. Como ningún escobillón o deshollinador alcanzaba la longitud necesaria, pensó en utilizar un método nunca intentado hasta el momento: colgaría un escobillón del extremo de una cadena, a la que engancharía un peso a efectos de que bajara fácilmente por el tubo de la chimenea. Según sus cálculos bastaría con dejar caer todo el conjunto desde arriba y la chimenea quedaría limpia. Lo mejor que encontró para utilizar como peso fue un objeto sólido, compacto, pesado y contundente, ideal para los fines que se había propuesto: una granada rusa, remanente de la guerra civil que había devastado su país hasta poco tiempo antes. Un jueves a las cuatro y media de la tarde, Marko se puso manos a la obra: ató el deshollinador a la cadena y luego intentó adherir la granada al artefacto. Para ello encendió su máquina de soldadura eléctrica e intentó soldar la granada cargada de TNT al extremo metálico del escobillón. Como es 08-22.jpglógico, la explosión lo mató instantáneamente, arrojando letales cascotes en un radio de más de cien metros, con un alcance letal efectivo de entre treinta y cuarenta centímetros.

Hay muchas formas de jugarse la vida, y el fuego no es precisamente una de las más atractivas, aunque sí de las más vistosas, como demuestra esta foto de Luc Viatour realizada durante una exhibición pirotécnica, dentro del espectáculo Giant Auto Rodeo, en la localidad de Ciney, Bélgica.

Desde pequeño, el sueño del camionero de Los Ángeles Larry Walters (1949-1993) había sido volar. De hecho intentó ingresar en las Fuerzas Aéreas, pero fracasó debido a sus problemas de visión, así que, dado su escaso presupuesto, comenzó a investigar una manera casera y barata de lograrlo. Pronto llegó a la conclusión de que podía fabricarse su propio globo aerostático atando entre sí globos meteorológicos inflados con helio y uniéndolos a un vehículo de vuelo, por ejemplo, una de las sillas de su jardín. En 1982, compró cuarenta y cinco globos sonda meteorológicos de 10 m3 de capacidad y 1,22 metros de diámetro cada uno en una tienda de repuestos de la Marina, así como varias bombonas de gas helio, y se preparó para lo que sería, sin duda, la gran aventura de su vida. Una vez listo, Walters reunió a sus amigos para tan solemne ocasión y, desafiando al sentido común, tras un breve discurso, llevó a cabo los últimos preparativos. Tomó su confortable silla de jardín de aluminio y la ancló con una cuerda al parachoques de su camioneta todo terreno. Después ató los globos al armazón de la silla y los llenó con 450 m3 de helio. Luego, bautizó solemnemente su «silla voladora» con el ensoñador nombre de Inspiración I y se proveyó de los pertrechos que consideró necesarios para el viaje: una radio de veintisiete megaciclos, unas cuantas latas de cerveza, algunos sándwiches y un rifle de aire comprimido. Su plan era sobrevolar el valle a unos cómodos nueve metros de altura y, cuando se cansara, estallar algunos globos con su arma para ir descendiendo lentamente hasta la seguridad del suelo. Al cortar el cable, su «vehículo» comenzó a subir, y a subir…
08-23.jpgLos cálculos iniciales de Larry indicaban que la silla se detendría, como mucho, a unos treinta metros de altura aproximadamente; sin embargo, no lo hizo hasta alcanzar los cuatro mil ochocientos. Además, la silla no permaneció estacionaria sino que, como es lógico, fue arrastrada por el viento por todo Los Ángeles. A esa altura, Larry temía disparar a los globos y desequilibrar todo el conjunto, por lo que permaneció más de catorce horas volando. Pero el auténtico problema llegó cuando la silla no tuvo mejor idea que tomar la misma ruta aérea de aproximación y descenso de los aviones que se dirigen al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Inquietos, desde la torre de control del aeropuerto lograron contactar con Walters en el canal 9 de la frecuencia de 27 MHz, en la banda ciudadana de once metros de longitud de onda, un canal exclusivo para la Red Nacional de Emergencias. Como es natural, se le ordenó enfáticamente que descendiera, a lo que Walters respondió que ya le gustaría, pero que no tenía medios para hacerlo. Habían pasado catorce horas desde el inusual «despegue» y Walters estaba en un estado próximo a la hipotermia. Le costaba pensar con claridad, pero aún conservaba la lucidez suficiente como para no atreverse a disparar contra los globos que lo sustentaban. De pronto, dos reactores Douglas F4-D Phantom II de la Guardia Nacional aparecieron como por arte de magia frente a Larry y lo conminaron a descender. Con la poca paciencia que los caracteriza, los pilotos militares le informaron de que habían recibido órdenes de derribarlo si no cooperaba. Si no sabía cómo bajar, ellos lo ayudarían con los cuatro cañones automáticos de veinte milímetros que llevaba cada avión. Aterrado, Walters se decidió y prefirió correr el riesgo de disparar a los globos al de ser embestido por un caza militar o por un Jumbo comercial.
Pero el descenso no fue, tampoco, tan suave como él había planeado: se precipitó a toda velocidad hacia el suelo hasta que los globos se enredaron en una línea de alta tensión, cortando los cables. El apagón subsiguiente dejó a todo Long Beach sin luz durante veinte minutos. Cuando Larry consiguió desengancharse de la silla y bajar a tierra por una de las torres eléctricas, encontró a un ansioso destacamento del Departamento de Policía de Los Ángeles esperándolo con las esposas, que no los brazos, abiertas. Mientras se lo llevaban esposado, un periodista le acercó un micrófono y le preguntó: « ¿Por qué lo hizo?». Walters, ya recuperado del susto, respondió tranquilamente: « ¿Qué quieren? ¿Qué me pase toda la vida sentado en mi casa?».
Como era de esperar, puesto que no había habido ninguna desgracia personal, Walters se convirtió en un héroe en Los Ángeles. La Administración Aeronáutica local tardó meses en encontrar de qué acusarle, pero al final lo hizo y solicitó su procesamiento, condena y prisión. Larry salió del asunto con una multa de mil quinientos dólares y una reputación que lo persiguió el resto de su vida. No obstante, también batió con su descerebrada hazaña el récord mundial de altitud para formaciones de globos de helio, disfrutó de un breve periodo de fama, incluyendo apariciones en programas nocturnos y en un anuncio de relojes Timex. Sin embargo, once años después de su único vuelo, solo, pobre y desesperado, cayó en la cuenta de que su vida era un desastre y un fracaso. El 6 de octubre de 1993 se internó en un bosque con su escopeta, apoyó la culata en el suelo y la boca del cañón en su pecho y apretó el gatillo. Tenía sólo cuarenta y cuatro años.

En el aeropuerto de la ciudad filipina de Davao, un tipo del que sólo se ha llegado a conocer su nombre de pila, Augusto, subió a un avión de Philippine Air con destino a Manila. A mitad de vuelo, se colocó un pasamontañas (más bien un gorro de esquiar) y unas gafas de natación, sacó un arma y una granada que llevaba escondidas y anunció en voz alta que acababa de secuestrar el avión. Acto seguido, exigió que el aparato diese media vuelta y regresase a Davao. Los pilotos trataron de razonar con él, le mostraron los indicadores de combustible y le juraron que no disponían del suficiente como para volver. Su única alternativa era seguir hacia adelante y aterrizar en Manila. Vista la situación, el terrorista aceptó que el avión siguiese su vuelo hacia su destino inicial, pero rápidamente adaptó sus planes iniciales. El tal Augusto robó a todos los pasajeros y reunió un botín total de veinticinco mil dólares. Después, sin evidenciar miedo o nerviosismo algunos, ordenó al piloto que bajase a seis mil quinientos pies (unos dos mil metros) y que se estabilizase a esa altura. Augusto sacó entonces una bolsa que parecía una mochila. Le preguntaron de qué se trataba y respondió satisfecho que de un paracaídas que se había construido él mismo. Tras obligar a una de las azafatas a abrir la compuerta y despresurizar la cabina de pasajeros, se colocó su «paracaídas» a la espalda y trato de saltar al exterior. Sin embargo, sucedió algo con lo que no había contado: el viento de crucero era tan fuerte que el frustrado paracaidista, cada vez que trataba de saltar del avión, era impulsado de nuevo dentro. Como no podía salir, el desesperado secuestrador decidió suicidarse, llevándose a todos por delante: para ello, tiró de la anilla de seguridad de su granada pero, justo antes de que pudiera arrojarla dentro de la cabina, una de las azafatas, deseosa de ayudarlo, le dio una soberana patada en la parte más dolorosa de su anatomía varonil y lo envió, eso sí aullando, al vacío. Augusto cayó con el paracaídas cerrado y una granada a punto de explotar en la mano… Para conocer el final de esta historia, baste recordar que Augusto, el secuestrador, recibió el premio Darwin 2000 a la muerte más absurda de aquel año.

Cierto día, la Patrulla de Carreteras de Arizona tropezó con un montón de metal derretido empotrado en la ladera de un precipicio, junto a una curva de una carretera estatal. Los restos se parecían a los de un accidente aéreo, pero tenían aspecto de automóvil y, además, no se había informado de ningún accidente aéreo en la zona. Con ciertas dificultades, un laboratorio forense reconstruyó lo que allí había pasado. Parece ser que el conductor de un automóvil preparado había conseguido de alguna manera una unidad JATO (Jet Assisted Take Off; es decir, un cohete de combustible sólido) de las que se utilizan para dar una «empuje» extra a los aviones militares de transporte pesado para despegar en aeródromos cortos, y se la había instalado a su automóvil Chevrolet Impala. Luego lo condujo hasta una carretera del interior del desierto de Arizona, donde encontró un largo tramo recto. Entonces, conectó la unidad JATO a su coche, se sentó al volante, lo puso en marcha, cogió velocidad y encendió el dispositivo de motor a reacción… Los policías estimaron que el conductor encendió el cohete a una distancia de cinco kilómetros, aproximadamente, del lugar del choque, donde habían hallado unas claras huellas de derrape y asfalto quemado. El ingenio casero alcanzó el empuje máximo en menos de cinco segundos, con lo que el Chevy alcanzó velocidades de más de quinientos sesenta kilómetros por hora y continuó a máxima potencia durante unos veinte o veinticinco segundos adicionales. El conductor, que no era piloto, habría experimentado lo más parecido a las fuerzas gravitatorias que normalmente están reservadas a los pilotos de cazas. Aquel choque le provocó quedar inconsciente durante el resto del suceso. No obstante, siguió sobre la carretera durante aproximadamente cuatro kilómetros (quince o veinte segundos) antes de que el conductor pisara y quemara completamente los frenos, reventara los neumáticos y dejara marcas de goma sobre la superficie de la carretera. Llegó a volar durante otros 2,3 kilómetros, impactando en la ladera del precipicio a una altura de cuarenta metros, lo que dejó un cráter negro de casi un metro de profundidad en la roca. La mayor parte de los restos del conductor no se encontraron; no obstante, se extrajeron algunos fragmentos pequeños de hueso, dientes y cabellos del cráter y de una uña en un trozo de material que parecía ser un trozo del volante.

Un estadounidense de nombre de pila Michael, dueño de los Aserraderos Carrier de Bangor, Maine, tenía en su empresa una máquina trituradora de troncos, cuyo objeto era desmenuzar troncos de abedul o arce de hasta sesenta centímetros de diámetro para reducirlos a astillas de dos centímetros. La máquina había estado sufriendo problemas técnicos y no era raro que se atascase con la propia madera que tenía que astillar. El 1 de marzo del año 2000, se trabó una vez más. A Michael, desesperado, no se le ocurrió otra cosa que tratar de arreglarla, pero antes se le olvidó apagarla: se subió a la cinta transportadora que llevaba los troncos hasta la tolva de la trituradora; caminó haciendo equilibrio por ella; llegó hasta la tolva con un rastrillo en la mano e intentó desatascar con esa herramienta la corteza que obstruía el conducto… De pronto, los rodillos dentados se destrabaron y atraparon el rastrillo… Michael perdió el equilibrio y cayó de cabeza dentro del embudo.

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Otra forma de jugarse la vida con una actitud temeraria de larga tradición, sobre todo circense, es la de actuar cara al público interactuando con todo tipo de animales peligrosos. En este montaje vemos a varios artistas jugarse el cuello, en algunos casos de modo literal, con elefantes, leones y cocodrilos.

El galés Ronald Eynon, de cincuenta años de edad, murió después de sufrir graves quemaduras en gran parte de su cuerpo. Había ingresado en el Hospital Prince Philip, de la ciudad galesa de Llanelli, aquejado de una dolencia pulmonar. El médico anotó en el dictamen fallecimiento por accidente. En realidad, murió tras provocar una explosión al quitarse su máscara de oxígeno, no apagar el conducto y encender sin más miramientos un cigarrillo. Cuando falleció, un mes después del suceso, todavía fumaba.

El 2 de julio de 2005, Kenneth Pinyan, un ingeniero aeronáutico de Seattle de cuarenta y cinco años de edad, murió de peritonitis aguda a causa de las lesiones sufridas al dejarse sodomizar por un caballo en la ciudad de Enumclaw, Washington, acto sexual que estaba siendo grabado, cual era su costumbre, por uno de sus amigos. Por lo visto no era la primera vez, pero en esa ocasión no le salió bien. Para ahorrarse la vergüenza, tardó varias horas en ir al hospital y cuando llegó ya era demasiado tarde. Sufrió una perforación en el colon y luego murió debido a las heridas. El suyo fue un caso de amplia repercusión en todo Estados Unidos e hizo cambiar la ley en referencia a la zoofilia, que fue tipificada como delito en varios estados norteamericanos.

08-25.jpgEn 1909, George Went Hensley (1881-1955), un joven estadounidense que residía en el valle de Grasshopper, Tennessee, llegó a la conclusión de que las referencias de san Marcos (16:17-18) sobre las serpientes y el veneno eran un mandato divino. Capturó una serpiente de cascabel y, unos días después, la llevó a la cercana aldea de Sale Creek, donde la sacó en pleno servicio religioso para que los asistentes la tocasen como prueba de su fe. De esta forma tan arriesgada (o, para otros, tan suicida y estúpida), fundó, junto a otros, la llamada Iglesia de Dios que Sigue sus Señales, caracterizada precisamente por la manipulación de serpientes. Se dice que el propio Hensley fue mordido por serpientes a lo largo de su «carrera» eclesiástica no menos de cuatrocientas veces, rehusando siempre cualquier tipo de antídoto o tratamiento paliativo. Sin embargo, el 25 de julio de 1955, una de esas picaduras de serpiente resultó ser fatal y George falleció. En la foto, una reunión de manipuladores religiosos de serpientes, dentro de la Iglesia Pentecostal de Dios, en la localidad de Lejunior, en el condado de Harlan, Kentucky, el 15 de septiembre de 1946. Obsérvese que al pastor le falta un brazo, que le fue amputado tras una mordedura anterior.

En 2005, el surcoreano de veintiocho años Lee Seung-Seop, adicto a los videojuegos, murió en un cibercafé después de jugar a Starcraft y World of Warcraft durante casi cincuenta horas consecutivas. Seis semanas antes de su muerte, lo habían despedido de su trabajo por sus continuas ausencias debidas a su adicción. Poco antes de comenzar aquella última sesión, se le escuchó decir una vez más lo de «esta es la última partida que juego, lo prometo». Sólo que esta vez era verdad.

08-26.jpgEl presidente estadounidense William Henry Harrison (1773-1841), se propuso efectuar el 4 de marzo de 1841 su discurso de toma de posesión al aire libre sin abrigo, a pesar de ser un día tremendamente frío y lluvioso. De modo imprudente, le llevó casi dos horas pronunciar el discurso inaugural más largo de la historia de la Presidencia de Estados Unidos. Un mes más tarde, el 4 de abril, fallecía afectado por una grave neumonía.

La californiana de Sacramento Jennifer Strange, de veintiocho años de edad y madre de tres hijos, murió en 2007 a causa de una hiperhidratación mientras trataba de ganar una consola Nintendo Wii en un concurso radiofónico. Este, titulado «Aguántate el pipí por una wii», fue organizado por la cadena de radio KDND 107.9, y consistía en beber la mayor cantidad de agua posible cada quince minutos sin tener que ir a orinar. Aunque no se sabe cuánta agua bebió realmente, la autopsia llegó a la conclusión de que murió a causa del consumo de más de 7,5 litros de agua en un corto espacio de tiempo.

Adelir Antônio, un sacerdote católico brasileño de cincuenta y un años de edad, conocido popularmente como «El cura volador», murió en 2008 tratando de establecer un récord mundial de vuelo sustentado en globos agrupados en veinte horas. Adelir ascendió hacia las nubes desde la localidad de Paranaguá, pero el mal tiempo (fuertes vientos y lluvia) lo complicó todo. El sacerdote fue arrastrado hacia mar abierto y, cuando llamó por teléfono para pedir ayuda, los rescatadores no pudieron determinar su ubicación ya que él no sabía cómo utilizar su GPS.

En el año 2009, el ruso Serguei Tuganov, de veintiocho años de edad, apostó cuatro mil trescientos dólares con dos mujeres a que era capaz de tener relaciones sexuales con ellas ininterrumpidamente durante doce horas. Varios minutos después de ganar la apuesta, sufrió un ataque al corazón y murió. Al parecer, el ataque cardíaco se produjo por haber ingerido un envase entero de Viagra para conseguir aguantar la maratoniana sesión de sexo.

08-27.jpgEmily Wilding Davison (1872-1913) fue una activa militante del movimiento sufragista que asistió el 4 de junio de 1913 al Derby de Epsom con la intención de dar publicidad a su lucha feminista. Unos dicen que pretendía pegar un cartel sufragista sobre uno de los caballos, aunque no quedaron muy claras sus intenciones cuando saltó a la pista pancarta en mano durante el desarrollo de la carrera y, por torpeza o, según se ha especulado, con toda la intención de autoinmolarse, se interpuso en el camino de los corceles. Con la carrera lanzada, el jinete no pudo evitar llevársela por delante y Emily murió tres días después a causa del golpe que le propinó el caballo Anmer, que le fracturó el cráneo. La carrera, presidida por el rey Jorge V, uno de cuyos caballos fue precisamente el que atropelló a la desafortunada mujer, no se interrumpió ni hubo acción alguna que expresara el duelo por lo sucedido. Incluso, se llegó a comentar que, al ser informado el rey del preocupante estado de la sufragista, sólo preguntó: « ¿Está bien el caballo?».

En 2009, el estudiante ucraniano de veinticinco años Vladimir Likhonos, que cursaba estudios de química en el Instituto Politécnico de Kiev, murió después de mojar accidentalmente un trozo de chicle casero en un frasco que contenía una sustancia explosiva que utilizaba en casa para un proyecto. Al parecer, el joven confundió el frasco de explosivos con otro que contenía ácido cítrico, donde solía mojar el chicle para darle sabor. Al mascar el chicle, se produjo una explosión que le destrozó la mandíbula.

08-28.jpgEn enero de 2011, la policía de Manila, la capital de Filipinas, no tuvo que alargar mucho las investigaciones para descubrir al asesino del joven Reynaldo Dagsa. Una cámara digital de fotos propiedad de la víctima que yacía junto a su cadáver, reveló enseguida quién había sido su asesino, pues la propia víctima lo había fotografiado, es de suponer que involuntariamente, en el mismo momento en que le estaba disparando.

En 1987, en los últimos momentos de la Guerra Fría, el supuestamente sofisticado y altamente vigilado espacio aéreo ruso fue atravesado sin problema por una modesta avioneta Cessna, que había despegado de Uetersen, y que, tras viajar primero a Islandia y atravesar, posteriormente, Noruega y Finlandia, llegó hasta Moscú, evitando a las defensas aéreas soviéticas para aterrizar finalmente junto a la Plaza Roja, cerca del Kremlin, el corazón de la capital de la Unión Soviética. Fue un vuelo de ochocientos kilómetros a baja altura que resultó indetectable y que convirtió al ejército ruso en el hazmerreír de todo el mundo. El osado piloto nunca lo reveló, pero, al parecer, desde la costa Báltica sólo hace falta sobrevolar una vía férrea, a una altura muy escasa, fuera del alcance de los radares de la defensa antiaérea, para llegar sin problemas a Moscú. El burlador no era más que un joven germano-occidental llamado Mathias Rust (1968), de 08-29.jpgsólo diecinueve años, para el que la aventura se saldó con una condena a cuatro años de trabajos forzados, de los que finalmente sólo cumplió cuatrocientos treinta y dos días en la cárcel moscovita de Lefortovo. Tras ser puesto en libertad condicional por orden del secretario de Estado soviético Andréi Gromyko, actuando como presidente del Soviet Supremo de la URSS, Rust volvió a Alemania Occidental el 3 de agosto de 1988. Unos días después del aterrizaje, Mijaíl Gorbachov aprovechó este inesperado suceso para sustituir al ministro de defensa Serguei Sokolov y al comandante de defensa antiaérea, Alexander Koldunov, antiguo as de la Segunda Guerra Mundial, ambos, curiosamente, contrarios a la glásnost y la perestroika. Más de dos mil oficiales (la mayoría también opuestos a los movimientos reformistas de Gorbachov) perdieron sus puestos, lo que finalmente sería clave para la victoria sobre los anteriormente fieros militares, conservadores y antirreformistas. A su regreso a Alemania, Rust comenzó sus servicios comunitarios obligatorios en un hospital; pero, tras apuñalar a una compañera de trabajo, sería sentenciado a dos años de prisión de los que sólo cumpliría cinco meses. Volvió entonces a Rusia, donde trabajó como vendedor de zapatos y, posteriormente, pasaría dos años viajando alrededor del mundo. Tras vivir algunos años más en Berlín, actualmente se dedica a jugar profesionalmente al póquer. Hoy día, el avión utilizado por Rust en su famoso vuelo, un Reims-Cessna F172P Skyhawk II, se encuentra en el Deutsches Technikmuseum de Berlín.

El tejano Michael era alcohólico, pero no de los habituales. Su propia esposa aseguró que era adicto a los enemas y así es como tomaba preferentemente alcohol: por vía rectal. Sin embargo, una noche, se pasó de dosis y «tomó» tres litros de vino de Jerez. Al poco, se quedó dormido…, mientras su cuerpo seguía absorbiendo más alcohol. El resultado fue que ya no se despertó. Las pruebas toxicológicas arrojaron una tasa del 0,47% de alcohol en sangre.

El matrimonio de vulcanólogos franceses Katia (1942-1991) y Maurice Krafft (1946-1991), tras conocerse en su etapa de estudiantes en la Universidad de Estrasburgo, comenzó enseguida su carrera profesional.

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Tras realizar un reportaje fotográfico sobre la erupción del volcán Strómboli que obtuvo una gran difusión mundial, se dieron cuenta de que había un gran interés por los documentos de primera mano sobre las erupciones, por lo que pronto la pareja transformó su afición en su actividad empresarial. Ello, además de ser un buen medio de ganarse la vida, les permitiría disfrutar de su afición y viajar por todo el mundo. Los Krafft, a menudo los primeros en llegar a un volcán activo, fueron respetados y envidiados por muchos otros vulcanólogos. Sus estudios y conocimientos sobre los efectos de las erupciones volcánicas hacían que las autoridades locales buscasen enseguida su colaboración, y, cuando no era así, las muestras de su experiencia pasada les hacían comprender con exactitud la gravedad del peligro de una amenaza volcánica. Un buen ejemplo de ello fue el caso del volcán del monte Pinatubo, que entró en actividad en 1991. La simple visión del vídeo de los Krafft sobre los efectos devastadores de la anterior erupción del Nevado del Ruiz, en Colombia convenció a muchos escépticos, incluida la presidenta filipina Cory Aquino, de que era necesaria la evacuación de la zona y eso salvó muchas vidas. El 3 de junio de 1991, mientras filmaban una erupción en el monte Unzen, en Japón, los Krafft, pese a su experiencia, fueron atrapados por un flujo piroclástico (una corriente de lava incandescente y gases tóxicos) [foto superior] que, en cuestión de segundos, inundó todo el valle en el que se hallaban. Murieron en el acto, junto a cuarenta periodistas, que también cubrían la erupción. En un vídeo montado y distribuido en su homenaje por National Geographic, Maurice comentaba justo el día antes de su muerte: «Nunca tengo miedo, porque he visto tantas erupciones en veintitrés años que, aunque mañana muriera, no me importaría».

08-31.jpgEl entrenador de fútbol americano George Allen (1918-1990) murió en 1990 de neumonía un mes después de que sus jugadores, como es costumbre, lo bañaran con Gatorade después de ganar un partido. Poco antes de su fallecimiento, Allen notó que no había estado completamente sano desde que sus jugadores del equipo de Long Beach State le vaciaron encima un balde lleno de esta bebida helada tras el partido que supuso la victoria final sobre el equipo de Nevada en Las Vegas el 17 de noviembre de 1990.

El ruso Vladimir Ladyzhensky murió en agosto de 2010, durante la celebración del Campeonato del Mundo de Sauna, celebrado en una localidad de Finlandia, después de pasar seis minutos en una que, con motivo de la celebración de la gran final, había sido calentada por error hasta los 110° C. 08-32.jpgEl otro finalista, cinco veces campeón del mundo, el finlandés Timo Kaukonen, tuvo que ser hospitalizado tras sufrir serias quemaduras en todo el cuerpo. A causa de este incidente, no se han celebrado más campeonatos del mundo de sauna.

John Pearce era un ladrón que, al intentar entrar a robar en una casa, nadie se explica cómo, quedó atrapado cabeza abajo justo en el cerco de la ventana por la que acababa de entrar. 08-33.jpgCuando John se vio atrapado, empezó a gritar pidiendo auxilio, pero en casa, como él bien sabía, no había nadie. Los vecinos se fueron agolpando alrededor de la entrada y un buen rato después llegaron el dueño y la Policía. Pero lo mejor de todo es que, con el martillo de romper la ventana todavía en la mano, el ladrón se atrevió a argumentar que estaba allí porque había acudido a ahuyentar a los ladrones y fue entonces cuando se quedó atrapado.

Cualquier causa de un accidente aéreo es igual de lamentable, pero la verdad es que hay algunas que no dejan de sorprender. El 23 de marzo de 1994, un Airbus A310, operando para la compañía aérea Aeroflot con el número de vuelo 593, con destino a la ciudad de Hong Kong, se estrelló en la ladera de una colina en el oblast de Kemerovo. Todos los pasajeros y la tripulación fallecieron en el accidente, que dejó en total setenta y cinco víctimas. Según demostraron las grabaciones de las cajas negras, el accidente se produjo cuando el hijo del capitán, Eldar Kudrinsky, de quince años de edad, venía pilotando el avión y desactivó inopinadamente el control automático de los alerones.

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Eso hizo que el avión entrase en barrena y se hiciera ingobernable por los auténticos pilotos.

Capítulo 9
Opiniones chocantes y vaticinios fallidos

En sus primeras incursiones cinematográficas, Archibald Leach (1904-1986) fue rechazado en numerosas ocasiones por ser demasiado delgado. Incluso, un ejecutivo anónimo de la productora Paramount, tras su primera prueba de cámara, le rechazó escribiéndole: «Es usted patizambo y su cuello es demasiado grueso». Años después fue contratado por cuatrocientos cincuenta dólares semanales y se le cambió el nombre por el de Cary Grant. Pero ese no ha sido el único caso de actor de éxito rechazado en sus primeras pruebas.

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En 1899, el director de la Oficina de Patentes de Nueva York [en la foto, aspecto en 1865], Charles H. Duell, elevó una instancia a sus superiores solicitando el cierre de su propio departamento. La razón de tal sugerencia fue que: «Todo lo que podía inventarse ya está inventado y no cabe esperar nada importante para el futuro». En esa misma onda, el ingeniero británico Jacob Alfred Ewing propuso en 1933 que se suspendiera temporalmente la carrera de inventos para permitir la asimilación e integración de los ya existentes y la evaluación y selección de los objetivos futuros. Ni que decir tiene que su propuesta fue totalmente ignorada. En el recuadro, aspecto un día cualquiera de 1929 del Registro de Patentes de Berlín.

Evaluando la primera prueba de cámara de Fred Astaire (1899-1987), su examinador escribió en el informe: «No sabe actuar. No sabe cantar. Ligeramente calvo. Baila un poco».

Evaluando la primera prueba en 1948 de Marilyn Monroe, el agente de casting de Columbia Studios escribió en su ficha: «Es incapaz de actuar. La voz parece un estridente chillido. Está totalmente insegura de sí misma. No sabe ni siquiera refugiarse en su propia insignificancia». Más lúcido aún estuvo el director de la agencia de modelos Blue Book, que en 1944 le dijo a la futura gran estrella: «Mejor estudia secretariado o consíguete un marido».

El padre de la Iglesia san Jerónimo (340-420) no dejaba pasar ni una en su sobrevalorada moral. Por ejemplo, consideraba que «adúltero es todo aquel que está enamorado de su mujer con demasiado ardor».

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Auguste Lumière (1862-1954), coinventor del cinematógrafo en 1895 junto a su hermano, Louis, ni se imaginaba la repercusión que tendría su innovación ni, mucho menos, los miles de millones que se moverían anualmente gracias al cine. Para él las expectativas eran mucho más modestas: «Mi invención será explotada durante un cierto tiempo como una curiosidad científica, pero, aparte de esto, no tiene ningún valor comercial». En 1920, fue su hermano Louis Lumière (1864-1948) quien puso a prueba, con muy poco éxito, sus dotes de visionario, al afirmar: «Las películas sonoras son muy interesantes pero yo creo que no permanecerán mucho tiempo de moda. La sincronización perfecta del sonido y de la imagen es absolutamente imposible».

Según san Gregorio de Tours (538-594), los matrimonios que tenían relaciones sexuales los domingos corrían el riesgo de tener hijos epilépticos o leprosos.

Algo parecido pensaba el médico francés François Bacon, que afirmó en 1667 que los niños nacidos de una relación adúltera se hacían amorales y viciosos en edad adulta.

El famoso médico del período romántico François Magendie (1783-1855) negó primero categóricamente toda posibilidad de anestesia quirúrgica y luego, cuando se demostró su posibilidad, siguió negándola, pero esta vez sosteniendo que era peligrosa porque el dolor era necesario para evitar que el cirujano fuera demasiado lejos.

En 1839, el cirujano francés Alfred Velpeau (1795-1867), creador de nuevas técnicas y, en consecuencia, teóricamente abierto a las nuevas ideas, dijo: «La eliminación del dolor en las operaciones quirúrgicas es una quimera. Es absurdo continuar investigando por ese camino. El bisturí y el dolor son dos palabras que estarán asociadas para siempre en la conciencia del paciente». Este desacertado análisis lo hizo Velpeau siete años antes de la introducción de la anestesia.

Entre 1940 y 1953, aproximadamente, la opinión común de muchos norteamericanos era que el arte experimental estaba vinculado con impulsos degenerados y subversivos. El propio presidente Harry S. Truman (1884-1972) lo explicaba de la siguiente manera: «Es un placer contemplar la perfección y luego pensar en los vagos y chiflados modernos». Pero quien llevó más lejos este ataque fue el senador republicano por Michigan, George Dondero, que declaró que el arte moderno formaba parte, sencillamente, de una conspiración mundial para debilitar la moral norteamericana: «El cubismo pretende destruir mediante el desorden calculado. El futurismo pretende destruir mediante el mito de la máquina. […] El dadaísmo pretende destruir mediante el ridículo. El expresionismo pretende destruir remedando lo primitivo y lo psicótico. El arte abstracto pretende destruir por medio de la confusión de la mente. […] El surrealismo pretende destruir por negación de la razón». Las estrambóticas afirmaciones de Dondero tuvieron eco en varias figuras públicas del mundo cultural, cuyas estridentes denuncias inundaron el Congreso y la prensa conservadora. Sus ataques culminaron en afirmaciones del tipo «los artistas ultramodernos son utilizados, sin saberlo, como armas del Kremlin», y en la aseveración de que, en ciertos casos, «las pinturas abstractas eran en realidad mapas secretos que señalaban las defensas estratégicas de los Estados Unidos». Uno de los opositores al arte moderno llegó a decir: «El arte moderno es en realidad un medio de espionaje. Si se conoce la forma de interpretarlos, los cuadros modernos revelarán los puntos débiles de las defensas norteamericanas y otras construcciones fundamentales, como la presa Boulder».

En 1899, se leyó en The Literary Digest: «El automóvil es por el momento sólo un lujo reservado a los ricos, pero aunque en el futuro su precio disminuya, nunca llegará a ser un medio de transporte tan popular como la bicicleta». Cuando decidió crear la empresa automovilística Ford, Henry Ford tuvo que oír multitud de pareceres de sus posibles inversores. Así, en 1903, el director del Banco de Michigan aconsejó al abogado de Henry Ford, Horace Rackham, no invertir en la Ford Motor Company, en los siguientes términos: «El caballo permanecerá, pero el coche no es más que una novedad sin futuro, una moda». Rackham ignoró aquel consejo, invirtió cinco mil dólares en acciones de la empresa de Ford y tiempo después las vendió por doce millones y medio de dólares.

En la edición del 2 de enero de 1909 de la revista estadounidense Scientific American, se leyó: «Que el automóvil ha alcanzado en la práctica el límite de su desarrollo se desprende del hecho de que durante el pasado año no se ha introducido ninguna novedad de naturaleza radical».

En 1830, el astrónomo y filósofo irlandés Dionysius Lardner (1793-1859), profesor de filosofía natural y de astronomía en el University College de Londres, sentenció que ninguna embarcación a motor podría cruzar el Atlántico, como algunos mal informados de su tiempo sostenían, porque para ello necesitaría consumir más carbón del que podría cargar. No obstante, ocho años después de su profecía, en 1838, el Great Western realizó la travesía. Con anterioridad, este mismo profesor de la universidad de Londres había advertido seriamente que si los trenes alcanzaran algún día los ciento ochenta kilómetros por hora, sus ocupantes morirían asfixiados, incapaces de poder respirar.

En 1837, sir William Symonds (1782-1856) afirmó: «Incluso si la hélice fuese capaz de impulsar un barco, resultaría completamente inútil en la práctica, dado que al aplicar la fuerza a lo largo del eje del barco sería imposible conseguir que girase».

Durante el segundo Concilio de Letrán, celebrado en 1139, que fue el décimo ecuménico, presidido por Inocencio II (?-1143), se trató el cisma provocado por el antipapa Anacleto II (?-1138) y la ratificación de la llamada reforma gregoriana. También se acordó que la ballesta sólo se utilizaría contra los infieles, ya que era considerada un arma «infame ante Dios e indigna de los cristianos». El que la utilizara para otro fin sería excomulgado. Como era de esperar, los reyes europeos hicieron oídos sordos a esta prohibición.

El pionero estadounidense de los cohetes espaciales Robert Goddard (1882-1945) fue muy suspicaz y prefirió siempre trabajar solo, lo que sin duda limitó el efecto de su trabajo. Su carácter insociable fue resultado de las duras críticas que recibió de los medios de comunicación y de otros científicos, que dudaron de la futura viabilidad del viaje espacial en cohete. Tras uno de sus experimentos fallidos, en 1929, un periódico local de Worcester apareció con el titular: «El cohete lunar falla su objetivo por 238.799 millas y media». El 13 de enero de 1920, un editorial sin firma 09-03.jpgcargó desde The New York Times contra los cohetes espaciales: «… el cohete, o lo que quede de él después de la última explosión, necesitaría estar dirigido con una habilidad asombrosa, y en una calma total, para caer sobre el terreno donde fue lanzado. Pero esta es una inconveniencia menor… aunque puede ser que sea bastante serio para el siempre inocente espectador… a algunos miles de metros de la zona de lanzamiento». Sin embargo, la crítica principal se reservaba para la propuesta lunar: «Después de que el cohete salga de nuestro aire y empiece en su viaje más largo que ni será acelerado ni mantenido por la explosión de cargas, entonces puede ser que haya salido [al espacio exterior]. Para afirmar esto se debería negar una ley fundamental de la dinámica, y sólo el doctor Einstein y su docena de elegidos están autorizados a hacer esto». Y añadía, respecto al profesor Goddard, que «no conoce la relación de acción y reacción, y la necesidad de tener algo mejor que un vacío contra el que reaccionar». Goddard, insistía el periódico, «parece carecer del conocimiento que se dispensa diariamente en los institutos». Casi cincuenta años después, The New York Times publicaría una corrección y una disculpa el día siguiente del lanzamiento del Apolo 11.

Según el químico norteamericano John Gwift, experto en lecturas científicas de la Biblia, una epidemia de transmisión sexual mencionada en las Sagradas Escrituras, que afectó a los antiguos israelitas y que se cobró unas veinticuatro mil víctimas mortales, pudo deberse al SIDA. Parece ser que Moisés frenó su desarrolló mandando ejecutar a todos los contagiados.

En 1910, el lujoso Hotel Ritz Carlton de Nueva York decidió incluir bidés en los flamantes cuartos de baño con agua corriente que acababa de instalar en algunas de sus suites. Hubo que retirarlos a toda prisa debido a una denuncia de la Asociación de Buenas Costumbres, que consideró que los bidés «convertían automáticamente» el carísimo hotel en un burdel.

Dicho por un ingeniero de Boeing, deslumbrado al ver el Boeing 247, avión bimotor con capacidad para diez pasajeros, en 1933: «Nunca se fabricará un avión más grande que este».

En cierta ocasión, el matemático francés Henri Poincaré (1854-1912) dijo: «Basta el sentido común para decirnos que la destrucción de una ciudad por la desintegración de medio kilo de metal es una imposibilidad evidente». En 1945, el almirante William Leahy compartió opinión: «La bomba atómica nunca se fabricará y hablo como experto en explosivos».

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El 13 de diciembre de 1961, el productor musical Mike Smith (junto a Dick Rowe, máximo ejecutivo de análisis de nuevos talentos de la oficina de Decca Records en Londres) viajó a Liverpool para oír a una nueva banda de rock & roll. Creyó que tenían talento y los invitó a una audición el día de Año Nuevo de 1962. El grupo viajó a Londres y se pasó dos horas tocando quince canciones distintas en los estudios de Decca. Luego se fueron a casa y esperaron una respuesta durante semanas. Finalmente, Rowe envió una carta a Brian Epstein, representante de aquel grupo, en que le rechazó con estas palabras: «Para ir directos al grano, señor Epstein, no nos gusta el sonido de sus muchachos y, además, la guitarra es un instrumento en vías de extinción. Los grupos están acabados, especialmente los cuartetos con guitarras, que están muertos». Al parecer, en vez de a The Beatles, Decca contrató al grupo alemán Brian, Poole & The Tremeloes. En la foto de 1957, la formación inicial de The Quarrymen, núcleo inicial del que saldrían cuatro años después The Beatles, de izquierda a derecha, con guitarras: George Harrison (catorce años), John Lennon (dieciséis) y Paul McCartney (quince).

El famoso político y escritor inglés, sir Winston Churchill (1874-1965) cometió un ligero error de apreciación al subestimar el poder de la bomba atómica, cuando dijo en 1939: «La energía atómica se podría revelar tan eficaz como los explosivos actuales, pero es imposible que se convierta en una cosa más peligrosa».

En opinión del
filósofo Allen Edwards, la civilización occidental entró en franco declive moral desde que «los turcos introdujeron la bragueta de botones en Europa, entre los siglos XVIII y XIX. Su propósito no era sólo facilitar el orinar, sino también posibilitar la fornicación y la violación».

Al ser preguntado sobre su pronóstico respecto a cómo serían las guerras del futuro, lord Douglas Haig (1861-1928), que había sido comandante en jefe del Ejército inglés durante la Primera Guerra Mundial, declaró: «Algunos entusiastas hablan hoy de la posibilidad de que el caballo desaparezca y profetizan que en las próximas guerras será sustituido por aviones, carros de combate y vehículos motorizados. Yo creo que, en el futuro, el valor del caballo y sus posibilidades de utilización serán, probablemente, mayores que nunca. Soy por completo partidario del empleo de aviones y carros de combate, pero sólo como elementos accesorios del hombre y el caballo, y estoy seguro de que, con el tiempo, se descubrirán para el caballo, para el caballo bien alimentado, unas posibilidades de empleo hasta ahora desconocidas».

El doctor W. C. Heuper, del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, declaró en el New York Times del 14 de abril de 1954: «Si el humo excesivo realmente juega un papel en la producción de cáncer de pulmón, será un papel indudablemente menor».

El escritor renacentista italiano Augusto Nifo afirmó en su obra La belleza y el amor, publicada en 1549, que para ser perfecta la longitud de la nariz debe ser igual a la de los labios, y la superficie sumada de las orejas tiene que ser igual a la de la boca abierta.

Según un comunicado dado a conocer por la Facultad de Medicina de París en 1540: «Desechar la cauterización al hierro candente de los vasos sanguíneos tras la amputación de miembros y sustituirla por el procedimiento de la ligadura de vasos es algo que repugna al sano entendimiento».

En el siglo XIX
, el parto mediante cesárea era un recurso quirúrgico de gran riesgo. Sin embargo, el médico inglés Thomas Radford y otros colegas suyos de todo el mundo «civilizado» defendían el parto con cesárea, con el peregrino (si no fuera inaceptable) argumento de que la única función de la mujer era tener hijos y que, por tanto, si los órganos involucrados no funcionaban, carecía de importancia si perdía la vida en la operación.

Mientras Francia declaraba oficialmente la guerra al segundo Imperio alemán, el 19 de julio de 1870, el mariscal francés, general Edmond Leboeuf (1809-1888), profetizó la rápida victoria gala pues, simplemente, en su opinión: «El Ejército prusiano no existe». Para redondear su opinión, en discurso ante el Parlamento, llegó a afirmar: «Estamos tan preparados que aunque la guerra durase dos años no faltaría ni el botón de una casaca». Sin embargo, este «inexistente» ejército, al mando de Moltke, derrotó a los franceses y, el 2 de septiembre de aquel mismo año (es decir, menos de dos meses después), Napoleón III se rendía en Sedán.

Como resulta muy difícil aprender de los errores anteriores, cuando Francia declaró la guerra a Alemania en 1914, un coronel apellidado Pénelon propuso al general en jefe Joseph Joffre (1852-1931) el diseño de un casco de guerra para la infantería. La respuesta del general galo fue esta magnífica perla de chovinismo: «Mi querido amigo, no tendremos tiempo para fabricarlos. Derrotaré a los boches antes de dos meses». Los dos meses se convertirían en cuatro largos años.

El investigador holandés Martinus Willem Beijerinck (1851-1931) afirmó en cierta ocasión que «un hombre de ciencia debe permanecer soltero», pues consideraba que la vida familiar podría suponer una distracción para el científico. Fiel a ese planteamiento, llegó a despedir de su laboratorio a un colaborador que se había atrevido a casarse.

El productor de cine estadounidense de origen polaco Harry Warner (1881-1958), cofundador de la productora y distribuidora cinematográfica estadounidense Warner Brothers, dijo en 1927: «¿Cine hablado? Pero ¿quién diablos querría escuchar a los actores hablar?».

En unas declaraciones de Charles Chaplin (1889-1977) al diario madrileño ABC, el 3 de abril de 1929, dijo que: «Jamás trabajaré en las películas habladas, porque estas arruinarán el arte cinematográfico».

El cirujano británico sir John Eric Ericksen, nombrado cirujano mayor de la reina Victoria, declaró en 1873: «El abdomen, el pecho y el cerebro permanecerán por siempre cerrados a la intrusión de la sabiduría de los cirujanos».

La automovilista pionera Dorothy Levitt (1882-1922) escribió en su libro de 1906 La mujer y el coche que las mujeres conductoras debían llevar un espejo de mano en la caja de herramientas bajo el asiento del conductor. Podría utilizarlo para reparar sus afeites después de un trayecto y para tenerlo en alto, ocasionalmente, y ver qué tráfico hay tras ellas.

En 1936 la revista científica inglesa Nature publicaba lo siguiente a propósito de un libro sobre el vuelo de cohetes: «La totalidad del proceso esbozado en el presente volumen presenta unas dificultades tan básicas que nos vemos obligados a rechazar la idea como esencialmente inviable». Seis años más tarde —después de los lanzamientos de cohetes efectuados en Estados Unidos a mediados de los años treinta gracias a la labor investigadora del físico Robert Goddard— el ingeniero alemán Wernher von Braun veía cómo se disparaban contra Londres sus cohetes V-2.

El profesor Campbell, dejando de lado los cálculos correctos de Goddard y de Oberth, estimó que se necesitaba un millón de toneladas de combustible en el despegue para llevar a destino ¡una sola libra de peso!

09-05.jpgEn esa misma onda tan poco lúcida estuvo el político y científico estadounidense Vannevar Bush en 1945, siendo jefe del Departamento de Investigación Científica y Desarrollo, cuando afirmó: «La gente ha hablado de lanzar un cohete a unas tres mil millas de altura, desde un continente a otro, llevando una bomba atómica tan dirigida como para aterrizar exactamente sobre una ciudad. Técnicamente, no creo que nadie en el mundo sepa cómo hacerlo». Doce años después, la Unión Soviética probó su primer misil intercontinental ICBM.

Tal vez en un arranque de sinceridad poco común en la clase política, el gobernador de California Edmund Gerald «Pat» Brown (1905-1996) declaró en cierta ocasión: «Este es el peor desastre en California desde que yo fui elegido».

En una convención atlética celebrada en 1906, el doctor Dudley Sargent (1849-1924), director del gimnasio de la Universidad de Harvard y estudioso de la actividad deportiva femenina, advirtió que deportes como el baloncesto son peligrosos para las mujeres, porque estas «son incapaces de mantener un esfuerzo mental y físico de forma prolongada».

09-06.jpgEl autor romano Plinio el Viejo (23-79) contaba cosas tan disparatadas de los monos como que amaban tanto a sus crías que, en ocasiones, las abrazaban hasta la muerte. En esa misma línea absurda, también se llegó a decir, siglos después, que los mandriles fumaban y jugaban a las cartas o al ajedrez. Incluso, el filósofo francés René Descartes (1596-1650) sugería que los simios y los monos tienen la habilidad de hablar, pero que no lo hacen para evitar que los pongan a trabajar. James Burnett, más conocido como lord Monboddo (1714-1799), afirmaba que los orangutanes construían casas y mantenían a seres humanos como esclavos. En el siglo XIX, el famoso explorador estadounidense de origen galés Henry Morton Stanley (1841-1904) contaba que los chimpancés llevaban antorchas cuando viajaban de noche… En fin, se han dicho muchas cosas sobre ellos y, lo cierto, es que a veces sí que parecen humanos, como es el caso de la chimpancé enamorada de la foto.

Un profesor anónimo de la Universidad de Yale, calificando un trabajo escrito por el estudiante Fred Smith (1944), en el que este exponía la idea de un eficaz servicio de correo de la noche a la mañana, escribió: «El concepto es interesante y está bien planteado, pero para recibir una nota mayor que un bien, la idea ha de ser practicable». Pese al escepticismo del profesor, Fred Smith acabó fundando Federal Express Corp. (FedEx).

En 1959, el director general del Servicio Postal estadounidense, Arthur Summerfield (1899-1972), afirmó: «Estamos en el umbral del correo vía cohete…».

El presidente estadounidense Herbert Hoover (1874-1964) dijo en 1928, unos pocos meses antes de que la Gran Depresión pusiera en jaque a toda la economía occidental: «En Estados Unidos estamos hoy más cerca de la victoria final sobre la pobreza de lo que haya estado ningún otro país en la historia. La beneficencia para pobres va a desaparecer en este país».

Un día, el padre de Charles Darwin (1809-1882) le profetizó: «No te ocupas más que de cazar, de los perros y de atrapar ratas… Serás la vergüenza de la familia». Al entregar para publicación el manuscrito de El origen de las especies, en el que Darwin había trabajado un cuarto de siglo, el renuente editor recibió este consejo de sus asesores científicos: «Dígale al autor que se concentre en los gorriones. A todo el mundo le gustan».

La capacidad profética de Thomas Alva Edison (1847-1931) no andaba en sus mejores días cuando en 1922 declaró: «La locura de la radio morirá con el tiempo».

En esa misma línea, la compañía David Sarnoff’s Associates envió, en respuesta a la propuesta de invertir en la radio, el siguiente argumento: «La caja musical sin cables no tiene ningún tipo de valor comercial. ¿Quién iba a pagar por un mensaje que no está siendo mandado a nadie en particular?».

El inventor estadounidense Lee de Forest (1873-1961), considerado como el padre de la radio y la televisión, pronosticó en 1926: «Mientras que la televisión puede ser posible en los aspectos teórico y técnico, comercial y financieramente la considero un imposible, un sueño inútil». Veinte años antes, el propio De Forest había inventado el audión, el primer modelo de tríodo (válvula electrónica) y, por tanto, un importante gestor de las primeras y primitivas etapas de la electrónica. En su defensa debemos decir, con todo, que si bien en la época estaban bastante avanzadas las investigaciones para crear aparatos que permitieran reproducir imágenes por medios electrónicos (el cinematógrafo ya existía, pero no era electrónico sino mecánico, en esos años al menos), la televisión tal y como la conocemos hoy no sería técnicamente viable sino hasta la década de 1940, y ya en la década siguiente comenzó su venta a gran escala. En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes: «La televisión nunca será popular. Toma lugar en una habitación semioscura y demanda continua atención». En 1946, el productor de cine estadounidense de la 20th Century Fox Darryl F. Zanuck (1902-1979) llegó a decir: «La televisión no podrá mantenerse en el mercado más de seis meses. La gente se cansará pronto de pasar la tarde mirando una caja de madera». En 1948, Mary Somerville, pionera de las emisiones de radio educativas, dijo: «La televisión no durará. Es un bluff». Claro que también se había leído antes en el Boston Post, en 1865: «Las personas bien informadas saben que es imposible transmitir la voz humana por cable y que, caso de ser posible, no tendría ningún valor práctico».

El clérigo y erudito inglés Thomas Malthus (1766-1834) predijo en cierta ocasión que, en el año 2000, Europa alcanzaría los cincuenta mil millones de habitantes.

En 1807, el naturalista, explorador y botánico inglés sir Joseph Banks (1743-1820), presidente de la Royal Society for Improving Natural Knowledge (Real Sociedad para el Avance de la Ciencia Natural) de Londres, se opuso con éxito a la creación de escuelas elementales en todo el país esgrimiendo los siguientes argumentos: «En teoría, el proyecto de dar una educación a las clases trabajadoras es ya bastante equívoco y, en la práctica, sería perjudicial para su moral y su felicidad. Enseñaría a las gentes del pueblo a despreciar su posición en la vida en vez de hacer de ellos buenos servidores en agricultura y en los otros empleos a los que les ha destinado su posición. En vez de enseñarles subordinación los haría facciosos y rebeldes, como se ha visto en algunos condados industrializados. Podrían entonces leer panfletos sediciosos, libros peligrosos y publicaciones contra la cristiandad. Les haría insolentes ante sus superiores; en pocos años, el resultado sería que el gobierno tendría que utilizar la fuerza contra ellos.

En la misma línea, el naturalista británico Herbert Spencer (1820-1903) se oponía a que las escuelas, las bibliotecas y los hospitales fueran públicos y gratuitos, rechazaba las medidas de sanidad pública, la dispensa estatal de los títulos de médicos y enfermeras, la vacuna antivariólica obligatoria, las leyes de los pobres y cualquier clase de beneficencia pública. Condenaba todo esto por estar en contra de la ley de la naturaleza y predecía que esto serviría para aumentar los sufrimientos de los débiles y de los necesitados. Spencer fue el creador de la frase «la supervivencia del más apto».

El físico neozelandés lord Ernest Rutherford (1871-1937), que descubrió los protones en el interior del núcleo del átomo y abrió así el camino a las armas y centrales nucleares, dijo en 1933: «La energía que produce la desintegración del átomo es muy pobre. Esperar obtener una fuente de energía de estas transformaciones suena a música celestial». Por contra, el general David Sarnov pronosticó en 1955: «Se puede considerar como algo seguro el hecho de que después de 1980, los navíos, los aviones, las locomotoras y también los automóviles funcionarán con energía atómica». Ni tanto ni tan calvo.

En tono mucho más optimista, el presidente de la empresa fabricante de aspiradoras Lewyt Corporation, Alex Lewyt, dijo en 1955: «Las aspiradoras impulsadas por energía nuclear serán una realidad en diez años».

El doctor Luis Lobera de Ávila (1480-1551) tenía muy clara cuál era la forma de saber quién era el «culpable» de la esterilidad en la pareja. Para encontrar si el origen estaba en el hombre o en la mujer proponía: «que orinen ambos, cada uno en una lechuga, y orinen encima: el que primero secase la su lechuga es del que tiene la falta en no engendrar, y este experimento, en parte es conforme a razón, porque significa gran calor y abundancia de humores adustos en aquella lechuga que primero secase». Por su parte, De Serves decía que una de las causas de la esterilidad femenina es la belleza excesiva. Ello se debe a que estas mujeres atraen más sangre hacia las distintas partes del cuerpo, «de manera que no les queda fluido libre para formar el semen».

En un documento de la Academia de París, hecho público en 1826, se llegaba a afirmar: «El estetoscopio, más que un aparato médico, parece un juguete, y el método de auscultación de la caja torácica es una extravagancia y una aberración».

El médico alemán Friedrich Hoffmann (1660-1742) describió a lo largo de su vida profesional diversas enfermedades como la apendicitis, cuyas causas no estaban del todo claras, aunque los gérmenes y parásitos intestinales parecían desempeñar un importante papel. Hoffmann apuntó además al papel regulador del sistema nervioso. Lo curioso es que, en su opinión, la enfermedad es la manifestación de un desequilibrio del «tono» del organismo humano.

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En 1921, Henry Ford (1863-1947) llegó a decir: «La vaca debe desaparecer». El industrial, siempre iconoclasta, propuso que la leche fuera fabricada sintéticamente, al considerar a las vacas unos animales inútiles y sucios, como bien sabía él, que las había tenido que ordeñar durante años en la granja de su padre, en la que se crió.

El juez estadounidense Braswell Dean, de tendencia ultraconservadora, afirmó en cierta ocasión que las teorías evolucionistas del naturalista británico Charles Darwin eran, poco más o menos, la causa de todos los males de la humanidad. En apoyo de tal tesis, decía: «Esta mitología del mono de Darwin es la causa de la tolerancia, la promiscuidad, las píldoras, los profilácticos, las perversiones, los abortos, la pornografía, la polución, el envenenamiento y la proliferación de crímenes de todo tipo».

En 1859, Edwin L. Drake intentó contratar a unos perforadores para su proyecto de búsqueda de petróleo. Pero la respuesta que le dieron fue un poco descorazonadora: « ¿Excavar en busca de petróleo? ¿Quieres decir perforar el suelo para intentar descubrir petróleo? ¡Estás loco!».

El médico francés Nicolás Venette (1633-1698) sostenía que la mujer puede autofecundarse si se le perfora el clítoris. Afortunadamente, nunca logró comprobarlo.

En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), tras serle relatados los avances del ferrocarril, afirmó convencido: «Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis».

En la edición de diciembre del año 2000 de la Revista Médica de Australia, una autoridad en cuestión de fertilización in vitro predijo que el acto sexual perderá su importancia como medio de procreación a favor de la tecnología que logra realizar las preferencias genéticas y evita los riesgos genéticos. Tal tecnología, recalcó otro autor en la edición, podría más tarde hacer que los hombres resulten superfluos para la reproducción, y de hecho, dada la creciente debilidad de los cromosomas Y, métodos de reproducción alternativos (como el clonado) se volverían indispensables para, por lo menos, asegurar que el género masculino continúe existiendo.

En 1894, el físico germano-estadounidense Albert A. Michelson dijo: «Todos los principales hechos y las más importantes leyes de la ciencia física ya han sido descubiertos, y ya están tan firmemente establecidos que la posibilidad de ser renovados como resultado de nuevos descubrimientos es extremadamente remota… Nuestros descubrimientos futuros se situarán a la altura del sexto decimal».

En 1726, el geólogo Johann Jakob Scheuchzer (1672-1733) mostró el fósil de un ictiosaurio (reptil marino de la era secundaria) como los restos de un hombre que murió accidentalmente en el diluvio universal, acontecimiento que, según él, ocurrió en el año 2036 a. C.

En 1856, unos obreros encontraron en una cueva cerca del río Dussel (Alemania) los primeros restos conocidos de un hombre de Neardenthal. Tras informar a las autoridades, llegó el arqueólogo Franz Mayer (1787-1865), que desconcertado inventó la siguiente teoría: el esqueleto pertenecía a un cosaco ruso que perseguía a Napoleón a través de Europa. Sostenía que el cosaco sufría raquitismo, lo que explicaría la forma arqueada de sus piernas y que el dolor del raquitismo le hacía arquear tanto las cejas que le produjeron unos fuertes arcos supraciliares.

El pintor francés Edgar Degas (1834-1917) dijo sobre la novedad de la fotografía: « ¿Cómo vamos a hablar de arte, si la fotografía no sabe utilizar el color?».

El alquimista y químico flamenco Jan Baptista van Helmont (1579-1644) proclamaba que para obtener ratones bastaba con mezclar íntimamente en un recipiente una camiseta de mujer, a ser posible sudada y sucia, con trigo. De este modo, al cabo de un tiempo surgía, por generación espontánea, una cría de roedor.

El profesor de fisiología de Toulouse Pierre Pachet afirmó en 1872: «La teoría de los gérmenes de Louis Pasteur no es sino una ficción ridícula. ¿Cómo es posible que esos gérmenes puedan ser tan numerosos en el aire como para convertirse en todos esos infusorios? Si eso fuera verdad, deberían ser tan numerosos que formasen una espesa niebla, tan densa como el hierro». Sobre esa misma cuestión y su consecuencia de la profilaxis médica, dijo hacia 1880 el cirujano alemán Theodor Koller: «A nadie se le ocurriría lavarse las manos antes de una operación. Los cirujanos se las lavan siempre después».

François-Napoleón-Marie Moigno (1804-1884), más conocido como abate Moigno, era un monje muy interesado en la ciencia y, de hecho, fue un pionero de la divulgación científica al intentar llevar a las masas las maravillas de la tecnología del siglo XIX. Cuando Moigno se enteró de que se acababa de inventar un dispositivo para grabar la voz humana (el fonógrafo de Edison) quedó fascinado e inmediatamente leyó todo lo que pudo encontrar al respecto; incluso, tras un gran esfuerzo, se hizo con una réplica, en parte construida por él mismo. Decidido a hacer famosa esta maravilla de la mecánica, realizó una gira por París, que resultaría trágica. En la primera demostración llevada a cabo en La Comuna lo acusaron de embaucador y lo encarcelaron durante un par de días; en su segunda demostración, en las afueras de París, a pesar de ser un monje, lo acusaron de brujo espiritista e intentaron lincharlo, y en la tercera, su aparato sufrió una grave avería cuando uno de los caballeros presentes se asustó y le disparó con su pistola. Frustrado al no poder hacer comprender al público la utilidad de esta maravilla, se dirigió esperanzado a la Academia de Ciencias de París. Sin embargo, allí el resultado no fue mucho mejor. El físico William Barret, amigo de Moigno, relató con indignación el hecho: «Todos los sabios presentes declararon, siguiendo al profesor Tait, que la reproducción de la voz humana por un disco de acero era físicamente imposible, debido a las sutiles formas de las ondas producidas por el habla, aunque admitían que la música podría transmitirse de este modo. El abate fue acusado incluso de tener escondido un ventrílocuo debajo de la mesa. Dejó la habitación disgustado». Tait se fue insultando y el público no dejó de reírsele en la cara a Moigno.

En palabras del doctor Lewis Thomas (1913-1993), «las hormigas son muy parecidas al ser humano: cultivan hongos, crían pulgones como ganado, lanzan ejércitos a guerras, utilizan rocíos químicos para alarmar y confundir a sus enemigos, capturan esclavos. Las familias de hormigas tejedoras hacen trabajar a sus hijos, utilizando a sus larvas como lanzaderas para hilar el hilo con el que cosen las hojas para mantenerlas juntas, para sus jardines de hongos. Intercambian información incesantemente. Hacen todo, excepto ver televisión».

Se ha contado muchas veces que, en 1943, John Thomas Watson (1874-1956), presidente de la compañía fabricante de ordenadores IBM, a la que llevó a la cima de la rentabilidad empresarial, a la vista del coste y la complejidad de los primeros ordenadores, se atrevió a decir: «Creo que en el mundo hay mercado para unos cinco ordenadores, como mucho». Sin embargo, parece que nunca dijo tal cosa. La frase se originó en la reunión de accionistas de IBM del 28 de abril de 1953, cuando Watson, refiriéndose únicamente al IBM 701, dijo: «Tras nuestro viaje, en el que esperábamos obtener cinco pedidos de máquinas, nos volvemos a casa con dieciocho pedidos».

En 1957, el editor de libros de temática empresarial de la editorial Prentice Hall dijo: «He viajado por este país de arriba abajo, hablado con los ejecutivos más importantes y con los mejores técnicos, y os puedo asegurar que el proceso automático de datos es una chapuza que no va a durar más de un año».

En 1977, Kenneth Olson (1926-2011), presidente fundador de Digital Equipment, empresa dedicada a la fabricación de ordenadores, estaba convencido de que «no hay ninguna razón para que un individuo cualquiera posea un ordenador en su casa».

En 1981, el creador de Microsoft, Bill Gates (1955) dijo: «Nadie va a necesitar más de 640 Kb de memoria en su computador personal». Igualmente, en otra ocasión declaró que «nunca vamos a hacer un sistema operativo de 32 bits». En 2004, en otra muestra de su gran visión, dijo «el spam estará resuelto en dos años».

En 1968, un ingeniero de la Advanced Computing Systems Division de IBM, hablando de los microchips, se preguntó: «Pero… ¿para qué nos van a servir?».

En 1809, el famoso novelista Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente: «Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír». Años después, en su vejez, fue presidente de una compañía de alumbrado por gas.
Algunos de los primeros colonos que poblaron Norteamérica creían que los indígenas eran los descendientes directos de las diez tribus perdidas de Israel. En el libro Judíos en América: Probabilidades de que los americanos sean de esa raza (1650), el reverendo Thomas Thorowgood (1600-1669) señaló numerosas claras semejanzas entre los judíos y los indios, tales como sus costumbres y el lenguaje. Según reafirmó el escocés Henry Home, lord Kames (1696-1782), en 1774, los norteamericanos «no pueden descender de ningún pueblo del Viejo Mundo» y postula otra creación divina distinta para explicar su existencia. En esa misma onda, el jesuita Gabriele Paleotti (1522-1597), cardenal y arzobispo de Bolonia, publicó varias obras y dio numerosos discursos defendiendo la tesis aún más avanzada de que los nativos norteamericanos no tenían salvación posible, pues estaban eternamente condenados por Dios por descender del diablo y de una hija de Noé.

El antropólogo inglés Francis Galton (1822-1911), padre de los test de inteligencia, creía que la capacidad intelectual dependía exclusivamente de factores hereditarios. Galton descartó erróneamente que el ambiente pudiera influir en la inteligencia del individuo.

El multimillonario británico Alan Sugar (1947), fundador de Amstrad, afirmó en 2005: «Las próximas Navidades, el iPod estará muerto, acabado, desaparecido…». Pese a esta afirmación tan tajante, Apple ha vendido ya cerca de doscientos millones de reproductores iPod.

El físico y matemático escocés, profesor de la Universidad de Glasgow y presidente de la Real Sociedad Británica, sir William Thomson, más conocido como lord Kelvin (1824-1907), es famoso, entre otras cosas, por haber establecido el principio de equivalencia entre calor y energía, creando la conocida escala absoluta de temperaturas Kelvin. También destacó por sus trabajos en el campo de la electroestática y el magnetismo; pero sobre todo, a nuestros efectos, por afirmar en 1896 que los rayos X «eran tan absurdos que, sin lugar a dudas, debían de ser un engaño». Cuatro años después, en 1900, insistió en que «se acabará demostrando que los rayos X son una mera estafa». De todas formas, no hay que tenérselo mucho en cuenta, pues está claro que su visión de futuro era ciertamente nula, como lo demuestra que afirmara también en otro momento: «No tengo ni la más pequeña molécula de fe en la navegación aérea que no sea la de los globos aerostáticos, ni tampoco en que derive ni un solo buen resultado de tantos intentos de los que oigo hablar». Para remachar, en otra ocasión, volvió a insistir: «Las máquinas voladoras más pesadas que el aire son imposibles». También afirmó en otro momento de lucidez que «la radio no tiene futuro» y, en otra ocasión, le escribió a la Niágara Falls Power Company: «No debería consentir caer en el gigantesco error de la corriente alterna».

El matemático griego Arquímedes de Siracusa (287-212 a. C.), calculaba, en su libro El contador de arena, que necesitaría diez elevado a sesenta y tres granos de arena para llenar el cosmos.

La filosofía política del filósofo inglés John Locke (1632-1704) influyó en el naciente gobierno americano en muchas formas positivas. Sostenía la doctrina de que, bajo algunas circunstancias, la revolución no es únicamente un derecho sino una obligación, y su política de frenos y contrapesos es recogida en la Constitución estadounidense. Sus consejos médicos eran otra cosa. Sus Pensamientos sobre la educación, publicados en Inglaterra en 1690, fueron aplicados de manera amplia por las madres coloniales, con efectos desastrosos sobre muchos niños. Recomendaba baños helados para infantes y niños (en una época en que los adultos no aseaban más que sus manos y su cara por miedo a poner en peligro su salud) y zapatos con suelas delgadas para que el agua pudiera filtrarse al interior de ellos. Previno en contra de alimentar a los niños con carne y fruta, y recomendaba beber cerveza tibia en lugar de agua (que, en efecto, frecuentemente era insalubre).

La locomotora, sin duda alguna, estuvo en el ojo del huracán, pues era uno de los nuevos medios de transporte más cuestionados, ya que la velocidad que podía alcanzar era «sobrehumana», teniendo en cuenta los tiempos que corrían y los medios de transporte que se habían conocido y utilizado hasta entonces. En un artículo publicado en la revista estadounidense The Quarterly Review en 1825, se podía leer: « ¿Qué puede resultar más palpablemente absurdo que la esperanza de que la locomotora alcance el doble de velocidad que la diligencia?». Y es que los treinta kilómetros por hora que se alcanzaban por entonces era una velocidad no apta para cardíacos.

Cuando, en la década de 1870, se le comunicó a William Preece (1834-1913), ingeniero jefe del Servicio Postal inglés, que Thomas Alva Edison había desarrollado la luz eléctrica, declaró que se trataba de algo completamente absurdo. Fue también el Servicio Postal británico el que en 1876 rechazó el teléfono basándose en que, aunque los norteamericanos pudieran necesitar tal aparato, los ingleses disponían de infinidad de muchachos para llevar los mensajes: «Los americanos necesitan el teléfono. Nosotros no. Nosotros tenemos mensajeros de sobra». Tres años después se inauguraba en Londres la primera central telefónica instalada en Inglaterra. En esa misma línea, en 1878, el profesor de la universidad de Oxford, Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que: «En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella».

En palabras del pionero de la sociología Auguste Comte (1798-1857), la subordinación de la mujer es natural y se mantendrá en la «nueva» sociedad que él planteaba. Según Comte: «El sexo femenino se encuentra en un estado de infancia perpetua» y «la igualdad de los sexos es incompatible».

En las páginas de su principal obra De Magnete, Magneticisque Corporibus, et de Magno Magnete Tellure (Sobre el imán y los cuerpos magnéticos y sobre el gran imán la Tierra) publicada en Londres en el año 1600, el físico inglés William Gilbert (1544-1603) hablaba del magnetismo en los siguientes términos: «La fuerza magnética está animada o imita al alma». Incluso, explicaba, en muchos aspectos sobrepasa en perfección al alma humana, pues no se aparta nunca de su fin, que es atraer al hierro. Trataba, pues, al imán como a un ser vivo.
Voces de médicos tan importantes como la del doctor francés Alexis Carrel (1873-1944), creador de la cirugía vascular y ganador del Premio Nobel de Medicina en 1912, propugnaron una solución final para los locos y los criminales. En uno de sus discursos se oyó decir al propio Carrel: «¿Por qué la sociedad no dispondrá de los criminales y los locos de una manera más económica? Quizás habría que suprimir las cárceles. Podrían ser reemplazadas por instituciones más pequeñas y menos costosas. El acondicionamiento de los criminales menos peligrosos por medio del látigo o de alguna otra técnica más científica, seguida de una corta estancia en el hospital, bastaría probablemente para asegurar el orden. En cuanto a los otros, los que han matado, han robado a mano armada, han secuestrado niños, han abusado de los pobres o han defraudado gravemente la confianza del público, nada como un establecimiento eutanásico, provisto de gas apropiado, que permitiría disponer de ellos de manera humana y económica».

El naturalista romano Plinio el Viejo (23-79) aseguraba que la presencia de una mujer con el periodo provocaba que las semillas se esterilizasen, que el vino se picase y que las abejas dejasen de hacer miel y murieran. El mismo Plinio también llegó a afirmar que los niños prematuros habían sido engendrados durante el interlunio. Y que «bostezar durante el coito es mortal y estornudar impide la fecundación».

Juan de Cárdenas, médico del siglo XVI, explicó por qué aparece la menstruación en la pubertad y por qué desaparece en el embarazo en su libro Problemas y secretos maravillosos de las Indias, del año 1591. «La muger crece y augmenta hasta los catorce años —dice— y en este tiempo toda la sangre que engendra se gasta y consume en el augmento de sus miembros, pero después de los catorce que dexa de crecer, toda aquella sangre que primero se consumía en el augmento de los miembros, no ay en que se gaste y consuma, porque el hombre, como es de complexión cálida y fuerte y assí mesmo se exercita mucho, tiene fuerça para consumir y gastar la tal sobra de sangre, expeliéndola barbas y otros insensibles excrementos, pero la muger, que es fría y tiene poca fuerça y calor para gastarla y assí mesmo no se exercita, cosa clara es que le ha de sobrar y, si le sobra, ¿a qué miembro puede ir demasiada y sobrada que no dañe? Sólo pudo ir a las venas y vasos de la matriz por donde evacuarse pudiese, salvo si la muger no estuviesse preñada, porque si lo está detiénese la sobredicha sangre para sustento y nutrición de la criatura, ansí que por estos respectos procuró naturaleza encaminar la sangre que sobra en el cuerpo de la muger a los vasos de la matriz para que por ellos de tanto a tanto tiempo se evacuase».

El naturalista francés George Cuvier (1769-1832) se burlaba de los campesinos, que sostenían que en sus campos caían del cielo enormes piedras, diciéndoles que «las piedras no pueden caer del cielo, porque en el cielo no hay piedras». La naturaleza se encargó de darles la razón a los campesinos cuando en 1803 cayeron unas dos mil piedras del cielo en un pueblo de Francia… Antes que George Cuvier, también el químico francés Antoine Laurent de Lavoisier (1743-1794) había negado la posibilidad de que cayesen piedras del cielo, e incluso la propia Academia de Ciencia francesa, en 1878, había prohibido que se tratase un asunto «tan ridículo».

El psiquiatra británico Digby Quested sostiene que La Gioconda es un autorretrato de Leonardo da Vinci. Según él, el hecho de que aparezca travestido es una manifestación de su homosexualidad.

El escritor valenciano Juan de Timoneda (1518/1520-1583) llegó a hacer una lista de las seis mayores necedades que el hombre podía realizar, y junto a cosas como «tomar el dinero sin contarlo» o «comenzar algún camino en ayunas», incluía el de «estando en la cama con la mujer, pedirle permiso para gozarla».

Con ocasión de la llegada de los primeros astronautas a la superficie de la Luna, el presidente de los Estados Unidos Richard Nixon (1913-1994) declaró públicamente: «Durante años, los políticos han prometido la Luna. Yo soy el primero que es capaz de darla».

En cierta ocasión, durante un debate, el senador estadounidense por el estado de Nueva York James H. Donovan (1923-1990), defendiendo su postura a favor de la pena de muerte, se preguntó: «¿Qué hubiera sido del cristianismo si Jesús hubiera sido condenado a una pena de quince años, con redención por buena conducta?».

En el siglo XVII, algunos doctores sostenían que los penes muy cortos se debían a que la madre naturaleza tomaba de este órgano el material que faltaba para completar otras partes del cuerpo. Por el contrario, los largos eran producto del tejido sobrante. En ese mismo siglo, algunos médicos (seguramente los mismos) sostenían que a los promiscuos se les ponía la nariz roja, padecían gota crónica, alopecia y, a los más viciosos, hasta les salía chepa.

El secreto de la marquesa de Maintenon (1635-1719) para seducir a su amante Luis XIV (1638-1715), con el que más tarde contrajo matrimonio morganático y secreto, fueron las chuletas de ternera. La dama aseguraba que esta carne, aderezada con clavos, albahaca, anchoas y un chorrito de coñac, es un reclamo sexual al que pocos hombres pueden resistirse.

Un ejecutivo anónimo de la productora Metro Goldwyn Mayer mostró tajantemente su opinión de que no se debía invertir en Lo que el viento se llevó:
« ¡Olvídalo! Ninguna Guerra Civil ha valido nunca un níquel».

El compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) fue rechazado en su examen de ingreso para el conservatorio por tener una mala posición de manos al tocar el piano.

En 1859, el escritor francés Emile Zola (1840-1902), el mejor representante de la corriente literaria naturalista, fue calificado de «nulo para la literatura» en su examen de bachillerato.

El médico francés Federé prohibía contraer matrimonio a todas las mujeres cuyas caderas «no sobrepasaran las catorce pulgadas de diámetro sacro-ventral en el límite superior» porque, en su opinión, no eran aptas para la gestación.

En Inglaterra
, desde alrededor del siglo XV hasta el XVII, se pensaba que el color rojo era útil para los enfermos. Para reducir la fiebre, los pacientes eran vestidos con batas rojas y rodeados por tantos objetos rojos como fuera posible.

En 1961, Tunis A. M. Craven (1893-1972), director de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) estadounidense, afirmó categóricamente: «No hay prácticamente ninguna posibilidad de que los satélites espaciales se utilicen para proporcionar un mejor teléfono, telégrafo, televisión, radio o servicio de comunicaciones dentro de los Estados Unidos». Sólo cuatro años después, en 1965, se puso en servicio el primer satélite comercial de comunicaciones.

El médico holandés Willem Ysbrandtszoon Bontekoe (1587-1657), llevado por su afición a la infusión de té, llegó a afirmar que, para estar sano, se debían tomar de doscientas a trescientas tazas de té diarias.

En 1876, Gardiner Greene Hubbard, un hombre de negocios de Boston, quiso venderle a William Orton, presidente de la Western Union Telegraph Company, la patente de un invento que había ayudado a financiar. Su nombre era «teléfono» y el precio, cien mil dólares. La respuesta de Orton al propietario de la patente es para enmarcar: «Como invento es extraordinario, pero ¿para qué podrá servir?».

En un memorándum interno de la Western Union de 1876 se leía lo siguiente después de que Alexander Graham Bell les ofreciera los derechos para el usufructo del teléfono: «Este “teléfono” tiene muchas cosas en su contra como para ser seriamente considerado un medio de comunicación. El aparato no tiene ningún valor para nosotros».

En 1860, la revista norteamericana Godey’s Lady’s Book, haciéndose eco de la popular prevención sobre los efectos venenosos de los tomates, aconsejaba no comerlos sin haberlos cocido, al menos, durante tres horas.

El 24 de septiembre de 1504, el médico y quiromántico boloñés Bartolomé Coclés murió a manos de un hombre al que había vaticinado que en esa misma fecha cometería un crimen. Desgraciadamente fue una cruel coincidencia y una lástima que su acierto no le llevara a ver que la víctima sería él mismo.

En octubre de 1903, el gran sabio estadounidense de origen canadiense Simon Newcomb (1835-1909) escribió, cuando el aeroplano estaba ya a punto de triunfar y de convertir en realidad los sueños de los inventores: «La demostración de que no hay combinación alguna de sustancias conocidas, maquinaria conocida y fuerzas conocidas por medio de la cual pueda formarse una máquina práctica que dé al hombre capacidad de volar me parece tan completa como puede serlo la demostración de cualquier fenómeno físico». Claro que este mismo Newcomb también afirmó en 1888 sobre un campo de conocimientos que dominaba más y mejor, «probablemente, estamos llegando al límite de todo lo que podremos saber de astronomía».

Más avanzado ese mismo año, sólo siete días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez en una nave más pesada que el aire, un editorial del The New York Times decía que «es completamente inútil que la gente intente volar. […] El tiempo y el dinero gastado en los experimentos de naves aéreas son un despilfarro». Una semana después, en Kill Devil Hill, Carolina del Norte, Orville Wright se convertía en el primer hombre que volaba en un aeroplano impulsado por un motor.

En 1907, el famoso militar francés mariscal Ferdinand Foch (1851-1929) fue nombrado general y director de la Escuela Superior de Guerra. Cuatro años después afirmó que: «Los aviones son juguetes interesantes, pero sin ningún valor militar». Al comenzar la Primera Guerra Mundial Foch fue designado jefe del IX Ejército, frenó la ofensiva alemana del Marne en Saint-Gond y, como ayudante de Joffre, defendió Jeper. Luego se convertiría en jefe de los ejércitos del norte (1915), dirigiendo las ofensivas de Artois y combatiendo con poco éxito en la batalla del Somme (1916). Ya en 1917, fue nombrado jefe del Estado Mayor por Pétain y, en marzo de 1918, generalísimo de los ejércitos aliados en el frente occidental. Finalmente, tras la victoria de Marne, ascendió a mariscal. Al finalizar la guerra, negoció el armisticio y supervisó su aplicación. Todos sus logros militares se debieron a su astucia y estrategia, y a unos pequeños ingenios llamados aviones que se dedicaron a labores de espionaje y localización de objetivos, y a bombardear las posiciones enemigas. Pero se ve que no había aprendido, y en 1918, afirmó: «Cosas como los tanques y los bombarderos deben suministrarse en moderadas cantidades. Sólo los aficionados creen que los tanques y aviones pueden ganar una guerra».

En los primeros días de la aviación, el astrónomo estadounidense William Pickering (1858-1935), que había predicho la existencia del planeta Plutón (y el mismo que pensaba que la Luna está habitada por grandes concentraciones de insectos), advirtió al público que «la imaginación popular suele pensar en gigantescas máquinas que cruzan velozmente el Atlántico transportando innumerables pasajeros igual que en nuestros modernos vapores… Conviene señalar que tales ideas han de considerarse totalmente utópicas y que incluso en el supuesto de que uno de esos aparatos lograra atravesar el océano con uno o dos pasajeros, el coste sería prohibitivo». En junio de 1939, tres décadas más tarde, la compañía Pan American inauguraba el primer vuelo regular transatlántico con su Boeing 314 Yankee Clipper, avión con capacidad para diecinueve pasajeros, que pagaban algo menos de trescientos dólares por billete.

Capítulo 10
Teorías, propuestas y proyectos fallidos

Los antiguos astrónomos chinos pensaban que los eclipses eran ocasionados por un dragón que, inesperadamente, trataba de comerse el Sol. Cuando esto iba a ocurrir, el emperador concentraba la mayor cantidad de hombres que podía, ordenando que golpearan gongs, de forma que el dragón se asustara por el ruido y huyese, liberando al Sol. Pese a la ingenuidad de esta teoría, lo cierto es que los científicos chinos dominaban la predicción de los eclipses ya en tiempos muy arcaicos. Por ello, extrañó sobremanera al legendario emperador Huang Ti que sus dos astrónomos oficiales, Hsi y Ho, no previeran el que ocurrió el año 2640 a. C. Afortunadamente, aquel año el dragón se sació enseguida y no llegó a devorar todo el Sol. Indagando por qué no había sido informado por sus astrónomos, averiguó que estos se habían emborrachado, descuidando sus deberes. Por ello, ambos astrónomos fueron inmediatamente ejecutados.

La noción de una Tierra plana supone que la superficie habitada de la Tierra es plana, en lugar de ser un planeta esférico. Los filósofos griegos de la Antigüedad tenían tendencia a sacar conclusiones similares a las de Anaximandro (610-546 a. C.), quien creía que la Tierra era un corto cilindro con una superficie plana y circular. Se ha conjeturado que la primera persona que defendió la idea de una tierra esférica fue Pitágoras (siglo VI a. C.), pero eso contradice el hecho de que la mayoría de los presocráticos pitagóricos consideraban que la tierra era plana. Eratóstenes, sin embargo, ya había calculado hacia el siglo III a. C. que la Tierra era una esfera, así como también había hecho una estimación de su circunferencia. En tiempos de Plinio el Viejo (23-79), la mayoría de los estudiosos occidentales aceptaban que la Tierra tenía forma esférica. Más o menos por entonces, Claudio Ptolomeo (100-170) derivó sus mapas de un globo curvado y desarrolló el sistema de latitud, longitud y climas. Sus escritos se convirtieron en la base de la astronomía europea durante la Edad Media, aunque la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media vieron argumentos ocasionales en favor de una Tierra plana. El error moderno de que la gente medieval creía que la Tierra era plana se introdujo por primera vez en el imaginario popular en el siglo XIX.

La Flat Earth Society (Sociedad de la Tierra Plana) es una organización originaria de Inglaterra, aunque posteriormente establecida en la localidad californiana de Lancaster, que defiende la creencia de que la Tierra no es esférica, sino plana. Dado que ningún científico ni grupo religioso actual ha expresado su apoyo a esa creencia, la sociedad se ha convertido popularmente en un referente a la hora de aludir al pensamiento dogmático y la adherencia irracional a las tradiciones. En este sentido, la expresión «flat-earther», traducida libremente como ‘tierraplanista’, se usa en inglés para referirse a una persona que repudia los avances basados en el consenso científico y que, por extensión, vive anclada en la tradición acientífica.

10-01.jpgDurante más de treinta años, el físico y filósofo natural de Padua Santorio Santorio (1561-1636) comió, trabajó y durmió sentado en «la silla de pesarse», un artilugio ideado y construido por él para poder pesar y registrar su cuerpo, así como todo lo que comía y bebía, y también su orina y sus heces. De esa forma, podía comparar el peso de lo que había comido con el de sus productos de desecho, llegando a la conclusión (bastante obvia, por lo demás) de que estos últimos eran de un peso considerablemente menor. De este modo, pudo sustentar su teoría de la «transpiración insensible» (el peso perdido a través de los poros y durante la respiración), en un intento de explicar esta diferencia. Sus descubrimientos tuvieron poco valor científico, pero es reconocido por ser de los primeros investigadores en practicar, de una forma tan metódica, tan paciente y tan absurda la autoexperimentación.

El llamado año climatérico es una creencia que arranca de los tiempos de Pitágoras (582-507 a. C.) y según la cual se destacaban los años de la vida del hombre que eran múltiplos de siete o de nueve. Así, cuando se cumplían los cuarenta y nueve (siete por siete), los sesenta y tres (siete por nueve) o los ochenta y uno (nueve por nueve), se hablaba del «gran climatérico», pues eran años en los que se renovaban los componentes vitales y se podía aspirar a obtener nuevas energías.

Hacia el año 210 a. C. el cruel, despótico y hedonista faraón Ptolomeo IV Filopater mandó construir la nave Tessarakonteres, un formidable barco sustentado por tres enormes flotadores que medía ciento veintiocho metros de eslora, diecisiete de manga y veintiocho de altura, llevaba cuatro grandes remos timoneros de dieciocho metros de longitud cada uno y doscientos remos de gran tamaño a cada lado del barco, dispuestos en cuatro hileras superpuestas, contando con una tripulación formada por unos seis mil setecientos hombres, entre remeros (forzados), marineros y sirvientes. La nave estaba acondicionada como un palacio flotante, pues contaba con amplios salones, piscinas, una gran biblioteca y jardines, además de una gran sala para recepciones y fiestas.

Sorano de Éfeso (s. II) era un médico griego considerado el primer ginecólogo de la historia de la humanidad. Se dice que recomendaba a las mujeres que no querían quedarse embarazadas que se colocaran en cuclillas y estornudaran después de tener una relación sexual. Aún hoy, en muy diversas partes del mundo se cree que dar saltos vigorosos después del coito ayuda a impedir el embarazo.

En 1650 una publicación, Musurgia Universalis, dio a conocer el invento de un jesuita alemán, de nombre Athanasius Kircher (1601-1680), al que llamó órgano o piano de gato (Katzenklavier en alemán), cuyo propósito era sacar de la depresión a un príncipe. El instrumento consistía en una línea de gatos fijados a su lugar con sus colas tensadas y pilladas bajo un teclado, de forma que, al presionar las teclas, se causase un daño proporcional al maullido de felino que se quería obtener. Kircher se dedicó a seleccionar gatos cuyos maullidos poseyeran diferentes tonos y grados de agudeza. Ordenándolos según esta característica, los dispuso en una estructura con forma de piano.

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El singular sistema entraba en su macabro funcionamiento gracias a una afilada aguja que pinchaba la cola del gato al presionar una tecla. A medida que avanzaba la melodía, la desesperación de los gatos aumentaba e incrementaba así su nivel de su maullido. Las obras eran confeccionadas en base a esta característica.

Este instrumento también fue descrito por el escritor francés Jean-Baptiste Weckerlin en su libro Musiciana, descripción de inventos raros y extraños: «Estando el rey de España Felipe II en Bruselas en 1549 visitando a su padre el emperador Carlos V, ambos se divirtieron contemplando una singular procesión. A la cabeza de ella marchaba un enorme toro cuyos cuernos ardían y entre los cuales se veía a un pequeño demonio. Tras el toro iba un muchacho cosido dentro de una piel de oso cabalgando un caballo con las orejas y el rabo cortados. Luego venía el arcángel San Miguel con ropa de colores brillantes y llevando una balanza en la mano. Lo más curioso era un carro que llevaba el instrumento musical más singular que se pueda imaginar. Un oso se encargaba de tocar un órgano que, en vez de tubos, tenía dieciséis cabezas de gato cada una con su cuerpo correspondiente bien sujeto, los rabos bien tensos y que eran pulsados para ser tañidos como las cuerdas de un piano; si se pulsaba una tecla en el teclado, la correspondiente cola de gato recibía un buen tirón que, a su vez, producía el correspondiente maullido de queja». Esta abominable orquesta se situaba en un teatro en el que monos, lobos, ciervos y otros animales bailaban al son de esta infernal «música». El instrumento fue utilizado por el físico alemán Johann Christian Reil (1759-1813) con el propósito de tratar a pacientes que hubieran perdido la capacidad para fijar su atención. Reil creía que si se veían forzados a ver y escuchar este instrumento, se les podría captar indudablemente la atención y podrían ser curados.

A lo largo de la historia de la humanidad son numerosas las especulaciones más o menos fundadas que intentaron localizar el verdadero emplazamiento del Paraíso Terrenal. De entre todas ellas, quizá sea la del geógrafo egipcio del siglo VI Cosmas «El Indicopleustes» (es decir, «El navegante del Índico») la de mayor originalidad. Durante su juventud, Cosmas fue mercader en Alejandría, luego viajero empedernido y, más tarde, monje. Hacia el año 548 escribió Topographia Cristiana, donde, basándose en la interpretación de las Sagradas Escrituras, dedujo que el mundo no era esférico, sino plano, rectangular y con la forma del Arca de la Alianza. También dejó escrito que en el rectángulo que formaba el mundo había dos grandes masas continentales separadas y a su vez rodeadas por el océano, una de ellas (que correspondía al Ecúmeno), la tierra habitada y conocida (Asia, África y Europa), y la otra, al continente donde estuvo el Paraíso Terrenal, situada al este y del cual salían los cuatro ríos que luego volvían a aparecer en el Ecúmeno. Este continente paradisíaco era el único habitado y en él vivieron Adán y sus descendientes hasta el diluvio universal, día en el que Noé, construyendo una gran arca, se desplazó hasta Persia, en el llamado Viejo Mundo, que a partir de entonces fue sede de la raza humana, pues nunca supieron hallar el camino de regreso. Después de leer a Cosmas, quedó claro para muchos, que el continente paradisíaco era América y que los cuatro grandes ríos que saliendo del Paraíso volvían a aparecer en el viejo mundo eran: el Marañón o río de las Amazonas, el Plata o Paraná, el Magdalena y el Orinoco o Uriapari. La explicación no podía ser más fácil, en América se había encontrado el Paraíso Perdido.

Al subir al trono de Córdoba en el año 882 Abderramán III (891-961), ordenó que se arrancasen todos los viñedos para acabar drásticamente con los borrachos. Afortunadamente, sus asesores le lograron convencer de lo absurdo de su medida y la revocó a tiempo.

La raíz de la mandrágora estuvo desde antiguo ligada a la superstición y la hechicería. En la Edad Media era valorada como antídoto para la desgracia, la pobreza y los embrujamientos, y como una auténtica panacea contra todos los males. Para obtener esta raíz había que sacarla de noche de manera muy cuidadosa sin provocarle heridas, ya que de no ser así podía matar a la persona. Por tal motivo, se solía encomendar esta tarea a los perros, quienes según la leyenda morían luego de desenterrarlas. Incluso el célebre médico Maimónides aportó en el siglo XII un dato aún más misterioso: para arrancarla, las personas deberán utilizar tapones en los oídos ya que la planta al ser desraizada profiere un grito tan fuerte que puede resultar fatal para quien no esté protegido. Según la creencia popular, los mejores ejemplares de esta planta crecían al pie de los patíbulos, regados con el semen de los ahorcados.

Según una versión apócrifa, pero conocida por primera vez en una biografía póstuma, y luego embellecida y popularizada por el matemático francés Pierre-Simon Laplace (1749-1827), el español Alfonso de Borja (1378-1458), elegido papa en 1455 con el nombre de Calixto III, excomulgó al cometa Halley en 1456, con ocasión de su aparición sobre Europa. La razón de la curiosa medida estaría fundamentada en la tradicional creencia en los cometas como símbolo de mal agüero, y en particular en aquella oportunidad lo sería contra los defensores cristianos de la ciudad de Belgrado, sitiada a la sazón por los otomanos. Esta versión, sin embargo, carece de sustento histórico firme. La bula de Calixto III del 29 de junio de 1456, en que el pontífice solicita las oraciones de los fieles para el triunfo de la cruzada, ni siquiera menciona al cometa. Para el 6 de agosto de 1456, cuando el sitio de la ciudad fue roto por los defensores, hacía varias semanas que el cometa había dejado de ser visible. Según la versión legendaria, el decreto papal pedía que todos los católicos orasen para que el cometa, un «símbolo de la ira de Dios», desapareciese o, al menos, fuese desviado contra los turcos, que acababan de conquistar Constantinopla.
De aquella bula papal procede la costumbre del rezo del ángelus. Esta oración en honor del misterio Angelus Domini nuntiavit Mariæ, (‘el ángel del Señor anunció a María’), nacida, pues, para rogar por la desaparición de un cometa, se rezaba primeramente a la caída de la tarde y actualmente se reza también al amanecer y, sobre todo, al mediodía.

Al rey de Francia Luis XI (1423-1483) se le ocurrió una brillante idea para divertir a su corte. Su ocurrencia consistía en dar un concierto en el que se interpretasen sintonías «tocadas» por una piara de cerdos. Al parecer, las «notas», o sea los chillidos, se conseguían pinchando a los cerdos con mayor o menor intensidad y en lugares señalados del cuerpo por especialistas en el sistema.

En la Edad Media se consideraron los lomos como la sede de la lujuria del hombre y del poder del diablo (san Jerónimo se los flagelaba por esta razón), mientras que, en el caso de la mujer, dicha sede estaría situada en el ombligo, idea esta que sugiere más una fantasía masculina que un hecho fisiológico. En 1551, el doctor Luis Lobera de Ávila (1480-1551) ya afirmaba que «jamás había tenido que dar consejos o remedios por enfermedades producidas por la continencia, y sí, por el contrario, a los que se excedían en esas funciones». En 1597, el doctor Blas Álvarez Miraval era muy duro con estas personas, y opinaba que «los cuerpos de los luxuriosos con su concupiscencia arden y se calientan, y acabada la luxuria hieden como sentinas de navío por ofender universalmente a todos los miembros del cuerpo humano». En una obra del siglo XIX se pueden encontrar descritos más detalladamente los síntomas del lujurioso: «Se quedan obtusos sus sentidos, le escasean y aun le faltan las ideas, se embota su imaginación; se pervierten su juicio y buen criterio, la generosidad, el valor, el patriotismo, la alegría, el porte afectuoso y los violentos deseos que antes le animaban, todo desaparece dejando en su lugar la apatía más profunda y la postración más invencible. Y si, a pesar de la debilidad a que ya le han reducido las pérdidas seminales, trata todavía de irritar sus órganos y de continuar en sus excesos, no tarda en aniquilarse del todo, llegando a ofrecer una imagen triste de la muerte». En un tratado medieval se recomienda retozar desnudo sobre un campo de ortigas o introducir un dedo en agua hirviendo; hoy, indudablemente, se prefiere la ya clásica ducha de agua fría o, en su defecto, hacer el amor.

El astrónomo estadounidense Percival Lowell (1855-1916) llegó a afirmar, tras profundos estudios telescópicos de la superficie del planeta Marte, realizados desde un observatorio enclavado en Arizona, que la superficie marciana estaba cubierta por una red de largos canales (los famosos «Canales de Marte»), quinientos de los cuales llegó a identificar, afirmando además que era posible pensar que el planeta estuviera habitado por alguna forma de vida.

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Su colega y compatriota William Henry Pickering (1858-1938) refutó esta teoría, pero, a cambio, explicó las manchas oscuras del cráter lunar Eratóstenes como grandes concentraciones de insectos lunares, añadiendo, para rematar la cuestión, que su aspecto es semejante a lo que un hipotético astrónomo lunar vería al observar las praderas norteamericanas repletas de manadas de búfalos.

Según las más antiguas doctrinas astrológicas, cada una de las partes del cuerpo se encuentra bajo la jurisdicción de un astro determinado. Saturno gobierna la vejiga, los huesos, el bazo y los llamados «jugos circulantes»; Júpiter, la bilis, los riñones, las venas y los órganos sexuales; Venus, el útero, los senos, los conductos espermáticos, las ijadas y las nalgas; Mercurio, la memoria, la imaginación, el cerebro y todos los procesos mentales, así como las manos, los pies, las piernas y la bilis; el Sol, el cerebro, los nervios, la orina, el ojo derecho del hombre y el izquierdo de la mujer, y los nervios ópticos; la Luna, la boca, el cerebro, el vientre, los intestinos, los órganos de reproducción, el ojo izquierdo del varón y el derecho de la hembra, el hígado femenino y el lado izquierdo del cuerpo… Basándose en estos conceptos astrológicos y astronómicos, las curas para cualquier parte del cuerpo debían aplicarse en el momento adecuado: un ejemplo era la necesidad de tener los pies sumergidos en agua fría para poder sacar de la garganta una espina de pescado o bien la obligación de verter vinagre sobre la bisagra de una puerta para curar un dolor de cabeza.

Del mismo modo, eran importantes las distintas representaciones medievales del llamado «Hombre Zodiacal», una visión del cuerpo idealizado del hombre celestial, considerado como un microcosmos de principios celestes, en el que cada signo del zodíaco iba asociado a una función específica del cuerpo. Lo que acontecía allá arriba, como la posición de un planeta en un signo, se reflejaba aquí abajo en el bienestar físico y mental de las personas. El hombre zodiacal era un tema frecuente en toda la literatura medieval; hacia el siglo XVI la relación entre la astrología y el cuerpo humano estaba totalmente desarrollada y los «humores» y padecimientos del paciente se diagnosticaban según su signo de nacimiento.

Para los etoros, antiguos pobladores de las tierras altas de Nueva Guinea, el hombre nacía con una cantidad limitada de semen que tenía que racionar, ya que, si este se agotaba, moría. Por ello, los etoros evitaban las relaciones heterosexuales durante más de doscientos días al año. Las mujeres que incitaban a los hombres a abandonar este periodo de castidad eran severamente castigadas. En caso de que la mujer hubiese logrado su objetivo «malgastador», se pensaba que la única forma de recuperar el esperma perdido era ingiriéndolo mediante relaciones sexuales orales con otro hombre.

En cierta ocasión, Paracelso (1493-1541), el gran médico del siglo XVI y uno de los últimos alquimistas, describió una receta para fabricar un ser humano «distinta» al proceso natural: «Se deja pudrir el esperma de un hombre en un recipiente durante cuatro días o hasta que, al final, comience a vivir, moverse y fijarse. Pasado ese tiempo, se parece, hasta cierto punto, a una criatura humana; pero aún es traslúcida y carente de cuerpo. Tras este tiempo, se nutre a diario y se alimenta cautelosa y prudentemente con el arcano de la sangre humana y se mantiene durante cuatrocientas semanas con el calor continuo e igual de un vientre equino; entonces, se transformará en un bebé verdadero y vivo, con todos los miembros de que está provisto el nacido de una mujer, pero mucho más pequeño. Se trata aquí del denominado “homúnculo”, que después debe criarse con el mayor cuidado y celo, hasta que se desarrolle y comience a adquirir inteligencia».

A mediados del siglo XVI, un señor autodenominado demonologista publicó un libro titulado De Praetistigiis en el que daba un repaso a todo el imperio infernal, llegando a la conclusión de que existían cerca de siete millones y medio de demonios, distribuidos en mil ciento once legiones, mandadas por setenta y dos príncipes infernales. También hacía referencia a los seres sobrenaturales que, desde siempre, se habían encargado de atormentar a los hombres, y que procedían de los desiertos, las profundidades del mar, las cimas de las montañas y las ciénagas.

El astrónomo alemán Johann Bayer (1572-1625) pensó que era una blasfemia nombrar a las constelaciones con nombres de personajes de la mitología griega. En consecuencia, presentó sin éxito la propuesta de un nuevo sistema (nomenclatura o sistema de Bayer) en el que se nombraba a las constelaciones del norte con los nombres de personajes del Nuevo Testamento.

Según los geólogos, la Tierra tiene cinco mil millones de años y el universo en su conjunto unos quince mil millones de años, pero los judíos de la Edad Media calcularon que la fecha de la Creación fue el 7 de octubre del 3761 a. C., punto inicial de la cronología histórica que sigue utilizándose en el cómputo del número de años del calendario judío. El religioso anglicano irlandés James Ussher (1581-1656), arzobispo de Armagh (hoy Irlanda del Norte) y que fue profesor universitario, tras más de catorce años de concienzudos estudios de las Sagradas Escrituras, dio a conocer en 1658 en su obra Cronología Sagrada (o, con más propiedad, Annales veteris testamenti, a prima mundi origine deducti, (‘Anales del Viejo Testamento, derivados de los primeros orígenes del mundo’), la sorprendente (y absurda) conclusión de que Dios creó el mundo «por última vez» a las 9 de la mañana del 26 de octubre del año 4004 a. C. La datación de esta fecha se enmarcaba en una teoría más genérica según la cual veintisiete catástrofes distintas habían destruido toda la civilización en otros tantos momentos de la evolución de la vida en el planeta y que, cada vez, Dios había comenzado todo de nuevo. Según este obispo, los seres humanos actuales no habían aparecido en la Tierra hasta la última Creación, que comenzó en la fecha arriba indicada. Desarrollando esa misma teoría, llegó a datar el diluvio universal en el año 2400 a. C., y a situarlo en la cuenca del Éufrates. La fecha propuesta por Ussher (4004 a. C.) difiere poco de las estimadas por Beda (3952 a. C.) o por sus contemporáneos, el inglés John Lightfoot (atardecer próximo al equinoccio de otoño del año 3929 a. C.) y el francés Joseph Justus Scaliger (3949 a. C.).
La elección específica de Ussher de ese año pudo haber estado influida por la creencia de aquel entonces de que la vida potencial de la Tierra era de seis mil años (cuatro mil antes del nacimiento de Cristo y dos mil después), correspondiente a los seis días de la creación, sobre las bases de que «con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pedro, 3,8). Esta visión fue completamente abandonada en 1997, seis mil años después del 4004 a. C. Sin embargo, hay algunos estudiosos bíblicos, como así también un gran número de cristianos evangélicos, que profesan una interpretación literal de la Biblia y que siguen creyendo que la Tierra tiene seis mil años de edad.

Tal vez impresionado por la finura de análisis de Ussher, el científico inglés William Whiston (1667-1752) quiso perfeccionar los cálculos de aquel y afirmó, también tras un profundo estudio de las Sagradas Escrituras, que el diluvio universal tuvo lugar el 18 de noviembre del año 2349 a. C. (tal vez por falta de análisis él no especificó la hora de comienzo). Este teólogo llegó a tales conclusiones basándose en las edades de los antecesores de la humanidad enumerados en el Génesis, donde figuran todos los ancestros de los seres humanos desde Adán hasta Abraham. Sumando todas las edades se llega al cálculo de los teólogos.

El médico alemán Franz Joseph Gall (1758-1828) desarrolló la «revolucionaria» ciencia de la Frenología, mediante la cual podía adivinarse el carácter y predisposiciones de una persona gracias a las protuberancias de su cráneo.

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Se suponía que las facultades afectivas e intelectivas, en número de veintisiete (luego las elevó a treinta y dos), residían en un lugar preciso de la corteza cerebral y se podía observar su desarrollo por los abultamientos que presentaba el cráneo. También mediante el estudio de la forma y estructura del cráneo humano y de sus zonas (algunas tan etéreas como la codicia, el orgullo, la amistad, el talento poético, el amor de los hijos o la firmeza de propósito), que estarían más o menos desarrolladas en cada individuo, sería posible determinar el carácter y los rasgos de la personalidad, incluidas las tendencias criminales. Gall, quizás no tan científico pero tampoco tan tonto, comenzó a vender su tratamiento de «lectura de personalidad». Tuvo tal éxito en su negocio que las personas formaban colas enormes para que Gall les «leyera» su personalidad. Durante la época victoriana esta teoría se tomó muy en serio. En su apogeo, suscitó un gran interés entre el público en general, pero pronto dio pie a controversias en los círculos médicos y científicos. Disecciones de cerebros, comparaciones con animales, cabezas y cráneos vaciados y rellenos de yeso… También fue una fuente de diversión para muchos y (no sin razón) se convirtió en objeto de sátira y crítica para otros. No obstante, a pesar de la falsedad de sus teorías, Gall es considerado actualmente uno de los más importantes anatomistas del cerebro, pionero en la investigación cerebral y fundador de la psicología como ciencia biológica.

A lo largo de la historia, se llevaron a cabo infinidad de intentos anteriores, algunos incluso tragicómicos, sin embargo, sería Christopher Grienberger, matemático y astrónomo jesuita, quien, a principios del siglo XVII, se tomara el trabajo de determinar seriamente en base a cálculos matemáticos y principios de la física cuánta fuerza sería necesaria para sacar a la Tierra de su órbita. Grienberger, que era, al menos secretamente, partidario de las teorías de Galileo, trabajó como asesor y editor de varias de las obras producidas por astrónomos y matemáticos jesuitas como él. Su trabajo, por otra parte, le daba los recursos, el tiempo libre y la libertad mental necesarios, así como el contacto fluido con otras grandes mentes, para embarcarse en proyectos científicos que, de otra manera, le hubiesen resultado imposibles. Uno de ellos sería, como decíamos, su obsesión por calcular la fuerza y la metodología necesarias para mover a la Tierra de su órbita. En este proyecto trabajaría durante décadas y, en él, intentaría involucrar a otros astrónomos, algunos de la talla de Mario Bettinus. Si bien en un principio creía que esto podría ser posible, con el tiempo, y sobre todo cuando empezó a desarrollar seriamente su investigación, llegaría a la conclusión de que esto sería imposible. Grienberger construiría no obstante infinidad de modelos a escala.

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Cuando Thomas Edison (1847-1931) construyó su primer fonógrafo capaz de grabar sonidos, en 1877, publicó un artículo proponiendo diez usos para su invento; entre ellos, preservar las últimas palabras de personas a punto de morir, grabar libros para personas ciegas, anunciar la hora y enseñar ortografía. La música no estaba en su lista de prioridades. Pocos años después, Edison le dijo a su asistente que su invención no tenía valor comercial. Al poco tiempo cambió de parecer y decidió entrar al negocio de venta de fonógrafos…, aunque como máquinas para dictar textos en las oficinas. Cuando otros emprendedores aplicaron su invento para tocar música popular al ingresar una moneda, Edison lo objetó, considerando que lo alejaba del «uso serio» en las oficinas. Tardó veinte años en reconocer que el uso principal del fonógrafo [junto al que, en la foto, posa en 1878] sería grabar y emitir música. Secretamente, lo que más le interesaba y lo que perseguía era comunicarse con los espíritus, pues Edison creía que había una frecuencia entre la onda corta y la onda larga que nos permitiría comunicarnos con el mundo astral, y trabajó durante años en construir una máquina capaz de hacerlo.

Algo similar le ocurría al físico italiano Guglielmo Marconi (1874-1937), inventor del telégrafo, que trabajó durante bastante tiempo en un aparato que, según él, le permitiría recibir y grabar voces del pasado. Incluso llegó a decir que su máxima ilusión sería grabar las últimas palabras de Jesús en la Cruz.

Isaac La Peyrére (1596-1676), el autor de Preadamitae (1655), mantenía que Adán era sólo el progenitor de los judíos, mientras que otros pueblos antiguos, como los caldeos, los egipcios, los chinos y los aztecas, descendían de antepasados preadamitas. Henry Home, lord Kames (1696-1782), trató de llegar a un compromiso con el Génesis fechando la creación de las razas separadas en los acontecimientos posteriores a la Torre de Babel. En De generis humani varitate nativa, Johann Blumenbach sostuvo que la causa principal de la «degeneración [de las razas que no son blancas] a partir del tronco caucasoide primitivo era un conjunto de factores tales como el clima, la dieta, el modo de vida, la hibridación y la enfermedad». Pero, mientras el conde de Buffon (1707-1788) y Johann Blumenbach (1752-1840) vieron en el negro un producto de la degeneración a partir de la perfección adámica, James Cowles Prichard (1786-1848) introdujo una hipótesis nueva, la de que Adán había sido negro. Bajo la influencia de la civilización, el hombre había ido gradualmente convirtiéndose en blanco. El reverendo Samuel S. Smith (1795-1812) en 1810 «pudo señalar el caso de Henry Moss, famoso antiguo esclavo que se exhibía por todo el norte [de Estados Unidos] mostrando las manchas blancas que le habían salido por todo el cuerpo, que le dejaron al cabo de tres años casi completamente blanco». El doctor Benjamin Rush (1746-1813) presentó ese mismo caso en una reunión especial de la Sociedad Filosófica Americana, en la que mantuvo que el color negroide de la piel era una enfermedad, como una forma de lepra benigna, de la que Moss estaba experimentando una curación espontánea.

En 1685, el erudito de la literatura clásica Jean Hardouin (1646-1729) publicó una edición de la Historia Natural de Plinio. La edición en sí no tenía nada de raro; lo raro es que a pesar de su erudición, Hardouin tenía ideas muy extrañas sobre los orígenes de la cultura grecorromana. Según él, la mayoría de la literatura clásica grecorromana no había sido escrita por autores grecorromanos. En realidad, habría sido falsificada durante la Edad Media por un grupo de monjes benedictinos. También afirmaba que todas las monedas grecorromanas existentes eran falsificaciones. Nunca explicó por qué ni para qué se había producido ese gran engaño. Sólo declaró que, cuando él muriera, la razón se encontraría en su mano escrita en un trozo de papel. La razón, desafortunadamente, nunca se encontró.

El eminente astrónomo inglés Edmund Halley (1656-1742) (famoso, entre otras razones por haber identificado y predicho el regreso del cometa que lleva su nombre), sostuvo en cierta etapa de su vida la curiosa teoría de que la Tierra está hueca y que, dentro de ella, bajo una corteza de unos ochocientos kilómetros de espesor medio, giran tres pequeños planetas. En la misma línea se movió la teoría del matemático suizo Leonhard Euler (1707-1783), que llegó a afirmar que la Tierra no sólo está hueca en su interior, sino que en ese hueco vive otra civilización humana bajo la luz de un sol central. Ya en el siglo XIX, el capitán estadounidense John Cleves Symmes (1742-1814) expuso la idea de que la Tierra está efectivamente hueca y compuesta por una serie de esferas concéntricas. Además, sostuvo una teoría esotérica que desde entonces ha tenido muchos defensores y según la cual es posible descender al centro de la Tierra a través de dos grandes agujeros situados en los polos. Esta idea ha dado mucho juego en el campo de la literatura fantástica y principalmente en la novela Viaje al centro de la Tierra (1864), del francés Julio Verne (1828-1905), además de estar presente en el equipaje ideológico (no siempre confesado) de alguna de las primeras expediciones a la conquista de los polos.

Pero no sólo fue Verne quien utilizó esta leyenda. Entre las veintitrés novelas que Edgar Rice Burroughs (1875-1950) dedicó a las aventuras de Tarzán, el rey de los monos, hay una poco conocida, titulada Tarzán en el centro de la Tierra, escrita entre 1929 y 1930. En ella, el rey de los monos viaja a través de un hipotético agujero polar a Pellucidar, un mundo situado en la superficie interior de la Tierra, iluminado por un sol central, en el que, curiosamente, no existen direcciones. En aquel mundo, que Burroughs sitúa en una etapa prehistórica, Tarzán se ha de enfrentar a toda clase de monstruos antediluvianos. Es aquella una civilización en que no funcionan las habituales leyes de la naturaleza, pero que sería un mundo feliz si no fuera por el tirano Mahar. Las gentes que habitan en el interior de la Tierra son extrañas, algo simiescas, «tal vez sean el eslabón entre el mono y el hombre, cuyo rastro ha sido borrado por las innumerables convulsiones que sacudieron la corteza exterior. O tal vez sean, sencillamente, el resultado de una evolución un poco diferente. Cualquiera de las dos suposiciones es plausible».

En su obra de 1932, Tratado sobre Documentación, Paul Otlet (1868-1944) hablaba de un futuro en el cual la información se encontrase disponible de manera inmediata y universal. La información, según la propuesta de Otlet, se administraría en índices y sería enviada según pedido a distintas pantallas distribuidas por todas partes.

Aunque su idea requería de un intensivo trabajo manual por parte de los administradores, lo que Otlet llamó «enlaces simbólicos» poseía una curiosa relación con el concepto actual de hipervínculos. Otlet, junto a otro abogado llamado Henri La Fontaine, hacía veintidós años que venía trabajando en un gigantesco proyecto (ya fallido cuando escribió su tratado anterior) de recopilación de información, denominado «Mundaneum», cuyo objetivo era acumular, catalogar y presentar toda la información disponible en el mundo. Esta clasificación se realizaba mediante un sistema denominado Clasificación Decimal Universal (aún hoy utilizado en biblioteconomía), mediante el que se crearían más de doce millones de tarjetas índice y documentos relacionados. Gradualmente, la monumental tarea perdería el apoyo con el que había gozado en un principio y en 1929 moriría del todo tras el fracaso de la construcción final del edificio que daría sede al proyecto. Hoy, los remanentes del Mundaneum son piezas de museo en Bruselas.

Los primeros astrónomos trataban de compensar las limitaciones de sus lentes utilizando larguísimos telescopios, o bien lentes suspendidas en el aire, sin tubo. En 1722, James Bradley (1693-1762) empleó un telescopio de 64,62 metros de largo. El siglo anterior, el astrónomo francés Adrien Auzout (1622-1691) pensó en construir uno de 304,80 metros que, según creyó, le permitiría aumentar tanto los objetos que podría distinguir animales en la Luna.

En 1711, el matemático inglés William Whiston (1667-1752) publicó un libro con el que pretendía demostrar que el cometa Halley tenía una órbita mayor de lo que su coetáneo Edmund Halley (1656-1742) había supuesto y que se aproxima a la Tierra no cada setenta y cinco años, sino cada quinientos setenta y cinco años. Siete regresos antes, en 2345 a. C., se había acercado mucho a la Tierra, según él, y su fuerza gravitatoria había originado grandes mareas, al tiempo que la cola, al entrar en la atmósfera terrestre, había originado lluvias prolongadas. Consecuencia directa de tal acontecimiento había sido el diluvio universal. Whiston auguraba que en el curso de un futuro retorno, el cometa haría que la Tierra se acercase al Sol y pereciese abrasada.

Aghori es una secta hinduista caracterizada por que sus miembros comen cualquier cosa, aunque sea abominable, incluidos excrementos, carroña y carne humana. Los santones aghori, cubiertos de cenizas, van por las calles pidiendo con un kapala (‘cráneo’) lleno de excrementos que no vacilan en tirar a quienes se niegan a darles limosna. Duermen en los cementerios y, llegado el caso, consumen carne humana, pues nada, por más extremo que sea, les es ajeno. Su deseo consiste en llegar a ser parte de Siva, más allá de las ilusiones, una de las cuales es el concepto de pureza. Para ellos, la pureza vale tanto como la impureza, es simplemente una raya falsa que se puede rebasar. Los aghori se declaran seguidores de Kina Ram, un santón del siglo XVIII que, según la tradición de su secta, vivió ciento cincuenta años y que está enterrado en Benarés, en un santuario convertido en centro de la secta.

Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), fue un naturalista, botánico, matemático, biólogo, cosmólogo y escritor francés. Un verdadero erudito en todos esos campos del saber, pero que no siempre acertó. Por ejemplo, estaba absolutamente convencido de que las mujeres tenían también una especie de espermatozoides parecidos a los del hombre. Para probarlo invitó a varios colegas a su demostración, mató y diseccionó a una perra en celo que había copulado con su pariente canino y encontró, lógicamente, espermatozoides en los ovarios. Según él, no podían ser los del perro porque no pueden ir tan rápido desde la vagina a los ovarios. Además, les atribuyó a estos la capacidad de generarlos. También era partidario de la teoría de la evolución…, pero descendente. Aceptó un cierto proceso evolutivo en algunas especies; sólo que su evolución tenía un sentido distinto, el de la degeneración. Desde su punto de vista, los monos eran degeneraciones del hombre; los burros, del caballo, y así sucesivamente. Buffon defendía además que la Tierra se formó a partir de un trozo de Sol arrancado por un cometa, hace seis mil años. Luego, la masa incandescente se enfrió durante un periodo de actividad volcánica y de cataclismos, que dieron origen a las montañas. Para el francés, una de las pruebas de este accidentado génesis eran los esqueletos de peces y conchas encontrados en las cimas de las montañas. El ateo Voltaire (1694-1778) se unió a la Iglesia para condenar y combatir las ideas evolucionistas de Buffon y, en su afán de rebatirle, Voltaire llegó a sugerir que estos restos marinos encontrados en las montañas fueron dejados por excursionistas o romeros.

El astrónomo germano-británico William Herschel (1738-1822) hizo avanzar la ciencia astronómica como pocos al demostrar por primera vez la teoría de que el Sol no era el centro inmóvil del universo. Su tesis revolucionó el pensamiento científico de modo similar a como lo había hecho Copérnico al desbancar más de dos siglos antes a la Tierra del lugar que ahora ocupaba el Sol. Además, Herschel se convirtió en el astrónomo más importante y respetado de su época al calcular certeramente una extensión del Sistema Solar que suponía el doble de la considerada hasta ese momento, al catalogar unas dos mil quinientas nebulosas (frente a las cien que se conocían hasta ese momento) y al descubrir el planeta Urano y sus satélites y la sexta y séptima lunas de Saturno. Sin embargo, junto a estos grandes avances, sostuvo teorías ciertamente curiosas. Por ejemplo, creía que la Luna y los planetas estaban habitados, que la luminosidad del Sol podía estar limitada a su atmósfera (lo que significaría que bajo el cinturón de fuego solar existe un cuerpo frío y sólido que aún podía estar habitado) y que las manchas solares eran agujeros en dicha atmósfera, a través de los que podía verse la superficie helada que su teoría preconizaba.

El conde Cagliostro (1743-1795), noble italiano nacido en Palermo, no sólo pasará a la historia como masón y falsificador. Este hombre estaba muy preocupado con su vida, quería, como casi todo el mundo, vivir más. Para ello contaba con una técnica que él consideraba «infalible», un método que regeneraba su cuerpo con una única consecuencia, alargar su vida. Para ello, se fijo en los gusanos de seda y trato de reproducir fielmente el proceso sufrido por estos cuando se envuelven en su capullo de seda y renacen como mariposas. Su teoría es que si los gusanos podían hacerlo, por qué no él. Y así lo hizo. Cagliostro desnudaba a la persona en cuestión, la tumbaba en una cama, la envolvía en una manta y, durante un mes, la dejaba reposar, alimentándola sólo con caldo de pollo. El conde aseguraba que, pasados unos días, el individuo empezaba a perder el pelo y se le caían los dientes hasta llegar a un estado de debilidad extremo. Llegado a ese punto, el moribundo empezaría un proceso regenerativo que le devolvería sus dientes y pelo. Pero no sólo lo perdido volvería a su ser, sino también la ansiada juventud. Es cierto, la ciencia corrobora que la acción del escorbuto y la falta de ingestión de vitamina C producen en una persona la pérdida rápida del pelo y los dientes. La mitad del experimento es, por tanto, acertada, el problema es la segunda parte, ninguno de sus conejillos de indias en busca de la juventud lograba esta, y lo que es peor, perdían cabellera y dientes para siempre.

10-07.jpgCuando se diseñó el Empire State, el futuro estaba plagado de naves voladoras, especialmente globos y dirigibles. John Raskon, el financiero que puso los fondos para su construcción, era ciertamente un hombre de mucha visión, por lo que, previendo un futuro en el que los viajes se realizasen por vía aérea, dotó a su edificio, el más alto del mundo entonces, de un puerto aéreo para el anclaje de dirigibles. De esta manera, el Empire State no sólo sería un edificio, sino que también serviría de puerto para viajes intercontinentales, con la enorme acumulación de capital que ello significa. Por eso, el diseño original, de terminación rectangular convencional, fue reemplazado por un enorme mástil de arquitectura art decó (considerado como muy futurista en aquellos años iniciales del siglo XX) que convirtiera al edificio original de ochenta y seis pisos en uno de ciento dos. Un lujoso elevador transportaría a los pasajeros hacia la zona habitable, que terminaba en el piso 86. Desafortunadamente, las intensas corrientes aéreas demostrarían que el plan no era muy seguro y, con los años, en 1953, la emblemática cúpula se transformaría en una torre de comunicaciones.

El teólogo griego del siglo II Clemente de Alejandría propuso que se prohibiera por ley el uso de cosméticos, pues sólo servían para que las mujeres casadas engañaran a sus maridos sobre sus méritos físicos. Mucho después, en 1770, el Parlamento británico no aprobó una ley, pero por poco, en la que, entre otras cosas, se leía: «Las mujeres de cualquier edad, rango o profesión, ya sean vírgenes, doncellas o viudas, que seduzcan o induzcan con fines matrimoniales sirviéndose de esencias, pinturas, aplicaciones cosméticas, dientes o cabellos postizos, incurrirán ante la ley en las mismas penas que se aplican contra la brujería y el matrimonio será considerado nulo». Similares críticas se volvieron a oír cuando el uso del colorete alcanzó un nuevo auge en Europa a finales del siglo XVIII. En la revista británica Gentlemen’s Magazine (por supuesto, masculina y misógina) se leyó: «Las solteras que siguen esta moda tienen cierta excusa, pues deben encontrar marido. Pero esta frivolidad resulta incompatible con la dignidad de la mujer casada». Afortunadamente, la guillotina de la Revolución francesa cortó de raíz todo lujo aristocrático y las mujeres dejaron de perder la cabeza, por así decir, por el colorete. Pero hubo otros motivos.

Aunque nacido en Alemania, Franz Anton Mesmer (1734-1815) estudió medicina en la Escuela de Viena y obtuvo su diploma en 1766. Por esta época ya era doctor en filosofía. Abrió su consulta en Viena y, en 1772, comenzó a trabajar con imanes en el tratamiento de pacientes siguiendo las teorías de otro médico alemán, de Gotinga, Friedrich W. Klärich, que los utilizaba para el tratamiento del dolor dental. Alrededor de 1772, Mesmer llegó a la conclusión de que existía un poder, semejante al magnetismo, que ejercía una extraordinaria influencia sobre el cuerpo humano. Lo llamó «magnetismo animal» y proclamó, en 1775, sus virtudes curativas. Mesmer empleó con cierto éxito terapéutico su sistema y su técnica obtuvo cierto respaldo inicial entre sus colegas. Se apoya en el postulado de que existe un fluido universal que interactúa con los cuerpos celestes y otros cuerpos animados. Esta influencia mutua tiene como resultado un flujo y un reflujo que actúan sobre los hombres, insinuándose en la sustancia de los nervios. De acuerdo con esta teoría, todas las enfermedades provienen de un mal reparto de este fluido en el interior del cuerpo. Al ser esta unión entre hombre y universo del mismo tipo que aquella existente entre los objetos imantados, sólo se necesita drenar dicho fluido por medio de un imán para restablecer el equilibrio orgánico.
El primer relato sobre los efectos milagrosos de este tratamiento alude al caso de un tal Osterwald, miembro de la Academia de Baviera, a quien Mesmer habría sanado casi milagrosamente de una parálisis y una ceguera total. Pero el hospital general de Viena rehúsa autentificar esta curación. Es esa la primera confrontación entre Mesmer y la medicina oficial, que negará siempre toda legitimidad a sus prácticas. Mesmer, sin embargo, parece obtener resultados. El gran duque de Baviera, Maximiliano José, le invita dos veces a Munich para que exponga su método. Y se vuelve realmente famoso con la curación del barón Horka, que sufría de espasmos en la faringe y a quien ningún médico había podido sanar hasta entonces. Pero en 1775, la Academia de Berlín publica una carta en la que trata al magnetismo de mistificación. De todos modos, Mesmer continúa con sus tratamientos. Sin embargo, después de muchos fracasos y de la continua oposición de los médicos, abandona Viena en 1778 y se instala en París. En 1779, Mesmer publicó su Memoria sobre el descubrimiento del magnetismo animal, en cuyos veintisiete artículos exponía su doctrina, un texto que se transformó en la carta fundamental en la que se apoyarían todos sus fieles. Al observar que las propiedades del imán pueden transmitirse a otros objetos, por ejemplo a la barras de hierro, Mesmer piensa que el magnetismo animal podría también transmitirse, en particular al agua. Es así que inventa su famosa «cubeta» y desarrolla experimentos de «magnetismo colectivo». Este magnetismo colectivo puede alternarse con el «magnetismo individual», que puede practicarse en el domicilio del enfermo. Mesmer trataba a sus pacientes situándolos alrededor de las cubetas transformadas en una especie de dispositivos que distribuían el magnetismo. Para ello, se sumergían imanes y una mezcla de limaduras de hierro, vidrio molido y azufre en recipientes de agua, conectados entre sí por alambres. Los pacientes debían hundir en ellos varillas de hierro articuladas, que podían dirigir hacia sí mismos y hacia las partes enfermas de su cuerpo. Del mismo modo, debían tomarse de las manos para formar así una cadena por la que pasasen las ondas de corriente magnética. Era necesario que la sesión colectiva se realizase en la penumbra y en silencio, y todos debían permanecer inmóviles. Sólo Mesmer se movía por la habitación, imponiendo las manos sobre los pacientes o tocándolos con una varilla. Sin embargo, algunas veces se permitía que hubiera música.
Entre los años 1783 y 1784, el mesmerismo se transforma en la curación «de moda» y entonces la Facultad de Medicina consigue que se dicte una prohibición de las sesiones, lo que despierta la cólera de los pacientes y de la opinión pública. Debido a este asunto, Luis XVI decide crear dos comisiones para que se encarguen de estudiar el fenómeno. Su veredicto no tiene apelación. Ambas comisiones concluyen que el fluido universal no existe e insisten sobre el papel que juega la imaginación en estas prácticas. Un último informe señala que el mesmerismo puede ser peligroso para las costumbres por sus connotaciones sexuales (debido al contacto que se requiere para la imposición de las manos). Desengañado y en vista de que la práctica del magnetismo le queda prohibida a pesar de las curaciones atestiguadas por los enfermos, Mesmer se retira a Constancia, donde vive apaciblemente hasta su muerte, en 1815.
10-08.jpgPero sus discípulos, entre ellos el marqués de Puysegur (1751-1825), continúan con su obra. En 1784, Puysegur se sorprende al ver que sus pacientes se duermen cuando les hace la imposición de las manos. Es así como descubre el fenómeno del sonambulismo artificial, al que llama «sueño espasmódico». El cirujano inglés James Braid (1795-1860) reemplaza en 1843 la palabra «sonambulismo» por «hipnotismo». Finalmente, el profesor Jean-Martin Charcot (1825-1893), un neurólogo que ejerce en el Hospital de la Salpêtrière, utiliza el hipnotismo en sus terapias. El mesmerismo, fuertemente atacado por los médicos durante la vida de su creador, conoce entonces una larga descendencia en el seno de la medicina oficial. Hoy en día se identifica la mesmerización con la hipnosis y se reconoce su amplia utilidad en el tratamiento de ciertas dolencias. A pesar de las falsedades de sus teorías, el mesmerismo abrió paso al hipnotismo y, luego, al psicoanálisis

Durante sus primeros años, los parisinos no querían la Torre Eiffel, la veían como un símbolo de modernidad y vanguardia que afectaba a la estética histórica de París. Por esta razón la torre no sólo fue «vendida» a la iniciativa privada sino que, como se observa en la foto, entre 1925 y 1934, sirvió de cartel publicitario para la empresa automovilística francesa Citroën.

Cuando la Convención Francesa condenó a muerte al rey Luis XVI (1754-1793), uno de los reunidos, Louis Legendre (1752-1797), jacobino y gran amigo de Danton, solicitó que el cadáver del rey fuese dividido en ochenta y dos trozos a fin de que cada uno de ellos fuese enviado a cada uno de los ochenta y dos departamentos de la República. Conviene tener en cuenta que, al parecer, el diputado que lo propuso era carnicero en la vida civil.

El caballero de Lamarck (1744-1829), apasionado por el tema de la evolución de los seres vivos, llegó a afirmar que, si se sacase un ojo a los recién nacidos y se les dejara reproducirse entre ellos, al cabo del tiempo se lograría obtener una raza con un solo ojo. Esta idea le llevó a efectuar cientos de experimentos con ratas, pero lógicamente jamás logró crear un cíclope roedor.

 En 1817, el francés François Sudre (1787-1862) creó el solresol, idioma artificial basado en la escala musical. En él, por ejemplo, la nota do indicaba afirmación; re equivalía a la conjunción copulativa y; mi, equivalía a la conjunción disyuntiva o; mientras que la palabra solasi significaba ‘ir hacia arriba’, puesto que se componía de tres tonos ascendentes. Lo que más entusiasmó a sus escasos seguidores es que este lenguaje podía ser cantado.

El matemático alemán Johann Karl Friedrich Gauss (1777-1855) propuso que fuesen plantadas en las estepas siberianas largas franjas de dieciséis kilómetros de anchura de árboles dibujando una gigantesca figura con el diagrama de la demostración euclídea del teorema de Pitágoras, de modo que observadores de otros mundos (especialmente los de la Luna o Marte) pudieran ver con sus telescopios que los habitantes del planeta Tierra son lo suficientemente inteligentes como para saber geometría. Con el mismo propósito, el austriaco Joseph Johann von Littrow (1781-1840) sugirió, en 1840, que hogueras inmensas dispuestas en diseños geométricos en el Sáhara podrían ser vistas desde otros planetas. Un siglo después, el escritor Pierre Boulle (1912-1994) utilizaría esta idea de manera similar: ese mismo diagrama es el medio que elige Ulises Mérou, el protagonista humano de El planeta de los simios, para mostrar su inteligencia a la chimpancé Zira.

En 1846, el ministro de Hacienda español, a la sazón Alejandro Mon y Menéndez (1801-1882), trató de imponer una iniciativa por la cual los sueldos de los funcionarios públicos se abonarían a partir de aquel momento trimestral y no mensualmente. Con ello intentaba, en sus propias palabras, «simplificar la contabilidad». Naturalmente, se elevó un clamor general de protesta, cuya intensidad hizo desistir en su empeño al innovador ministro.

El célebre médico y criminólogo Cesare Lombroso (1835-1909) realizó durante su vida una serie de investigaciones poco conocidas destinadas a buscar un medicamento capaz de acabar con la prostitución. Lógicamente los resultados fueron negativos, por lo que adoptó un método más simple como fue la cauterización del clítoris a las muchachas de mala vida. La cauterización fue una técnica médica habitual, hasta no hace mucho tiempo, para calmar el furor sexual en las mujeres. También se optó por la infibulación o, de forma más dramática, por la clitoridectomía o ablación del clítoris; en Inglaterra se llegó a abusar tanto de esta operación que el doctor Isaac Baker-Brown (1811-1873), gran propagador de la misma, fue excluido de la Sociedad de Obstetricia de Londres por haberla practicado numerosas veces «sin necesidad». Un procedimiento algo más moderado, pero también ineficaz, fue la técnica desarrollada por Manec que se basaba en la sección de los nervios sensitivos del clítoris. Por el mismo motivo, pero aplicándolo a los hombres, en el penal de Jefferson, Indiana, se utilizó por primera vez en 1889 y de forma totalmente absurda la vasectomía.

10-09.jpgEntre los más de veintisiete millones de visitantes de la Exposición Universal de Chicago de 1893 se encontraba Désiré Despradelle (1862-1912), un arquitecto y profesor del Massachusetts Institute of Technology que comenzó allí a fraguar una idea descabellada: construir en pleno Chicago una torre de piedra de cuatrocientos cincuenta y siete metros en forma de faro que sería la mayor obra construida por el ser humano en toda su historia y que quedaría para la posteridad como imagen del progreso. Los cuatrocientos cincuenta y siete metros eran una altura impensable en aquellos tiempos y que aún hoy sólo es superada por tres rascacielos: El Burj Dubai, el Taipei 101 y el Shanghai World Financial Center. Sin embargo, si en 1893 se hubiera construido, el llamado Beacon of Progress (‘Faro del Progreso’) hubiera sido más alto que las hoy emblemáticas Torres Petronas (cuatrocientos cincuenta y dos metros) o la Torre Sears (cuatrocientos cuarenta y dos metros). La torre estaba proyectada en piedra y su localización hubiera sido el parque Jackson de Chicago, desde el que, además, se hubieran extendido varios campos de regatas hasta el lago Michigan. Su diseño fue aplaudido en todo Estados Unidos e, incluso, Despradelle fue galardonado con la Medalla de Arquitectura de la Exposición de París de 1900. Sin embargo, como la mayoría de los sueños, el Beacon of Progress tenía un coste acorde a sus dimensiones, una cifra tan inalcanzable como la imposible altura de sus azoteas. Despradelle fue aplaudido y galardonado, es cierto, pero de ahí a conseguir la financiación que le permitiera hacer realidad aquel proyecto… El edificio consistía en trece obeliscos que representaban las Trece Colonias norteamericanas originales. El grupo de obeliscos se unificaban en forma de chapitel único que se alzaría unos cuatrocientos cincuenta y siete metros sobre Chicago. El Faro también representaría los seguros beneficios del futuro. En la cúspide del edificio se situaría una escultura figurativa llamada el «Espíritu del Progreso» que encarnaría lo que Despradelle llamó «la mirada alzada del Cristianismo sobre toda Norteamérica». La figura miraría hacia el lago Michigan como homenaje al genio popular.

En aquella época, cuatrocientos eran muchos metros, aunque fuese para construir un Monumento a la Tercera Internacional en pleno San Petersburgo (Petrogrado, en esos días).

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El proyecto arquitectónico era más que ambicioso, casi faraónico, y suponía superar con otra construcción en acero al hasta entonces edificio más alto del mundo, la Torre Eiffel. Además, la torre proyectada sería móvil. El proyecto, que daba un giro radical a las propuestas arquitectónicas de los edificios de altura, era obra del escultor y arquitecto ruso Vladimir Tatlin (1885-1953) y consistiría en una estructura espiral de hierro y acero, volcada hacia un lado en el ángulo del eje terrestre, y que contendría cuatro estructuras de vidrio de diferentes formas: un cubo, una pirámide, un cilindro y media esfera. Todos estos elementos rotarían a distintas velocidades: el cubo completaría su giro en un año; la pirámide, en un mes; el cilindro, en un día, y la media esfera, en una hora. Sin duda, la construcción de aquella inmensa mole hubiera significado todo un hito, que incluso hoy sería difícil de superar. Pero, con la Primera Guerra Mundial recién finalizada y Rusia inmersa en una crisis económica, no tardaron en aparecer las primeras voces discordantes, calificando el proyecto de utopía o de derroche. Finalmente, este se canceló.

El moderno movimiento pro Tierra plana se originó cuando un excéntrico inventor inglés, Samuel Birley Rowbotham (1816-1884), basándose en interpretaciones literales de ciertos pasajes de la Biblia, publicó un panfleto de dieciséis páginas, que más adelante convirtió en un libro de cuatrocientas treinta páginas, exponiendo sus puntos de vista al respecto. De acuerdo con el sistema de Rowbotham, al que llamó «astronomía zetética», la Tierra es un disco plano centrado en el polo norte y cerrado en su límite sur por un muro de hielo, con el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas a tan sólo unos centenares de millas sobre la superficie de la Tierra. Rowbotham y sus seguidores alcanzaron notoriedad al enzarzarse en debates públicos escandalosos con los científicos destacados de su tiempo. Tras la muerte de Rowbotham, sus seguidores crearon la Sociedad Zetética Universal, publicando una revista titulada The Earth Not a Globe Review, y permanecieron activos hasta bien entrado el siglo XX. Tras la Primera Guerra Mundial, el movimiento inició un lento declive. En Estados Unidos, las ideas de Rowbotham fueron adoptadas por una secta religiosa, la Iglesia Católica Apostólica Cristiana, fundada por el curandero escocés John Alexander Dowie (1847-1907) en 1895, que estableció la comunidad teocrática de Zion a orillas del lago Michigan, a unos setenta kilómetros al norte de Chicago. En 1906, Dowie fue depuesto como líder del culto por su lugarteniente, Wilbur Glenn Voliva (1870-1942), quien gobernó a sus seis mil seguidores con mano de hierro, usándolos incluso como trabajadores forzados en la corporación propiedad de la iglesia, Zion Industries. En las escuelas de la comunidad se enseñaba exclusivamente la doctrina de la Tierra plana, a la vez que se combatían la teoría de la evolución y la astronomía que admitía que la Tierra era esférica. Voliva murió en 1942 y la iglesia se desintegró bajo una nube de escándalos financieros. Algunos seguidores incorruptibles de la Tierra plana siguieron viviendo en Zion durante la década de 1950.

John Hampton, un fanático de la teoría que afirma que la Tierra es plana, se atrevió a postular este reto en 1870: «Apuesto quinientas libras a que nadie puede demostrar que la Tierra es redonda; quien acepte este reto pagará la misma cantidad si no puede demostrarlo». Alfred Russel Wallace (1823-1913), uno de los naturalistas más importantes del momento, aceptó la apuesta. Poco podía ganar al mezclarse con aquel charlatán, pero sus problemas económicos le obligaron a aceptar el reto. Hampton pedía como prueba «mostrar un río, canal o lago convexo». Wallace preparó la prueba sobre un canal rectilíneo, en el que colocó unos marcadores, a la misma altura, sobre los tres puentes que lo cruzaban a intervalos de 4,8 km cada uno. Luego, visto desde un telescopio, el marcador del centro parecería más alto. El árbitro de John Hampton declaró que los tres marcadores estaban perfectamente alineados (era amigo y defensor de la misma teoría), el de Alfred Wallace declaró que el del centro parecía más alto. La disputa entre ambos se alargó hasta que Hampton tuvo problemas con la justicia, por otros temas, y fue encarcelado. Wallace no pudo cobrar las quinientas libras y, además, tuvo que hacerse cargo de los costes del «experimento», porque Hampton se declaró en quiebra.

Por otra parte, en 1956, Samuel Shenton (1903-1971), miembro de la Royal Astronomical Society y la Royal Geographic Society, reavivó la creencia reuniéndola bajo el nombre de International Flat Earth Society. Con la llegada del programa espacial, la Sociedad se vio enfrentada a fotografías de la Tierra realizadas por satélites orbitales y más adelante por astronautas que aterrizaron en la Luna. Enfrentado con las primeras fotografías de la NASA que mostraban la Tierra desde el espacio, Shenton afirmó: «Es fácil de ver cómo una fotografía como esta puede engañar al ojo no entrenado». La sociedad adoptó el conocido planteamiento de que el alunizaje del Apolo fue un montaje preparado por la industria del cine de Hollywood y basado en un guión de Arthur C. Clarke, postura también adoptada por otras muchas personas ajenas a la sociedad. En 1971, Shenton murió y Charles K. Johnson (1924-2001) se convirtió en el nuevo presidente de la Flat Earth Society. Bajo su liderazgo, y a lo largo de las tres décadas siguientes, el grupo creció en tamaño de un puñado de miembros a cerca de tres mil. Las peticiones de afiliación llegaron desde varios países, incluyendo Arabia Saudita, Irán e India. El último modelo del mundo propagado por la sociedad sostiene nuevamente que los humanos vivimos en un disco, con el polo norte en su centro, y un muro de hielo de cuarenta y cinco metros de altura como límite exterior. El mapa resultante recuerda vagamente al símbolo de las Naciones Unidas, hecho que Johnson citaba como prueba de sus afirmaciones: «el símbolo es así porque ellos saben que la tierra es realmente así». En este modelo, el Sol y la Luna no tienen más de cincuenta y dos kilómetros de diámetro. Charles Johnson murió el 19 de marzo de 2001, dejando en el aire el futuro de la Flat Earth Society.

El llamado en los periódicos «Príncipe de los Chiflados de los Estados Unidos» llegó a teniente gobernador de Minnesota a los veintiocho años y luego a diputado de los Estados Unidos, senador estatal y candidato a la vicepresidencia por el Partido Populista. Ignatius Donnelly (1831-1901) fue un reformador político radical (se oponía enérgicamente a la corrupción política y a las corporaciones monopolistas), pero también un seudocientífico. Obtuvo su mote en la prensa por asegurar que la Atlántida había existido, que Francis Bacon escribió las obras de Shakespeare (había un mensaje en clave en las obras que revelaba el «hecho») y que la Tierra fue golpeada de manera catastrófica por un cometa visitante. La novela de Donnelly, La Columna de César, que pronosticaba el fascismo en el siglo XX, fue un éxito de ventas: un millón de ejemplares.

En 1884, un británico llamado Harry Fell obtuvo una patente del Gobierno del Reino Unido para obtener oro a partir de trigo. Según él, si se empapaba el cereal en agua durante diez horas y luego se dejaba secar, el trigo se convertía en oro.

A finales del siglo XIX surgieron muchas teorías médicas y muchos tratamientos basados en ellas que podrían clasificarse dentro del capítulo de los absurdos o, simplemente, de las tonterías. Un ejemplo lo tenemos en la llamada «bioscopia» propuesta por el médico francés Collongues. Aunque literalmente la bioscopia sería el examen del cuerpo para demostrar la existencia de vida, este médico lo entendía como una técnica para curar las enfermedades del estómago y el hígado. En sus propias e incomprensibles palabras: «La bioscopia tiene por objeto el estudio de la fuerza motriz que anima la vida de nutrición bilateral, tomando como medida de esta fuerza el trabajo higrométrico de las manos, comparado matemáticamente cuatro veces seguidas entre la mano derecha y la izquierda en tiempos iguales y a temperatura caliente».

10-11.jpgAl salir de la cárcel, el ciudadano ruso Nikolai Sutyagin se encontró con que no tenía nada importante que hacer. Durante años, en la soledad de su celda, había soñado con construir en su ciudad natal de Archangelsk un edificio imponente, una casa tan alta que se pudiese ver desde muchos kilómetros a la redonda. Ahora que tenía tiempo, se puso manos a la obra, sin más experiencia en arquitectura y construcción que la adquirida en las habituales chapuzas domésticas. Comenzó poco a poco, madera a madera, planta a planta, y así hasta construir la casa que ahora se conoce en la zona como «el Rascacielos de Madera de Nikolai». Con doce plantas y más de treinta y ocho metros de altura, la estrambótica construcción destaca sobre el resto de casas, de no más de dos alturas, con su perfil de líneas retorcidas y de torres, que más bien parecen haber caído allí de forma azarosa desde el cielo. Según Nikolai, el edificio aún no está acabado y quizás nunca lo esté. Por lo menos, él seguirá construyendo hasta que las autoridades le paren los pies pues, al parecer, la seguridad de este minirrascacielos no es muy buena y sufre riesgo de derrumbe.

Alexander Stanhope St. George (1848-1917) era un visionario, tanto que, tras un viaje a Nueva York y tras haber vislumbrado el puente de Brooklyn, ideó construir un túnel telescópico entre Londres y Nueva York a fin de intercambiar noticias e información al instante entre ambos continentes, además de fomentar el comercio, al permitir mostrar catálogos de productos y mercancías a ambos lados del océano. Aunque era una idea aparentemente muy alocada como para haber sido llevada a cabo, St. George no se rendiría y, tras años de investigación y planeamiento del proyecto, comenzaría en 1890 las excavaciones previas en una de las islas del Atlántico, que facilitaría posteriormente la entrega de suministros y la logística del proyecto. La realidad demostraría ser mucho más dura que cualquier plano y durante los más de cuatro años que Alexander y su equipo invirtieron en la isla, surgieron infinidad de accidentes y contratiempos. Desde plagas y sabotajes, hasta brechas en las paredes de los túneles que provocaban violentas inundaciones, pasando por curiosos visitantes que terminaban perdidos en las laberínticas excavaciones y reporteros sensacionalistas que atormentaban al pobre ingeniero dando a entender que el túnel iba a inundar Londres. Todo ello fue suficiente para que St. George se volviera, literalmente, loco. Sus últimos años transcurrirían en la clínica mental de Bethnal Green, entre los delirios y el constante temor a que las paredes se agrietasen repentinamente y un aluvión de agua lo cubriera.

Ni más ni menos, Johan Huibers, un contratista holandés de cuarenta y siete años, está construyendo una réplica del Arca de Noé, la embarcación en la que, según la leyenda, el Patriarca bíblico metiera una pareja de cada especie animal para salvarla del Diluvio.

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La nave mide setenta metros de largo, 13,5 de alto y 9,5 de ancho, y está hecha de cedro americano y pino noruego. Ahora se encuentra en Schagen, a cuarenta y cinco kilómetros al norte de Ámsterdam. Huibers se ha gastado en ella aproximadamente un millón de euros, conseguidos a base de créditos bancarios. La botadura del Arca, en cuya construcción colaboraron su hijo de diecisiete años y algunos amigos del contratista, se produjo en septiembre de 2007, cuando pasó a convertirse en una especie de miniparque de atracciones religiosas flotante en los canales holandeses. Huibers quiere llenar la nave no con una pareja de cada especie, sino con corderos, conejos, cabras, pollos y otros animales de granja. Previo pago, los visitantes recorren la embarcación, se toman un refresco en el bar instalado bajo cubierta y se llevan a casa un bonito folleto religioso. El devoto armador cree que, tras la visita a la embarcación, muchos niños se convencerán de la realidad histórica del Arca de Noé.

El zar ruso Nicolás II (1868-1918) consideró la idea de levantar una cerca electrificada que bordease todo el perímetro de las inmensas fronteras rusas. Del mismo modo, consideró la posibilidad de tender un puente sobre el estrecho de Bering, es decir, en el mejor de los casos, de unos ochenta y cinco kilómetros.

En 1910 se inauguró oficialmente la plaza de toros de la ciudad turca de Constantinopla. La plaza era de madera y con capacidad para unos treinta mil espectadores. En su inauguración torearon los maestros José Fernández Chico de la Camila, Negret y Frutitos, optando por no matar a los astados, para no excitar más los ánimos, ante la propaganda en contra del espectáculo que se desató en la ciudad. A la postre, este tipo de espectáculos no fueron del agrado del público turco y las corridas de toros no arraigaron en tan extraño lugar.

Una de las teorías científicas más demenciales del siglo XX es sin lugar a dudas aquella postulada en 1913 por Randolph Kirkpatrick (1863-1950), que suele ser conocida como la de la «nummulosfera». En resumen, esta teoría postula que «todas» las rocas fueron creadas por unos bichos llamados «nummulites». Semejante despropósito viola todas las leyes geológicas conocidas, por lo que cabe preguntarse qué llevó a Kirkpatrick (que era estudioso de las esponjas y, además, nada menos que conservador del Museo Británico) a plantear con toda seriedad científica una hipótesis tan aberrante. La historia es, más o menos, la siguiente. Los nummulites son criaturas fósiles del orden de los foraminíferos (un tipo de criatura ameboide que secreta conchas y cuyas versiones modernas, hoy vivas, forman parte del plancton marino). Su forma lenticular les dio su nombre, ya que nummulus significa ‘monedita’ en latín. El historiador romano Estrabón vio estos fósiles en Egipto y creyó erróneamente, aunque de buena fe, que eran lentejas petrificadas procedentes de las raciones de los esclavos que construyeron las pirámides. Los nummulites eran conocidos en la época de Kirkpatrick, pero el problema es que él, por lo demás investigador honesto y cabal, empezó a ver nummulites por todas partes. Incluso en rocas ígneas, que según es bien sabido, no contienen fósiles (las rocas ígneas se forman directamente de la lava líquida y, por lo tanto, es imposible que un fósil se conserve en ellas). Kirkpatrick, obsesionado con los nummulites, acabó llegando a la conclusión más obvia y evidente bajo esos parámetros: que absolutamente todas las rocas eran, en realidad, nummulites fosilizados. Lo que había pasado, según Kirkpatrick, es que al no existir depredadores capaces de comerse las conchas de los nummulites, estas se habían acumulado en el fondo de los mares y el calor de la Tierra las había fundido hasta convertirlas en las rocas modernas. Incluso pensaba que, al ser estrujados y fundidos, fueron empujados hacia arriba, convirtiéndose en los meteoritos. Es decir, los meteoritos también estaban hechos de conchas de animales unicelulares terrestres. Al final, llegó a creer incluso que los nummulites eran nada menos que la estructura misma de la vida, su arquitectura o esencia fundamental. Estas conclusiones fueron publicadas en el año 1913 en un tratado llamado La nummulosfera: Un recuento del origen orgánico de las llamadas rocas ígneas y las arcillas rojas abisales, que, por supuesto, concitó las burlas de todos los científicos e investigadores serios del mundo.

Cuando al final de la Primera Guerra Mundial, los aliados confiscaron como botín de guerra todo el arsenal alemán, encontraron un inmenso aeroplano de madera aún sin terminar, diseñado para transportar cuatro toneladas de bombas y suficiente combustible para volar ochenta horas sin repostar. Parece ser que los alemanes pensaban utilizarlo para bombardear Nueva York en el otoño de 1918. Hay que recordar que en esas fechas aún no se había conseguido sobrevolar el Atlántico de costa a costa.

10-13.jpgCleve Backster (1924) es un agente de policía especializado en interrogatorios y, como tal, tiene muchísima práctica en el uso del detector de mentiras o polígrafo. Un día de poco trabajo, un tanto aburrido, Cleve decidió conectar una rama a los electrodos de la máquina. Era un simple juego, pero gracias a él iba a descubrir algo insólito: cuando la planta recibía agua, el detector emitía una señal cuyas características se solían interpretar durante los interrogatorios como un indicativo de bienestar o satisfacción. Tras aquella primera «reacción» decidió seguir curioseando y quemó la planta. En ese instante, el polígrafo emitió otra señal, diferente pero muy poderosa: un indicativo que, en humanos, equivalía al dolor. De forma accidental, Backster acababa de hacer un descubrimiento singular: aparentemente, las plantas son capaces de experimentar sensaciones medibles y cuantificables, del mismo modo que los humanos. A partir de ese instante, Backster comenzó a efectuar experimentos cuyos resultados fueron, para algunos, apasionantes.
Primero repitió la experiencia en diversas situaciones. Desde los primeros ensayos comprobó que, efectivamente, se repetían las reacciones de las plantas conectadas a los electrodos. Luego fue complicando los experimentos. Uno intentaba discernir si las plantas tenían memoria. Para el ensayo se sirvió de la colaboración de seis estudiantes. Uno de ellos tenía que «matar» a una planta en presencia de otra cuando no hubiera nadie más en la sala, para que nadie más, ni siquiera el propio Backster, supiera quién era el asesino. Luego entrarían uno a uno en la sala (como si se tratara de una rueda de identificación). Antes se habría conectado al polígrafo la planta superviviente, la que había presenciado el crimen, y se probaría si «recordaba» cuál de los seis sujetos era el «asesino». Y, al parecer, lo cierto fue que sí, la planta lo identificó. Cuando el culpable entró en la sala, la máquina mostró una serie de trazos enloquecidos.
Backster hizo más pruebas y dedujo que, cuando se le cortaba una parte a una planta, esta daba señales de dolor, aunque enseguida todo volvía a la normalidad. De ello dedujo Backster que la percepción vegetal se producía a nivel celular. Igualmente, estudió cómo reaccionaban las plantas al ataque de crustáceos, y los resultados fueron sorprendentes: al principio, el detector de mentiras mostraba líneas asociadas al dolor, pero, cuando los ataques se hacían repetidos, esas líneas desaparecían y los ataques no provocaban más sensaciones en las plantas. Es como si se inmunizasen al dolor, como si las plantas establecieran unos mecanismos de defensa.
Un investigador ruso, el psicólogo Benjamin Puskin, quiso contrastar los estudios iniciales de Backster, pero, en su caso, no con un polígrafo, sino con un aparato para medir la actividad cerebral. Huelga decir que el resultado fue idéntico. Ambos investigadores concluyeron en sus informes que los estudios demostraban que existía comunicación celular entre plantas, que se producía por mecanismos desconocidos, pero que su realidad era innegable. Algunos de los descubrimientos de Backster son (aún más) divertidos, pero igualmente «importantes» en cuanto a significado. Un ejemplo es el llamado «soponcio de las hortalizas», en el que se conectan electrodos a tres tipos diferentes de verduras frescas. Alguien elige una de esas tres para dejarla caer y escaldarla en agua hirviendo. La hortaliza seleccionada «se desmaya», incluso antes de que se la toque, en cuanto es mentalmente seleccionada: es decir, el polígrafo registra un súbito pico de actividad, seguido de modo abrupto por una línea recta que indica «inconsciencia». Las otras verduras continúan como si nada, al menos hasta que la infortunada compañera cae en el agua hirviente; entonces responden con una empática agitación. Los huevos también «se desmayan» cuando se decide recogerlos y romperlos y registran una respuesta «nerviosa» similar cuando se rompe otro huevo a poca distancia. Este descubrimiento es muy consolador para los vegetarianos, al comprobar que los vegetales caen en una especie de coma anestésico en cuanto comprenden lo que les va a pasar. Backster cree que uno debería notificar a la comida que está a punto de convertirse en parte de la cadena alimenticia, a fin de que entre en un coma indoloro y protector. Otro ejemplo de soponcio ocurrió cuando Backster recibió en su laboratorio de Nueva York la visita de una botánica de cierta universidad de Canadá, que quería asistir a una de sus demostraciones. Aunque a él no le gustaban estos alardes, con cierta reticencia le concedió el deseo a aquella mujer. A la hora designada para la demostración, la mujer llamó a la puerta. La hizo pasar y la condujo directamente a donde estaban las plantas. Mientras ella se sentaba a mirar, él conectó electrodos a varias de las plantas y esperó. Siguió esperando. No había señales, ni siquiera de «soponcio». Las agujas no se movían en el polígrafo. Con una mezcla de bochorno, fastidio e intriga (nunca antes había visto semejante falta de respuesta), pasó un rato trabajando con los electrodos y finalmente renunció. Las plantas no querían «hablar», se negaban en redondo. Backster dio por sentado que si las plantas se habían «desmayado», sería antes de que él las conectara, probablemente cuando la mujer había llamado a su puerta… con algún pensamiento errabundo en la mente. Tras conversar amablemente unos minutos con ella, le preguntó qué clase de trabajo hacía en la Universidad. Ella respondió alegremente: «En general, reúno plantas, las llevo al laboratorio y las horneo para obtener su peso neto». Estaba claro. Las asustadas plantas habían captado, mediante su extraño y desconocido código comunicativo, que llegaba al laboratorio una «sádica» que las querría cocer. En cuanto la mujer abandonó el laboratorio, Backster, muy preocupado, regresó junto a sus traumatizadas plantas: allí estaban, por fin tranquilas de nuevo, emitiendo sus normales diseños de «tranquilidad» en el papel del polígrafo. En su libro Ciencia y seudociencia, el escéptico James Randi resumió así el final de Cleve Backster: «A decir verdad, este señor no fracasó ante la opinión pública hasta realizar sus últimos experimentos. (…) El hombre descubrió que al conectar dos yogures entre sí con un alambre (por favor, no se rían que esto es ciencia), e introducir a continuación un cigarrillo encendido en uno de los envases (lo cual es desperdiciar un buen yogur), el otro yogur manifestará una reacción en el polígrafo; pero esto sólo se cumple si ambos recipientes de yogur proceden de la misma cultura. Esto es muy importante. Lo crean o no, esa fue su conclusión y, claro, llegado a este punto perdió algunos seguidores dentro de la comunidad científica».

El ingeniero y arquitecto suizo Herman Sörgel (1885-1952) propuso cerrar los catorce kilómetros de anchura del estrecho de Gibraltar con una presa, de cuyo aprovechamiento hidráulico se pudieran obtener grandes cantidades de energía con que convertir el norte de África en un vergel y en un inmenso campo de cultivo al servicio de Europa. Su idea era aún más ambiciosa: proponía también construir tres mares artificiales en el Chad, el Congo y el lago Victoria, que abastecieran de agua dulce a todo el continente africano. Aun siendo loables tal vez sus intenciones, la teoría, en el caso de ponerse en práctica, hubiese resultado desastrosa. Pero todo aquello formaba parte de un plan mucho más ambicioso, llamado Proyecto Atlantropa, impulsado inicialmente a partir de los temores al futuro de Sörgel, quien en la década de 1920 creyó que el mundo se fracturaría en tres superpoderes: estadounidense, europeo y asiático. Al contar con la menor cantidad de población y territorio, creía Sörgel, que Europa sería la más vulnerable y conquistable, por lo que sería necesaria una poderosa industria para sobrevivir. Tan poderosa debería ser que ninguna fuente de energía de ese entonces podría sostenerla, por lo que la única solución sería, según sus palabras, domar el poder del Mediterráneo mediante una gigantesca serie de presas y centrales hidroeléctricas que, valiéndose de las corrientes del mar, generasen gigantescas cantidades de energía. Esto, además, drenaría parte de su caudal interno, generando la formación de un nuevo continente. Por otra parte, el nuevo territorio propiciaría el desarrollo de una población que necesitaría ser alimentada, por lo que una gigantesca serie de canales irrigaría el Sahara, convirtiéndolo en una pradera fértil. A su vez, esta colosal tarea acabaría con todos los problemas de desempleo durante más de un siglo. El proyecto había sido tan cuidadosamente planeado que incluía un sistema de acueductos y presas para proteger el caudal de agua en Venecia debido a su importancia cultural. La idea no sería algo fugaz. Sörgel la defendería a capa y espada hasta el final de sus días. De hecho, en 1952, moriría tras ser atropellado mientras se dirigía a un simposio sobre el Proyecto Atlantropa. Tampoco era algo tomado a la ligera. Sörgel emplearía más de diez años en desarrollar su proyecto y crearía un enorme equipo de arquitectos, economistas e ingenieros que, con ciertas dudas, colaborarían en su desarrollo y planificación. Como hoy se sabe, cerrar el Estrecho de Gibraltar significaría la relativamente rápida desecación del Mediterráneo. No obstante, la naturaleza parece estar trabajando en ese mismo sentido: el norte de África y la península ibérica se aproximan cada año unos dos centímetros.

Tras la Primera Guerra Mundial el químico y premio Nobel alemán Fritz Haber (1868-1934), impulsor de la guerra química, se embarcó en un extraño proyecto para ayudar a su patria. El Tratado de Versalles estipulaba que Alemania debía abonar, en concepto de reparaciones, veinte mil millones de marcos en oro en un plazo que expiraba en mayo de 1921, y unos ciento treinta y dos mil millones más en plazos sucesivos. La cantidad reclamada equivalía a dos tercios de las reservas de oro existentes en todo el mundo. Para agravar la situación, los aliados habían dejado sin efecto las patentes alemanas, cuidadosamente protegidas, incluido el famoso procedimiento Haber-Bosch, privando así al país de medios con los que obtener ingresos para pagar las cantidades exigidas en concepto de reparación por daños de guerra. Partiendo de que una tonelada de agua de mar contiene varios miligramos de oro, Haber calculó que los océanos del mundo podían proporcionar muchísimas toneladas de oro. En julio de 1923, acompañado por un equipo de catorce investigadores, Haber embarcó en Hamburgo con destino a Nueva York en el transatlántico Hansa, en el que había instalado un laboratorio para detectar las minúsculas cantidades de oro existentes en el agua. En octubre llegó a Argentina para explorar los mares del hemisferio sur. Un año después viajó desde San Francisco hasta Honolulú, Yokohama, los mares de China, el océano Índico y, a través del Canal de Suez, el mar Mediterráneo. Además tenía amigos que le enviaban muestras de agua de mar de diferentes puntos del globo. Mientras tanto su equipo de investigación, rodeado de una atmósfera de sigilo, examinó unas cinco mil muestras de agua en Berlín, llegando finalmente a la conclusión de que la estimación inicial estaba muy por encima de la realidad. La concentración real de oro por tonelada era de 0,008 miligramos, lo que equivalía a una milésima parte de la cantidad estimada inicialmente. Las esperanzas de aprovechamiento comercial del agua de mar se habían desvanecido.

10-14.jpgEl Hotel Ryu yong, situado en Sojang-dong, en el distrito Potong-gang de Pyongyang, la capital de Corea del Norte, es una inmensa mole de hormigón de ciento cinco plantas y trescientos treinta metros de altura, que completan una superficie total de trescientos sesenta mil metros cuadrados, lo que hace de él la construcción más sobresaliente de toda la ciudad y también del país. El hotel está diseñado en forma piramidal con tres alas de cien metros de largo por dieciocho de ancho, que convergen en un punto donde forman un pináculo. La parte superior del edificio consiste en una estructura circular de cuarenta metros de ancho que alberga ocho plantas que supuestamente rotarían, coronada por otras seis plantas estáticas. En la cima del edificio se puede contemplar una grúa que ha tomado ya carácter de elemento fijo. Si se terminara se convertiría en el segundo hotel más alto del mundo (por debajo del Rose Rotana Suites y superando al Burj Al Arab). Toma su nombre de una de las denominaciones de la ciudad, Ryu yong (‘la ciudad de los sauces’). Su construcción comenzó en 1987, con la intención de abrirlo en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, pero nunca se llegó a acabar. El edificio no era una prioridad para la ciudad, pero se proyectó como respuesta a la construcción de otro hotel en Singapur por parte de una compañía de Corea del Sur en plena Guerra Fría, en un intento de atraer las inversiones internacionales. Supuso un gasto del 2% del PIB de un país (entonces y hoy) azotado por el hambre y la miseria. Los retrasos y complicaciones con los materiales hicieron que el coste de la construcción se disparase, hasta que en 1992 se decidió abandonarlo, aunque las obras en los pisos superiores se reanudaron el 19 de mayo de 2008, dieciséis años después del abandono de la obra, con la intención de concluir las obras en el año 2012. No obstante, salvo un posible uso turístico, parece ser que el edificio (hoy rodeado por numerosos pabellones, jardines y terrazas) es totalmente inservible ya que, según los expertos, el hormigón empleado no cumple con los estándares de seguridad. En la foto se observa su estado el 29 de abril de 2010.

Una de las ideas más raras de la historia naval fue un buque de guerra circular diseñado en 1870 por el almirante Popov para la flota rusa, y del cual se construyeron dos unidades: el Almirante Popov y el Almirante Novgorod. Ambos tenían cascos circulares, transportaban un armamento pesado de cañones de doce pulgadas y una gruesa coraza… Pero los dos fueron un total fracaso, ya que no podían navegar en línea recta ni mantener un rumbo constante. En sus pruebas en el río Dnieper, ambos fueron atrapados por la corriente, girando en círculos sin poder evitarlo hasta ser arrastrados al mar. Las tripulaciones nada pudieron hacer para controlarlos y los buques parecían haber sido atrapados por un remolino permanente. Terminaron sus días fondeados como fuertes flotantes o atracciones turísticas.

No mucho mejor resultó el lujoso yate imperial Livadia [en la foto], otro extraño navío construido en 1880 en Escocia para el zar Alejandro II.

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El barco no era exactamente circular; el casco se asemejaba (tal y como se describió entonces) «a un rodaballo», adoptando la forma de este pez plano por la combinación de velocidad, fuerza, comodidad y estabilidad (parece ser que el zar era propenso a los mareos). El barco zarpó con destino a Sebastopol, en el mar Negro, haciendo su primera escala en el puerto malagueño de Fuengirola. Durante la travesía, el buque fue alcanzado por las tormentas y, a pesar de su pretendida estabilidad, deambuló como un corcho, perdiendo el control quedando anegado por el agua. Muchos de los pasajeros estaban tan debilitados por los constantes mareos que tuvieron que ser llevados fuera de la nave para su tratamiento. Una semana más tarde, el Livadia continuó su viaje, pero incluso en las tranquilas aguas del Mediterráneo, el mareo volvió a estar a la orden del día. Finalmente todo acabó en tragedia: los anarquistas revolucionarios asesinaron al zar Alejandro II en 1881, justo cuando estaba a punto de visitar su yate imperial por primera vez. El Livadia fue despojado de todos sus accesorios de lujo, sus motores fueron reutilizados para cargueros y el resto acabó como barcaza de carbón en el mar Negro.

La teoría del peso del alma se remonta a 1927. Es obra del doctor Douglas Mac Dougall y se publicó en la revista American Medicine. De acuerdo con ella, toda persona pierde veintiún gramos en el preciso momento de su muerte, lo que, a su juicio, equivaldría al alma. Lo comprobó mediante una serie de experimentos con moribundos y el resultado fue el mismo en todos los casos: al morir perdían veintiún gramos. En cambio esta pérdida de peso no se daba en los perros con los que experimentaba para poder comparar. La conclusión a la que llegó fue clara: ni se ve, ni se oye, ni se puede tocar, pero el alma pesa veintiún gramos.

Nuestra personalidad está determinada por el grupo sanguíneo, no por nuestro signo astral, según un estudio publicado en 1927 por el pedagogo y profesor japonés Takeji Furukawa. Las personas de tipo 0 resultan ser los mejores empleados; las de tipo B se corresponden con gente flexible y amante de la libertad, y las de tipo A se encuentran a gusto en ambientes muy estructurados.

En 1929, la Unión Soviética introdujo un calendario revolucionario, en el cual cada mes tenía treinta días, y los cinco o seis días restantes eran fiestas que no pertenecían a ningún mes. De esta manera, en 1930 y 1931 hubo en la Unión Soviética un 30 de febrero. Sin embargo, en 1932 los meses volvieron a ser como siempre y se desechó esta novedad.

El médico suizo Paul Niehans (1882-1971) inventó en 1930 la llamada «terapia con células frescas», una citoterapia basada en la inyección de células frescas procedentes de tejidos de animales jóvenes o de fetos animales, creyendo que esta inyección revitalizaba el organismo del receptor. El origen de este tratamiento está en la organoterapia, que en el caso de los tratamientos endocrinológicos tuvo cierta aceptación. El mayor propagandista de este doctor fue el papa Pío XII (1876-1958), que se sometió a su tratamiento y lo designó Miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias. Posteriormente surgió la variante «terapia con células secas» (células frescas conservadas), hoy en día prohibida en muchos países.

La energía orgónica es un supuesto tipo de energía primordial cósmica descubierta por el psiquiatra austro-estadounidense Wilhelm Reich (1897-1957) a finales de la década de 1930. Reich aseveró que la energía orgónica es omnipresente y que con ella se explican cosas como el color del cielo, el fracaso de la mayor parte de las revoluciones políticas y un buen orgasmo. Reich creyó que la energía orgónica (que en los seres vivos se llama bioenergía o energía de la vida) es «demostrable visual, térmica, electroscópicamente y mediante contadores Geiger-Müller». No obstante, sólo los verdaderos creyentes (los orgonomistas que practican la «ciencia» de la orgonomía) han encontrado éxito con dichas demostraciones. Reich afirmaba haber creado una nueva ciencia (la citada orgonomía) y haber descubierto otras entidades, como los biones, los cuales hasta entonces sólo los orgonomistas eran capaces de detectar. Los biones se supone que son vesículas de energía orgónica y no están vivos ni no vivos, sino que son seres transicionales. Reich murió el 3 de noviembre de 1957 en la Penitenciaría Federal de Lewisburg, Pensilvania, donde fue recluido por desacato. El cargo criminal le fue impuesto porque se negó a obedecer una orden judicial contra la venta de falsos dispositivos médicos, como el acumulador orgónico y los «disparadores» de orgón, que supuestamente pueden recoger y distribuir la energía orgónica, haciendo así posible la curación para casi cualquier enfermedad excepto, quizás, la megalomanía y la locura. La Food and Drug Administration estadounidense (organismo que regula la comercialización de fármacos) no solamente declaró que no existía tal cosa de la energía orgónica, sino que quemó algunos de los libros de Reich, un medio seguro para encender el interés de algunos. Si el Gobierno quemó los libros de Reich, entonces es que Reich había llegado a descubrir algo verdaderamente importante. Lo cierto es que, a pesar de que las ideas de Reich no tienen valor para la comunidad científica, han sobrevivido gracias a algunos de sus devotos comandados por el doctor en medicina Elsworth F. Baker, fundador del Colegio Americano de Orgonomía, y por el doctor James DeMeo, del Laboratorio Orgón de Investigación Biofísica (The Orgone Biophysical Research Laboratory, Inc.), ubicado en Ashland, Oregón.

Robert E. Cornish (1903-1963) fue un niño prodigio que se graduó con honores en la Universidad de California a los dieciocho años y que obtuvo su doctorado a los veintidós. Trabajó luego en varios proyectos, incluido uno que le permitía leer periódicos bajo el agua con gafas especiales. En 1932, comenzó a interesarse por la idea de que se podría restaurar la vida después de la muerte. La piedra angular de su proyecto consistía en un balancín que se utilizaba para mantener la sangre fluyendo en los pacientes recientemente fallecidos. En 1933, intentó revivir a víctimas de ataques al corazón, ahogados y electrocutados mediante el balancín, pero no tuvo éxito. Entonces Cornish decidió perfeccionar su método experimentando con animales y probó a revivir dos perros (Lázaro IV y V), que fueron declarados clínicamente muertos y luego de nuevo vivos el 22 de mayo de 1934 y 1935, respectivamente. Mientras se les mantenía el cuerpo sobre el balancín arriba y abajo para que la sangre no dejase de fluir por sus venas y arterias, se les inyectó una mezcla de epinefrina (es decir, adrenalina sintética) y anticoagulantes. Tras estos aparentes éxitos, Cornish se atrevió a intentar el proceso en un prisionero condenado a muerte, Thomas Mc Monigle, que aceptó ser su conejillo de indias. Pero el estado de California le negó el permiso a Cornish por miedo a que tuviesen que liberar a Mc Monigle si la técnica funcionaba… Cornish también se interpretó a sí mismo en la película de 1935 Vuelta a la vida, basada en la historia de sus controvertidos experimentos.

En 1933, el profesor de psicología Clarence Leuba, de la Universidad de Ohio, tenía la hipótesis de que la gente aprendía a reírse cuando le hacían cosquillas, no que era algo innato. Lo probó en su propio hijo, y nada más nacer este prohibió a toda la familia que se riese en relación a las cosquillas cuando el niño estaba presente. Pero el experimento se le frustró cuando descubrió a su esposa jugando con el niño, haciéndole cosquillas y riendo. Sin embargo, Leuba no se amilanó y volvió a probar con su hermana.

El Plan Madagascar fue la primera idea de los nazis para expulsar a los judíos de Alemania, aunque hay quien dice que se le ocurrió a Paul de Lagarde (1827-1891) en 1885. En 1937, el Gobierno polaco llegó a mandar una comisión a la isla para ver las posibilidades de trasladar allí a su comunidad judía local. Los nazis adaptaron el plan para deportar en masa a los judíos de Alemania y, en un segundo momento a los de toda Europa, y conducirlos a Madagascar, isla entonces bajo control de Francia. En 1940, Heinrich Himmler llegó a considerar el Plan Madagascar «el método más suave y mejor». Los alrededor de veinticinco mil europeos de Madagascar, en su mayoría franceses, deberían volver a Europa, dado que la isla iba a pasar al control de Alemania. Los judíos tendrían una especie de gobierno local en la isla, siempre bajo supervisión alemana. Los acontecimientos se precipitaron con el comienzo de las hostilidades, por lo que se quedó en conjetura saber si el Plan Madagascar tuvo alguna base o fue una falacia o un truco que enmascaraba lo que luego se aprobó en la Conferencia de Wannsee: el exterminio.

En 1938, el astrónomo y físico inglés Arthur Eddington (1882-1944) dio a conocer con total seriedad en su obra The Philosophy of Physical Science (1939) el resultado de sus cálculos cósmicos, según los cuales el número exacto de protones que forman el universo (y correspondientemente, el de electrones) es 15 747 724 136 275 002 577 605 653 961 181 555 468 044 717 914 527 116 709 366 231 425 076 185 631 031 296 (ni uno más ni uno menos). Como era de prever, nadie aceptó este cálculo y su hipótesis no tuvo más consecuencias que alguna que otra broma en el ambiente científico. Tampoco hubo, que se sepa, una comprobación empírica.

En 1941, cuando los Estados Unidos entraron en guerra contra Alemania y Japón, se temía que los enemigos fueran capaces de bombardear Washington. La Junta Militar de Defensa consideró que lo más adecuado para proteger la Casa Blanca era pintarla de negro para ocultarla más durante la noche. El presidente Franklin D. Roosevelt, al enterarse de las ideas de los militares, se negó en redondo, al considerar que algo así sería muy dañino para la moral de los ciudadanos.

El Hughes H-4 Hércules (conocido también como Spruce Goose, algo así como ‘ganso aseado’) fue un avión diseñado y construido por la compañía Hughes Aircraft, de la cual era dueño el excéntrico magnate Howard Hughes (1905-1976). En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el Departamento de Guerra de Estados Unidos encaró la necesidad de transportar enormes cantidades de material de guerra y de personal al Reino Unido.

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En el océano Atlántico, los barcos aliados sufrían muy graves pérdidas a causa de los submarinos alemanes, por lo que se necesitaba un aeroplano que pudiera cruzar el Atlántico con una carga pesada. El modelo fue diseñado por Henry John Kaiser (1882-1967), director del programa Liberty Ships (un programa de construcción de barcos de guerra en muy pocos días, incluso no más de treinta), que trabajó junto a Howard Hughes, ingeniero aeronáutico, para crear lo que se convertiría en el aeroplano más grande y de mayor envergadura de alas construido hasta entonces. Tendría la capacidad de transportar setecientos cincuenta soldados totalmente equipados o dos tanques M4 Sherman, o sea sesenta toneladas. Presentaba una envergadura de 97,54 metros y estaba propulsado por ocho motores Pratt & Whitney R-4360 de tres mil caballos de vapor, para completar veinticuatro mil caballos. Para ahorrar metal durante la guerra se construyó mayoritariamente con madera, por lo que fue llamado el «Aserradero volante» por sus críticos, quienes creían que un avión de este tamaño simplemente no podría volar. El aparato no fue completado hasta después de que la Segunda Guerra Mundial hubiese terminado. Había sido confeccionado por secciones en la factoría Hughes y estas fueron transportadas individualmente por carretera al puerto de Long Beach en diciembre de 1946. En los astilleros allí radicados se procedió a su montaje, que se prolongó durante un año más. En 1947, cuando el Congreso estadounidense empezó a eliminar gastos bélicos con objeto de ahorrar fondos, Howard Hughes fue llamado a testificar ante el Comité Investigador de la Guerra del Senado de Estados Unidos por el empleo de dinero público para la construcción del Hércules. En el Comité, Hughes se encontró con el escepticismo e, incluso, la franca hostilidad de los senadores, aunque él se mantuvo firme en su postura. Durante un descanso en la comparecencia oral del Comité, Hughes regresó a California para realizar las pruebas de motor del H-4. Finalmente, el 2 de noviembre de 1947, con Hughes a los mandos, el Spruce Goose, con matrícula NX602, logró elevarse sobre el agua en Long Beach, California, manteniendo una altura de veinte metros y una velocidad de ciento diecisiete nudos (doscientos diecisiete kilómetros por hora) durante algo más de 1,6 kilómetros. A esa altitud aún se produce el efecto suelo del aeroplano, por lo que algunos críticos creyeron que le faltaba potencia al avión para poder volar «de verdad». Hughes probó que los críticos se equivocaban, pero el proyecto terminó. El Congreso estadounidense lo cerró y el aeroplano jamás volvió a volar. El prototipo fue mantenido cuidadosamente en condiciones de vuelo hasta la muerte de Hughes en 1976. Actualmente, el Spruce Goose se guarda en el Evergreen Aviation Museum, en McMinnville, Oregón.

Ante la escasez de metales que se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército británico desarrolló un plan, el llamado Proyecto Habakkuk, para construir un portaaviones hecho de pykrete, un material compuesto en un 86% de hielo y un 14%, de serrín o pulpa de madera. Su uso fue propuesto durante la Segunda Guerra Mundial por Geoffrey Pyke a la Real Marina Británica para realizar un portaaviones de enormes proporciones e insumergible. A diferencia de los meros icebergs, estas naves serían gobernables, enormemente fuertes y flotantes, e irían recubiertas de metal. Según la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, «si la bomba atómica no hubiera sido arrojada sobre Japón y terminado la guerra, barcos de hielo habrían aparecido casi seguro en los océanos del mundo».

Más que un invento propiamente dicho, las llamadas «bombas murciélago» son una de las innovaciones militares más extrañas, que consiste en el reclutamiento de animales kamikaze. La idea consistía en bombardear Japón utilizando murciélagos a los que previamente se habrían adherido pequeñas bombas incendiarias de explosión retardada que hubieran estallado cuando los vampiros hubiesen buscado refugio en los edificios nipones, creando así una gran alarma social. Además, al volar en la oscuridad, crearían mayor confusión. Se llevaron a cabo ensayos por el Ejército norteamericano, pero el Proyecto Manhattan, con el desarrollo de la primera bomba atómica, se completó antes de que las bombas murciélago pudiesen ser utilizadas en combate.

En un caso similar, las llamadas «ratas explosivas» constituyeron un arma desarrollada por el Ejército británico en la Segunda Guerra Mundial para ser utilizadas contra los alemanes. Cadáveres de ratas eran llenados con explosivos plásticos, con la idea de que cuando las ratas fueran extraídas de la tierra junto con el carbón y arrojadas a los hornos, explotaran, causando un daño significativo. Sin embargo, el primer embarque de cadáveres de ratas fue interceptado por los alemanes, y el plan fue descartado.

El científico norteamericano Kenneth J. Arrow (1921), premio Nobel de Economía en el año 1972, es conocido también por su «Teorema de la Imposibilidad», publicado en 1950, y según el cual se demuestra matemáticamente que no es posible diseñar reglas para la toma de decisiones sociales o políticas que obedezcan estrictamente al criterio de racionalidad y que, por tanto, «no existe y en principio no puede existir ninguna forma de gobierno perfecta».

En ninguna lista de libros demenciales publicados en el siglo XX faltaría Mundos en colisión (1950) de Immanuel Velikovski (1895-1979), que además estaría, sin duda, muy cerca del primer puesto. Velikovski escribió un texto fascinante en que detalla cómo diversos acontecimientos históricos y bíblicos fueron en realidad el resultado de distintos fenómenos celestiales, incluyendo la cuasi colisión de la Tierra con los planetas Venus y Marte. Para su desgracia, Velikovski no se decantó por narrar todo esto en una o varias novelas de ciencia ficción, sino que trató de hacerlo pasar por una hipótesis científica. La comunidad científica se tomó esto muy a mal, quizás con demasiada prepotencia, y esto contribuyó a darle a Velikovski un aura de sabio perseguido, cuando en realidad sus teorías no pasan del más puro dislate.
Velikovski nació en Vitebsk, Rusia, en 1895, en el seno de una familia judía. Mientras se mantuvo en el terreno de la medicina y la psicología, fue respetado como un científico más, pero él tenía unos sueños algo más ambiciosos. En 1939 empezó a perseguir su destino, al escribir un libro en que argumentaba, entre otras delicias, la tesis de que el histórico faraón Akenatón bien pudo ser el legendario Edipo. En 1950, tras ocho rechazos editoriales, pudo publicar por fin su delirante Mundos en colisión. Según se lee en esta obra, hacia el siglo XV a. C. el planeta Júpiter eyectó un cometa, que pasó cerca de la Tierra y, al alterar su órbita e inclinación axial (los famosos 23,5° del eje terrestre), causó una serie de cataclismos recogidos por la mitología mundial. El fastidioso cometa volvió a pasar cincuenta y dos años después, siempre según Velikovski, causando otra serie de catástrofes, antes de instalarse en la órbita solar y transformarse en Venus. Pero no para ahí la cosa. Según él, las idas y venidas de Venus habrían ocasionado que Marte se saliera de su trayectoria y pasara también cerca de la Tierra, originando una nueva ronda de cataclismos. El material en que «fundó» Velikovski sus ideas no salió de la astronomía sino de la mitología comparada, claro, y, consecuentemente, ha sido sumamente atacado por la comunidad científica. Los astrónomos, aparte de hacer hincapié en que Venus no es como Velikovski lo describe, señalaron que los movimientos planetarios por él explicados violan buena parte de las leyes conocidas de la mecánica. Pero los expertos en mitología tampoco se mostraron muy contentos y señalaron una serie de errores en el tratamiento del material; entre otros muchos, considerar el mito de Atenea surgiendo de la cabeza de Zeus como una prueba de la salida de Venus desde Júpiter, cuando, en realidad, Atenea equivalía a la romana Minerva, mientras que la romana Venus, era, de hecho, Afrodita. En el mismo año 1950, Velikovski obtuvo gran publicidad debido a la sobrerreacción del astrónomo Harlow Shapley (1885-1972), quien llegó incluso a orquestar una campaña para impedir que el libro fuera publicado; eso no lo impidió, por supuesto, pero dos meses después de editarlo, Macmillan lo transfirió a su filial Doubleday, que en ese tiempo estaba empezando a publicar su primera colección de ciencia-ficción. Las ideas históricas y astronómicas de Velikovski, aunque fundamentalmente erradas, con el tiempo demostraron ser una inspiración fundamental para las leyendas New Age del tipo «ángeles ayer, extraterrestres hoy».

Durante los años sesenta del siglo XX, en el mundo se vivió la fiebre del flower power promovido por el movimiento hippie, al rebufo del cual se efectuaron diferentes prácticas que escandalizaron a la sociedad de su momento. Pero ninguna llamó tanto la atención como la realizada por el médico holandés Bart Huges (1934-2004), quien estaba convencido de que el grado y el estado de paz de la propia conciencia dependían principalmente del equilibrio entre el volumen de sangre en el cerebro y el del fluido espinal. En su hipótesis, que describió en el libro The Mechanism of Brainbloodvolume (conocido también como Homo Sapiens Correctus), aseguraba que, desde que el hombre comenzó a caminar, como un bípedo, sobre sus piernas, su cerebro se vio encerrado en una estructura envolvente rígida que redujo el caudal de la segunda sustancia, el fluido espinal, lo cual propició que se volviera un animal violento. La solución propuesta por Huges se centraba en hacer un hueco circular en la cabeza de los pacientes violentos mediante un taladro eléctrico, para reactivar la circulación sanguínea del cerebro y el flujo del líquido espinal en esos pacientes, a fin de restablecer el equilibrio entre ambos. De esta forma, el subconsciente del paciente tendría una regresión al estado infantil y se pondría en contacto con sus sueños, imaginaciones y sensaciones primitivas, que los adultos pierden cuando los huesos de su cráneo se solidifican en la primera etapa de la vida. El «agujero craneal» de Huges conseguiría, según él, un estimulo mental permanente. Huges realizó trepanaciones a varias personas antes de que su práctica fuera descubierta y suspendida por las autoridades holandesas, y de que él fuera encerrado en un manicomio. A pesar de todo, sus inconcebibles ideas tuvieron éxito en algunas comunidades hippies de la época. Incluso su discípulo, Joseph Mellen, un médico graduado en Oxford, siguió practicando de manera clandestina la operación llamada brainbloodvolume o volumetría sanguínea en el cerebro, después de que publicara su libro Bore Hole, en el que describía cómo se había autorrealizado la trepanación craneal y las ventajas que experimentó con ello, especialmente su nueva sensación de bienestar. Amanda Feilding, su compañera, se sometió también a esta «curación», pero con la condición de filmar el procedimiento, película que después tituló Heartbeat in the Brain («Latido del corazón en el cerebro»). Estas «obras» hoy se exhiben en la Galería de Arte de Londres.

El arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright (1867-1959) diseñó al final de su carrera, un portentoso edificio, que bautizó como Mile-High Illinois, de quinientos veintiocho pisos y mil seiscientos metros de altura (es decir, la milla a que hace referencia su nombre), sirviéndose de una mesa de dibujo de nueve metros de longitud. De haberse construido este auténtico rascacielos hubiera sido casi dos veces superior en altura a la Torre Dubai que hoy es el edificio de viviendas más alto del mundo con sus ochocientos veintiocho metros. Según las revolucionarias ideas de Wright, con unos pocos edificios como este bastaría para contener casi todas las oficinas de una ciudad como Nueva York, liberando una gran cantidad de espacio urbano para otros destinos más recreativos y ecológicos. La estructura, según los cálculos del genial arquitecto, iba a ser tan ligera que no tendría oscilaciones, ni siquiera en su cúspide. Unos ascensores exteriores movidos por energía atómica y funcionando por parejas, se elevarían por unas vías dotadas de mecanismos de trinquete de alta seguridad. El edificio contaría con dos helipuertos con capacidad para ciento cincuenta aparatos y un estacionamiento subterráneo para quince mil automóviles. El coste total fue calculado, en 1957, en cien millones de dólares. Su proyecto, aunque factible desde el punto de vista de los ingenieros, asustó tanto a constructores, agentes inmobiliarios, arquitectos, bomberos y políticos que fue rechazado sin paliativos.

10-17.jpgEl 15 de junio de 1936, A. Dean Lindsay, vecino de la localidad estadounidense de Ocilla, Georgia, presentó ante notario una escritura pública en la que reclamaba, al no tener dueño reconocido, «la propiedad de todos los planetas (excepto la Tierra), satélites y otras materias, que serán conocidas desde ahora como Archapellago de A. D. Lindsay». Aunque pueda parecer una broma, no lo es, y su pretensión, tras superar diversos trámites, quedó reflejada y puede ser consultada en el Registro de la Propiedad del condado de Irwin, libro 11 del año 1937, páginas 28 y 29. Para mayor asombro, al cabo de un año, la fama de Lindsay comenzó a extenderse por todo Estados Unidos. En la radio se hablaba de él como «el hombre más rico de todos los tiempos» y desde distintas partes del mundo recibió ofertas para comprarle la Luna, una estrella o una constelación. Pero Lindsay nunca accedió, ya que sus ambiciosos planes contemplaban, en un futuro más o menos cercano, el aprovechamiento comercial de sus propiedades, para lo cual se preocupó también de registrar sus derechos de explotación. Pero Lindsay cometió un error que le privó de convertirle en el dueño absoluto del Universo: omitió mencionar «las regiones relativamente vacías del Universo fuera de las atmósferas de los cuerpos celestes», o lo que es lo mismo, el espacio exterior.
Ese imperdonable descuido fue aprovechado por James Thomas Mangan (1896-1970), quien lo reclamó para sí el 20 de diciembre de 1948. Mangan adornó su proclamación con un aura benefactora, ya que, según él, con ello pretendía que ninguna nación pudiera implantar su hegemonía fuera de los límites de nuestro planeta. Al igual que Lindsay, registró su propiedad, a la que llamó «Celestia», en el registro del condado de Took, el 1 de enero de 1949, y ofreció la ciudadanía «a la gente simpática, donde quiera que viva, que desee disfrutar las bellezas y beneficios de un vasto dominio todavía no reclamado por ningún Estado». Ese magno día inaugural, la Nación del Espacio Celestial tenía una población de diecinueve habitantes (¡?) y, diez años más tarde, había llegado a la asombrosa cifra de 19 057. En 1956 se realizó el que fue su primer mapa a una escala de 1 pulgada/250 000.000 años luz, y en 1957 la Oficina de Patentes y Marcas aprobó el uso del nombre Celestia para denominar a la autoproclamada república monárquica (!?). Mangan se tomó muy en serio su papel de líder, solicitó el ingreso en las Naciones Unidas, se dirigió a los ministerios de asuntos exteriores de numerosos países para darles a conocer su existencia y comunicó oficialmente a la Unión Soviética, Gran Bretaña y Estados Unidos la prohibición de usar sin su permiso las regiones de más allá de nuestra atmósfera. Esto no era ninguna trivialidad, ya que impedía de manera formal la realización de pruebas nucleares, el envío de satélites artificiales e, incluso, que las ondas procedentes de estaciones de radio y televisión ubicadas en la Tierra alcanzaran sus propiedades. No obstante, y como buen patriota que era, en 1957 dispensó a Estados Unidos de tales limitaciones y le concedió una licencia especial para que pudiera lanzar satélites y realizar el primer viaje a la Luna. Como toda nación que se precie, Celestia contaba con su propia bandera, su escudo y su moneda de curso legal, el celestón, una pieza de oro de 2,20 gramos que ha alcanzado precios muy elevados las pocas ocasiones en que, dada su escasez, ha salido al mercado. Por supuesto, también contaba con su propia corte: su hija Ruth fue nombrada princesa de la Nación del Espacio Celestial y sus tres nietos fueron honrados con los ducados de Selenia, Marte y La Vía Láctea. Con el tiempo, las pretensiones de Magan se fueron diluyendo y Celestia cayó en el olvido más absoluto tras su muerte en 1970.

En el archivo de la Oficina de Patentes inglesa se encuentra la patente número 1.426.698, «Detector de radiación de fotones en contrafase para el uso en el control de una puerta cromáticamente selectiva para gatos, y una bomba de mil megatones conservadora de la paz para la órbita terrestre» como se le conoce oficialmente. Según la publicación inglesa New Scientist, la idea fue de un empleado de la Oficina de Patentes, que buscaba una manera de alimentar a su viejo gato y que, por un chispazo de ingenio, también creyó haber descubierto el óptimo freno nuclear. La idea se produjo cuando el inventor veía constantemente cómo su viejo gato de color marrón claro «era sobrepasado camino a su alimento por el gato negro de los vecinos, mucho más joven y ágil». La solución fue un interruptor especial sensible a la luz, que abre la puertita de la entrada para un gato color marrón claro, pero no para uno negro. Conforme un gato va acercándose a la puerta, su peso activa el interruptor, que enciende dos luces. Una célula fotoeléctrica mide la cantidad de luz reflejada del animal y abre la puerta sólo si es suficiente, como ocurre en el caso de un gato de color claro. En la patente similar del Sistema de Freno Nuclear de Reacción Automática, el mismo inventor afirma que el interruptor de la puertita de gato puede conectarse con una bomba de mil megatones puesta en órbita a la Tierra. Al percibir la luz despedida por el lanzamiento de un proyectil nuclear desde cualquier país, el aparato en órbita dejaría caer la bomba sobre esa nación, en lugar de abrir la puertita de gato. Como defensa de su puerta de gato de mil megatones, el inventor dijo: «Si toda la energía nuclear se utilizara para fines pacíficos, en lugar de guardar gran parte de la misma para despedazarnos los unos a los otros con bombas de hidrógeno y semejantes, se ahorraría muchísimo dinero, lo cual ayudaría a detener la inflación mundial e incluso podría causar una bajada en el precio del alimento enlatado para gatos».

Entre los años 1962, al jubilarse de su trabajo, y 1976, año de su muerte, un británico no dejó de pergeñar ideas e inventos que mejorasen la vida cotidiana de sus compatriotas y de la humanidad. Estando absolutamente convencido de que sus aportaciones cambiarían al mundo, Arthur Paul Pedrick se vio frustrado una y otra vez al no conseguir vender los derechos de fabricación de absolutamente ninguno de sus ciento sesenta y dos inventos, ninguno de los cuales llegó nunca a ser utilizado en la industria o aplicado de alguna manera. Aunque la oficina de patentes del Reino Unido tiene limitaciones de registro para artefactos improbables, Pedrick, que había trabajado precisamente en dicha oficina, sabía cómo saltárselas. Sólo después de su jubilación comenzó Pedrick a dar trabajo a sus antiguos compañeros. De esa forma, se convirtió así en uno de los inventores más prolíficos de la historia, pero, sin embargo, en la práctica fue como si no inventara nada, ya que ninguna de sus ideas y patentes se concretó físicamente. Preocupado por las leyes de la física y sus aplicaciones en el mundo moderno, Arthur haría toda clase de invenciones: desde diversos tipos de vehículos de transporte hasta un sistema de intrincados acueductos desde la Antártida que irrigarían los desiertos del mundo. Aunque no era un experto en nada, Pedrick opinaba de todo: desde mecánica cuántica hasta física nuclear, siempre sorprendiendo a los técnicos del registro de patentes con sus explicaciones «alternativas». Algunos de sus inventos más conspicuos fueron: el automóvil sin otro combustible que un caballo que empuje el coche por detrás, en vez de llevarlo en el tiro de delante (para que el coche se mueva, abriríamos el maletero, donde heno o cualquier otra pitanza al gusto de caballo motive a este a ir hacia él impulsando de esta manera el vehículo; para «encender el vehículo», una corriente eléctrica motivaría al equino; para acelerar, se alejaría la comida del animal, y para frenar, un sistema de correas detendría al caballo tirando del collarín); un aparato para poder conducir el coche desde el asiento de atrás; una plataforma que, colocada entre el techo del remolque y el automóvil, a modo de baca, permite llevar pasajeros o tomar baños de sol; el sistema de irrigación de los desiertos australianos a través de tuberías (si en algún área y por algún motivo el sistema no fuera practicable, puede recibir una pequeña ayuda comprimiendo las bolas de hielo y disparándolas a través de las cañerías); un tren subterráneo metropolitano que funciona por succión: situado dentro de un túnel ligeramente más ancho y con un regulador que lo sella contra el techo, se extraería el aire a través de unas zonas selladas, haciendo que el tren se desplazara hacía ellas (el efecto se puede mejorar colocando imanes de signo opuesto en las paredes del túnel y en el metro); un método para apagar fuegos en rascacielos: una vez detectado el comienzo de uno, unas cortinas ignífugas cubrirán el edificio por completo sofocando el fuego por falta de oxígeno; los ocupantes del rascacielos se reúnen en determinadas habitaciones que tendrán ventanas en el cortinaje que les permitirán respirar; un método para terminar con la Guerra Fría (la ONU ubica tres satélites geoestacionarios que, en caso de detección del lanzamiento de un misil nuclear por alguna de las potencias, borren del mapa automáticamente, con una lluvia de misiles nucleares, a Washington, Moscú y Pekín)…

De todos los casi infinitos proyectos de ingeniería alocados y completamente incomprensibles que se han dado a lo largo de la historia quizás fueron los más extremos los denominados PNE (de la expresión inglesa «peaceful-nuclear explosions», o «explosiones nucleares pacíficas»), etiqueta bajo la que se engloban una serie de explosiones nucleares con objetivos no bélicos, permitidas, hasta cierto punto, por los tratados de no proliferación nuclear. Estos «experimentos» tuvieron su auge principalmente durante los años sesenta, cuando la posibilidad de utilizar bombas nucleares para acelerar o abaratar la construcción de canales artificiales, puertos y viaductos era considerada como una opción bastante racional. Increíblemente, muchos de estos proyectos lograrían trasladarse de los tableros de los ingenieros a la realidad. Por ejemplo, en el año 1965, cuando los soviéticos detonaron subterráneamente una bomba de ciento cuarenta kilotones en el lecho seco del lago Chagan, cerca de la región de Semipalatinsk, en territorio hoy de Kazajistán. Por una vez, la intención de una explosión de este calibre no había sido la de probar un nuevo tipo de armamento o enviar un mensaje a Occidente, sino la de generar un gigantesco cráter y crear así las condiciones para formar una presa que mantuviese constante el flujo de agua de un río cercano durante la primavera. Esto resultaría ser todo un éxito, ya que la explosión daría lugar a un cráter de cuatrocientos ocho metros de diámetro y cien de profundidad al hundir el lecho seco del antiguo lago Chagan. Tras la explosión, se formaría un enorme lago de unos diez millones de metros cúbicos y varias divisiones de excavadores soviéticos (la gran mayoría ignorantes de la peligrosidad del área) utilizarían maquinaria pesada para crear un canal que permitiese que el caudal del río desembocara en este nuevo lago artificial.

El Proyecto Charriot fue un extraño intento estadounidense malogrado de crear un puerto artificial en el cabo de Thompson, Alaska. Para el mismo, según se planeaba, se utilizarían una serie de bombas termonucleares detonadas en cadena. Si bien este plan se inscribía dentro del más general de explosiones nucleares pacíficas o Programa Plowshare (en el que se detonarían veintiocho bombas atómicas con fines no bélicos), este sería abortado cuando una serie de estudios revelaron que se alteraría dramáticamente el modo de vida de las poblaciones de esquimales de todo el cabo. Aunque las explosiones no se concretarían, a causa de una subestimación de los científicos sobre la capacidad de la tundra para retener radiación, una considerable cantidad de material radiactivo se desperdigaría por el área y sería absorbida por el suelo, lo que contaminó varias zonas del cabo. A pesar de que el Proyecto Charriot nunca se completó, varios proyectos incluidos en el Programa Plowshare sí que lo harían. Por ejemplo, la Prueba Sedan, que tenía como objetivo estudiar el efecto de explosiones nucleares utilizadas en la minería con dispositivos de ciento cuatro kilotones, que serían detonados a ciento noventa y cuatro de profundidad. Como resultado, se crearía un cráter de trescientos noventa metros de diámetro y cien de profundidad. Curiosamente, otra vez la falta de estudios estadounidenses previos haría que no calcularan bien la altura de la nube de arena radiactiva que se levantaría y, como resultado, unos trece millones de personas, un 7% de la población estadounidense del momento, se vieron expuestas a niveles de radiación anormales.

En 1969, el otorrinolaringólogo estadounidense George Thommen publicó un libro, con el título de Biorritmos, que se convirtió rápidamente en un éxito de ventas y que estaba inspirado en las curiosas teorías del berlinés Wilhelm Fliess (1858-1928), íntimo amigo de Sigmund Freud, quien, como apasionado de la numerología, pretendía que las cifras 23 y 28 están presentes en la estructura y organización del universo. Desarrollando tal tesis, Thommen afirmaba en su libro que, desde el momento de nacer, estamos condicionados por tres diferentes ritmos: uno de orden físico, que se manifiesta en ciclos de veintitrés días; otro de orden emocional, en ciclos de veintiocho días, y un tercero de orden intelectual, de treinta y tres días. Es posible combinar las curvas de estos tres ritmos cíclicos, con lo que se observarán crestas de días favorables y valles de días negativos. Según esta teoría, es factible predeterminar los días críticos en que cualquier iniciativa estará abocada al fracaso, o los favorables en que es aconsejable poner en marcha cualquier proyecto. Sin embargo, repetidos experimentos y estudios estadísticos han demostrado que se trata de una teoría, como dicen los científicos, «irrelevante», en el sentido de que con cualquier otro ritmo cíclico basado en otras cifras también es posible establecer una distribución estadística interpretable de cualquier forma que se desee. Thommen llamó a aquellos ciclos «biorritmos» y el neologismo tuvo éxito, pasando a formar parte del léxico científico actual, en el que se usa para definir distintos ciclos periódicos a los que se ven sometidos muchos factores fisiológicos personales, tales como sentimientos, actitudes o estados de ánimo, y especialmente al llamado ciclo «circadiano»

Al geólogo japonés Chonosuke Okamura, director del llamado Laboratorio Fósil Okamura, en Nagoya, a finales de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, al observar al microscopio las calizas de Nagaiwa le pareció descubrir un mundo microscópico remoto, en el que identificó cerca de cien especies diferentes, incluyendo plantas, invertebrados, peces, anfibios, tortugas, serpientes, dinosaurios, pterosaurios, aves y mamíferos (entre ellos, microseres humanos). Las muestras de Nagaiwa contienen, en realidad, una fauna paleozoica clásica, formada por foraminíferos, equinodermos, crinoideos, gasterópodos, briozoos, etcétera. Algunas de las microcriaturas no dejan de ser recristalizaciones de calcita que han adoptado formas caprichosas.

El anteriormente respetado filólogo semítico John M. Allegro (1923-1988) planteó en su libro El hongo sagrado y la cruz (1970) la hipótesis de que Jesús no era un ser humano, sino el nombre en clave del hongo alucinógeno Amanita muscaria, ligado «a cultos de fertilidad, que involucraban copulaciones rituales y la siembra de sangre menstrual en los campos, para asegurar una cosecha abundante». El cristianismo había nacido, en su opinión, como efecto de las visiones producidas por la ingesta de este hongo.

El ingeniero británico y profesor de la Universidad de Edimburgo, Stephen Salter (1938), famoso en el Reino Unido por sus logros en los años setenta en el campo de la tecnología mareomotriz, opina que su nuevo invento, su «máquina de la lluvia», un aspersor gigante que transforma el agua del mar en vapor, facilitaría la evaporación natural y la consiguiente formación de lluvia, según publicó la revista británica New Scientist. El aparato adapta el diseño de una turbina de aire ya existente, la Darrieus, parecida a una trituradora de comida de 3,5 m de altura y con dos hélices que giran sobre un eje vertical. Esas hélices recogerían el agua marina y la lanzarían, pulverizada, a diez metros de altura por encima del nivel del mar. Según Salter, esto facilitaría el proceso de evaporación natural, ya que el vapor de agua pulverizado rompería la resistencia de una capa de aire húmedo y estático que se suele formar justo sobre el nivel del mar. Cada turbina tendría capacidad para pulverizar medio metro cúbico de agua por segundo. Salter calculó que cientos de turbinas repartidas por las zonas calurosas del planeta podrían «fabricar» la lluvia necesaria para evitar las sequías. En sus palabras: «un centenar de turbinas en funcionamiento durante cien años serían suficientes para, teóricamente, revertir las consecuencias que sobre el nivel del mar tendrá el efecto invernadero del planeta». Aunque Salter parece demasiado optimista con su nuevo invento, los meteorólogos no están seguros de la eficacia de su ingenio, pues dudan de que el vapor de agua pueda mezclarse con el aire de las capas superiores de la atmósfera para formar nubes y también ven difícil poder prever dónde caería esa lluvia. Un meteorólogo de la Universidad de Leeds, Ian Brooks, valoró así el invento: «Es la solución que un ingeniero da a un problema meteorológico. Jamás se le habría podido ocurrir a un experto en fenómenos atmosféricos».

La Nueva Cronología es una teoría que afirma que la cronología histórica convencional está viciada y es fundamentalmente errónea. Sus conceptos centrales se derivan de las ideas del matemático ruso Anatoli Timofeevich Fomenko (1945), en un intento de volver a escribir la cronología mundial. Las ideas de esta Nueva Cronología son continuación directa de las postuladas por Nikolai Morozov (1854-1946), e incluso podrían haber tenido su origen en las teorías del erudito francés Jean Hardouin. Aun así, la cronología suele asociarse comúnmente al nombre de Fomenko, aunque su trabajo sea, de hecho, una colaboración con otros matemáticos rusos, incluido Gleb Vladimirovich Nosovski (1958). La Nueva Cronología es radicalmente más corta que la cronología convencional, porque toda la historia antigua pasa a formar parte de la Edad Media, y la Alta Edad Media es eliminada. Según Fomenko, la historia de la especie humana comienza como muy temprano en el 800; según él, casi no tendríamos ninguna información sobre acontecimientos del período que va entre los años 800 y 1000, y la mayoría de los acontecimientos históricos que conocemos ocurrieron, en realidad, en los años 1000-1500. Mientras que algunos investigadores convencionales han ofrecido cronologías revisadas de la historia clásica y bíblica que acortan la duración de la historia antigua, eliminando varias «edades oscuras», ninguna de estas cronologías revisionistas es tan radical como la de Fomenko. La Nueva Cronología es rechazada de plano por los historiadores de todo el mundo y es inconsistente tanto con las técnicas de datación relativa como absoluta usadas en la generalidad de la comunidad científica. El ajedrecista y político Garry Kasparov (1963) ha apoyado algunos aspectos de la Nueva Cronología.

Hace unas décadas, el genetista y optometrista estadounidense Robert Klark Graham (1906-1997), que amasó una gran fortuna al inventar una variedad de lentes de plástico irrompible para gafas, fundó, a sus setenta y cuatro años de edad, el llamado Depósito para Opción Germinal, un banco de esperma «para genios», con semen donado por algunos premios Nobel, con la pretensión de obtener niños superdotados. Tres mujeres de esa misma nacionalidad fueron seleccionadas, gracias a su alto cociente intelectual, para ser inseminadas artificialmente con el semen de esos sabios. El experimento, además de levantar una gran polémica de orden moral, fue un completo fracaso, porque había partido de un grave error: suponer que la inteligencia, como tal, se hereda. En todo caso, se hereda una cierta aptitud, pero su desarrollo depende más bien de factores biológicos, fisiológicos, médicos, psicológicos, ambientales y educacionales tan complejos que escapan, al menos de momento, a cualquier posibilidad de manipulación. Y ello sin tener en cuenta la ley que los estadísticos llaman de regresión a la media, según la cual, por ejemplo, los padres de estatura muy inferior a la media tendrán generalmente hijos más altos que ellos, pero los padres muy altos tenderán más bien a tener hijos más bajos, cuya estatura se acerque más a la media estadística. Inicialmente, Graham pretendía obtener esperma sólo de ganadores del Premio Nobel, pero la escasez de donantes y la baja calidad de su esperma, debido a la edad, le obligaron a establecer unos criterios más flexibles. Las condiciones acabaron siendo numerosas y precisas. Por ejemplo, la pareja que recibía el esperma estaba obligada a casarse y los donantes masculinos tenían que tener un coeficiente intelectual extremadamente elevado, aunque posteriormente el banco ablandó su política aceptando como donantes tanto a campeones olímpicos como a académicos. En 1983, el banco de esperma de Graham tenía el honor de disponer como donantes de diecinueve genios, entre los que se encontraban William Bradford Shockley (premio Nobel de Física en 1956, partidario de la eugenesia) y dos científicos anónimos ganadores también del premio Nobel. El banco fue cerrado en 1999, dos años después de la muerte de su fundador. Desde su apertura, doscientos dieciocho niños nacieron gracias él. El propósito principal de Graham era mejorar la raza humana, así como nutrirla de nuevos genios. Esta forma de eugenesia «positiva», que tenía como propósito incrementar el número de individuos «adecuados», despertó una gran controversia. Sin embargo, incluso sus críticos reconocen que gracias a él se abrieron nuevas y grandes perspectivas para lo que ahora es el millonario negocio de la inseminación artificial.

Richard C. Hoagland (1945) es un proponente de varias teorías sobre temas astronómicos que son consideradas extravagantes por la mayoría de los astrónomos serios, además de ser conocido también por sus investigaciones sobre la supuesta existencia de artefactos extraterrestres y señales de vida inteligente. Hoagland se centra principalmente en el estudio de supuestas anteriores civilizaciones avanzadas en el sistema solar, particularmente en Marte, en la Luna y en las lunas de Júpiter y Saturno, y en la tesis de que existen una serie de conspiraciones en las cuales están envueltos la NASA y el Gobierno de los Estados Unidos para mantener en secreto estos hechos. Sus libros se han vendido bastante bien en el mercado anglosajón, especialmente Dark Mission: The Secret History of NASA. Hoagland afirma haber trabajado como conservador de Astronomía y Ciencia del Espacio en el Museo de Ciencia de Springfield, Massachusetts, y como consejero científico de Walter Cronkite y de las noticias de la CBS durante el programa Apolo. Hoagland afirma con frecuencia que ha obtenido la Medalla Internacional Angstrom de la Excelencia en Ciencias en 1993, en Estocolmo, Suecia. Sin embargo, otras fuentes afirman que fue un premio no oficial y no autorizado por la Real Academia de las Ciencias de Suecia ni por la Universidad de Uppsala. Hoagland ha hecho numerosas afirmaciones acerca de la existencia de vida extraterrestre inteligente. Las teorías de Hoagland se sustentan generalmente en justificaciones numerológicas, como, por ejemplo, su teoría sobre Jápeto, el satélite de Saturno, que rota siguiendo un patrón numérico de base 60, y también los factores numéricos de los sólidos platónicos.
Hoagland ha hecho numerosas declaraciones sobre la existencia de vida extraterrestre inteligente que él cree que se apoyan en pruebas fotográficas de la exploración planetaria. En sus continuas apariciones en programas de radio ha ido explicando que tiene antiguas amistades con verdaderos científicos de la NASA y el Laboratorio de Propulsión a Chorro, gestionado por el Instituto Tecnológico de California, que le proporcionan «información privilegiada». Entre sus teorías más conocidas se halla la de que la cara de Marte es una construcción de extraterrestres, que sus características felinas y humanas la relacionan con la esfinge del antiguo Egipto y que la información de su existencia ha sido suprimida por la NASA. Según Hoagland, además hay una arcaica ciudad extraterrestre en la región marciana de Cidonia; numerosas rocas que rodean los sitios de amarizaje de los vehículos de exploración marciana son, en realidad, maquinaria extraterrestre; los verdaderos colores de Marte son el salmón para la superficie con parches verdes de vida vegetal (las fotos de la NASA que muestran una superficie roja son un montaje); el Gobierno de los Estados Unidos oculta la presencia de extraterrestres; la NASA asesinó a los astronautas del Apolo 1; Jápeto, la luna de Saturno, es un satélite artificial; la nave Galileo, que se estrelló contra la atmósfera de Júpiter, causó una mancha negra debido a su carga nuclear; la NASA oculta el conocimiento de una civilización antigua en la Luna, que ha dejado allí restos de su tecnología avanzada; los ataques del 11-S son parte de una conspiración de astrólogos masones; el huracán Katrina y otros huracanes mortíferos fueron creados artificialmente mediante tecnología HAARP (High-frequency Active Auroral Research Project), etcétera.

Los mentalistas y visionarios John Edward Mack (1929-2004), de la Harvard Medical School, y David Michael Jacobs, de la Temple University, llegaron a la impresionante conclusión de que la gente que cree haber sido secuestrada por extraterrestres probablemente lo fue, y especialmente llegan a una importante conclusión: el motivo de las abducciones es la producción de niños.

El Panzerkampfwagen VIII Maus (llamado irónicamente en alemán «ratón») fue un proyecto destinado a dotar a la Wehrmacht de un colosal tanque capaz de aplastar literalmente al enemigo con una fuerza demoledora.

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Aunque el proyecto no llegara a concretarse nunca, se realizaron y probaron varios prototipos. Con más de 10,1 metros de longitud y un imponente cañón de ciento veintiocho milímetros, más una torreta coaxial de fuego rápido de setenta y cinco milímetros, todo, combinado, llegaba a sumar ciento ochenta toneladas (seis veces la masa del principal tanque estadounidense), masa que en su gran mayoría era ocupada por el blindaje, que en algunas secciones llegaba a tener doscientos cuarenta milímetros de espesor y que estaba compuesto enteramente de acero de alta calidad. Sin embargo, los alemanes planeaban a lo grande. Y el Maus era sólo el punto de partida de una generación de tanques gigantescos. De hecho, dado el tiempo y los recursos, eventualmente hubieran construido el Landkreuzer P. 1000 Ratte (o «rata»), un tanque cinco veces mayor que el Maus y con un armamento aún más poderoso. Según los planos originales, el Ratte iba a tener adaptada una torreta dual de doscientos ochenta milímetros como las que se encontraban en los cruceros de combate pesado. En conjunto, otro grupo de cañones y torretas servirían como soporte lateral y de fuego antiaéreo. La idea principal consistió en «crear un crucero de combate terrestre».

El británico David Icke (1952) es un ex jugador de fútbol que se ha convertido en un «investigador a tiempo completo sobre quien domina el mundo»: los reptiles. Icke sostiene que el mundo está dominado por un grupo llamado La Élite: una raza de reptiles humanoides, conocida desde tiempos ancestrales como Hermandad Babilónica, de la cual desciende mucha gente prominente, incluyendo al presidente George W. Bush, la reina Isabel II y, curiosamente, el cantante y actor Kris Kristofferson. Icke lleva escritos más de quince libros desarrollando el tema, con argumentos como los siguientes: «… de modo que comencé a rastrear hacia atrás en el tiempo en lo que llamamos historia. Lo hice desde el supuesto de que, por alguna razón, la genética y el linaje eran de vital importancia para estos manipuladores, los Illuminati o iluminados (es un tipo de conocimiento que el público no ve nunca). Seguí el rastro fácilmente hasta el tiempo de las Cruzadas de Próximo Oriente, siglos XII y XIII, y ese periodo en general, y de ahí seguí mucho más hacia atrás, hasta adentrarme en el mundo antiguo y la Prehistoria. A esas alturas, se encuentran por todo el planeta leyendas antiguas y relatos de “dioses” provenientes de otro mundo, que se entrecruzaron con la humanidad para crear una red híbrida de linajes. El Antiguo Testamento, por ejemplo, habla de los “Hijos de Dios”, que se entrecruzaron con las hijas de los hombres para crear una raza híbrida, los nefilim…».

Su mente estaba lista. Era temprano y desde el escritorio de su despacho en Arlington, Virginia, no perdía de vista su próximo objetivo. Tan sólo era necesario concentrarse… alcanzar la más absoluta y perfecta concentración. En su cerebro había conseguido armonizar el universo entero con su cuerpo. El general mayor retirado Albert «Bert» N. Stubblebine III, un comandante de alto rango al mando de operaciones de inteligencia en el Ejército de los Estados Unidos, veía el fluir del río de su vida en aquel preciso momento. Aquella mañana de 1983, Stubblebine, jefe de comandos de inteligencia militar y uno de los hombres más experimentados del Ejército estadounidense, al mando de dieciséis mil soldados, se estampó de bruces contra la pared de su despacho de Arlington, fracturándose la nariz en el golpe. No era la primera vez que lo intentaba, y tampoco sería la última. Stubblebine se había graduado en la Academia Militar de los Estados Unidos y se había doctorado en ingeniería química en la Universidad de Columbia. Pasó treinta y dos años en el ejército, alcanzando el rango de general de división y se había distinguido por haber rediseñado el esquema de la inteligencia militar durante su mandato al frente del Mando de Inteligencia y Seguridad del Ejército de los Estados Unidos entre 1981 y 1984. Stubblebine fue un personaje clave en las invasiones estadounidenses de Panamá y Granada y, de acuerdo a un informe publicado en el Daily Mail, fue «el corazón de la máquina militar norteamericana». Ya retirado, se integró en las filas de los conspiracionistas para explicar atentado de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, negando, por ejemplo, que un avión se hubiese estrellado en el Pentágono. Defensor de la guerra psicológica, Stubblebine se involucró en el proyecto militar estadounidense de crear un nuevo «género de supersoldado» con «la capacidad de hacerse invisible y atravesar paredes a voluntad». El propio Stubblebine se creía capaz de atravesar paredes. Junto a su mujer, la psiquiatra Rima E. Laibow, puso en marcha la Fundación para las Soluciones Naturales, una organización sin ánimo de lucro dedicada a proteger y promocionar la salud en libertad, y que, por ejemplo, abominaba y luchaba contra las vacunas y los, para ellos, abusos de los fármacos.

Tras haber confeccionado una estadística del signo astrológico de todos sus compañeros en el parlamento británico, el diputado laborista escocés George Foulkes (1942) llegó a la conclusión de que Aries es el que ha demostrado tener más éxito en la política de su país. A este signo pertenece el mayor porcentaje de parlamentarios. Por el contrario, Acuario (signo del propio Foulkes) es el menos representado.

10-19.jpgLa llamada Operación Gatito Acústico (en inglés Acoustic Kitty) fue un proyecto de la CIA desarrollado entre 1961 y 1966 y financiado con veinte millones de dólares, consistente en interceptar conversaciones implantando mediante cirugía un micrófono en las entrañas de un gato y una antena en su cola. Sin embargo, en las primeras pruebas que se realizaron se observó que el gato se distraía con frecuencia buscando comida, por lo que los científicos embarcados en el proyecto sometieron a una nueva intervención quirúrgica al animal para anularle la sensación de hambre. La verdadera puesta en acción de este novedoso proyecto se produjo en 1966, cuando el gato manipulado, tras ser adiestrado durante cinco años, fue liberado en las proximidades de un edificio de la avenida Wisconsin de Washington D. C., en el que se hallaban alojados espías soviéticos. La misión encomendada al felino consistía en aproximarse lo suficiente para que el micrófono que llevaba implantado pudiese registrar las conversaciones mantenidas entre los espías extranjeros. Sin embargo, el animal fue arrollado por un taxi a los pocos minutos de ser soltado y murió de forma instantánea. Con el fallecimiento del gato se perdieron todos los millones de dólares que durante cinco años habían sido invertidos en el proyecto. Meses más tarde, la CIA canceló y abandonó la idea ante los elevados costes que presentaba y los riesgos que entrañaba la puesta en práctica de la misión.

Alexander Abian (1923-1999) fue un matemático estadounidense de origen irano-armenio que trabajó como profesor en la Universidad estatal de Iowa y ganó bastante notoriedad en Internet por sus continuas contribuciones a diversos grupos de noticias Usenet. Abian adquirió gran notoriedad internacional cuando afirmó en 1991, en un periódico del campus, que la voladura de la Luna podría resolver casi todos los problemas de la existencia humana. Para él, una Tierra sin Luna dejaría de rotar sobre sí misma, lo que eliminaría las estaciones meteorológicas y sus eventos asociados, como las olas de calor, las tormentas de nieve y los huracanes. Esta idea fue contestada por la NASA, señalando que una explosión de esas características podría hacer que parte de la Luna cayera sobre la Tierra como un meteorito, causando daños suficientes para extinguir toda la vida y restaurándose las estaciones en el proceso. Justo antes de morir, Abian señaló que los críticos que decían que había que descartar sus ideas eran muy similares a los que subestimaron a Galileo. Esta afirmación y otras, realizadas en miles de mensajes a través de Usenet durante la última parte de su vida, le proporcionaron bastante fama (no siempre positiva) e incluso entrevistas en publicaciones tan diversas como Omni, People y The Wall Street Journal.

El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (en inglés, Voluntary Human Extinction Movement o VHEMT, pronunciado «vehement», por lo que sus miembros se autodenominan «vehementes») es una corriente fundada en el año 1991 en la ciudad estadounidense de Portland, Oregón, y adscrita a los principios de la ecología profunda, que respalda la extinción voluntaria de la raza humana en favor del bienestar de miles de especies que sufren peligro de extinción o deterioro infligidos por el Homo sapiens, que según la organización ha proliferado exageradamente, despojando a otros seres de su libertad y espacio. Uno de sus lemas, «vive, disfruta mucho y luego muere», resume brevemente su meta. La organización no aboga por el asesinato, suicidio, aborto ni ningún otro método violento; en cambio, propone que todos los humanos se abstengan de reproducirse, por lo que se pueden integrar dentro de los grupos que defienden la no procreación («sin hijos por elección»). Tal posición no es rara en la visión mundial de la ecología profunda, que observa a los humanos en iguales términos morales a los de la biosfera terrestre.

El Adam Smith Institute de Londres propuso a comienzos de 1992 que se privatizara la propiedad de las ballenas y los elefantes para preservar su conservación, bajo la tesis de que unos propietarios privados cuidarían mejor de estos animales en peligro.

En la década de 1990, Cleta Deatherage (1950), congresista estadounidense por el estado de Oklahoma, presentó una moción que habría supuesto que los hombres tuvieran que obtener un permiso por escrito de cualquier mujer con la que pretendieran irse a la cama; además, se les exigiría advertir de que el sexo puede ser peligroso y provocar embarazos.

El Ejército de los Estados Unidos se planteó y llego a realizar estudios para fabricar una bomba que provocara la homosexualidad en el enemigo con la finalidad de minar la moral y la disciplina de las tropas. La idea que se trató de desarrollar fue la creación de bombas que lanzaran agentes químicos capaces de alterar las hormonas y hacer que los soldados se sintieran irresistiblemente atraídos entre sí, hasta el punto de que olvidaran el motivo por el que se hallaban en el campo de batalla y se dedicaran a flirtear con sus compañeros. El proyecto, que fue presentado al Pentágono en 1994, contaba con un presupuesto previsto de 7,4 millones de dólares para el desarrollo y producción masiva durante seis años de esta arma. En 1994 el Laboratorio Wright de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, en Ohio, realizó una propuesta de tres páginas con una serie de posibles armas químicas no letales, que terminaría en manos del llamado Proyecto Sunshine (incluidas notas al margen y erratas) gracias a una petición de documentos oficiales basada en la Ley de Libertad de Información. En una frase del documento se sugiere que un afrodisiaco fuerte podría ser lanzado sobre tropas enemigas, teóricamente, con una sustancia que produjera «comportamientos homosexuales». El arma afrodisiaca fue descrita como «desagradable pero completamente no letal». En la sección «Nuevos descubrimientos necesarios», el documento implícitamente reconoce que no existían, ni existen, productos químicos de ese tipo. El documento también incluye otras ideas no convencionales, como rociar a las tropas enemigas con feromonas de abejas y luego esconder muchas colmenas en el área de combate, o rociar a los enemigos con una sustancia que provocara halitosis o mal olor, para hacerlos fácilmente identificables.

Un científico asegura que construyó un aparato que permite viajar al pasado. En la Rusia del tercer milenio, ya convertida totalmente al capitalismo y a la economía de mercado, aún persisten los que desearían retornar a la vieja Unión Soviética comunista. Para estos nostálgicos irreductibles, se ha creado una «máquina del tiempo», totalmente «made in Rusia», que, de ser cierto lo que afirma su inventor, sería ya realidad comprobada. Según el ingeniero astronáutico ruso Vadim Cernobrov, la máquina del tiempo, lejos de ser sólo un artificio literario, es una realidad científica propiamente dicha, aunque todavía se encuentre en sus albores. La «máquina» de Cernobrov (por lo menos de acuerdo a las fotografías publicadas por los diarios, porque su creador no quiere mostrarla a otros medios) es una cápsula metálica de forma esférica, de dos metros de diámetro, muy similar a la Vostok del primer cosmonauta ruso Yuri Gagarin. En su interior, explica su inventor, figura una cabina de un metro que alberga al pasajero. En la cápsula se han generado fuertes campos electromagnéticos rotatorios que, según Cernobrov, retrasan o aceleran el discurrir del tiempo, cuya alteración es registrada por aparatos cronométricos de alta precisión. Cernobrov, que trabajó en la oficina de proyecciones de la Agencia Espacial Soviética y luego fundó, tras el fin de la URSS, la sociedad Cosmopoisk, asegura haber realizado las primeras pruebas en Volgograd (antes Stalingrado), donde logró alcanzar, de momento, una «distancia en el tiempo» de escasos minutos. «Por ahora, sobre todo por razones de seguridad, los experimentos fueron realizados con animales y contaron con una duración extremadamente breve, para evitar daños en la salud y para no extraviar la máquina, que es muy costosa», explica el científico ruso. Sin embargo, en el futuro, dicho «lapso» será incrementado gradualmente, tendiendo a lograr una misión de «salida de nuestro tiempo de pocos días o a lo sumo un mes, y exclusivamente hacia el pasado». Esto para facilitar la recuperación de la cápsula. El primer «crononauta» ya fue elegido: será el joven programador de computación Iván Konov, que, siempre de acuerdo con Cernobrov, «está en excelentes condiciones psicofísicas, que le permitirían la necesaria sangre fría como para narrar hasta la visión del fin del mundo». Según el ingeniero ruso, en ningún caso un «viajero del tiempo» estaría en condiciones de modificar la realidad histórica. «Aunque interfiriese en los hechos, esto tendría peso sólo cuando se verificara, sin ninguna consecuencia para nuestro presente. Y de todos modos, un intento de este tipo podría hacerlo perderse en un universo paralelo, del cual no podría volver jamás. En efecto, aquellos que trataran de volver al pasado para impedir hechos históricos (por ejemplo, la caída de la Unión Soviética), fracasarían y correrían el riesgo de no poder ya regresar al futuro».

Un grupo de científicos descubrió una forma de evitar que nuestro planeta se siga recalentando: transportarlo a un lugar más frío, una solución de novela de ciencia-ficción. Para ello sería necesario teledirigir asteroides hacia las cercanías de la Tierra, que pasen casi rozándola, para alterar su órbita. El mundo, entonces, sería enviado a girar a un lugar más lejano del Sistema Solar y, por consiguiente, más frío. La idea es de un equipo de ingenieros de la NASA y de astrónomos estadounidenses, que aseguran que ello podría agregar seis mil millones de años a la vida útil de nuestro planeta. «La teoría no es del todo descabellada. Tiene en cuenta las mismas técnicas que ya se pueden utilizar para desviar asteroides y cometas que pueden caer sobre la Tierra», aseguró Greg Laughlin, del Centro de Investigaciones Ames de la NASA al diario británico The Observer. Presentada por Laughlin y sus colegas Don Korycansky y Fred Adams, la teoría consiste en dirigir un cometa o asteroide hacia las cercanías de la Tierra, de manera que al pasar cerca de ella le transfiera parte de su energía gravitacional. «Como resultado, la velocidad de la Tierra aumentaría, y avanzaríamos hacia una órbita más elevada, alejada del Sol», agregó Laughlin. La noticia causó un gran revuelo en el mundo científico. Muchas publicaciones expusieron sus reparos ante la «futura mudanza de la Tierra». Tal es el caso de la revista estadounidense Scientific American, que salió a la palestra conjeturando que «si la Tierra fuera movida de su posición actual, muy probablemente la Luna se alejaría de ella. Y teniendo en cuenta que la Luna juega un papel crucial en la estabilidad de los polos, su ausencia podría trastocar drásticamente el clima de la Tierra». El reguero de pólvora se extendió aún más cuando The Observer infirió que esta teoría podría ser aplicada para frenar el efecto invernadero, es decir el calentamiento global producido por la emisión a la atmósfera de gases provenientes de la industria. La nota se publicó en ese diario británico al tiempo que el Gobierno estadounidense de George Bush radicalizaba su oposición al Protocolo de Kioto, que es un acuerdo internacional cuyo objetivo es disminuir las emisiones de gases que provocan el calentamiento global. Muchos leyeron la publicación del paper científico acerca de la mudanza de la Tierra (en la prestigiosa revista Astrophysics and Space Science) como un inusitado intento del Gobierno estadounidense de darle otra salida al efecto invernadero. Hoy, los Estados Unidos son el principal emisor de este tipo de gases, con cerca del 25% del total mundial de emisiones. Y la disminución del 5,2%, tal como propone el Protocolo de Kioto, implicaría una reducción considerable de su Producto Interior Bruto, con pérdidas que recaerían principalmente en las industrias del petróleo y el carbón. Según la teoría de Laughlin y sus colegas, el asteroide adecuado debería tener unos cien kilómetros de diámetro y pesar unos cien mil billones de toneladas. Así, al pasar por la Tierra, vería modificada su órbita y se dirigiría a Júpiter o Saturno, donde recogería nuevamente la energía orbital que dio a la Tierra. Luego, cuando el asteroide llegara a su perihelio, se realizaría una leve corrección del curso poniendo en marcha los motores en ese momento y acercándolo una vez más hacia la Tierra.

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  • WALLECHINSKY, David; Wallace, Irving y Wallace, Amy. El libro de las listas. Tres volúmenes. Barcelona: Grijalbo, 1984.
  • WIESENTHAL, Mauricio. Galería de la estupidez. Barcelona: Salvat Editores, 1999.
  • WIESENTHAL, Mauricio. Diccionario del ingenio. Barcelona: Salvat, 2000.
  • WILSON, Colin. Los inadaptados. Barcelona: Editorial Planeta, 1989.
  • WILSON, Colin y GRANT, John. Mysteries. A guide to the unknown: past, present and future. Londres: Chancellor Press, 1994.
  • WISEMAN, Richard. Rarología. La curiosa ciencia de la vida cotidiana. Madrid: Temas de Hoy, 2008.
Errores, lapsus y gazapos de la historia - Gregorio Doval CONTENIDO
  1. Prólogo
  2. Errores Históricos
  3. Errores Militares
  4. Errores Científico-Tecnológicos
  5. Errores Medico-Sanitarios
  6. Errores Empresariales
  7. Errores de las Artes y el Deporte
  8. Lapsus, erratas y gazapos
  9. Imprudencias, negligencias y temeridades
  10. Opiniones chocantes y vaticinios fallidos
  11. Teorías, propuestas y proyectos Bibliografia utilizada
© 2001 Patricio Barros y Antonio Bravo
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Errores, lapsus y gazapos de la historia - Gregorio Doval
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Jackson Pollock - Wikipedia, la enciclopedia libre
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Estados Unidos - Wikipedia, la enciclopedia libre
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Personas que no s si a n est n vivas. Arkivperu
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